Crear una Cuenta - Viernes 3, Septiembre 2010

WOW-ESP :: Ver tema - Un Lugar en el Cielo. Capítulo 14
Búsqueda personalizada
 BuscarBuscar   Grupo de usuariosGrupo de usuarios   FichaFicha   Identifícate para ver tus mensajes privadosIdentifícate para ver tus mensajes privados   IdentificarseIdentificarse 

Un Lugar en el Cielo. Capítulo 14

 
Mandar nuevo asunto   Responder a tema    WOW-ESP Forum Index -> La Taberna
Ver tema anterior :: Ver siguiente tema  
Autor Mensaje
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mar Ago 11, 2009 4:27 pm    Asunto del mensaje: Un Lugar en el Cielo. Capítulo 14 Responder citando

UN LUGAR EN EL CIELO




CAPÍTULO 1
Lo que fuimos y lo que seremos





En el bosque solo había silencio. Parecía que ni el viento soplaba allí. Los árboles tenían un color ocre en sus hojas, parecían muertos desde hacía ya mucho tiempo. Francis encontró un buen sitio para acampar debajo de uno. Dejó caer la mochila sobre el suelo, un golpe seco. Sacó una manta y lo último que le quedaba de comida: una lata de judías. Comió mientras observaba los alrededores, creía que ese bosque estaba cerca del pueblo al que se dirigía. Sacó un mapa de la mochila. La portada tenía un símbolo de radioactividad. Al desplegarlo había zonar marcadas con verde indicando peligro de radiacción. Intentó situarse con él. Había dibujado una pequeña marca en el último pueblo en el que había dormido y calculó la distancia recorrida mentalmente. Unos quince kilómetros, marcó el punto en el mapa. Si los cálculos eran correctos estaba a diez kilómetros del pueblo. Mañana por la tarde estaría allí.




Gabriel se sentó en la playa y observó la orilla del continente a lo lejos. El pueblo pesquero yacía en la distancia, como un cadáver en descomposición. Se preguntó cómo viviría el mundo allí, probablemente en la barbarie. El sol estaba ocultándose, los últimos rayos de otro día gris. Hacía tiempo que no disfrutaba de una puesta de sol.

Los habitantes de la comuna estaban cenando en el comedor. Eran mas bien pocos, no llegaban a la decena. La mayoría hablaban entre ellos de cosas vanales que a Gabriel no le interesaban. Este sin embargo prefería conversar con Alfredo, lo habían hecho durante los años que habían pasado en la comuna. Esa noche no fue una excepción.

-No tiene sentido mantener la esperanza, hace mucho que ya no viene ningún refugiado - dijo Gabriel.

-Eso no quiere decir que no vaya a venir ninguno.

-Pero es un riesgo inútil.

-¿Un riesgo inútil?

-Imagina que en lugar de refugiados aparece una banda de maniacos. Sabes perfectamente que hay muchos mas maniacos que refugiados.

-Sigue sin ser un riesgo inútil. Si podemos prosperar aquí merece la pena arriesgarse a tener la entrada abierta.

-Prosperar. Pero si no tenemos recursos suficientes. La comida no esque abunde precisamente, la isla es pequeña y además tendríamos que construir más recintos para refugiados.

-Todos esos problemas son salvables. Podríamos plantar más cultivos y el ganado que tendremos pronto será más numeroso. ¿Y qué problema hay con construir otro refugio? ¿Acaso es que no quieres trabajar?

-Lo que no quiero es pisar un solo centímetro del continente. Aquí no podemos talar ni un solo árbol, da gracias a que tengamos al menos.

-A mi tampoco me gusta la idea, pero sigo diciendo que merece la pena. Como tu dices no somos ni diez, necesitamos a mas gente para que esto prospere. Para que la humanidad no caiga.

Gabriel se rió.

-¿Para que la humanidad no caiga? Alfredo, la humanidad ya se ha ido a la mierda. Ahora mismo estamos rebozándonos en el fango, nada más. Tu has visto las mismas cosas que yo, lo que hay fuera. Yo no vi rastro de humanidad.

-Pero aquí estamos. Nosotros no robamos ni matamos ni nos alimentamos los unos de los otros.

-¿Y qué pasa si no damos a basto? ¿Crees que no nos comeríamos los unos a los otros?

-Pero entonces qué es lo que te da miedo. ¿Qué vengan locos o que vengan demasiados refugiados?

-Créeme no se diferencian en mucho. Lo único que cambia de unos a otros esque unos no han dado el paso que los otros sí dieron. Pero entre eso y degollar a una persona hay una línea muy fina. Allí viven en un mundo totalmente diferente al nuestro, son como extrangeros. Asi que ambos me dan miedo por igual, y hay que estar tan loco como ellos para que no te lo den.

Alfredo no contestó.




Francis cogió los prismáticos y observó la zona desde la colina. Parecía desierto. Era un pequeño pueblo pesquero, en el puerto quedaban todavía algunos barcos. La mayoría estaban medio hundidos o quemados, por suerte quedaban unos pocos utilizables. Francis oteó las calles del pueblo. No encontró signo alguno de vida. Algunos cadáveres en descomposición estaban tirados por las calles del pueblo, no parecían llevar mucho tiempo allí. Esto no le pareció a Francis un signo de vida, podrían haber muerto de cualquier otra cosa. Una enfermedad o de inanición. Pero la gente no moría de inanición en mitad de la calle.

Esperó a la noche. En el transcurso de la misma estuvo un par de horas observando el lugar. Intentaba encontrar fuegos, en las grandes ciudades se podían ver muchos.
Tras largo rato sin ver nada le pareció seguro entrar en el pueblo. Sacó una palanca ensangrentada de su mochila y se preparó.

Caminaba lentamente por la calle, los cristales gritaban a su paso. La palanca en su mano derecha. La calle parecía murmurar los horrores que había vivido. Cadáveres putrefactos con el rostro del miedo. Los edificios desgastados por el paso del tiempo, tenían un extraño color mugriento. Se quedó parado en medio de la calle escuchando. Las olas incansables. Nada mas. Tenía que darse prisa y buscar algo de comida.

Estuvo buscando desesperadamente; en casas, comercios, almacenes. No encontraba nada. También recorrió la mayor parte de las casas del lugar. La mayoría pequeños chalets o edificios de tres o cuatro plantas. No encontró signos de vida en todo el pueblo. Salvo cadáveres.
Subió a un edificio que le pareció suficientemente alto y miró alrededor con sus prismáticos. Observó un pequeño edificio de tres plantas en uno de los extremos del pueblo. Estaba lejos pero el estómago le rugía y el hambre apremiaba. Lo observó durante largo rato.

Llegó al edificio a la media hora. Desde allí se podía ver el puerto entero. Entró en el portal y miró hacia arriba. Por el centro de la escalera de caracol se veía la cúpula. Caminó a una pared de madera podrida y la golpeó con la palanca intentando hacer el menor ruido posible. Cuando hizo el agujero suficientemente grande metió su mochila dentro y empezó a subir escaleras.

Registró cajón a cajón los dos primeros pisos. Estaban abandonados desde hacía mucho tiempo. Nada de comida. Pudo salvar alguna manta y una pequeña linterna sin pila. Ya solo quedaba la última planta.

Se encontraba frente a la puerta. Caminó deciso y agarró el pomo. La puerta estaba cerrada. Se quedó quieto, esperando. Su corazón latía fuertemente, casi parecía que iba a estallar. Pensó qué hacer, creyó conveniente no entrar allí asique dió media vuelta y caminó hacia las escaleras. Cuando llegó al segundo piso el estómago le rugió.

La puerta crujió, la cerradura rota. Francis se quedó en el umbral de la puerta escuchando. Nada. Entró en el piso y fue de habitación en habitación, siempre con la palanca preparada. El salón daba justo al mar, el resplandor de la Luna se reflejaba en el agua, era bonito. El piso tenía un olor penetrante, heces y putrefacción.
Se dirigió a la cocina ocultándose del olor como podía. Abrió cada cajón. Lo poco que quedaba estaba podrido. Caminó por el pasillo y entró en la primera habitación. Parecía el cuarto de un adolescente. Había posters por toda la pared. También un escritorio con un ordenador. El cuarto estaba completamente limpio, quizá el único lugar de la casa donde no olía mal. Se quedó allí un rato, pensando en sus hijos.

Estaba frente a la puerta de la última habitación. Agarró el pomo y lo hizo girar. La puerta chirrió. Sangre en las paredes, restos putrefactos de cadáveres. Pudo reconocer algunos órganos. En la cama de matrimonio un hombre desnudo. Respiraba fuertemente y le miraba casi sin poder moverse. En su boca había sangre reseca, sus dientes estaban podridos y llenos de carne putrefacta.

-Oh Dios, ¿pero qué has hecho?.

El hombre intentó articular unas palabras.

-¿Qué dices? No te entiendo.

-Ayúdame.

-Está bien.

Le clavó la palanca en la cabeza.




Gabriel estaba sentado en una de las sillas del porche. Bebía un viejo whisky que había encontrado en un pueblo desierto. Solía paladearlo una vez al año y se sentaba allí en el porche a pensar. No se permitía demasiado el lujo de recordarla pero esos días si lo hacía. Sin perder un sólo detalle. Le hubiese gustado verla graduándose o sufriendo en su primer empleo. Sin embargo sólo la había visto autoconsumirse, no pudo aguantar la presión. ¿Estaría viva? Probablemente, pero aunque estuviese viva, estaría realmente muerta.




La luz del sol entró por los restos de la ventana y le dió de lleno en la cara. Se levantó y dobló la manta. La metió en la mochila, la cerró y se la echó a la espalda. Salió del piso y bajó las escaleras.
Caminó por el pueblo dirigiendose hacia el puerto. Encontró un cadáver en mitad de la calle. Estaba sentado en una silla y parecía que estaba pensando en sus cosas con la cabeza gacha.
Entró en una pequeña tienda de alimentación. No había comida, solo un hedor que provenía del infierno y un color indescriptible en las paredes.
Se adentró en el embarcadero. Comprobó las lanchas una a una. Las que veía en buen estado las marcaba con un spray de pintura negra. Cuando terminó tuvo que decidirse por la mejor lancha.
Se decantó por una zodiac con un motor fueraborda. Comprobó el depósito. Casi lleno. Saltó dentro y se quitó la mochila de la espalda. Con una cuerda hizo un nudo en el asa y agarró el otro extremo a su pierna. Sacó una brújula del bolsillo de su abrigo y se sentó en la popa. El motor rugió al encenderse.




Tuvo un extraño sueño. Una enorme explosión destrozaba la ciudad y la convertía en añicos. Pero luego, en mitad del crater, una planta empezaba a crecer y a crecer hasta llegar al mismo cielo. Él subía y observaba al mundo entero florecer. Algunos pájaros sobrevolaban la zona y los cervatillos correteaban por el campo. Luego simplemente la luz se apagaba, todo negro. Se buscaba a si mismo en la oscuridad pero jamás se encontraba.

Un golpe le despertó. Era Alfredo, parecía nervioso.

-Estaba soñando.

-Esto es mas importante.

-¿Qué pasa?

-Han visto a alguien que se acerca en lancha.

Gabriel se levantó. ¿Qué?

-Lo que olles.

-¿Sólo una persona?

-Si. Venga, tienes que verlo tu mismo.

Los dos se marcharon.
Llegaron a una pequeña colina en la isla. Alfredo le pasó los gemelos a Gabriel. Buscó durante un rato hasta encontrarla. En la embarcación había un hombre sentado en la popa. La lancha parecía pelearse con el oleaje.

-¿Cómo habrá llegado hasta aquí? - preguntó Alfredo.

-No lo se. Quizá le haya llegado alguno de los panfletos. O puede que con el boca a boca. Deberíamos preparar las armas, por si acaso.

-Vale, pero le recibiremos bien. Trátale con respeto.

-Claro.

Alfredo dió mediavuelta y se alejó.

-¿Dónde vas?

-Al invernadero, respondió sin darse la vuelta.

-Tantas ganas de que viniera alguien y ahora no le recibes.

-Prefiero a las plantas.




La lancha casi se estrelló contra la playa. Francis miró a su alrededor, había un edificio a lo lejos. Deshizo el nudo de la cuerda y se echó la mochila a la espalda. Saltó a la arena y caminó.
Vió tres figuras al fondo, caminaban hacia él. Podían ser las gentes de las que le hablaron, en ese caso no tenía de qué preocuparse. Pero correr un riesgo a estas alturas no merecía la pena. Corrió hacia el final de la playa y se escondió entre maleza.
Desde ahí tenía poca visibilidad, pero podía escuchar los pasos. Se escuchaban cada vez mas cerca. Se inclinó e intentó ver algo através de la maleza.
Un hombre. Estaba limpio y parecía comer bien, al menos mejor que él. Llevaba una Colt del 45 en su mano izquierda. Parecía tener una actitud poco amenazadora apesar del arma pero no se fió. Los hombres se dirigieron a la lancha, la rodearon y miraron al rededor. No parecieron verle. Se arastró por la pequeña duna y rodó por una pendiente. Se levantó y se mantuvo de cuclillas mientras corría hacia la casa.

Caminó por los alrededores. Vió a tres personas en total. Dos de ellos simplemente descansaban y charlaban. Otro trabajaba en la casa, arreglando desperfectos en la madera. Parecía un sitio muy poco habitado para ser el albergue del que le hablaron. Quizá fuese una trampa. Se sentó bajo un árbol a coger aire. Se apoyó sobre la corteza y olió. Un aroma que su mente aún recordaba. Miró hacia arriba y vió que el árbol tenía hojas.

Vió un invernadero a lo lejos. Sacó sus prismáticos y lo observó a fondo. Parecía que ahí dentro había plantas. No se lo podía ni creer. Dió un rodeo para que nadie del lugar pudiera verle hasta llegar al invernadero.

Abrió la puerta con cuidado, intentando disfrutar cada segundo. Se sorprendió al ver todas esas plantas. Un hombre barbudo y canoso las regaba con mimo. Francis entró y cerró la puerta con cuidado. Se mantuvo oculto, observándole. El hombre parecía un loco, hablaba sin parar con las plantas.

Gabriel sigue siendo un tipo testarudo. Pero es inteligente. ¿Sabéis? Sin él no hubiera llegado jamás aquí, ni yo ni nadie. Aunque haya hecho cosas horribles es un gran hombre.

Francis caminó dejando que el hombre escuchara sus pasos. El viejo se dió la vuelta.

-¿Eres el que venía en lancha? - dijo.

-Supongo que si.

-¿Cómo te llamas?

-Francis.

-Yo soy Alfredo.

-Esto es increíble - dijo observando alrededor.

El viejo imitó su movimiento, percatándose de su gran contribución.

-Lo es. Me gustan estas plantas, al menos no pueden hacerle daño a uno.

-Le entiendo. He venido aquí buscando un sitio seguro.

-Pues supongo que lo has encontrado. Deberías comer algo y de paso conocer al resto de la gente.

-Me gustaría, llevo un día sin comer y otros tantos sin hablar con nadie.




No se de qué ciudad vine, dijo Francis. Todos en el comedor le escuchaban atentamente mientras presidía la mesa. Llegué allí hace dos o tres años, era un buen sitio para refugiarse. Es bastante grande y tiene mil sitios donde esconderse.

-¿Cómo vive la gente allí? - preguntó el viejo.

-Como puede. No es fácil, desconfían unos de otros. Hay poca comida y toda la tecnología que teníamos hace años ha desaparecido por completo.

-¿También hay canibales? - preguntó alguien.

-Si que los hay.

-¿Ha dicho canibales?, Sí, canibales, Las cosas están peor de lo que esperaba, ¿Y qué esperabas?, ¿qué hicieran fiestas de cumpleaños?

-Es mas normal de lo que parece, intentando calmar inútilmente a la gente. Muere mucha gente sin necesidad de matarla, antes los enterraban pero ahora prefieren comérselos.

-¿Tú también comiste?, preguntó Gabriel. La sala permaneció en silencio, expectante.

-Por supuesto que no. Jamás.

-¿Cómo podemos estar seguros?

-Gabriel - dijo Alfredo.

-Cállate. Vamos, contéstame.

-No puedes estar seguro.

-Encontramos una palanca con sangre en tu mochila.

-¿Quién coño te ha dado permiso para mirar mis cosas?

-Tengo ese privilegio aquí. ¿Has matado a gente Francis?

-Si, he matado gente.

-Eres de una de esas bandas ¿no?

-¿Y tu? ¿Has matado gente?

Gabriel apretó su mandíbula.

-Eso no importa.

-¿Lo has hecho verdad? Claro, porque ahí fuera tu vida depende de que estés dispuesto a matar. Todos hemos matado, es algo muy normal en estos tiempos. ¿Algo más?

Gabriel le miraba a los ojos fijamente mientras agarraba el Colt por debajo de la mesa. Alfredo le miró y le cogió la mano que sujetaba el arma.

-Tranquilo - dijo. Miró a Francis. - Yo tengo una pregunta.

-Dime.

-¿Cómo has sabido que teníamos este albergue?

-Fue en la ciudad. Conocí a una chica. Cuidé de ella un tiempo, hasta que encontramos el grupo con el almacén del que os hablé. Siempre me hablaba de este sitio, y de que un día vendría aquí.

-¿Cómo conocía este sitio?

-Su padre vivía aquí.

-Su padre. ¿Cuál era el nombre del padre?

-Ni idea. Nunca me lo dijo. Pero se el nombre de la chica, se llamaba Agatha.

-¿Qué? - dijo Gabriel. - ¿Cómo sabes eso?

-Ya te lo he dicho. La conocí. Un momento, ¿eres su padre?

-Oh Dios - dijo Gabriel. ¿Dónde está? ¿Está viva?

-La última vez que la vi lo estaba. Aunque algo enferma, por eso no pudo venir con nosotros.

Gabriel se acodó en la mesa y tapó su cara con las palmas. Alfredo le observaba sin creérse la historia todavía.

-Vaya coincidencia - dijo Francis.


_________________


Last edited by NuDricK on Lun Feb 01, 2010 7:46 pm, edited 15 times in total
Subir
View users profile Send private message
Fornax
WoW-ESP Amigo
WoW-ESP Amigo


Entrado: Mar 05, 2009
12%
Mensajes: 1550



MensajeMandado: Mar Ago 11, 2009 4:53 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

La historia en general está bien, del tipo apocalipsis nuclear, pero creo que el final del capítulo ha sido un tanto "abrupto", aunque repito, a mí me ha encantado.
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Vie Ago 14, 2009 4:38 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 2
El hombre del único rostro





Le encontraron en una casa a unos cinco kilómetros de la última ciudad. Estaba sentado en una mesa. Comía unas judías enlatadas con aire despreocupado. A su al rededor una familia entera: padre, madre y dos hijas pequeñas. Todas con marcas de puñaladas certeras. Cuando les vió entrar simplemente levantó la vista y siguió comiendo. El líder permaneció a solas con él largo rato. Cuando salió el desconocido era un miembro más de la banda. Se llamaba Carrièr.




La banda comía en el salón, cada uno lo hacía donde podía. Eran cerca de una veintena, todos sucios y mugrientos. Se podía escuchar a cientos de moscas revolotear a su alrededor. El frío era intensísimo, incluso resguardados. La mayoría tiritaba sin descanso, frotándose con sus propios cuerpos como podían. Algunos de los bandidos habían aprovechado para defecar en las habitaciones contiguas y el hedor inundaba la casa. Aunque eso no era lo que mas olía. La enfermedad impregnaba cada centímetro con su olor. La muerte estaba siempre presente.
Carriér estaba sentado en una de las esquinas, había un muslo frente a él y lo compartía con otros tres barbudos. Cortaban trozos con sus cuchillos y se los llevaban a la boca.
Carrièr fue a coger un poco de carne cuando uno de los hombres le cogió de la mano.

-Ese trozo es mío novato - dijo.

-Creo que no, respondió Carriér.

Los otros dos permanecieron atentos, esperaban que de un momento a otro se empezaran a golpear sin parar. Nunca llegaba a mas. Estaba prohibido.
Un borbotón de sangre les salpicó la cara. El puñal de Carrièr estaba incrustado en su garganta, los ojos del hombre se apagaban poco a poco.
Los dos se echaron para atrás asustados. Toda la habitación empezó a animarse. Muchos rieron y se alegraron de tener algo para la cena.
Carrièr echó el cadáver a un lado y siguió comiendo sin prestar atención a la multitud.
Alguien subió las escaleras de dos en dos, sus pasos retumbaban por toda la casa. Llamó al líder y este bajó. Cuando apareció se estaba poniendo la camiseta apestosa y dos mujeres bajaban junto a él.

-¿Quién ha sido? - preguntó.

-Él - dijo el que había subido a decírselo mientras señalaba con el dedo a Carrièr.

-¿Este?.

El líder se acercó a Carrièr, este le ignoró.

-No me gusta perder hombres, ese era buen cazador.

-Ahora no es nada.

-Si, no es nada. Y tu te unirás a él en poco tiempo. Que alguien mate a este saco de mierda.

Dos voluntarios se acercaron a él y se lo llevaron fuera.




Caía ceniza del cielo gris otorgándole a todo una tonalidad siniestra. Caminaban por el campo muerto.
Los dos eran chicos jóvenes, de unos veinte años. Ambos estaban armados con un Mauser 98k. Le habían maniatado dejando sus manos por delante. Uno de ellos le agarraba por el brazo mientras le guiaba y el otro estaba a unos metros por detrás apuntándole con el fusil a la altura de la cintura.
Le condujeron hasta un tronco partido. Estaba lleno de sangre y había restos de vísceras alrededor.

-Vamos, pon la cabeza - dijo uno.

Carrièr obedeció y colocó su cabeza sobre el tronco, mirando a un lado con la cabeza en vertical. El chico sacó un enorme machete de una funda en el cinturón y lo levantó. Hizo el impulso para rebanarle la cabeza. Carrièr se giró en el último momento y agarró la muñeca del chico con las dos manos. El filo se quedó a pocos centímetros de la cara. Retorció su muñeca y le hizo un corte profundo en la garganta con su propio machete.
El otro, asustado, apuntó el Mauser y disparó. La bala impactó en el cuerpo del compañero que seguía sangrando a borbotones. Carrièr estaba bajo el cadáver y toda la sangre le caía en la cara. El chico tenía que amartillar el arma. Carrièr echó el cadáver a un lado y cogió el fusil del muerto. Apuntó y disparó. Se levantó y miró los cuerpos tirados en el suelo. Se acordó de su juventud.





Camino campo através. Sujetaba el fusil con las dos manos. Tenía el machete guardado en la funda del cinturón.
A unos cuantos metros pudo ver a dos hombres que se acercaban a lo lejos. Carrièr se paró y los hombres le imitaron. Levantó la mano amigablemente y ellos parecieron tranquilizarse. Se acercaron. Los dos tenían sendas barbas y la misma ropa mugrienta que todos.

-Hola - dijo Carrièr. ¿Y el líder?

-Ha salido a cazar. Hemos escuchado un disparo, ¿Qué ha pasado?, preguntó uno.

-El que íbamos a matar se ha puesto violento, ha matado a uno. Pero le he conseguido disparar.

-Bueno, mas comida.

-Si, mas comida.

Levantó el fusil rápidamente y disparó a uno de los hombres. Cuando el otro intentó reaccionar Carrièr le golpeó con la culata en la cara. Cayó al suelo de lleno y se quedó tirado sangrando por la nariz.
Carrièr amartilló el rifle y le disparó.

Uno de ellos llevaba otro Mauser, el otro portaba una pequeña Mac-10. Cogió la Mac-10 y les registró. Encontró dos cargadores para la metralleta y una docena de balas para el Mauser. También consiguió una brújula y una mochila con ropa y dos latas de comida.
Supuso que el Mauser tendría tres balas mas en el cargador. Cogió dos balas y las metió una a una en el fusil.
Se echó la mochila a la espalda y se enganchó la correa de la Mac-10 al hombro. Siguió caminando.

El camión estaba aparcado a unos cincuenta metros de la casa, corrió hacia él agachado y se metió en la parte de atrás. Dentro había cajas con armas y municiones y bidones de gasolina. Cogió una pistola Colt del 45 y varios cargadores del mismo calibre. Se guardó la pistola en la parte trasera del cinturón y los cargadores en la mochila. Se puso una mascarilla que encontró. Le cubría tan sólo la nariz y la boca pero le protegería de la ceniza.
Cogió recipientes de plástico que encontró en una caja y los llenó todos de gasolina.
Rodeó la casa con el líquido inflamable y con un mechero lo prendió fuego. Se quedó allí, mirando. Escuchando a la gente gritar, implorar a Dios por su vida. Algunos saltaban por las ventanas intentando huir. Carrièr los remataba.




Esperó sentado en la maleza seca. El líder y el grupo de caza volvían. Llevaban atado a un hombre que se movía encorvado.

-Dios, que me váis a hacer. No porfavor.

-Cállate - dijo uno mientras le daba una patada.

Eran cuatro en total, cinco contando al preso. El líder llevaba una escopeta con el cañón recortado. El resto rifles de caza y pistolas del 45. Iban casi en fila, muy desperdigados. Carrièr se arrastró entre la maleza y se puso de rodillas lentamente. Estaban casi a su altura. Se agachó cuando pasaron junto a él y les dejó alejarse un poco.
Apuntó con la mirilla del fusil. La bala impactó en el costado del último hombre del grupo, su rifle cayó al suelo. Un chillido. Quedaban cuatro. Los otros se agacharon con el acto reflejo. Carrièr corrió cambiándose de posición mientras amartillaba el fusil. Los hombres dispararon en vano.
Carrièr pudo escuchar los llantos del herido mientras corría. Llegó a un sitio que le pareció bueno y se arrodilló mientras se cubría con un árbol. Levantó el rifle y utilizó el árbol como punto de apoyo. El grupo le daba la espalda. Seguían disparando. El siguiente disparo lo hizo Carrièr, la bala en la cabeza de otro hombre. Tres. El preso estaba acurrucado en el suelo protegiéndose la cabeza con sus débiles brazos. Lloraba y gemía sin descanso.
Carrièr amartilló el arma, el casquillo de la anterior bala salió disparado de la recámara. Apuntó al siguiente. La bala Impactó en el pecho. Dos. Volvió a amartillar el arma y al segundo el preso dejó de chillar. Uno.

El lider disparaba a diestro y siniestro. A cada sitio, menos al correcto. Estaba demasiado lejos de Carrièr como para acertarle con una recortada. Levantó el fusil y apuntó con la mirilla. Le quedaba tan solo una bala en el cargador. Apretó el gatillo y se llevó por delante cuatro dedos del líder. Le dió en la mano que sujetaba el mango. Tiró el arma mientras se retorcía de dolor.
Carrièr caminó hasta él. Llevaba el Mauser a la altura de la cintura.
Se paró frente a él y le miró a los ojos. El líder se sentó.

-¿A qué coño esperas hijoputa?

Carrièr sacó balas de sus bolsillos.

-No quiero tomarme demasiadas prisas.

Cargó una bala.

-¿Qué quieres de mí?

-Nada.

Dos. El líder observaba. Se empezó a poner nervioso.

-¡Hazlo ya!.

-Todo a su debido tiempo.

Tres.

El líder se tumbó bocaarriba y cerró los ojos. Al segundo se volvió a incorporar rabioso.

-¡Puto majareta!.

-Es irónico que me lo digas tu.

Cuatro.

-¡Que te jodan! ¡Yo solo sobrevivo! Si tengo que comerme a cualquier hijo puta para no morir de hambre, lo haré encantado.

-Bueno, al menos ya sabes que no va a ser el hambre quien te mate.

Cinco.




Dos personas estaban en medio de la carretera. Comían. Los dos cuerpos tiritaban de tal manera que incluso desde el camión se podía uno dar cuenta. Carrièr paró el camión a lo lejos y los contempló. Los dos se quedaron quietos mirando y escondieron su comida en la mohcila. Esperaron. Carrièr sacó la mano por la ventanilla y ellos devolvieron el saludo. Se apeó y caminó en su dirección. Era un hombre de mediana edad, destartalado y con mucha barba y una chica joven. Ambos apestaban. También llevaban pequeñas mascarillas algo desgastadas y se cubrían la nariz y la boca con ellas.

-Hola - dijo Carrièr.

-Hola - dijo el hombre. Miró al camión. - ¿Es un motor diésel?

-No. Gasolina.

-¿Cómo coño ha conseguido el combustible?

-Encontré el camión tirado por ahí.

-Vaya, que raro en estos tiempos.

-Tuve suerte.

-¿Adónde va?

-No se. ¿Adónde van ustedes?

-Hay una ciudad cerca de aquí. A unos días andando.

-¿Cree que hay mucha gente por allí?

-Eso dicen.

-Parece un buen sitio para pasar un tiempo.

-Esperemos que sea cierto.

-Esperemos. ¿Qué llevan en las mochilas?

La chica dió un paso hacia atrás.

-Nada

-¿Nada?

-Eso he dicho.

-¿Está seguro?

El hombre se puso delante de la joven.

-Eso no la va a salvar.

La chica empezó a temblar, una lágrima cayó por su mejilla. El hombre , asustado, sacó un cuchillo ensangrentado de una funda del cinturón. Lo empuñó de tal manera que la hoja sobresalía por la parte baja del puño. Lo puso en alto y le amenazó con él.

-Ni se le ocurra moverse - dijo.

-No me he movido, dijo Carrièr sin cambiar de expresión. Eso tampoco os va a ayudar.

-¿Probamos?, le dijo levantando el cuchillo.

-De acuerdo. Probemos.

Carrièr sacó la pistola de la parte trasera del cinturón y les apuntó con el arma a la altura de la cintura. El hombre dejó caer el cuchillo al suelo. Dió un par de pasos hacia atrás y abrazó a la joven tapándola la vista. El hombre miraba directo a los ojos de Carrièr. Pensó que en lugar de a un hombre, estaba mirando a una piedra. A algo que no tenía sentimiento alguno, ni en el rostro ni en el alma.

-Dios, no porfavor - dijo la joven. Y fueron sus últimas palabras.




Tiró los cadáveres al arcén, cogió las mochilas y las dejó en la parte trasera del camión. Miró allí lo que tenían: mas comida en lata, agua, ropa y mantas. Lo tiró junto al resto de las cosas y se subió al camión. Pasó junto a los cadáveres y se quedó parado junto a ellos. Miró a la chica, su cara y sus ojos. Le pareció bonita. Sintió una pequeña presión en el diafragma, como si dos hamsters se pelearan a muerte.




A las horas encontró un cartel. Frenó poco a poco el camión hasta pararlo y lo miró. Se podía ver el nombre de la ciudad bajo pintadas. Una de ellas cubría casi todo el cartel. ''Bienvenidos al cielo''. También pudo ver la ciudad. Algunos edificios quemados, derruidos, sin cristales.
Metió la primera y arrancó. Se adentró en la jungla perdiéndose entre los escombros.

Ibay24.es - Tarjetas prepago (2 meses de WoW) por sólo 19,99€!
World of Warcraft por sólo 9,99€, The Burning Crusade 9,99€, Wrath of the Lich King 19,99€ y más … Pulsa aquí y aprovéchate ahora!

_________________


Last edited by NuDricK on Mie Nov 11, 2009 3:00 pm, edited 2 times in total
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Lun Ago 17, 2009 1:54 am    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 3
El viejo y su escoba





-Yo no creo en las coincidencias, no tiene porque ser la misma persona, dijo Alfredo.

-Demasiada casualidad. - dijo Francis.

Gabriel seguía atónito. Como si una chispa le hubiese encendido lo poco que le quedaba de fuerza.

-Estamos hablando de varios meses, ¿verdad? - Preguntó Eloise.

Francis se fijó en ella, ni se había percatado de su presencia. Tenía unos treinta, pelo rubio. La mujer mas limpia que Francis había visto en mas de media vida. Casi se queda embobado.

-Supongo que han sido varios meses. Aunque no podría decirlo con seguridad.

-Entonces puede haber pasado cualquier cosa.

Alfredo la miró fijamente. Ella bajó la mirada avergonzada. Gabriel seguía tapándose la cara con las palmas mientras apoyaba sus codos en la mesa. Pensaba en cómo actuar, qué hacer. Josef, un tipo alto y de tez blanquecina le dió un par de palmadas en la espalda.

-Deberías de estar contento amigo. Son buenas noticias.

Gabriel levantó la vista y le sonrió.

-Tienes razón.

Se levantó y salió del comedor.




Estaba sentado en la misma silla de siempre. Pensó en el tiempo que había pasado en aquella isla. Hacía años que se encontraban a salvo allí, pero él se sentía mas muerto que nunca. Los días pasaban y Gabriel se despertaba por hacer algo. Hablaba con Alfredo por hacer algo. Cuidaba a las plantas y a los animales por hacer algo. ¿Pero qué sentido tenía eso? Se había engañado todo este tiempo y ahora tenía esa certeza. La única verdad de toda esa vida era que en alguna parte su hija podría estar enterrada y eso le aterraba mas que cualquier otra cosa. Por eso intentaba evadirse, pensar en otra cosa. Pero estuvo dándole vueltas y eso ya no tenía ningún sentido para él.

Saïd se sentó junto a él. Era un chico de piel oscura, delgado y alto. Le encontraron de camino a la isla. Tendría unos trece años por aquella época. Algo malo le tuvo que pasar porque estuvo sin hablar durante demasiado tiempo para un chico de su edad. Ahora tampoco hablaba mucho, sólo lo suficiente. El chico le miró y luego miró al mar.

-Vas a ir a buscarla, ¿no?

-Creo que si.

-Vale. Me parece bien.

Los dos se quedaron callados, mirando al mar. Gabriel se sintió bien con la compañía de Saïd. Fue el silencio más cómodo de toda su vida.




Gabriel entró en el almacén con una gran mochila de montaña. Primero fue a la estantería de la comida enlatada y echó unos cuantos botes. También cogió herramientas como una linterna de Leds, un cuchillo de supervivencia, un mapa, una brújula y unos prismáticos. Cogió también un antiguo cinturón del ejército con una pequeña mochila en la parte trasera y un sitio donde colocar la cantimplora. Alfredo entró en la habitación. Gabriel le ignoró.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

-Completamente.

-Está lejos, Francis tardó varios meses.

-Bueno, puede que tarde mas de un año en volver, o que no vuelva. Pero lo voy a hacer de todos modos.

-Sabes que no tiene porque ser tu hija. ¿Cuántas Agathas habrá?

-Qué coincidencia ¿no? No sólo tenía un familiar viviendo aquí sino que sabía perfectamente donde estábamos. No lo dudes, es mi hija.

-Te necesitamos aquí Gabriel.

A Gabriel le irritó eso. Pudo ver un gran egoísmo en ese amigo suyo y se tuvo que morder la lengua.

-Mi hija me necesita también.

-Está bien. Al menos cena hoy con nosotros y vete en cuanto amanezca

-Vale, eso haré.

Alfredo salió de la habitación y Gabriel se quedó pensativo un momento. Cogió una Colt de la armería y un cargador con quince balas. Guardó el arma en una funda táctica que llevaba en el muslo y salió de allí. Fue a su cuarto y allí cogió toda la ropa que pudo y mantas. Se tumbó en la cama y respiró hondo. Debes de estar majareta, pensó.




Cenaron en silencio. Como si Alfredo y Gabriel nunca hubieran tenido una de sus charlas o el resto no hablara de las cosas vanales que Gabriel odiaba. Francis pasó como uno mas del grupo. Todos y cada uno disfrutaron de la cena, de cada bocado. De hecho Gabriel lo hizo por primera vez. Saboreó cada trozo de comida que entraba en su boca. A lo mejor era su última cena pero a él le daba absolutamente igual, se sentía mas vivo que nunca.

Partió esa misma noche, antes del amanecer. Nadie se enteró y nadie le despidió. Se fue sin hacer ruido.




Acampó en una zona llena de árboles muertos, un auténtico cementerio. Todo estaba cubierto por una capa de ceniza. Gabriel se alegró de que al menos ya no cayera del cielo. Cogió la hojarasca que pudo y con el pernal la prendió fuego. También cortó troncos y con todo ello hizo una hoguera. Bebió agua de la cantimplora, tenía que buscar un lugar donde rellenarla. Mañana, pensó.
Sacó la manta de la mochila y se tapó con ella. Miró a las estrellas hasta que se durmió.

Un grito. Gabriel se despertó de un salto y miró a su alrededor. La hoguera se había apagado pero las brasas todavía soltaban humo. Otro grito. De un hombre, dedujo que estaba todavía lejos de allí. Sea lo que sea aún tengo tiempo de esconderme, pensó. Guardó todas sus cosas en la mochila y se la echó a la espalda. Se escondió junto a un árbol. Escuchó los gritos un par de veces mas. Vio una figura a unos cien metros en el bosque. Gabriel se tiró al suelo y se escondió detrás de un tronco partido en el suelo. Observó. Un hombre desnudo corría por el campo mientras gritaba. A unos cincuenta metros dos personas harapientas corrían armadas con palos. Alcanzaron al hombre desnudo y empezaron a golpearle con los palos.

-¿Dónde creías que ibas saco de mierda? - decía uno mientras le golpeaba en la espalda.

Gabriel agarró la pistola con fuerza. Golpearon al hombre durante minutos. El rostro completamente desfigurado, los huesos licuados. Quiso dispararles pero ni siquiera sacó la pistola.
Cargaron con el cadáver y le arrastraron hasta perderse en la inmensidad de aquel bosque.




Encontró un río donde acampar. La corriente era fluida, metió la cantimplora hasta que se llenó. Hizo una hoguera cerca del río y calentó el agua hasta que hirvió. Metió la cantimplora en su funda del cinturón y la dejó junto a la mochila. Se sentó en el suelo junto a la hoguera. Marcó su posición en el mapa y lo estuvo mirando un rato. Calculando posibles rutas. No había recorrido demasiada distancia. Unos cuarenta kilómetros. Todavía le quedaban mas de cien. La carretera que estaba siguiendo cruzaba por una zona contaminada, tenía que buscar alternativas. Podía cruzar una pequeña cordillera, había un pueblo en el camino donde descansar y buscar algo para llevarse a la boca. Al final de la cordillera había una ciudad que le serviría como referencia.
Luego cogió su pistola y la limpió como cada noche. Cuando acabó simplemente disfrutó de las vistas. Una llanura ante él, con un color grisáceo. El sol se ocultaba a lo lejos. De pequeño le daba miedo la oscuridad, volvió a sentir esa fragilidad ante algo que no se puede controlar.




Estaba situado entre los pies de dos montañas. Cada casa parecía estar a una altura distinta. El pueblo tenía algo raro. Como si estuviese demasiado limpio. Tuvo la sensación de que simplemente habían construido aquellas casas y las habían dejado ahí, en mitad del campo, sin nadie que las habitara. Gabriel se apartó los prismáticos de los ojos y los guardó en la mochila que estaba a sus pies.

Entró en el pueblo con la pistola en la mano. Caminó por sus limpias calles buscando comida. No encontró cadáveres, ni cristales rotos, ni coches quemados. Tampoco personas.
Llevaba una media hora caminando por el pueblo cuando escuchó un ruido. Se quedó allí, petrificado. El sonido era continuo, casi robótico. Le pareció una escoba. Se asomó por la esquina y vió a un hombre ya mayor barriendo cristales rotos. Gabriel se asomó y le apuntó con el arma.

-Oiga. - dijo. El viejo se dió la vuelta y le miró.

-¿Quién es? - preguntó el hombre. Parecía no ver demasiado bien. A Gabriel le pareció inofensivo y guardó su pistola. Se acercó a él.

-¿Qué hace?

-Barrer.

-Si alguien le ve por aquí le matará.

-No hace falta que alguien me vea aquí para que acabe muerto.

-Supongo que si, dijo Gabriel. ¿Por qué barre?

-Alguien tendrá que hacerlo.

-No. A nadie le importa eso ya.

-A mi si.

-Vale. ¿Vive usted solo?

-Si. ¿Con quién quieres que viva?

-No se. Con alguien mas. Una banda de locos por ejemplo.

-Aquí no hay locos. Solo yo.

-Vale. ¿Cómo se alimenta?

-Como puedo. Aquí hay ratas de sobra aunque no las vea ahora mismo.

-¿Entonces tiene algo de comer? Me da igual si es rata.

-No. ¿Y tu?

-¿Necesita la comida?

-No realmente. Aunque no me importaría comer algo que no sean insectos y ratas.

-Podemos hacer un intercambio.

-Tu dirás.

-¿Qué le parece si me deja dormir esta noche aquí y yo acambio le doy comida?

-Eres libre de dormir donde te plazca. El pueblo no es mio. De todas formas acepto tu oferta. Podemos ir a mi casa, es segura.

-¿Se fía de mi?

-¿Qué puedo perder?

-La vida.

-Tengo cosas con mayor valor si las quiere.




El viejo le llevó a su casa. Estaba en la zona mas alta del pueblo, a Gabriel le costó horrores subir hasta allí con todo el peso. En cambio al viejo no pareció costarle demasiado.
Desde la casa se podía ver todo el pueblo. El viejo tenía unos prismáticos encima de la mesa. Gabriel los miró, el viejo se dió cuenta de su curiosidad.

-Con eso vigilo. Por si acaso.

-No parece usted tonto.

-Si fuese listo ahora estaría en un refugio nuclear o algo así.

Gabriel sonrió.

-Vamos, en el sótano estaremos mejor. - dijo el viejo.

Cruzaron la casa. Era antigua, con pinturas por todas partes y fotos en blanco y negro muy desgastadas. Estaba mas limpia que el pueblo si cabía. Gabriel se fijó que en repetidas fotos estaba el rostro de la misma mujer.
Bajaron por las escaleras y el viejo empezó a hablarle.

-Aquí me siento mas cómodo. Nunca se sabe quien puede entrar en tu casa. Asique por las noches bajo aquí.

El sótano estaba completamente oscuro. El viejo palpó con las manos hasta encontrar una vela en la oscuridad. Sacó un mechero de su vieja chaqueta y la encendió. El sótano era una antigua bodega, llena de vinos. El viejo buscó en los estantes y sacó uno.

-Hoy beberemos bien. Del 92.

-Bonita bodega. Hacía años que no veía vino.

-Está bien ¿verdad?, dijo el viejo orgulloso. Este perro viejo consiguió esconder algunos vinos.

Caminó hasta una alfombra y la levantó. Había una puerta en el suelo, el viejo la abrió y alumbró dentro. Era una especie de salón. Con mesa de madera, alfombra, sillas y una chimenea. Había un libro encima de la mesa con un marcapáginas entre las hojas. Los dos miraron aquel extraño salón desde lo alto. Unas escaleras de madera conectaban los dos niveles.

-Aquí duerme usted.

-Eso es.

Los dos bajaron y encendieron la chimenea. El viejo dejó la vela encima de la mesa y cogió unas pinzas. Agarró una lata de macarrones con tomate que le dió Gabriel y la calentó en el fuego. Gabriel preparó dos copas de vino y esperó en la mesa. Cuando el viejo terminó de calentar los espaguetis los sirvió en dos platos sucios.

-Perdona el aspecto de los platos. Pero no puedo lavarlos muy amenudo.

-Es igual.

El viejo se sentó y ambos brindaron. Aunque ninguno de los dos se atrevió a decir un motivo para hacerlo. Gabriel observó la habitación. No había ningun sitio por el que pudiese entrar luz del exterior.

-¿Qué pasa si se le apaga una vela?.

-Bueno, suelo tener cuidado con eso. Siempre tengo una vela en la mesilla de noche, en el mismo lugar. Asi por las mañanas no necesito poder ver para cogerla.

Gabriel asintió y se llevó a la boca unos cuantos macarrones.

-¿Qué ha pasado con el pueblo?

-Nada. El pueblo está bien.

-Quiero decir con la gente.

-Pues la mayoría se fueron o se murieron. ¿Acaso eso te parece raro en los tiempos que vivimos?

-Esque parece que no ha pasado nada aquí. En otros pueblos por los que he pasado parece que un huracán se lo llevó todo por delante.

-Claro. Para eso lo limpio.

-¿Limpia usted el pueblo? ¿Por qué?

-¿Qué puedo hacer si no?

-No se. Irse de aquí.

-Lo mismo da donde vaya. Todo está igual.

-Yo vivo en un albergue a cincuenta kilómetros de aquí. Ahí le darían comida y viviría bien.

-¿Un albergue?

-Si. Tenemos plantas y algunos cerdos. Tambien vacas.

-Vaya, suena bien.

-Si.

-Pero estoy bien aquí.

-¿Está seguro?

-Totalmente. ¿De qué me serviría ir?

-No estaría solo.

-Quien te dice que prefiera estar acompañado.

-¿Prefiere estar solo?

-No. Pero no me gusta aferrarme a cosas que no voy a poder mantener para siempre.

-Es usted muy pesimista.

-Supongo que si. ¿Adónde te diriges?

-Voy a buscar a mi hija.

-¿No ves? Tu no te has acostumbrado a estar solo.

-Jamás.

-¿Llevas mucho sin verla?

-Demasiado. No se cuanto exactamente pero podría asegurar que mas de mil años.

-Le entiendo. Yo echo de menos a mi mujer, era lo único que tenía. Jamás tuvimos hijos ¿sabe? Ella era estéril.

-Usted tampoco se ha acostumbrado a estar solo.

-Bueno es distinto. A mi mujer la he perdido y ya no puedo recuperarla. Es algo que nada puede cambiar y mi sufrimiento no varía demasiado. Pero si viviera con mas gente y un día les perdiera volvería a sufrir lo mismo y no quiero. Por eso lo mejor en estos tiempos es estar solo. Vale que uno sufre, pero al menos no tiene que hacerlo por la pérdida de nadie, que no hay otro dolor como ese.

-Eso nunca lo podrá saber. No tiene porque perder a nadie, hay mucha gente que consigue sobrevivir.

-Ya pero en estos tiempos es otra cosa. ¿Cuánta gente habrá muerto desde que ocurrió? ¿Y cuántos se matan día a día? Ni tu, ni yo, ni nadie que viva sabe esa respuesta. Pero no pocos precisamente. A lo que voy, que morir hoy en día es algo terriblemente fácil.

-Pues yo creo que mi hija no ha muerto.

-Puede ser, pero imagina esto. Finalmente y tras recorrer varios cientos de kilómetros la encuentras y está viva. Y de vuelta al albergue ese que has dicho la capturan y la matan. ¿Qué prefieres, vivir sin ella día a día o saber que unos salvajes la han hecho esas barbaridades?

-Prefiero saber que está muerta a vivir día a día desconociendo lo que la puede haber pasado. Es mi hija por dios, para lo bueno y para lo malo.

-Bueno, eres un hombre raro. No me mires con esa cara, lo digo en el mejor de los sentidos. La verdad esque yo soy testarudo, pero por mucho que diga soy como tu. Si mi mujer estuviese viva removería cielo y tierra por encontrarla, pero no tengo esa suerte. Nosotros somos hombres de otra época, estamos en el sitio incorrecto. Jamás nos podremos adaptar a esta situación.

-¿Y cómo se supone que se adapta uno a algo así?

-Sólo tienes que olvidarte de que eres humano. Muchos lo han conseguido, yo les vi comiéndose a sus propios hijos.



Estuvieron hablando durante toda la noche. Sobre esto y sobre aquello. Su mujer murió unos años atrás, de una enfermedad. El hombre creía que la había cogido por estar todo el día rodeada de cadáveres putrefactos. Asique cuando murió se puso a limpiar todo el pueblo hasta ese momento. No le gustaba limpiar según palabras suyas, pero le mantenía ocupado y le hacía olvidar lo que había ocurrido. El viejo habló sobre ella. Intentaba disimular que ya no sufría por ella, que lo había olvidado. Pero era mentira, lloró como Gabriel nunca había visto a alguien hacerlo. Los dos se fueron a dormir sin decir ni una palabra mas.




Cuando Gabriel se levantó el viejo no estaba. Miró rápidamente el lugar donde dejó la mochila. Seguía allí. Cogió sus cosas y fue a salir de la casa cuando se dió cuenta de algo. No tenía la pistola.

-Mierda, mierda, mierda, se repetía mientras salía de la casa. Eres un puto estúpido. ¡Estúpido!

Buscó al viejo por el pueblo. Lo encontró en un supermercado.
Estaba tirado en el suelo, tenía un agujero en la parte lateral de la cabeza. Su cara estaba llena de cristales que le habían llenado de sangre. Gabriel le miró con cierta tristeza y recogió la Colt que llevaba el hombre en la mano. Se marchó dejando el cadáver desparramado. Pensó que el viejo ahora estaría realmente solo.




Por la noche acampó en una zona alta y miró los alrededores. El bosque se extendía hasta el horizonte, muerto. A lo lejos pudo ver la ciudad en ruinas. Sacó el mapa y marcó el punto donde estaba. También se fijó en las zonas con peligro radioactivo, había una gran nube a unos veinte kilómetros al este de su posición. Por suerte el se dirigía al norte. Se preguntó que pasaría en el resto del mundo, cuánte gente quedaría con vida. Pensó en la muerte.
_________________


Last edited by NuDricK on Mie Nov 11, 2009 3:01 pm, edited 3 times in total
Subir
View users profile Send private message
Azil-qi
WoW-ESP Fan
WoW-ESP Fan


Entrado: Feb 07, 2007
89%
Mensajes: 1033



MensajeMandado: Lun Ago 17, 2009 2:19 am    Asunto del mensaje: Responder citando

Mas adelante hare una critica mas completa, pero me ha gustado mucho lo que has escrito, y me gusta el tono de la historia, aunque sea un poco deprimente Very Happy
_________________
Desde las tierras del sur...

¡Y ahora con blog!


http://experimentolovecraft.blogspot.com/
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Jue Ago 20, 2009 1:13 am    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 4
Dreyfus y la nueva vida





Dreyfus se despertó otra vez en ese maldito lugar. Se incorporó y observó las tinieblas. Una absoluta nada le rodeaba, si no fuese por los ronquidos juraría que estaba solo. Sacó una vela que llevaba en el bolsillo y la cubrió con algo de ropa para no quemarse. Al encenderla aparecieron ante él algunos refugiados durmiendo en el suelo de piedra. Había tantos que se iban perdiendo gradualmente en la oscuridad. Algunos tosían a lo lejos, en las tinieblas. La suciedad había hecho enfermar a mas de uno. Se levantó con cuidado y caminó entre la masa de gente dormida. Se encontraba en un antiguo parking de coches, todavía quedaban algunos ocupados por gente privilegiada y poderosa dentro del lugar. El parking se componía de tres niveles, los refugiados estaban en el primero. El parking tenía almacenes y antiguas zonas de vigilancia donde los refugiados guardaban comida y objetos útiles. El lugar era oscuro, pero entraba suficiente luz por los agujeros del techo como para ver un mínimo.

Dreyfus caminó hasta llegar a una de las esquinas del parking. Ahí no dormía nadie, mas bien era el lugar donde hacían sus necesidades. Los restos de heces se amontonaban ahí produciendo un hedor demasiado nauseabundo para una persona normal. Por desgracia para Dreyfus, el hecho de vivir en el caos no significaba que algunos actos matutinos desapareciesen. Se puso de cuclillas y pensó durante el transcurso del acto.

-Estoy harto, ¡harto de este lugar!. Mierda, tengo que salir de aquí como sea.

Contempló a los refugiados en el fondo del parking. Aquellos pobres infelices se habían dignado a vivir en aquel agujero. No querían salir para nada ¿para qué? Tenían allí todo lo que necesitaban. Suministros para vivir allí durante mucho tiempo. Habían olvidado su dignidad, pero Dreyfus no.

Cuando terminó se limpió con ropa vieja y se marchó a dormir otra vez. Le atormentaba esa idea de escapar. Quizá no todo era tan malo como antes, a lo mejor el invierno había acabado y se podía ser feliz de nuevo. Y aunque no fuese así, algún sitio tendría para ir.

-¿Y adonde voy a ir dios mio?.

Pensó en su antiguo pueblo, en todos los buenos ratos que pasó allí. Le hubiese encantado ir pero no todo eran buenos recuerdos. Mas bien los malos superaban a los buenos. Por ejemplo la última vez que estuvo ahí. Pudo ver desde la ventana de su casa como unos bandidos mataban a lo poco que le quedaba de familia. Cada vez que pensaba en ella sentía ganas de morir. Sin duda el pueblo no era buena opción.

-También está el refugio del que nos habló Agatha, pensó.

Abrió los ojos y sonrió. Se levantó a hurtadillas y observó el oscuro parking. Desde ahí no podría encontrarla, tendría que buscarla entre la muchedumbre. Se levantó con la vela en la mano y fue buscando entre los olorosos refugiados hasta que reconoció a Agatha. Rondaba los veinte. Sus cabellos rubios estaban llenos de suciedad y parecían pegajosos, pero seguían siendo preciosos. Con su cara pasaba algo parecido, cualquiera diría que era el rostro de un ángel entre tantos refugiados harapientos. La encontró en un su esquina habitual, dormía placidamente. Por suerte el líder no había requerido de sus servicios. Se puso de cuclillas frente a ella y la tocó el hombro repetidas veces hasta que se despertó.

-¿Qué quieres? - preguntó somnolienta.

-Quiero irme de aquí - respondió Dreyfus en voz baja.

-¿Irte de aquí?

-¿Todavía recuerdas donde estaba el refugio de tu padre?

Ella tardó en contestar. Parecía pensar a la vez que se desperezaba.

-Si. Creo que tengo un mapa escondido por el almacén - dijo bostezando.

-¿Me lo puedes dejar?

-¿Un préstamo? ¿Y cuándo se supone que me lo vas a devolver?

Dreyfus no contestó.

-No te preocupes. Te lo regalo. A estas alturas dudo que haya en ese albergue un alma.

-Gracias.

Se levantaron y atravesaron el oscuro parking mientras esquivaban refugiados. El almacén estaba al fondo. Era una pequeña puerta de metal oxidado con una cuerda atravesando el agujero de la cerradura. Agatha agarró la cuerda y tiró, abriendo la puerta. Dreyfus iluminó la estancia con su vela. Era una habitación pequeña y mugrienta. Las paredes estaban llenas de cal y olía demasiado a humedad. Había algunos estantes metálicos con comida enlatada y otros con cosas como linternas, mapas o mochilas. Agatha buscó entre los trastos hasta sacar un mapa con el símbolo de peligro radioactivo. Lo desplegó en el suelo. Un mapa del país, Dreyfus no supo descifrar la escala del mapa, pero no era precisamente el colmo de los pequeños detalles. Agatha buscó con la mirada la isla que buscaba. Cuando la encontró la señaló con su dedo índice.

-Mira. ¿Ves este punto microscópico?

-Si.

-Es la isla, nosotros estamos... - dijo mientras trasladaba el dedo hacia el norte. - Aquí.

-Es mucha distancia.

-Mas de cienco cincuenta kilómetros.

-¿Seguro que es ahí?

-Seguro.

-Vale, gracias Agatha.

Ella sonrió mientras plegaba el mapa y se lo daba.

-Suerte Dreyfus. Coge toda la comida que puedas.

Agatha hizo ademán de salir, pero Dreyfus la cogió del hombro. Ella le miró extrañada.

-No se lo digas a nadie ¿vale? No creo que les hiciese mucha gracia.

-Lo se. Tranquilo.

Dreyfus cogió una mochila y metió el mapa desplegado. También metió toda la comida enlatada que pudo. Se echó la mochila a la espalda y salió del almacén. Apagó la vela y caminó pegado a la pared, prefería que nadie le viera saliendo de aquel lugar. No les haría mucha gracia que Dreyfus se llevara su comida.




Subió los últimos peldaños y llegó a la puerta que daba al exterior. Estaba atrancada. La golpeó con el hombro derecho hasta que la pudo abrir. Al salir al exterior sus ojos se quedaron cegados durante unos segundos, como si nunca hubiese visto la luz del Sol. No tardaron mucho en adaptarse, la luz era muy débil. Pudo notar también un frío intenso que le hizo tiritar al instante. Se abrigó como pudo y cerró la puerta. En la calle todo estaba lleno de ceniza, esta caía del cielo lentamente. Parecían copos de nieve grisáceos. Dreyfus tosió un poco y se fijó en la calle. La carretera tenía cuatro carriles y justo a la derecha había una gran curva. Toda ella estaba repleta de viejos coches. Algunos oxidados, otros quemados, con los cristales rotos, saqueados... Los edificios eran testigos de cruentas batallas, estaban repletos de heridas de disparo y boquetes por donde cabrían varias personas. Dreyfus no supo que rumbo tomar, asique siguió aquella carretera.

Tuvo que salirse de la carretera, estaba cortada por una cantidad inmensa de coches que Dreyfus era incapaz de esquivar. Él sabía lo que esto significaba, perder su único punto de referencia. Pero aún así se atrevió y caminó durante otro rato.

Estaba callejeando completamente perdido. Desesperado, sacó el mapa e intentó guiarse. Pero en ese mapa tan general no estaban dibujadas las calles de la ciudad. ¿Y de qué le servía un mapa si no tenía ni idea de donde estaba el norte?

-Maldito idiota - se dijo en repetidas ocasiones.

Pensó que lo mejor era volver al refugio y buscar una brújula pero seguramente no sabría volver. Era un poco tarde y a pesar de que el Sol estaba cubierto por las nubes de ceniza, pudo notar como el día llegaba a su fin. Buscó un cartel con un mapa de la urbe que al menos le indicara el Norte. No encontró ninguno.

Vagó sin rumbo alguno. Encontró el primer cadáver junto a una antigua tienda de electrodomésticos. Le habían apuñalado repetidas veces y luego le habían quitado toda la ropa. Dreyfus tocó la sangre y se asustó al ver que aún no había coagulado.
Miró alrededor pero no vió nada. Se quedó allí parado, sin saber que hacer. La ceniza le cubría ya todo el cuerpo.

Al anochecer sintió un intenso frío asi que entró en el primer edificio que vió. Tenía una escalera de caracol que permitía ver la distancia que había de la planta baja hasta el techo. Dreyfus se quedó en el centro mirando hacia arriba un rato. Calculó que el edificio tendría unos seis pisos. Al no escuchar nada empezó a subir escalones. Iba por el tercer o cuarto piso cuando un grito desgarrador inundó aquel edificio. El grito generó un oscuro eco que a Dreyfus le puso la piel de gallina. Dreyfus se quedó paralizado. Bajó los escalones de dos en dos hasta el exterior. Estuvo corriendo durante unos minutos, hasta que calló exhausto al suelo.

El ejercicio le había hecho entrar en calor y sudaba, pero sabía que con ese frío cogería una pulmonía si se le ocurría quitarse alguna prenda. Buscó algún lugar en el que refugiarse. La ciudad por la noche era tétrica, casi sin sonidos. De vez en cuando escuchaba algún grito lejano que le asustaba. Algunos edificios escupían fuego por las ventanas. Si el cielo existía Dreyfus se encontraba demasiado lejos de él. Tras largo rato vagando sin rumbo encontró un antiguo cubo de basura. Lo abrió. Todavía quedaban restos de comida podrida. El olor era casi peor que el del parking. Se metió dentro e intentó dormir.

Se despertó derepente. Un hombre encapuchado y con una mascarilla vieja cubriéndole la boca le miraba intensamente. Era corpulento y llevaba un abrigo de montaña lleno de suciedad. Tenía agarrada la tapa del cubo con una mano cubierta por un grueso guante. Tras el la noche era mas intensa de lo que jamás había sido. Apareció otro encapuchado tras el primero, era menos corpulento y tenía aspecto de ser mas joven. Una mascarilla roñosa le cubría la boca y unos pelos rubios se le asomaban por debajo de la capucha. Ambos tenían un tono gris por todo el cuerpo.

-Tenemos un sitio mejor donde puedes dormir, dijo el mas grande.

Le golpearon con algo que Dreyfus no supo determinar. Sólo sabía que era un objeto contundente. Acabó desmayado tras un par de golpes.




Abrió los ojos. Todo estaba oscuro. Escuchó sollozos en la misma habitación. Al rato sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad. Había un pequeño haz de luz rectangular, parecía la parte baja de una puerta. Se intentó levantar pero resbaló con algo y cayó al suelo. El corazón aceleró el pulso. Estuvo un rato sentado en el suelo mojado.

-Esa sangre resbala mucho - dijo alguien. Es bastante reciente.

-¿Quién eres?

-Me llamo Luis.

-¿Qué hacemos aquí?

Él se rió.

-Dos tipos encapuchados te secuestran y te meten en una habitación a oscuras ¿y tú preguntas que qué hacemos aquí? Desde luego que no vamos al zoo, dijo Luis y se empezó a reír.

-No tiene gracia.

-Si lo piensas si que la tiene.




Era una habitación de unos cinco metros cuadrados. El suelo y las paredes eran de azulejo. Todo estaba sucio y mugriento. El hedor allí era nauseabundo. Había un pequeño agujero en la pared que parecía daba al exterior pero no entraba nada de luz. Todavía era de noche.

Pudo ver que eran cuatro personas. Había una chica joven tumbada en posición fetal, temblaba como una descosida. Luego tres hombres, dos de ellos parecían estar locos. Miraban al infinito boquiabiertos, o se ponían a llorar derepente. Esa situación se les escapaba de las manos. Otro sin embargo estaba sentado, apoyado sobre la pared. Sería el tal Luis. Suspiraba aburrido, como si eso no le divirtiera lo suficiente. Dreyfus notó un intenso dolor de cabeza. Se tocó en la zona de dolor y pudo notar la sangre fresca. Pensó que lo mejor era descansar un rato.




Se escucharon pasos al otro lado de la puerta. Retumbaban en todo el cuarto como aviso de lo que iba a suceder. Cuando mas cerca empezaban a escucharse se pararon. Unas columnas aparecieron en la rendija de la puerta. Los dos hombres y la chica empezaron a asustarse. Ella se apoyó contra la pared y cerró los ojos con fuerza mientras lloraba.

-Dios mío ayúdame. Por favor no dejes que me hagan nada malo - repetía sin descanso.

La puerta se abrió. Dreyfus pudo ver a los dos chicos intentar esconderse en la pared. Luis ni se inmutó. Dos hombres entraron y miraron a los presos. No se podían distinguir sus rostros.

-A ver Henrik. ¿A cuál quieres hoy?

El tal Henrik miró a la chica joven y la señaló con la cabeza. Todos en la sala sabían lo que pasaría a continuación. La chica empezó a gritar y patalear. El mas grande se acercó y la agarró de los tobillos. La arrastró hasta que desaparecieron al final del pasillo. El otro se quedó en el umbral de la puerta mirando a los presos. Dreyfus solo pudo distinguir su silueta, abosultamente negra, observarles. Era imposible distinguir su cara. Sujetaba el pomo con una mano. Luego la cerró de golpe. Pudieron escuchar los gritos de la chica al otro lado de la puerta.

-Oh Dios - dijo Dreyfus. ¿Qué la van a hacer?.

-La llevarán a los museos de la ciudad y luego a la feria. ¿Tú qué coño crees que la van a hacer?, dijo Luis sarcásticamente.

-Dios.

-Dios - dijo riéndose como un loco. Creo que lleva unos años algo ocupado follándose a sus angelitos.

-A lo mejor viene Jamal - dijo uno de los hombres.

-Si a lo mejor viene Jamal. O a lo mejor nos matan antes de que Jamal sepa siquiera que existimos.



Dreyfus estuvo escuchando los gritos de la chica mas tiempo del que hubiese querido. Si en el infierno se podía gritar, debían ser gritos parecidos esos. Tarde o temprano le tocaría a él.




Dreyfus no sabía el tiempo que había transcurrido desde la última incursión cuando volvieron a abrir la puerta. El mismo método. Los dos encapuchados miraron a los presos. El más joven se quedó mirando a Dreyfus y le señaló con el dedo. Dreyfus empezó a llorar.

-No porfavor. ¡No!

El otro se acercó y le cogió de los tobillos. Le arrastró fuera del cuarto. Pasaron por un pasillo, al final del todo Dreyfuss pudo ver unos grandes ventanales con algunas manchas de sangre. Estaban en un piso alto, ya que se podía ver casi toda la ciudad en ruinas. El salón era muy largo y no demasiado ancho. En el fondo había un sofá pegado a la pared. Sobre el sofá estaba la chica de antes. Tenía cortes cauterizados por todas partes. La garganta tenía una mancha roja, como de unas manos apretándola hasta morir. La cara morada era testigo de aquello. Encima del sofá un extraño cuadro lleno pincelazos rojos. Lo podría haber pintado cualquier loco. Le dejaron a unos metros del sofá y le soltaron. Dreyfus pudo ver restos de hueso y vísceras tirados por el suelo. El terro mas profundo se volvió a apoderar de él. El miedo de alguien que sabe que va a morir irremediablemente. Se arrodilló frente a ellos.

-¡No me hagáis nada porfavor! - dijo como si eso le sirviera de algo.

Uno de ellos era mayor, unos cuarenta y cinco. Pelo canoso y sucio. Tenía la mandíbula cuadrada y era un hombre corpulento. El otro era mas joven, no llegaría a los treinta. Pelo rubio y rostro casi angelical. Ambos llevaban monos de una antigua empresa manchados por sangre y vísceras.

-No te haremos nada. Será como pasear por el campo - dijo el mayor.

El joven se acercó con el puñal.

-¿Qué le hago ahora? - Le preguntó al mayor.

-Bueno, has aprendido suficiente. Creo que con este puedes tu solo. - Al oír esto Dreyfuss sintió escalofríos por todo el cupero. Apoyó la frente en el suelo y cerró los ojos.

-Dios no... - dijo entre lágrimas.

-¿En la garganta? - le preguntó.

-¿Lo quieres matar tan rápido?.

Dreyfus tuvo una idea. Sabía de algo con lo que podía negociar. Levantó la cabeza rápidamente y les miró.

-Esperar, no me hagáis esto. Puedo serviros de ayuda.

Los dos empezaron a reír. Su risa no era nada del otro mundo, mas bien bastante normal.

-Por desgracia para ti nos servirás de mucha ayuda.

-Esperar. ¿Queréis comida? Os puedo conseguir.

-Ya tenemos suficiente con la que te quitamos. No te preocupes por eso.

-No hablo de un par de latas. Hablo de cientos de ellas.

Los dos volvieron a reír.

-No hay tantas en toda la ciudad, dijo el joven.

-Si las hay. Te digo que es cierto.

-¿Dónde están? - Preguntó el mayor.

-En un antiguo parking. Ahí vivía antes, junto con otros veinte refugiados.

-¿Refugiados?

-Claro. Ahí tienen comida para un regimiento entero. No se como coño la tienen pero se que la tienen. Porfavor no me matéis.

-Entonces nos indicarás y si es mentira te matamos.

Dreyfus se dió cuenta de lo perdido que estaba y se puso a llorar.

-¿Qué le pasa a este ahora? - le preguntó el joven al mayor.

-Ni idea – respondió. Volvió a mirar a Dreyfus - ¿Qué coño pasa ahora?

-No se llegar – dijo entre lágrimas.

El viejo suspiró cansado de aquella conversación que solo retrasaba lo inevitable.

-¿Entonces de que nos sirve tu ayuda?

-¡Espera! ¡Espera! - dijo casi riéndose - No se llegar, pero está junto a una gran carretera. Si encuentro la carretera sabré llegar.

-Eso podría llevarnos tiempo. No me convence.

-Pero pensarlo bien. Podríais comer hasta hartaros.

El joven miró al mayor intrigado.

-¿Qué hacemos?

El mayor se quedó pensando mientras se acariciaba la barbilla.

-No perdemos mucho por intentarlo. ¿No tienes una referencia mejor?

-Me tuve que salir de la carretera porque los coches cortaban el paso.

El viejo sonrió.

-¡Ah! Se donde está eso. Vamos pues – dijo y se puso de cuclillas frente a él mirándole a los ojos. Dreyfus casi nota como esa mirada le taladra por completo. - Si es mentira, te juro que lo vas a lamentar.

-Es cierto, ¡lo juro!

El hombre le miró pensativo y suspiró.

-Henrik. Hecha de comer a los perros.

Henrik, obediente, cogió el cadáver de la mujer y se lo tiró a los presos de la habitación oscura.




Le tenían atado por el cuello con una soga. Henrik le guiaba con ella, parecía su perro. Caminaron por las calles desiertas de aquella ciudad en ruinas. El frío seguía siendo intenso y las cenizas le hacían toser. Dreyfus pudo ver algunos cadáveres en las calles, algunos estaban casi congelados. Ni siquiera estar al Sol servía de mucho en aquel invierno interminable. Por si esto fuera poco la cabeza le dolía a rabiar.

El viejo trataba a Henrik como a un hijo. Le hablaba con cariño cuando se lo merecía y era severo con él cuando hacía algo mal. Estuvieron hablando parte del camino, el viejo le enseñaba como sobrevivir en un lugar como ese. A Dreyfus no le interesaba ninguno de los consejos, tan sólo salir de ahí con vida, asique ni se molestó en escuchar. Cuando llegaron a la carretera cortada habían caminado unas cuantas horas, asique se sentaron a descansar en el portal de un edificio. Dreyfus pudo ver que el mayor llevaba una sobaquera con pistola incluída. Un revólver de 6 balas. Con eso le iba a ser difícil huír de aquellos maniacos.




Cuando llegaron al edificio la noche había caído. Dreyfus soltaba vaho mientras tiritaba sin descanso. Les enseñó la entrada al parking y mientras el viejo bajó, Henrik se quedó vigilando a Dreyfus. Este se fijó en el singular rostro del joven, le transmitía bondad. Su mirada ni siquiera era de odio. Henrik le devolvió la mirada y al ver que Dreyfus le miraba le golpeó en el estómago dejándole casi sin aliento.

-No me gusta que me miren. - dijo Henrik.

-Vale, vale. – dijo intentando recuperar la respiración.

El mayor subió las escaleras con una sonrisa en la boca.

-Hay mucha gente ahí dentro.

-Asi que era verdad.

-Os lo dije.

-Bien, gracias por la ayuda. - dijo el mayor.

El hombre desató la cuerda de su cuello.

-¿Pu-puedo irme? - preguntó Dreyfus confuso. No se lo terminaba de creer.

-Claro amigo. Puedes irte.

Se quedó mirándoles desconfiado. Los dos le observaban sonrientes, como si fuesen buenos amigos suyos. A lo mejor no le intentaban engañar, a lo mejor era cierto que solo querían sobrevivir y si no veían necesario matar no lo hacían. Quizá no fuesen tan malos. Contento, Dreyfus se dió la vuelta y caminó por la calle repleta de coches. Escuchó el amartillamiento de un arma y cuando quiso reaccionar fue demasiado tarde. Durante la última milésima de segundo pensó en ella. Sintió unas terribles ganas de besarla pero jamás lo volvería a hacer. Su último recuerdo se esfumó en un chorro de sangre que salió de su frente.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Dom Ago 23, 2009 9:56 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 5
La chica y el adiós





La noche había caído ya. El resplandor de la Luna se reflejaba en el agua del mar y bailaba al son de las olas. Francis disfrutaba de la brisa sentado en la terraza del refugio. Pensaba en las penurias del trayecto y en como sus compañeros fueron cayendo poco a poco. Pero él estaba ahí, lo había conseguido. A lo lejos pudo ver una figura que caminaba hacia él, poco a poco la luz iba mostrando su rostro, era Alfredo. Este subió las escaleras de la terraza y se sentó en la otra silla libre. Echó la espalda atrás y se apoyó en los posabrazos.

-Es bonito. - dijo Francis.

-Mucho. Me da pena pensar que debe de ser de lo poco bonito que quede en el planeta.

Francis afirmó lentamente con la cabeza mientras miraba al mar.

-Supongo que tarde o temprano pasaría algo así.

-Dios, a veces pienso en todo lo que habremos perdido. Las pirámides, Angkor, Nepal... Ya sólo queda el recuerdo.

-Es peor aún.

-¿Por?

-Dentro de poco no nos quedará ni el recuerdo. Todo perdido.

-Ni siquiera entiendo porque ocurrió.

-Es dificil entender porque ocurren cosas así. Pero ocurren. Siempre hay gente que se acuerda de recordarnos lo que somos.

-¿Y qué somos?

-No lo se. Lo único que puedo decirte esque no somos precisamente una especie altruista.

-¿Y nosotros qué?

-Nosotros somos distintos.

-¿Y eso por qué?

-Somos de otra época Alfredo. Nosotros no estamos dispuestos a cruzar ciertos límites. O eso intentamos creer.

-Podemos hacer cosas malas. Pero también buenas.

-¿Crees que algo bueno puede cambiar lo que hemos hecho? No quiero ni imaginar la gente que habrá muerto. Tardaremos siglos en arreglar algo así, si esque lo arreglamos alguna vez.

-Entonces seremos el ejemplo a no servir. Las siguientes generaciones ya están advertidas.

-Nosotros también estábamos advertidos. Sabíamos lo que pasaría si hacíamos algo así y mira. Que haya pasado esto no quiere decir que no lo volvamos a hacer.

-Yo no creo que sea así. Podemos cambiar las cosas.

-¿Recuerdas las drogas? Todo el mundo sabía lo que te pasaba si te enganchabas, pero la gente seguía haciéndolo. No les importaba. ¿Cómo puedes cambiar algo así? No se puede luchar contra alguien que está dispuesto a destruirse a si mismo. No se puede.

Alfredo agachó la cabeza pensativo.

-Te demostraré que si se puede.

-¿Cómo?

-Con este albergue. Traeremos a gente. - Miró a Francis sonriente. - Haremos algo grande.

-Ya lo intentásteis ¿no? Sólo han venido tres personas en todo este tiempo.

-Lo se, pero será distinto esta vez. Ya lo verás.

-¿Qué tienes pensado?

-Aún nada.

-No creo que consigas convencerme. De todos modos acepto el reto.

Francis miró intrigado a aquel hombre mayor. Su rostro viejo tenía bondad y buenas intenciones. Le pareció alguien ingenuo después de lo que había vivido, o quizá tenía una fe ciega en la raza humana. Francis sonrió levemente. Deseaba con toda su alma que ese hombre tuviera razón.




La ciudad estaba hecha añicos. La mayor parte de los edificios estaban totalmente derrumbados creando una cordillera de escombros a lo largo y ancho de la metrópoli. Unos pocos quedaban en pie, pero sus partes superiores habían desaparecido en la mayoría y los edificios acababan en formas puntiagudas. Otros habían caído encontrando en su camino a otro edificio sobre el que apoyaban su peso, como si de un arco del triunfo apocalíptico se tratara. En mitad de la ciudad un gigantesco cráter indicador de la zona cero. Nada quedaba en él, salvo el polvo de lo que antes se encontraba ahí. Por las calles no había rastro de gente, tan sólo huellas de su paso. Sombras en el suelo que mostraban el sitio donde se encontraba antes de calcinarse y desaparecer en medio segundo. Las nubes cubrían todo el cielo. El polvo y la ceniza caía sobre la ciudad, era el invierno nuclear. Y eso es lo que soñó Francis. El sueño mas real y aterrador que tuvo en su vida.





Tras unos días en el albergue conoció a todos sus residentes. Eran ocho en total (sin contarse a si mismo y a Gabriel). Alfredo sin lugar a dudas hacía el papel de líder allí. No era muy severo ni parecía tener actitudes para eso, sin embargo con la palabra convencía a todos. Su tono suave y sus ganas por ayudar a la gente hacía que todos sintieran un especial aprecio por él.
Luego estaba Josef. Josef era un tipo normalito, aunque algo corpulento. No parecía tener mala leche pero de vez en cuando alzaba la voz. Solía juntarse con las dos hermanas, Paola y Lucía. Nadie sabía con certeza lo que hacían juntos los tres pero todos se lo imaginaban. Las dos chicas quizá eran las mas comodonas. Tenían otras cosas en común, las dos eran guapas y tenían el mismo color de pelo, además de rondar la misma edad. Francis tenía la sensación de que eran mellizas.
El mas joven de todo el albergue era Saïd. También era el mas callado y misterioso de todos. Su mirada siempre andaba perdida y parecía haber vivido mas horrores que nadie. Normal, ni siquiera tuvo infancia. Francis intentó hablar con él en repetidas ocasiones sin demasiado éxito. Realmente era un chico de pocas palabras.
Por último estaba Eloise. No era especialmente guapa, mas bien normal, pero tenía algo que a Francis le cautivaba. Estuvo unos cuantos días intentando hablar con ella pero el coraje le fallaba. Cierto día en la playa encontró su oportunidad.




Sus pies descalzos se hundían en la arena húmeda de la playa. De vez en cuando las olas le sacudían suavemente mojándola hasta los tobillos. Los cabellos sueltos se movían con el viento, un mechón le cruzaba la cara mientras se revolvía sin descanso. Sus brazos cruzados en una posición elegante. Sus dedos eran delgados y delicados. Sus ojos apuntaban al suelo, pero su mirada estaba en el infinito. Quizá recordando cosas que a nadie le gustaría recordar. Quizá recordando campos verdes, niños jugando en los parques o simplemente la ciudad contaminada pero llena de vida. Quizá. Él se acercó a ella desde su espalda, dejando que notase su presencia.
Ella le pregunto si quería algo. Él la respondió que sólo quería caminar junto a ella. En silencio.




Las hojas de los pocos árboles que había se movían con nerviosismo. El sol se reflejaba en ellas remarcando el verde. Una de ellas calló y bailó hasta llegar a la cara de Saïd, resbalando por ella hasta llegar al suelo. El chico estaba sentado junto al tronco. Cuando Francis lo vió a lo lejos se entristeció al ver su mirada perdida. Le recordó a su hijo. Se acercó a él. Este ni se inmutó.

-Hola Saïd. - dijo sentándose a su lado.

-Hola.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

El chico se encogió de hombros.

>>¿Cuántos años tienes?

-Perdí la cuenta a los cinco.

-Yo a los veinticinco. - dijo Francis sonriendo. Saïd esbozó una ligera sonrisa para borrarla un segundo después.

-Hiciste un largo camino. - Dijo el chico.

-Y que lo digas.

-¿Viniste tu solo?

-Yo y cuatro personas mas.

-¿Están muertas?

-Si. Están muertas.




-Construimos este albergue para ayudar a la gente. No para nuestro beneficio personal. - recordaba Alfredo.

-Pero es peligroso. - dijo Francis.

El viejo presidía la mesa. Los ocho refugiados estaban sentados alrededor de ella y cenaban mientras charlaban sobre el tema.

-Lo es. Comprendo que no queráis hacerlo. Lo haré yo mismo si hace falta. Pero no penséis que me voy a quedar de brazos cruzados.

-Cuando vinimos aquí yo te acompañé y estaba deacuerdo contigo. Yo iré a buscar refugiados. - dijo Josef.

-De veras, no sabéis lo que hay ahí fuera. Creo que estáis cometiendo un error. - dijo Francis, ni siquiera había probado un bocado. La conversación le tenía preocupado. Era evidente que esa gente llevaba demasiado tiempo sin caminar por el continente.

-Francis, tu viniste y nadie te impidió el paso. ¿No crees que estás siendo egoísta?

-¿Egoista? Quizá. Supongo que conmigo tuvisteis suerte, pero podría venir cualquier otro y no tener esa suerte. Sólo os recuerdo que es peligroso.

-¿Algún voluntario mas aparte de Josef? - preguntó Alfredo casi ignorando a Francis. Este se irritó al ver la actitud del viejo pero prefirió no alterarse demasiado.

Una mano en el aire. Todos miraron a la persona en cuestión, era Saïd. Francis miró a Alfredo esperando que este mostrara desaprobación por el hecho de que el muchacho quisiera ir. Un chico de veinte años no era la persona apropiada para ello. Pero Alfredo tan sólo sonrió.




La noche había caído en la isla. La gente había ocupado sus camas y dormían. Todos menos Saïd y Francis. Este último vió al muchacho en la playa. Observaba el continente con mirada misteriosa. Francis se acercó a él y se sentó junto al chico.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer? - preguntó Francis.

-¿Por qué no iba a estarlo?

-Porque es peligroso.

-He pasado mas de la mitad de mi vida viviendo ahí fuera. - dijo mirando a la lejana orilla del continente. - No te preocupes por mí.

A Francis esa respuesta no le bastaba. Seguro que el chico sabría cuidarse él sólo ahí afuera. Pero en ese sitio tenía todo lo que podía querer en esos tiempos. Un auténtico lujo. Sin embargo el seguía empeñado en hacerlo y Francis no entendía el motivo.

-¿Por qué quieres ir y arriesgarte? No lo entiendo Saïd.

-Simplemente si fuese yo el que estuviera fuera me gustaría que alguien viniera a buscarme. Que me ayudaran como me ayudaron los míos cuando me encontraron. Eso es todo.

Cada vez lo tenía mas claro. Alfredo tenía algo de razón. Quizá alguien fuese capaz de apretar un botón y destruir medio planeta, pero había otros que también estaban dispuestos a todo lo contrario. A sacrificarse ellos mismos por el resto. Quizá debería aprender de aquel chico.




-Estos pueblos... - dijo Francis mientras los señalaba en el mapa con el dedo. - ... son mas o menos accesibles. No tendríamos que atravesar zonas difíciles, sólo seguir la carretera.

Estaban reunidos en el comedor. El mapa del país estaba desplegado sobre la mesa. Francis estaba junto a él con las manos apoyadas en la mesa y el cuerpo echado hacia delante. El resto rodeaba la mesa.

-Seguir la carretera no es buena idea. - dijo Josef.

-Lo se. Pero si no lo hacemos tardaremos el doble.

-¿Y esa ciudad? - preguntó Alfredo.

Su dedo índice señalaba una ciudad a veinte kilómetros de distancia. Estaba tras una pequeña cordillera que había entre la orilla del continente y dicha ciudad. Una gigantesca nube verde se encontraba a pocos centímetros de la ciudad. Mas o menos estaría a quince kilómetros en la realidad.

-A eso iba. Si seguimos esta ruta... - dibujó una línea con un rotulador que unía los pueblos que había señalado. - ...podemos llegar a esta autopista. Desde aquí podemos recorrer unos cuantos pueblos mas y llegar a la ciudad.

La línea dibujada seguía una ruta que empezaba camino del norte y luego rodeaba la cordillera por el este. Bajaba al Sur siguiendo una autopista que llegaba a la ciudad, que estaba al Este de la isla.

-¿De veras crees que es buena idea ir a la ciudad? - preguntó Eloise irritada.

Francis levantó la vista y la miró, estaba frente a él. Tenía los brazos cruzados y no parecía gustarle lo que estaba oyendo. No había intervenido en toda la charla pero Francis sabía que no se lo debía estar tomando demasiado bien. Ni siquiera le había dicho los planes que tenía.

-Es buena idea si queremos ayudar a la gente. - respondió Francis sin darle demasiada importancia al asunto.

-Te pueden matar. - sentenció Eloise. Francis agachó la mirada y suspiró.

-No me va a pasar nada. - dijo casi entre dientes.

Todos permanecieron en silencio un pequeño rato. Francis y Eloise habían mantenían un duelo con la mirada.

-¿Cuánto crees que tardaríais? - preguntó Alfredo rompiendo el incómodo silencio.

-Es una travesía larga. Un mes o dos.

-Está bien. ¿Y qué necesitaríais.

Francis apartó las manos de la mesa y se puso erguido.

-Pues armas para los tres, provisiones, brújulas, mapas... Todo lo útil para poder sobrevivir.

-Gabriel se llevó algunas cosas, pero creo que todavía nos queda algunas brújula y tenemos cuatro pistolas y dos rifles. Mapas hay de sobra y comida mas de lo mismo. Supongo que no habrá ningún problema. - dijo Alfredo.

-Entonces no hay mas que hablar. Podríamos salir de aquí en una semana mas o menos.

-¿Piensas ir? - preguntó Alfredo sorprendido. Francis en lugar de mirarle a él miró a Eloise. Esta esperaba que Francis sacudiera la cabeza.

-Si, iré con Josef y Saïd. - dijo sin dejar de mirarla. Tras la respuesta Eloise salió del comedor sin decir nada. Todos la miraron marcharse.

-Deberías hablar con ella. - le recomendó Alfredo.

-Déjala. Lo acabará asimilando. Tarde o temprano. - respondió Francis. No lo dijo demasiado convencido.




Francis abrió la puerta de su habitación y la miró desde el umbral. Estaba sentada en la cama y miraba por la ventana. Triste. Él entró cerrando la puerta a su paso y se sentó a su lado. La miró esperando una respuesta pero ella ni siquiera giró la cabeza. Como si no estuviese ahí.

-¿Vas a estar así hasta que me vaya?

-Supongo. - dijo sin mirarle.

-Tengo que hacerlo. - la dijo intentando que comprendiera, ella le devolvió la mirada.

-¿Por qué? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?


-¿Qué mas da Eloise? Mira, tienes que aceptarlo. Lo voy a hacer te guste o no. Y si de verdad te importo lo entenderás.

-Lo que me pregunto es si te importo yo a ti. ¿Estás conmigo para perderte al poco tiempo? Estoy harta Francis, harta de todo esto.

-¿Cómo puedes decir eso? Me importas Eloise.

-Entonces no vayas. Que vaya Alfredo si tanto le interesa el albergue.

-Vamos no digas tonterías. Alfredo está ya viejo. No la tomes con él.

-Pues que vayan los dos solos.

-Voy a ir.

Eloise se acodó en las rodillas y se tapó la cara con las palmas mientras suspiraba.

-Vete porfavor. Necesito estar sola.

Francis se quedó mirándola. Intentó acariciarla el pelo pero ella le apartó la mano casi con asco. Se levantó y la dejó sola.




Los tres habían estado preparando provisiones durante toda la noche. Calcularon cómo racionar la comida para que les durara el tiempo suficiente. También elaboraron la lista de los pueblos donde buscar refugiados. Prepararon las pistolas, cada una con un cargador y nada mas. Cuarenta y cinco balas en total, Francis esperaba volver con el mismo número al refugio. También cogieron ropa y mantas, aunque para cuando volvieran seguramente sería ya verano. Al terminar cenaron todos juntos, sin hablar demasiado. Francis buscó la mirada de Eloise repetidas veces pero no la encontró. Esta, cuando terminó de cenar, cogió sus platos y se levantó. Tan sólo dijo buenas noches.

Los primeros rayos del Sol caían sobre el refugio. Mientras Josef y Francis llevaban una pequeña zodiac hasta la playa, Saïd hacía inventario de las cosas comprobando que nada faltase. Al rato Alfredo , Paola y Lucía llegaron a la playa. Josef, Francis y Saïd dejaron lo que estaban haciendo.

-Venimos a despedirnos. - dijo Alfredo.

Josef fue el primero en abrazarle. Tras unos segundos se apartó y fue a despedirse de las dos chicas. Abrazó a las dos a la vez, estas lloraban con sus cabezas hundidas en el pecho de Josef. Él las susurraba cosas al oído. Parecía estar consolándolas. Saïd le ofreció la mano a Alfredo, este le dió el apretón y luego le abrazó.

-Eres todo un hombre. Siempre lo has sido. - dijo orgulloso.

Tras el abrazo Alfredo miró a Francis. Este le devolvió la mirada triste. El viejo sabía que no era de él de quien se quería despedir.

-Lo siento.

Francis meneó la cabeza y le abrazó. Cuando la despedida terminó los tres compañeros se montaron en la lancha. Arrancaron y se fueron alejando bajo la mirada del viejo y las dos hermanas. Alfredo sonreía esperanzado. Francis por su parte miró el refugio a lo lejos. La zodiac se perdió en la lejanía.
_________________


Last edited by NuDricK on Jue Ago 27, 2009 3:12 am, edited 1 time in total
Subir
View users profile Send private message
Roderich
Tabernero
Tabernero


Entrado: Dec 08, 2004
69%
Mensajes: 3136



MensajeMandado: Mie Ago 26, 2009 9:37 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

En general, la encuetro bien redactada, muy ordenada y con un argumento interesante. Excelente ortografía y no hay más que "pecados menores" que fácilmente se pasan por alto. Los personajes están bien dibujados y caracterizados, tienen "rostro humano". Bien manejados los tiempos. Creo que tenemos un buen cuento aquí. La seguiré.


¡Saludos!
_________________
Subir
View users profile Send private message MSN Messenger
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Vie Ago 28, 2009 1:12 am    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 6
Las presas





Carrièr aparcó el camión cerca de la ciudad, en una antigua gasolinera. La zona estaba rodeada de pequeños edificios y a unos cinco kilómetros se podían ver los rascacielos. Se apeó, fue a la parte trasera y cogió las tres mochilas que tenía. Se probó la ropa del bandido pero no le cabía. La del padre en cambio era de su talla Metió todo lo útil en una mochila, prismáticos, mapa, brújula... esas cosas. Le puso una correa y una mira telescópica al Mauser y limpió todas las armas. Guardó el Mac-10 en la mochila y la Colt en la parte trasera del cinturón. Se puso la mochila y se echó al hombro la correa del fusil. Corto un trozo de ropa y lo empapó en alchool.
Lo metió en el depósito de gasolina y lo prendió fuego con un pedernal. Salió corriendo y se cubrío tras una pared. El depósito estalló provocando un intenso fuego. La munición que había dentro del camión empezó a estallar provocando unos peligrosos fuegos aritificiales. Algo de metralla impactó en la pared que cubría a Carrièr.

Caminó por la ciudad. Estaba casi totalmente derruida. Las calles estaban llenas de coches calcinados y las paredes de los edificios tenían marcas de metralla. Las nubes en el cielo no dejaban de expulsar ceniza que lo cubría todo con un tono gris. Andó durante horas sin rumbo fijo, observando. Cuando notó que los rayos del Sol empezaban a ocultarse tras las nubes subió al edificio mas alto que encontró. Ya en el último piso se sentó y comió mientras observaba la ciudad desde la ventana. Carrièr pudo ver algunos fuegos repartidos por la ciudad. Seguramente fuese gente.




Una noche, mientras caminaba por la ciudad, escuchó unos ruidos. Se encontraba en mitad de un patio de edificios. Pensó que allí encontraría gente y por lo visto no se equivocaba. Una figura pequeña pasó a unos cincuenta metros de donde estaba y se escondió dentro de un bloque. Carrièr se alejó un poco y vió un buen sitio donde esperar. Estaba justo al otro lado del patio, uno de los bloques se había derrumbado dejándolo todo lleno de escombros. Caminó hasta allí y se tumbó en el suelo. Justo los restos de la pared le ocultaban además de tener un hueco a la altura del suelo por el que podía vigilar la entrada del bloque. Apoyó el Mauser en el suelo y puso el ojo en la mirilla. A las dos horas el niño se asomó por la entrada y gateó junto a la pared del edificio. Miraba a todos lados asustado. Carrièr le apuntó a una pierna y disparó. El chico se desplómo en el suelo y se agarró la pierna con fuerza mientras gritaba. Carrièr se levantó y caminó hacia él con toda la tranquilidad del mundo. Se paró frente a él y le observó: tendría unos cinco años. Su cara estaba llena de suciedad y ceniza y una mascarilla roñosa le cubría casi toda la cara. Tenía un gorro con orejeras de color grisáceo ceniza. Además calzaba unas deportivas unas tallas mayores que sus pies.

-¿Dónde vives? - preguntó Carrièr.

-Señor, no me haga nada.

-Tranquilo chico, te llevaré con tus padres.

-Están muertos, señor.

-¿Con quién vives entonces?

-Vivo solo señor.

-¿Llevas algo de comer?

-No señor.

-Vale.

Le apuntó con el rifle a la cara. El niño le miró a los ojos y simplemente esperó a que Carrièr disparara. Sin llorar. Este bajó el arma.

-No tengo nada para curarte. Vete.

El niño cogió un palo que había cerca de él y se quitó el abrigo, el jersey y la camiseta. Enrolló la camiseta y la puso sobre la punta del palo para que no se le clavara en el sobaco. Se puso la ropa de nuevo mientras tiritaba de frío y se levantó con esfuerzo, apoyándose en el palo. A Carrièr le impresionó la actitud del crío. Se alejó cojeando. Carrièr tuvo ganas de decirle que se quedara con él, que encontraría con qué curarle la pierna, que le daría de comer y que le enseñaría a disparar. Pero no lo hizo.




Un día Carrièr comía en la segunda planta de un edificio. Estaba apoyado en la ventana con el hombro y podía ver la calle frente a él. Era un pequeño callejón, había una antigua tienda de Alimentación y otra de electrodomésticos. A cierta hora un grupo de tres barbudos cruzó la calle. Iban armados con cuchillos y tuberías de acero. Caminaban lentamente, mirando cada esquina de la calle. Esto a Carrièr le pareció sospecho, asi que decidió seguirles.

Bajó a la calle y les rastreo. Sus huellas eran visibles en la ceniza del suelo. Les siguió por media ciudad, pero siempre por calles pequeñas. Cuando iban a llegar a una calle principal se desviaban e intentaban flanquearla o la cruzaban corriendo. En una de esos callejones Carrièr vió como los tres entraban en una tienda. A los cinco minutos dos refugiados salieron corriendo, cada uno en una dirección. Luego salieron los tres hombres, llevaban a una chica atada por las muñecas. Lloraba y gemía. Retomaron el camino.

A la hora salieron de la ciudad y llegaron a una zona industrial. Todo estaba lleno de grandes almacenes o fábricas abandonadas. Se adentraron en un enorme almacén, tenía unas puertas de cinco metros de alto por la que los cuatro entraron. Carrièr rodeó la fábrica y pudo ver que constaba de dos pisos: el gran almacén y una pequeña zona de oficinas. Buscó un edificio en la acera de enfrente y subió a la segunda planta. Desde ahí pudo ver como los tres barbudos metían a su víctima en una sala al fondo del pasillo. También pudo ver a otros bandidos pero no supo calcular el número total.

Cayó la noche. Carrièr bajó a la calle y cruzó a la acera de enfrente, adentrándose en el almacén. Subió a las oficinas sin hacer ruido y estuvo un rato observando. Eran pequeñas, un pasillo cruzaba todas las oficinas y al fondo de este estaba la puerta donde metieron a la chica. Las oficinas tenían ventanales que permitían ver su interior desde el pasillo y el almacén. Habían quitado todas las mesas y en su lugar habían puesto colchones sucios o mantas. La mayor parte de los bandidos dormía, pudo ver a una pareja practicando sexo. Cruzó el pasillo sin que nadie notara su presencia y pegó el oído a la puerta de los rehenes. Pudo escuchar a una chica llorando y a otro consolándola.

-Tranquila. - le decía.

Se dió la vuelta y salió de la oficina. Sus pulsaciones no se aceleraron en ningún momento.

Dormía en el edificio de enfrente. Los observaba salir a cazar por la mañana y volver a la noche. Un día si, otro no. Carrièr calculó una veintena de bandidos. Se dividían en dos grupos y casi siempre llegaban con mas presos. Muchas bocas que alimentar. Un día, de madrugada, Carrièr se despertó en el edificio de enfrente. Miró por la ventana y estuvo dándole vueltas. Al rato se levantó, cogió tan sólo el puñal y salió. Se asomó por la enorme puerta del almacén y pudo ver la escalera que daba al segundo piso y los ventanales de las oficinas desde ahí. No vió nada de movimiento, asique entró y dió vueltas por la planta baja. Encontró una zona derruida donde podía esconderse, asique se metió entre los escombros y esperó. A las horas uno de ellos bajó. Se fue a una esquina y se puso a orinar. Carrièr caminó hasta él y el hombre, al escuchar sus pasos, se subió la cremallera rápidamente y se dió la vuelta.

-¿Quién coño eres tu?

-Nadie. - respondió Carrièr, y acto seguido clavó su puñal contra el hígado del barbudo. El hombre se retorció contra Carrièr apoyando su cabeza contra el hombro de este. Luego cayó al suelo. La sangre era oscura, no tardaría mucho en morir, asique se fue de ahí y volvió a dormirse.

Por la mañana pudo escuchar un grito. Cogió los prismáticos y miró desde su ventana a las oficinas. Una mujer subió corriendo y se puso a gritar de oficina en oficina. Poco a poco la gente se iba levantando hasta que bajaron abajo. Empezaron a sentir miedo.




Normalmente les mataba uno a uno. A veces seguía a un grupo de caza y les disparaba con el rifle desde la distancia. La banda empezó a asustarse. En lugar de dos, crearon un sólo grupo de caza de cinco integrantes. El resto se quedaba en el almacén haciendo guardia. No sabían muy bien quién podía ser, incluso sospecharon de ellos. O eso intuyó Carrièr al ver como apaleaban a uno en la entrada del almacén. Carrièr había matado a toda su partida de caza menos a él.

A las dos semanas tan sólo quedaban siete. Hicieron una partida de caza de tres personas y las otras cuatro se quedaron en la fábrica. A la mañana siguiente aún no habían vuelto.

Una noche Carrièr se despertó. Miró a la fábrica, estaban a oscuras. Se tumbó y miró las estrellas. Luego se levantó, cogió la mac-10 de la mochila y salió.
Caminó lentamente hacia la entrada de la fábrica. Silbaba el cumpleaños feliz con ritmo lento marcando las dos últimas notas. Quería que supieran que iba a por ellos. Se plantó en la entrada y se quedó allí, parado y silbando. Pudo ver a uno de los hombres que montaban guardia. Tardo unos segundos en reaccionar después de verle, salió corriendo junto a los demás.

Carrièr empezó a subir las escaleras. Cada escalón era una nota de la canción. Llegó a la segunda planta y avanzó por las oficinas, las mas cercanas a la entrada, donde antes dormía gente, ahora estaban llenas de excrementos. Bajar al primer piso se había convertido en un riesgo. Carrièr se paró un segundo mientras seguía silbando. Esuchó llantos en las últimas habitaciones. Cuando llegó al lugar donde estaban los últimos bandidos los vió acurrucados en la esquina. Eran tres mujeres y un hombre. El hombre las abrazaba, intentando consolarlas. Los cuatro lloraban sin cesar.

-Los prisioneros. ¿Están vivos? - preguntó Carrièr.

-Si, algunos sí. - respondió el hombre.

-¿Cuántos?

-No lo sé, tres o cuatro.

-Vale.

-¿Qué quieres?

-Nada.

-Entonces dejanos. - le suplicó el hombre.

-Imagino que sabes que no puedo hacerlo. - y al decirlo los cuatro lloraron mas fuerte.

-¿Por qué no?

-Iría en contra de mis principios.

Disparó dos ráfagas. El hombre que antes las abrazaba ahora tenía una bala en la cabeza y las tres chicas habían recibido tiros en zonas importantes. Una de ellas estaba tirada en el suelo boca arriba escupiendo sangre. Tenía una bala en la boca del estómago. Carrièr la dejó, si no la mataba la bala, la mataría la infección. Salió al pasillo y caminó hasta la puerta de los prisioneros. Dió dos golpes a la puerta.

-¿Hay alguién ahí?

-¿Qué han sido esos disparos? - preguntó una voz débil desde dentro.

-He matado a esos bastardos.

-¿Los has matado? ¿Por qué?

-Para sacaros de aquí.

-¿Eres el tipo del que no paran de hablar verdad? - dijo alguien desde dentro contento.

A Carrièr le surgió un repentino interés por el hombre del que hablaba el preso.

-No se de quien me hablas.

-¿Eres Jamal? ¿El que libera a los presos?

-No. No soy ese.

-¿Entonces quién eres?

-¿Por qué los libera?

-No lo se. Será buena persona.

-Ya, puede.

-¿Nos vas a sacar?

-No.

-¿Cómo? ¡Abrenos!.

Carrièr se fue sin hacer caso de los gritos que venían de la celda. Estaba demasiado ocupado pensando en sus cosas. ¿Quién sería ese tal Jamal? A Carrièr le pareció sorprendente que un hombre se dedicara a salvar a otros en esos tiempos. Le gustaría conocerle.



Carrièr había encontrado un tramo de la carretera cortado. Era una calle principal con cuatro carriles. El tramo cortado estaba lleno de coches, unos encima de otros, formando un muro que impedía el paso. No sabía como habían llegado todos esos coches ahí, pero ahí estaban. Le pareció un buen sitio donde descansar asique subió al edificio que le daba mejores vistas del terreno y comió mientras vigilaba la zona. Al rato pudo ver a tres personas. Una de ellas iba atada por el cuello y parecía débil y asustado. Los otros dos estaban en buena forma, uno era corpulento y rondaría los cincuenta. El otro era mucho mas joven y rubio, este guiaba al preso con la cuerda. Los tres entraron en el portal de un edificio y descansaron. Carrièr bajó y esperó desde el portal de su bloque. Cuando estos salieron Carrièr les empezó a seguir con precaución.

A la noche y tras haber andado unas horas, los hombres se pararon. El preso pareció indicarles algo con el dedo y el mas grandullón caminó en esa dirección adentrándose en lo que parecía la entrada a un parking. Carrièr, agachado tras un coche, observó los edificios de alrededor y vió uno que le daba buenas vistas de la zona donde estaban, asique caminó entre los coches de la calle y subió las escaleras de dos en dos. En el trayecto hasta el piso superior escuchó un disparo, asique aceleró el paso. Cuando llegó al piso mas alto y preparó el Mauser vió el cadáver del preso desparramado entre los coches. El chico rubio ya no estaba. Si se hubiesen ido les podría ver aún caminar por la carretera, lo mas seguro esque estuvieran dentro del parking, asique esperó. A los minutos escuchó otro disparo y al rato una marabunta de gente salió de allí. Parecían refugiados. Cada uno tomaba caminos diferentes y todos estaban muy desorientados. Ni rastro de sus presas.

Salieron por la mañana. Llevaban a una chica rubia con ellos. Su cara estaba llena de moratones y heridas, se habían divertido con ella. Los hombres empezaron a cruzar la calle. El joven agarraba la cuerda de la chica y el mayor iba por detrás de ellos. Carrièr apuntó a este último y le disparó en el pie. El joven reaccionó rápido y salió corriendo llevándose a la chica con él. Para cuando Carrièr quiso dispararle ya estaba fuera de tiro. Carrièr dedujo que se habían resguardado en la fachada de su edificio, por lo que dispararle desde la ventana era imposible. Se fijó en el mayor, a lo mejor el chico volvía a por él. Pero no, eso era harto difícil en los tiempos que corrían, asique apuntó a la cabeza del viejo através de la mirilla. Le vió mover la boca, intentando articular sus últimas palabras. Luego disparó. Esperó un rato para darles ventaja a los otros dos. Lo mas seguro esque el chico, asustado, volviese a su refugio. Tendría que pasar por la calle cortada, si se daba prisa podía llegar antes que ellos.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mar Sep 01, 2009 7:56 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 7
Un nuevo compañero





Cruzó un pueblo completamente inundado. Tuvo que rodearlo por unas colinas desviándose unos kilómetros de su ruta. Cuando subió al punto mas alto de la pequeña montaña pudo observar el pueblo. La zona estaba completamente muerta. Ni siquiera quedaban restos de árboles. La tierra se había desprendido y había sepultado el pueblo en barro.

Otro día llegó a una gigantesca llanura. Pudo ver pozos de petróleo arder en el horizonte. El humo se elevaba hasta lo mas alto del cielo. En otros tiempos los pájaros revoloteaban en los alrededores. Gabriel pudo recordarlo, pero ahí sólo quedaba nada.




Se paró a descansar en mitad del bosque. El Sol había empezado a tomar trayectorias mas altas en el cielo, ese día estaba casi encima de Gabriel. Debía de ser verano ya. El calor empezaba a ser mucho mas intenso y había tenido que prescindir del abrigo. Sabía que no era buena idea ir por ahí tirando cosas que luego podría necesitar, pero en ese momento era mas un engorro que una ayuda.
Abrió su mochila y revisó los suministros. La comida empezaba a escasear. La había repartido mal y ahora tan sólo le quedaban unas pocas latas. Había esquivado los pueblos y las ciudades lo máximo posible pero ahora eran los únicos sitios donde podría encontrar algo que llevarse a la boca. El hambre no perdona.
Abrió una lata con carne y miró su mapa mientras comía. No había pueblos al norte en treinta kilómetros, si quería buscar comida tenía que desviarse un poco del camino. Tenía que caminar al este y encontraría una carretera que cruzaba varios pueblos y luego le llevaría a su destino. Tardaría un poco mas pero no se arriesgaba a morir de hambre. Se fijó en una enorme mancha verde cerca del pueblo. Una zona cero estaba a veinticinco kilómetros de la carretera. Podría ser una zona contaminada.
También podía ir al oeste. Había un antiguo campo de refugiados. Tardaría mas en llegar a la ciudad y probablemente el campo de refugiados no sería precisamente un sitio seguro, pero no estaba contaminado. Ademas tenía unos cuantos pueblos donde probar suerte. Era un riesgo que merecía la pena correr.




Encontró un río cerca del primer pueblo. Acampó allí y se lavó. También lavó la ropa y la puso a secar. Se puso bajo el Sol, desnudo. En apenas un minuto se había secado.

-Me vendría bien algo de crema solar - pensó. El calor del Sol era cada vez mas intenso. Lo había notado en los ojos, a veces sentía como se le clavaban miles de pinchos en ellos. Tenía que descansar y cerrar los ojos un rato.

>>Si me quedo ciego ahora... no quiero pensarlo.




Partió por la mañana. Empezó a notar el hambre al medio día. Por la tarde le pareció que su estómago había empezado a comerse a si mismo. Llegó al pueblo y lo registró casi casa por casa. Restos de personas por todos lados, aparte de eso nada. Su estómago iba a tener que aguantar un día mas.

Encontró un buen sitio donde descansar en un chalet. Entró en una habitación sin cama y se tumbó en el suelo. Le empezaban a fallar las fuerzas. Intentó dormir esa noche mientras su estómago se estrujaba.

Le despertó el hambre. Miró a su alrededor desorientado, cuando se le pasó el sueño cogió sus cosas y retomó el camino. Caminó por la carretera con un paso mas lento que otras veces. Cada poco tiempo tenía que parar y sentarse en el asfalto a descansar. Miró los árboles muertos que rodeaban la carretera. Pudo ver algo entre los troncos negros. Parecía un viejo caserón. Su cara se iluminó y se levantó casi de un salto.

Se acercó al caserón y se escondió entre los árboles. Esperando. Era de madera y tenía dos pisos. Había un pequeño porche a la entrada con un par de mecedoras. Las ventanas estaban cubiertas con mosquiteras y las cortinas cubrían el interior. Asi que no pudo ver nada. Se levantó y caminó hasta la parte de atrás, separado de la casa por unos cincuenta metros. En la zona trasera de la casa había una mesa. No tenía mucho sentido tener una mesa ahí, salvo por una razón. La madera estaba teñida de rojo. Algunas visceras se amontonaban en la mesa y bajo ella. Gabriel se tumbó rápidamente y se quedó parado un rato. Cuando se tranquilizó un rato pensó que lo mejor era salir de allí cuanto antes, pero unos ruidos le hicieron cambiar de idea. Un hombre salió de la casa arrastrando a un preso. Le agarraba del pelo con fuerza y empujaba de él. El preso dejó caer su peso en repetidas ocasiones, pero el hombre le pegaba una patada en las costillas cada vez que lo hacía. El hombre llevaba mas o menos un metro de cuerda rodeándole el hombro. Por otra parte, el preso iba desnudo, tan sólo unos calzoncillos sucios. Era un hombre de color, de unos treinta años. Las costillas se le marcaban en la piel y parecía que le habían absorvido la carne de la cara. Imploraba sin descanso pero el hombre le ignoraba. Se pararon frente a la mesa.

-Túmbate. - le dijo el hombre.

El preso agachó la cabeza mientras lloraba.

-No, porfavor.

-¡Túmbate! - gritó. El preso obedeció.

Cuando se tumbó encima al hombre cogió la cuerda y empezó a pasarla por su pecho y por debajo de la mesa haciendo círculos. Cuando la tuvo bien tensada volvió a caminar hasta la casa y se metió en ella por la puerta trasera. El preso empezó a chillar.

-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Me van a matar!

Gabriel había observado todo esto sin reaccionar siquiera. Como hipnotizado. Estuvo apunto de irse corriendo pero en lugar de eso saltó la pequeña pendiente que le separaba de la casa y corrió hacia la mesa donde se encontraba el preso. Al ver a Gabriel el hombre se sorprendió. Desde luego no se esperaba que alguien le fuese a salvar en el momento menos esperado.

-¡Eh!, ¿quién eres tu? - le preguntó a Gabriel.

-¡Cállate! - dijo este mientras sacaba el puñal.

Empezó a cortar la cuerda metiendo la hoja del puñal por la parte interior. Es decir, cortando desde las costillas del preso hacia fuera. La cuerda era dura y le estaba costando trabajo.

-Oh, Dios, gracias - decía mientras miraba hacia la puerta del caserón. - ¡Date prisa!

-¡Que te calles!

Llevaba ya un pequeño tramo cortado. En el caserón no percibió movimiento alguno, pero tampoco podía estar seguro. Desde ahí no se podía ver nada de lo que había dentro y era evidente que de un momento a otro alguno saldría. Tenían que comer algún día.
La mitad de la cuerda estaba cortada. El preso se pudo incorporar.

-Vamos, vamos – decía.

-¡Joder cállate!

Finalmente la cuerda se cortó y acto seguido Gabriel salió corriendo de ahí. No miró atrás pero escuchó las pisadas del hombre. Mientras volvía a subir la empinada pendiente se imaginó lo que le pasaría si aquellos hombres salían en ese momento. Nada bueno. Al llegar a lo alto corrieron durante un buen tramo, pero llegados a cierto punto el preso tropezó y Gabriel se paró. Tenía las plantas de los pies en carne viva. Gabriel le ayudó a levantarse y se escondieron debajo de un tronco de árbol derribado. Gabriel buscó ropa en la mochila. Cogió un jersey que llevaba mucho sin usar. Lo rasgó con el cuchillo y se lo dió al hombre para que se vendara. Mientras el preso se cubría los pies con la ropa, Gabriel sacó su pistola y miró por debajo del árbol. Pudo ver siluetas a lo lejos, caminaban en silencio y mirando al rededor. El corazón se le puso en la garganta.

-Hay que salir de aquí. - dijo Gabriel.

-¿Qué pasa? - preguntó el hombre mientras miraba hacia donde Gabriel.

-¿Cuántos eran?

-No se. Unos cinco o seis.

-¿Llevaban armas?

-Una escopeta nada mas. No creo ni que tuviera munición.

-Vale. - dijo Gabriel y miró a los pies del hombre. - Esperemos que no se infecten. La ropa no estaba limpia que digamos.

-Eso no es lo que nos debería preocupar ahora.

-¿Puedes correr?

-No se, pero puedo intentarlo.

Los dos empezaron a correr como locos. Volvieron a parar a un kilómetro mas o menos. Gabriel había gastado todas sus fuerzas en aquella carrera. Se tiró sobre el suelo y cerró los ojos. Estaba cayendo la noche.

-¿Nos siguen? - preguntó Gabriel.

-Creo que no. No les he visto en ningún momento. - respondió el hombre mientras se quitaba la ropa del pie.

-Entonces será mejor que descansemos.



Cuando Gabriel se despertó el hombre estaba completamente dormido. La oscuridad lo cubría todo, tan sólo los rayos de la Luna permitían ver. Miró los pies de aquel hombre, tenían muy mal aspecto. Gabriel hizo una hoguera y le despertó. Cogieron algo de calor. Le dió ropa vieja pero no tenía zapatillas ni nada con lo que cubrirle las plantas. Los dos estaban sentados y miraban el fuego. Las llamas revolotear en el aire mientras danzaban al ritmo de una extraña música.

-¿Cómo te llamas? - preguntó Gabriel.

-Levy. ¿Y tu?

-Gabriel.

-Ayer estuvo cerca.

-Bastante.

-Gracias por salvarme el culo.

-No hay de qué. Necesitaba un esclavo. - bromeó.

-¿Qué?

-Nada. Olvídalo.

Levy miró a Gabriel haciendo una mueca. No pareció entender nada.

-¿Adónde te diriges? - le preguntó Gabriel.

-¿Tengo que dirigirme a algún sitio?

-No se.

-No amigo. Yo no tengo rumbo, voy de aquí para allá. Me mudo cada noche. ¿Tu acaso no?

-No, yo tengo un rumbo. Voy a buscar a mi hija.

-¿A tu hija?

-Creo que vive en una ciudad a setenta kilómetros de aquí.

-Joder amigo, eso es tener fe.

-No es fe, es ser padre.

-Pensé que eso ya no existía.

-Pues existe.

-Un luchador.

-¿Un luchador?, respondió Gabriel casi riéndose.

-Si amigo. Un luchador. Mira, los putos líderes mundiales decidieron que no les gustaba que la gente disfrutara de la vida asique se cargaron el puto mundo. Pero tu en cambio no te rindes. Lo que yo digo, un luchador.

-¿Crees que todo esto ha ocurrido porque los gobiernos querían que sufrieramos?

-¿Por qué si no?

-No se. Política, no entiendo de eso.

-Yo tampoco, pero si se una cosa. Que mientras tu y yo las pasamos putas para sobrevivir ellos están escondidos en un jodido búnker con jacuzzi y putas.

Gabriel esbozó una sonrisa. De entre toda la gente que podía haber rescatado, había salvado al loco de turno. Aunque ¿quién no estaba loco ya?

-Siempre ha sido así.

Gabriel señaló los pies de Levy.

-Tienen mala pinta. - dijo intentando hablar de un tema mas importante.

-Lo se.

-Creo que deberíamos buscar algo de agua para lavarte.

-De momento me apaño. Si consigo algo de tela o cuero lo usaré como zapatillas.

-¿Lo que te di antes no te sirve?

-Lo tiré. Estaba lleno de sangre.

-Vale, seguro que podemos sacar algo de mis cosas.

-Gracias colega.

-¿Qué piensas hacer ahora?

-Pues no lo había pensado.

-Yo voy hacia el norte. Vengo de un albergue en el sur, te indicaré como llegar. Ahí te daran comida y cobijo.

-Veo que vienes de sitios muy raros hoy en día. ¿Dais comida asi porque si?

-Bueno, no damos mucha. La gente no viene. Pero te recibirán bien y por la comida no te preocupes.

-¿Y de dónde la sacáis?

-De huertos.

-¿Tenéis huertos? - dijo Levy sorprendido.

-Si. Las primeras cosechas fueron bastante malas, pero poco a poco las plantas se acostumbran a la nueva luz del sol. También hemos conseguido criar cerdos y vacas.

-Dios. ¿Vienes del cielo o que?

-Esto es mucho mas real que el cielo. Bueno ¿qué dices?

-Es impresionante, pero creo que necesitas mi ayuda.

-¿Tu ayuda?

-Si. Un compañero de viaje. Asi tendremos alguien con quien hablar. Te debo una.

-Vale.

-¿Vale?, dijo Levy sorprendido.

-¿Qué pasa?

-No se, pensé que pondrías algún tipo de pega.

-No, para nada. Ven conmigo.

Gabriel no quería poner pega alguna. Necesitaba un compañero de viaje mas que a la propia comida.




Al día siguiente, tras un largo camino donde el hambre siempre acompañaba, llegaron a un pueblo. Las calles estaban desiertas, pero aquí todo era diferente. Infinidad de maletas tiradas por el suelo adornaban las calles de aquel pueblo. En la plaza este detalle era aún mayor, montañas de maletas amontonadas por toda la plaza. Gabriel se asombró al ver aquello. Ni un sólo cadáver.

-¿Qué coño pasó aquí?, preguntó Gabriel.

-Supongo que las maletas no cabían en los camiones.

-Es uno de esos pueblos fantasmas.

-Depende de a lo que te refieras con pueblo fantasma. Joder, hoy en día solo existen pueblos fantasma.

-Los pueblos que evacuaron los primeros días.

-Pues si, este es uno por lo que parece. El campo de refugiados está cerca.

-Ahí es donde vamos.

Levy dejó de buscar y le miró asustado.

-¿Ahí está tu hija?

-No. Pero tenemos que buscar comida.

-No sabemos lo que hay ahí.

-Bueno, mañana o pasado si.

Levy miró a Gabriel y suspiró. Volvió a buscar calzado en las maletas abandonadas.



Levy logró encontrar unas deportivas desgastadas. También consiguieron agua con la que limpiarlos. Tenía que tener cuidado si no quería que acabasen infectados. Entraron en un supermercado y se asombraron al ver que las estanterías estaban a rebosar. Casi toda la comida estaba caducada pero por suerte encontraron algo de comida enlatada que hecharse a la boca. Los dos abrieron una lata mientras sus manos temblaban de la emoción, comieron con las manos sucias. Un detalle que no les importó en absoluto. Hacía tiempo que ninguno de los dos disfrutaba tanto de una comida. Cuando terminaron de comer se llevaron toda la comida que pudieron y se marcharon.

Estuvieron caminando por la carretera durante casi una semana. Los dos hablaban sobre todo y aunque Levy no fuese un conversador como Alfredo, Gabriel se alegraba de poder compartir sus pensamientos con alguien. Levy solía dar explicaciones acerca de la desastre, hablaba de conspiraciones y cosas sin demasiado fundamento. Gabriel se entretenía escuchándole y siempre tenía que morderse la lengua para no reírse de él. Aunque de vez en cuando Levy le sorprendía con cosas con demasiado sentido como para venir de un loco.




Llegaron al último pueblo fantasma antes del campo de refugiados. Caminaban por las calles desiertas llenas de cadáveres y maletas olvidadas o perdidas. Entraron en el antiguo hospital en busca de alimentos y medicinas. Encontraron una puerta con el símbolo de la radioactividad impreso en ella. Había un pequeño cristal por arriba por el que ambos miraron. Un cadáver yacía en una camilla. Llevaba ahí incontables días.

Ocurrió cuando bajaban las escaleras camino del sótano. A mitad del trayecto escucharon unos ruidos. Gabriel no supo definir qué tipo de ruidos, pero era algo humano. Aunque esa voz humana no tenía mucho de humano, parecía intentar pronunciar palabras pero sólo salían sonidos guturales. Gabriel supo distinguir algo. Uno de ellos dijo Te quiero.
Los dos se quedaron quietos. No sabían que hacer. A Gabriel se le ocurrió sacar su Colt y agarrar el pomo.

-No lo hagas. - le aconsejó Levy.

-Tengo que hacerlo. - respondió Gabriel.

-No, no tienes porque.

-Me muero de puto hambre. Espérame aquí si quieres.

Mentía, sabía que no iba a encontrar comida allí. Pero una intensa curiosidad le decía que era necesario entrar en el cuarto y ver que demonios era eso. Asique giró el pomo y entró. Levy le siguió. Era un almacén. Todo estaba lleno de estanterías metálicas sin nada en ellas. Dos figuras corrieron cruzando por delante de los dos. Se acurrucaron en una esquina. Los dos temblaban y se abrazaban. Estaban tapados con ropa y ambos llevaban capuchas y bufandas que les impedía a uno verles la cara. Gabriel al ver la situación levantó las manos y se guardó el arma.

-Tranquilos. No os voy a hacer daño.

Las dos personas no hicieron nada, solo seguían llorando.
Gabriel se acercó a ellos lentamente e intentando tranquilizarles.
Se arrodilló frente a ellos y bajó la bufanda al primero. Gabriel se asustó.
Era un chico joven, rondaría los veinte años. Tenía deformidades por toda la cara. La frente muy prominente, pústulas por todo el rostro y la boca le dibujaba curvas.
El mutante intentó articular unas palabras.

-N-noo nos hagas daño, p-porfavor.

Gabriel pudo ver la mirada de la otra criatura. Un mechón de pelo se le asomaba por la capucha. Estaba sucio pero se podía apreciar una tonalidad rubia que resultaba bonita. La chica apretaba su cabeza contra el pecho del mutante y miraba a Gabriel asustada.

-¡Gabriel! ¡Vamonos de aquí!

Gabriel se echó hacia atrás asustado y los dos compañeros no pararon de correr hasta llegar a la entrada del hospital. Gabriel se sentó en las escaleras y se acodó en las rodillas poniendo las palmas de la mano a lo largo de la frente. Levy se tiró en el suelo y se tumbó mirando al cielo. Ambos jadeaban.

-¿Eran mutantes? - preguntó Gabriel.

-Si, putos deformes.

-Nunca había visto uno.

-Yo unos cuantos, pero siempre me acojono igual.

-¿Crees que nos habrán metido radioactividad o algo de eso?

-No lo se. Mucha gente me dijo que no, pero yo no me fío. Los crea el diablo fijo.

-Mierda - dijo Gabriel pensando en lo ocurrido. ¿Cómo coño han llegado aquí?

-¿Estás seguro de que estamos lejos de una zona cero? - preguntó Levy.

-Si, en el mapa no aparece ninguna.

-Pues o ese mapa no está actualizado o no me explico cómo han llegado tan lejos.

-Quizá nacieron en el campo de refugiados. O por culpa de las lluvias, que mas da ahora.

-Bueno da igual. Mejor vámonos de aquí.




A las semanas Gabriel soñó con ellos. Estaban tal y como los encontró, pero la chica mostraba su rostro y veía el de su hija. El miedo le paralizaba y no podía actuar. Pero ella le consolaba con un abrazo y él la abrazó también porque al fin y al cabo era su hija. Los dos se perdían en la nada de una explosión, consumidos por el calor. Por suerte se despertó.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Dom Sep 27, 2009 3:30 am    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 8
Nueva compañías





La zodiac chocó ligeramente contra el embarcadero y los tres tripulantes se balancearon un momento. Saïd fue el primero en desembarcar, seguido de Josef y Francis. Francis amarró el bote desinteresadamente y lo tapó con una lona de plástico. Cuando se dió la vuelta vió como Josef y Saïd observaban los alrededores inseguros.

-¿Cuánto hace que no salis de la isla? - les preguntó.

-Demasiado tiempo. - respndió Josef.

-Tranquilos, en este pueblo no hay ni un alma.

-¿Estás seguro? - preguntó Saïd. Francis no contestó.




Acamparon en un pequeño claro. El Sol les ayudó a calentarse durante el frío invierno. Los tres se sentaron en círculo, al rededor de la hoguera. Francis sacó el mapa y lo desplegó en mitad del grupo.

-Vale, estamos aquí, dijo marcando el punto con un rotulador. ¿Cuál crees que podría ser el siguiente pueblo Saïd?

-Bueno... dijo mientras miraba el mapa. Parece que este pueblo está mas cerca pero...

-¿Pero? - preguntó Francis sonriendo.

-Pero aquí hay una zona montañosa y seguramente tendríamos que rodearla. En cambio este de aquí está mas accesible, esta carretera nos podría llevar hasta allí en poco tiempo.

-Josef, ¿estás deacuerdo?

-El chico es un genio. Me fío de todo lo que diga.

-Pues eso haremos. Muy bien - le dijo a Saïd mientras sonreía. Por un momento le recordó a uno de sus hijos. Saïd no sonrió demasiado. Parecía estar en su propio mundo.




Dieron vueltas por el pueblo durante unas horas. Entraban casa por casa y registraban cada rincón en busca de vida humana. Consiguieron algo para comer y mantas para la noche. El cansancio empezó a notarse y el frío de la noche era cada vez mas intenso, por lo que decidieron resguardarse en la igleasia del pueblo. No era demasiado grande, algunos bustos de santos la decoraban y el de jesucristo en la cruz estaba defrente segun se entraba por la puerta. Todas aquellas estatuas estaban pintadas de rojo. La mayoría no parecían albergar un sentido, simplemente habían dado brochazos a diestro y siniestro. En cambio el Jesucristo tenía pintadas unas lágrimas rojas que le caían por las mejillas. Los tres observaron aquella escena desconfiados.

-Hacía demasiado que no entraba en una iglesia, dijo Josef.

-¿Vamos a dormir aquí? - preguntó Saïd poco convencido.

-Aquí no hay nadie. La pintura tiene mucho tiempo.

-Preferiría ir a otro sitio.

-Tranquilo Saïd, estaremos bien. - dijo Josef intentando tranquilizarle.

Se sentaron bajo la estatua de jesucristo y comieron un poco.
El chico no paraba de mirar a los alrededores. Francis pensó algo que decir para que el chico se calmara, pero sabía que las palabras sobravan. ¿Quién podía calmarse ante una situación como esa?




La casa estaba en mitad del campo, a medio kilómetro del pueblo. Los tres la observaron desde lejos, escondidos entre matorrales. Casi convencidos de que allí no podía vivir nadie decidieron adentrarse en ella. La puerta estaba cerrada, pero abrirla no fue complicado. La madera estaba podrida y de un par de patadas tiraron la mitad de la puerta. Los tres entraron y buscaron objetos de utilidad. En un pequeño cuarto por el que la luz del Sol entraba a plomo, una estantería guardaba tesoros de valor incalculable. Los libros estaban viejos, y las páginas se caían a cachos, pero se podían leer. Algunos estaban en perfecto estado. Francis se rió y cogió uno de ellos.

-Vaya, esto si que es suerte.

Josef y Saïd y no entendieron muy bien su entusiasmo. Antes de marchar Francis cogió unos cuantos libros y los metió en su mochila.




Francis le ofreció un libro a Saïd, sabía que leer le vendría bien. Pero el chico lo rechazó aludiendo que no le interesaba. Después agachó la cabeza e intentó cambiar de tema. Francis sospechó de esa reacción. Cogió el libro y le mostró la tapa, señalando el título del libro con el dedo índice.

-¿Qué pone aquí Saïd?

Saïd le ignoró.

-No sabes leer. ¿Verdad?

-Claro que se leer.

-Entonces dime lo que pone.

Saïd se fijó en el título desinteresadamente.

-No se, no se ve bien.

-Vaya, yo lo leo perfectamente.

-Déjalo.

-No sabes leer.

-¿Y qué coño pasa si no se leer?

-Nada, nada. No te lo tomes a mal. Si quieres yo te puedo enseñar.

-¿Y para que quiero aprender a leer?

-Quien sabe, a lo mejor algún día lo necesitas.




Miró el rostro sucio de Saïd mientras este intentaba escribir. Dibujó dos palos apoyado el uno sobre el otro y los unió con un palito.

-Esa es la A - le recordó Francis.

El trazo era irregular, pero ya aprendería. Tenían mucho tiempo por delante. El chico empezó a dibujar la siguiente letra del abecedario. con una decisión sorprendente. Era un auténtico superviviente, un luchador. Francis sabía que no se rendiría en la vida. Un milagro que exista algo así en estos tiempos, pensó.

-¿La B no?

-Si, la B.

La dibujó de tal manera que parecía un ocho dibujado por un borracho. Francis se rió.

-¿Qué?

-Nada, nada. Este palo de aquí es recto.

-Ah vale.

-Pero lo haces bien. Dentro de poco podrás escribir una carta.

-Un libro mejor.

-O un libro. ¿Te gustaría leer uno? Ya va siendo hora.

-¿No se ni escribir dos letras y ya va siendo hora de que lea un libro?

-Bueno, mientras aprendes a hacerlo yo te lo leo.

Saïd se encogió de hombros como si no le importase.

-Vale. Buscaremos uno en condiciones en el siguiente pueblo.

El chico dibujó la B de nuevo, esta vez bien. Y así estuvo dibujando todas las letras hasta llegar a la Z. Francis no le quitó el ojo de encima.




Los tres estaban tumbados en el suelo alrededor de la hoguera de tal forma que dibujaban un triángulo en el suelo. Los tres miraban a las estrellas y charlaban.

-¿Cómo era la ciudad antes?

-Especial supongo. Tenía un encanto que no sabría explicarte. Lo que añoro es cruzarme con cientos de personas cada día.

-¿Tantas?

-Si, incluso miles.

-¿Y no os hacían nada?

Josef y Francis se rieron. Saïd no entendió la gracia.

-No necesitaban hacer nada malo para sobrevivir. Algunos si claro, siempre los ha habido. Pero no tantos como ahora.

-Tenía que estar bien.

-Yo lo que hecho de menos son las mujeres - dijo Josef mirando al cielo con una sonrisa en el rostro. Francis observó un gesto de tristeza en Saïd.

-¿Has estado con alguna chica Saïd?

-Si, tantas que no puedo contarlas con los dedos - dijo Saïd sarcásticamente.

-Seguramente vengan muchas al albergue.

-No hace falta que me hables como a un crío. Llevamos no se cuanto buscando a gente y no hemos encontrado a nadie.

-No perdamos la esperanza. - dijo Francis.

-Mi esperanza es llegar al dia de mañana y ya está.

Los tres permanecieron en silencio un rato antes de dormir. Las estrellas inundaban el cielo. Francis las observó durante largo rato.




La ciudad se encontraba a unos pocos kilómetros de su posición. Una enorme carretera cruzaba una serie de pequeños pueblos hasta llegar allí. Se encontraban en lo alto de una colina. Francis miraba através de los gemelos el lejano horizonte.

-Hay muchos pueblos, ahí abajo debe haber mucha gente. - dijo Josef.

-Ojalá. - dijo Francis mientras oteaba la zona.

-Esta zona parece peligrosa. - advirtió Saïd.

-Bueno, habrá mas gente que en mitad del bosque. Eso puede ser bueno o malo, podemos encontrar gente que quiera venir al albergue y otros que prefieran matarnos. Ocurra lo que ocurra tenemos cuarenta y cinco balas en nuestras pistolas. No deberíamos preocuparnos en exceso.

-Quizá no nos interese que se entere tanta gente de nuestra presencia. - dijo Josef.

-¿Por qué no?

-Tu has visto la isla. No hay sitio para muchos. Creo que lo mejor es centrarnos en encontrar un grupo pequeño de gente y largarnos de aquí.

-Eso ya lo hablaremos mas tarde. - dijo Francis sin apartar la vista de los prismáticos. Josef hizo el amago de decir algo, no le gustaba el tono que usaba Francis con él. Pero decidió callarse, después de todo era lo que mejor hacía.




Caminaron por la autopista de cuatro carriles. Todo estaba lleno de coches abandonados. La carrocería estaba oxidada y empezaba a perder el color que tuvieron antaño. Cuando llegaban a un pueblo se salían de la carretera y daban vueltas por ahí. En muchos de ellos sintieron la presencia de gente, no en términos metafísicos, simplemente les escuchaban caminar o susurrar. Se escondían, de ellos. Intentaron hacerles entender que no querían hacerles daño, aunque eso es algo difícil cuando uno lleva una pistola en el cinturón. No había mucho que ellos pudieran hacer.




Llegaron a un pueblo a la mitad del trayecto. Tenía una pasarela azul que cruzaba la autopista, estaba partida por la mitad y las dos partes estaban clavadas sobre la carretera. Subieron por los restos de uno de los lados hasta llegar a la parte alta y desde allí bajaron hasta llegar al pueblo. Junto a la carretera había una gasolinera. Los depósitos estaban completamente vacíos y la tienda igual. Ni comida ni agua ni restos de ningún tipo. Tan sólo un hedor que ninguno de los tres supo distinguir.

Cruzaron al interior del pueblo por una vieja estación de trenes. Un tunel subterráneo conectaba el pueblo y el lado de la autopista. El túnel estaba lleno de pintadas de tipo apocalíptico o mas bien deprimente. Lo cierto esque no tenían demasiado sentido, cosas como que el Diablo había llegado a la tierra.

Subieron a uno de los andenes. Un tren estaba parado en la estación. La mayor parte de los cristales estaban rotos, los tres se subieron en el primer vagón y fueron recorriéndolos por dentro. Los paneles eléctricos destrozados, los asientos llenos de suciedad. En uno de los vagones había restos de comida podrida e indicios de que alguien vivió allí en algún momento. Pero solo quedaba eso, restos.

Volvieron al tunel y siguieron hacia el pueblo. Al final había unas escaleras que subían al piso alto de la estación. El techo de esa zona estaba derribado e impedía el paso. Salieron por una puerta que daba a un antiguo parking. Hacia la derecha estaban los andenes, había un cadáver tirado en el suelo. Todavía se le podía distinguir la cara, una marabunta de gusanos lo degustaba.

Subieron por una rampa del parking hasta llegar a la plaza del pueblo. Había una pequeña rotonda y en mitad de la misma personas empaladas hacía mucho tiempo. Los tres se quedaron petrificados mirándolas, Francis hizo el amago de tapar los ojos de Saïd pero este las miraba inexpresivo. Como si fuese el pan de cada día.

-Había olvidado cosas como esta. - recordó Josef.

Francis se imaginó la respuesta del chico. ''Yo no''.

Una de las calles principales bajaba hasta un gran parque. El césped tenía un color grisáceo y olía a ceniza. En una pequeña fuente había un par de cadáveres flotando. A pesar de aquellas evidentes advertencias la noche estaba al caer y lo mejor era dormir en aquel parque. Acamparon en un antiguo chiringuito con forma octogonal. Tenía ventanales de cristal por lo que durmieron detrás de la barra por si acaso alguien les veía atraves de ellos. Cuando los tres se tumbaron e intenteron dormir Francis estuvo dándole vueltas al asunto. Era evidente que allí había una banda, lo mejor era irse de allí en cuanto el Sol se asomara por el horizonte.

Francis se despertó en mitad de la noche. Josef y Saïd estaban dormidos por completo. Unos murmullos en el exterior. Francis se incorporó. Escuchó mas sonidos, pero no supo distinguir lo que decían. Alguien abrió la puerta corrediza lentamente. Francis cogió la Colt del suelo y la amartilló lentamente. Los pasos se movían por el local. Francis se arrastró hasta Saïd y le tapó la boca. Le despertó y Saïd se asustó pero no pudo ni emitir un sonido. Francis se puso el índice en los labios y Saïd afirmó con la cabeza. Luego señaló a Josef y Saïd le despertó de la misma manera. Mientras tanto otro extraño había entrado en el local. Estaban apunto de encontrarles. Francis se levantó lentamente intentando mirar através de la barra. Los dos hombres llevaban pasamontañas viejos y puñales. Ambos se daban la espalda. Miró al exterior, por si había mas canibales, pero no vió nada.

Agarró la Colt con las dos manos y apuntó lentamente con la mirilla. Tenía apuntado a uno de los hombres, miró a Saïd que ya había cargado el arma y le señaló al otro con la mirada. Cuando estuvieron listos se levantaron rápidamente.

-¡Quieto, quieto! - dijo Francis mientras salía de la barra y caminaba hacia él sin dejar de apuntarle.

-Tu también. Al puto suelo. - dijo Saïd.

Josef salió de la barra y les quitó a ambos los puñales. Luego se asomó fuera y echó un vistazo.

-No veo a nadie. - dijo mientras cerraba la puerta.

Francis miró a Saïd preocupado.

-¿Estás bien?

-Si.

Uno de los hombres prestó singular atención a esto.

-¡Tu! - dijo Francis al tipo que apuntaba Saïd. - Ven aquí, ponte al lado de este.

El hombre, obedeciéndole, se levantó y se puso junto a su compañero.

-Eh vamos tios. No os pongáis así. - dijo el hombre que se acababa de levantar. Parecía alguien joven, el otro permaneció en silencio.

-¿Qué queréis? - dijo Francis.

-Nada hombre. Sólo daros algo de comida. - dijo nuevamente el chico.

-Y una mierda.

-En serio.

-¿Nos habéis visto por la mañana? - Le preguntó Josef. ¿Habéis estado siguiéndonos?

-Que va tío. No te pongas paranoico.

Josef le golpeó en la cara y el hombre cayó al suelo. Se levantó un poco el pasamontañas y escupió sangre.

-Quítaselo. - le dijo Francis a Josef señalando el pasamontañas.

El chico al que Josef había golpeado era joven, de unos dieciocho. Era muy delgado y tenía el rostro sucio. El otro en cambio era mas mayor, unos cuarenta. No parecía un bandido, mas bien una persona inofensiva. El pelo empezaba a tener canas pero estaba limpio y peinado. Su rostro tenía barba de tres días, pero estaban igual de limpio que su pelo.

-¿Cuántos sois? - preguntó Francis.

-Sólo nosotros. - dijo el mayor.

Josef le golpeó.

-¿Cuántos?, volvió a preguntar Francis.

-No somos mas, lo digo en serio. - dijo el hombre casi llorando.

Josef le golpeó otra vez. La cara estaba muy hinchada. El tipo se echó al suelo medio llorando.

-¿Por qué nos hacéis esto? - preguntó.

-Vale, no creo que sean mas. - le dijo Francis a Josef.

-Está mintiendo Francis. ¿No lo notas?

-Lo único que noto esque a este paso lo matas.

Josef golpeó al chico en la cara.

-¡Dinos la verdad!

-¡Josef! ¡No lo hagas delante de él! - dijo refiriéndose a Saïd.

Empezó a golpearle sin descanso. Francis miró a Saïd, pero seguía con el mismo rostro inexpresivo.

-¡Cuanto sois pedazo de mierda! - insistía Josef.

-¡Josef, déjalo!

-¡Vale, vale, vale! - dijo el hombre entre puños. - ¡Vale! ¡Deja de pegarme porfavor.

El mayor ahora miraba intensamente al que iba a hablar. Este le devolvió la mirada asustado, tenía el rostro empapado en sangre y provablemente la nariz rota.

-Nos matarán si no lo digo.

El mayor no respondió.

-¿Cuántos? - preguntó Francis.

-Unos siete u ocho.

-Vale.

El mas mayor estuvo callado durante varios segundos, pensando. Al cabo de un rato levantó la mirada y sonrió.

-No tenéis ninguna posibilidad. - les dijo.

-Yo creo que si.

-Crees porque aún no te has dado cuenta de tu situación. Francis ¿verdad?

-Saldremos de aquí, y si no te mataré. - le amenazó Francis.

El hombre se empezó a reir. Su compañero le miró asustado.

-Créeme Francis. Soy la única oportunidad que tienes de salir con vida. Creo que sería buena idea dejarme con vida.

-¿Por qué? - le preguntó acercando la pistola a su frente. El hombre miró a Francis a los ojos despreocupadamente.

-Te ayudaré a salir de aquí.

Francis se quedó quieto durante un rato. No tenían muchas otras posibilidades, asique intentó calmarse. Cogió una silla y se sentó frente a él.

-¿Por qué?

-Vamos Francis, mírame. ¿Crees que este es el tipo de vida que me gusta llevar?

-¿Y por qué estás en una banda de canibales?

-Porque si no me como a la gente, la gente me come a mi. Porfavor, ¿no me iréis a juzgar ahora no? Creo que deberíamos hablar de cosas mas importantes.

-Vale. Entonces vamos. - dijo Francis levantándose.

-Espera. - dijo el hombre. Francis le miró. ¿Me tomas por tonto Francis? ¿No esperarías que no pusiera al menos una condición?

Francis se rió.

-No hay condiciones.

-Entonces no hay trato. Tu eliges.

Francis, nervioso, le apuntó con el arma.

-Entonces no me sirves vivo.

-Vamos Francis, no te pongas así. Tu me ayudas a mi, y yo os ayudo a vosotros. Es simple. Aunque bueno, si prefieres matarme, hazlo. Pero no creas que esa gente va a tener remordimientos con el chico.

Francis apretó la mandíbula sin dejar de apuntarle.

-A él no le metas en esto.

-¿Cuáles son las condiciones? - interrumpió Josef.

-No vamos a negociar con él.

-Mejor será que le escuchemos antes de nada. No tenemos muchas posibilidades mas.

Francis miró a Josef, luego al hombre. Este le sonrió y le dijo su condición:

-Tenéis que matarle. - dijo señalando a su compañero herido.

-¿Pero qué dices? - dijo el chico sorprendido.

-¿Por qué íbamos a hacer eso? - preguntó Francis.

-Francis, creo que no entiendes mi situación. Si os ayudo y me dejáis tirados, nada le va a impedir a este ir al resto y decirles lo que he hecho. Me darían caza y me matarían, y no me apetece morir.

-¡No, no lo haré! ¡Lo juro!

-Te garantizo que no te dejaremos atrás, hasta el proximo pueblo.

-No creas que me voy a fiar de tu palabra. Eso no vale nada hoy en día. Tenéis que matarlo o no hay trato.

-¡No! Es sólo un crío.

-No es un crío, créeme. Es un asesino. Si pudiera le mataría. - dijo señalando a Saïd. ¿Es eso lo que quieres Francis?


-Lo haré yo. - le dijo Josef a Francis.

-¡No! ¡No vas a hacer una mierda!.

-¡Matará al chico y luego se lo comerá y todo porque no quisiste matarle!

Francis le golpeó con la culata de la pistola en la cara. Josef y Francis empezaron a discutir hasta que dejó de entenderse lo que decían entre ellos. Josef decía que el no sentiría remordimientos y Francis insistía en que nadie mataría a aquel pobre chico ni harían tratos con un asesino canibal. Por otra parte el hombre se limitó a escuchar mientras esbozaba una sonrisa. Resultaba un placer ver como las cosas siempre salían como él quería. Pero ocurrió algo que ninguno de los tres esperaba. Un disparo les devolvió a la realidad, el chico estaba tirado en el suelo con una herida de bala en la frente. El hombre estaba arrodillado mirando la escena sorprendido. Francis se giró y vió a Saïd entre Josef y él. Su pistola humeaba.

-Ahora sácanos de aquí.

El hombre tardó en contestar.

-Por supuesto, os sacaré de aquí.




El hombre se llamaba Pearce, le maniataron dejándole las manos por la espalda y se marcharon de ahí guiados por él. Callejearon por el pueblo. La mayor parte de las casas eran adosados que se distribuían en líneas paralelas a partir de la calle principal del pueblo. Por otra parte la calle principal también era paralela a la autopista y a las vías del tren. Pearce les dijo que el pueblo estaba dividido en este y oeste por la autopista. Ellos estaban en la parte este que era la que controlaba la banda. Todas y cada una de las casas habían sido saqueadas por ellos y la mayor parte de la gente asesinada o violada. Eran antiguos residentes de aquel pueblo que habían tomado medidas drásticas ante la catástrofe.
El plan de Pearce era callejear por zonas de poca afluencia y cruzar la autopista por un pequeño tunel que estaba en la zona norte del pueblo. Según Pearce la zona oeste estaba deshabitada, o eso creía. Jamás habían necesitado cruzar la autopista.




Los cuatro llegaron al túnel en cuestión justo cuando amanecía. Cruzaba la autopista justo por debajo. Cruzaron la carretera corriendo y se metieron dentro. Apenas cabían dos personas juntas.

-¿Qué hay al otro lado? - preguntó Francis.

-Las vías del tren y un antiguo campo.

-¿Por qué no habéis cruzado nunca al otro lado.

-Esta zona del pueblo estaba menos habitada. Todos los supermercados y la mayor parte de la gente vivía al otro lado. En el oeste lo mas interesante que había era un puticlub. ¿Crees que estará abierto Francis? - le dijo sarcástico Pearce. Francis se mordió la lengua.

-Ojalá siguiera en funcionamiento. - dijo Josef.

Llegaron al final del tunel y se asomaron. Una gran explanada con las vías en medio. Al fono el campo muerto que se extendía hasta el horizonte. Había pequeños grupos de adosados repartidos.

-Vale. ¿Y ahora qué? - preguntó Francis.

-Quizá deberíamos adentrarnos en el bosque y acampar. - propuso Josef.

-Hay una vieja casa en ruinas a una media hora. Podemos ir allí.

-No, no hemos venido a eso.

-¿Qué? - dijo Josef sorprendido.

-Tenemos que buscar refugiados.

-Aquí es demasiado peligroso.

-En todos los sitios es demasiado peligroso.

Pearce los observaba con interés. Se dió cuenta de que Saïd le miraba fijamente. Los dos compañeros seguían discutiendo.

-Por lo que veo no os entendéis muy bien. ¿Te cuesta mucho hacer de líder Francis?

Josef quiso rebatirle, decirle que él no era el líder de nada, pero Francis golpeó a Pearce con la culata de su pistola en la cara y le dejó en el suelo mientras sangraba. Tenía una herida cerca del ojo derecho. Ya iban dos culatazos en un día.

-Se te da bien manejar la situación Francis. - dijo mientras gemía de dolor.

-¡Cállate cacho de mierda! - gritó Francis descontrolado. Luego miró a Josef mientras respiraba nerviosamente.

-Acamparemos hoy en el bosque. Pero mañana daré una vuelta por el pueblo y buscaré gente. Lo haré yo aunque sea.

Josef le miraba estupefacto.

-Está bien, está bien.

Acamparon en la casa derruida que Pearce les comentó. Estaba en lo alto de una colina y desde ahí se podía ver algunos pueblos distantes y la ciudad al sur. Francis y Saïd descansaron. Josef estuvo vigilando a Pearce toda la noche. Este se mostraba impasible, casi amigable. Ambos estaban junto a la hoguera. Pearce sentado con los pies cruzados y Josef con las rodillas dobladas.

-Eres Josef ¿no?

-Si. Soy Josef. - le dijo sin prestarle atención.

-Sabes, pareces un buen líder. Tienes carácter. - reconoció Pearce. Josef le miró sin cambiar de rostro, aunque en realidad se sentía halagado. Pearce se inclinó hacia él y le susurró.

>>Ese Francis... no te tiene en cuenta lo que te mereces. No deberías dejar que él de las órdenes.

-No se que orden me ha dado.

-¿No te das cuenta? Se ha salido con la suya a su manera. Te ha toreado y tu no te has dado ni cuenta. ¿Y qué me dices en el local? Hasta has tenido que quitarme el pasamontañas para él.

-¡Callate!

-Vale, Josef. Perdona, no quería ofenderte. Pero procura no desperdiciar tu potencial.

Tras esas palabras se tumbó en el suelo y miró a las estrellas. A Josef le pareció casi un autómata moviéndose. Miró a ese misterioso personaje, le pareció demasiado educado e inteligente como para andar por ahí comiendo gente.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mie Oct 14, 2009 6:02 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 9
Agatha



Agatha comía una lata de judías en una de las esquinas del parking. Usaba las manos llenas de suciedad como cubiertos. Su rostro era casi negro, lleno de suciedad. Levantó la vista y observó el párking. Había repartidos ciertos focos de luz por el lugar. Antorchas, viejas linternas o algo que sirviese para iluminar el lugar. Los refugiados comían y charlaban al rededor de estas hogueras. También se podía escuchar a otros dormir y mantener relaciones. Mas o menos como cada día. Aunque la mayor parte de esas personas jamás se darían cuenta, habían perdido un compañero. Dreyfus había partido hacía mas o menos un día. Aunque también podrían haber sido un par de horas, no había manera de calcularlo.

El refugio tenía un Líder, él mismo se había elegido ''democráticamente''. Nadie se había quejado. En tiempos oscuros la gente busca soluciones desesperadamente, y si alguien les promete el oro y el moro se abalanzan sobre él como si fuese el mismísimo mesías. El Líder lo había hecho con aquellos refugiados. Les prometió cuidar de ellos, les dijo que sobrevivirían a ello. En parte cumplió su palabra, a medias. Durante aquellos años el líder había hecho un uso abusivo de su autoridad, cogiendo mas comida que el resto, eligiendo el mejor sitio para dormir. Incluso obligaba a algunas de las chicas a que le ayudaran con su gusanillo sexual. Ellas no decían ni nada. Lo mismo daba si el hombre las penetraba o no. Todo era mierda.

Agatha no había sido una excepción. Pero veía las cosas de forma diferente. Su padre le había enseñado a hacerlo. Ella esperaba el mejor momento para salir de aquel agujero. No se compadecía por su desgracia, se lo tomaba con filosofía. Su objetivo era sobrevivir, a toda costa. Lo cierto esque no lo hacía nada mal.

El Líder ocupaba uno de los coches del parking. Un BMW con asientos de cuero y restos de comida podrida de regalo. Mientras el resto dormía sobre el suelo duro y frío del parking, él disfrutaba de unos cómodos asientos donde descansar. Aquel día se le despertó la necesidad de saciarse. Bien por aburrimiento o por las propias hormonas, lo mismo daba. Asique salió del coche y hechó un vistazo a su alrededor. Estaba eligiendo a la chica del día. Agatha lo sabía. Al principio intentaba esconderse y rezaba porque no la eligiera a ella. Pero esta vez siguió comiendo de su lata de comida.

-¡Agatha! - gritó desde el coche. Agatha suspiró, sabía lo que eso significaba.

-¡Estoy comiendo!

-¡Me importa una mierda!

Agatha dejó la comida apartada y caminó hasta el coche. Se pusieron en el asiento del copiloto, el siempre lo echaba para atrás y se sentaba. Ella se ponía encima, asi es como a él le gustaba. Agatha empezó a cabalgar sobre él.

-Oh, vamos si. Sigue así – gemía El Líder..

Para hacer mas ameno el acto imaginaba para él mil muertes distintas. Ahorcado, degollado, lapidado, quemado, ahogado...

-¡Oh si! ¡Más rápido!

Ella aceleró el ritmo, se imaginó otras mil muertes más. Él llego al orgasmo.

-Gracias preciosa. Eres un sol.

-Tu eres tan rápido como siempre – respondió sarcástica. El Líder la golpeó varias veces en la cara.

-Puedes dormir atrás si te apetece.

-Cabrón...

Ella se pasó a los asientos de atrás e intentó dormir un poco. A las horas escucharon un disparo lejano. Venía de fuera. Todos se incorporaron asustados, no se escuchaban demasiados disparos. El Líder salió del coche e intentó tranquilizarles.

-Tranquilo. Voy a ver qué ha sido - dijo mientras caminaba hacia la salida. Se perdió por las escaleras que daban al exterior. Agatha volvió a agachar la cabeza en el coche y cerró los ojos. Otro disparo, esta vez sonó dentro. Se incorporó y pudo ver a todos los refugiados gritando con todas sus fuerzas. Corrían hacia la pared opuesta a las escaleras, como si puediesen escapar por una puerta secreta. Agatha mantuvo la calma y se quedó escondida en el coche, miraba de vez en cuando. Dos hombres encapuchados con pistolas entraron en el parking y se rieron. Todos los refugiados estaban contra la pared asustados. Algunos aprobecharon para huir mientras los hombres daban la espalda a la escalera. Uno de ellos disparó y le dió a un viejo en la pierna.

-Maldito viejo -dijo antes de dispararle en la cabeza. Todos gritaron. Agatha empezó a asustarse. Los desconocidos se acercaron al resto de refugiados.

-Vaya, que tenemos aquí.

-¡Sólo son dos! ¡No tienen tantas balas! - dijo uno de los refugiados.

Uno de los hombres vió al que lo dijo y le disparó. Todos gritaron de nuevo y algunos corrieron intentando huir. Todo empezó a parecer un caos. Unos corrían y conseguían huir. Los encapuchados disparaban como locos pero fallaban casi todas las balas. Finalmente en el parking sólo quedaron muertos, los dos desconocidos y Agatha escondida en el BMW.

-Vaya mierda. - dijo uno.

-Bueno, busquemos la comida.

¿Habían dicho comida? ¿A qué se referirían? Agatha no comprendía como se habían enterado. Los dos hombres empezaron a recorrer el parking. Empezaron a abrir cada coche y registrarlo a cociencia. Agatha sabía que tarde o temprano llegarían al suyo. Empezó a ponerse nerviosa, se tumbó en el suelo del coche y cerró los ojos. Seguía escuchando puertas abrirse y a los dos desconocidos hablar entre ellos.

-Aquí no hay comida. Ese cerdo nos ha engañado.

-A lo mejor la tienen en otro sitio.

-¿Qué otro sitio? Aquí solo hay coches y mierda.

Estaban casi al lado del coche. Pudo ver al primero através de la ventanilla. Empezó abriendo las puertas delanteras, se metió dentro y empezó a trastear. Abrió la guantera, miró debajo de los asientos, en las puertas... Desde donde él estaba no pudo ver a Agatha temblando de miedo.

El otro se acercó al coche.

-Este es el último. -dijo la voz más joven.

-Mira en el maletero, ahora miro la parte de atrás.

El otro abrió el maletero y empezó a sacar cosas.

-Aquí no hay nada.

El primero se acercó a la puerta de atrás, Agatha le pudo ver acercándose y observó su reacción al verla escondida. El hombre pareció sonreír tras la capucha y miró a su compañero.

-Mira, tenemos un regalito.

El otro se acercó y miró por la ventanilla. Agatha se tranquilizó. Tenía que aprobechar la situación.

-¿Regalito? Puede que tenga algo para vosotros -dijo ella. Los dos hombres casi se frotaron las manos.

-Encima es una guarra.

-No hablo de eso imbécil – le respondió ella. El hombre, cabreado, la apuntó con su pistola -. ¿Vas a matarme? Porque entonces os quedaréis sin comida. Habéis venido a por eso, ¿no?

Los dos la miraron intrigados.

-O podemos violarte y luego comerte. Lo mismo da.

-Ya, es posible. Pero os hablo de mucha comida. ¿Tan tontos sois cómo para matarme?

-Mira, cariño. Vigila tu boca. ¿Dónde está la comida?

-Os llevaré hasta ella.

-Sabemos que está aquí.

-¿Quién os ha dicho eso? Se han reído de vosotros.

-¿Qué insinuas?

-Yo no insinúo nada. Pero aquí no hay nada. Vosotros mismos lo habéis comprobado.

-Entonces, ¿dónde está la comida?

-No está aquí. Yo os llevaré.

-He dicho que dónde está.

-No te lo pienso decir. Os llevo hasta ahí y luego os la quedáis toda. Pero a cambio de...

-No hacemos favores.

-Seguro que este si. Tengo que quedarme con vosotros. Me daréis de comer y me cuidaréis, ¿Verdad que podéis?

Los dos hombres se miraron sonrientes. Les había tocado el premio gordo.

-Claro cariño. Nosotros te cuidaremos.



El mayor se llamaba Augustus y el joven Henrik. Durante el holocausto Augustus encontró a Henrik en un descampado. Estaba sólo y desamparado. Augustus decidió cuidar de él. Pero la influencia que ejerció sobre el chico no fue algo demasiado bonito. Ambos iban por ahí matando y comiendo gente. Disfrutaban de esa vida, la adoraban. Ambos estaban muy ilusionados de que una mujer tuviese la intención de unirse a ellos. Otra más del grupo. De hecho, Henrik, esa misma noche, intentó acostarse con Agatha. Pero este le rechazó y él no pudo decir nada. A pesar de que ellos no lo supieran ambos estaban bajo sus pies. Estos tipos eran mucho mas tontos y manipulables que el Líder. Malditos estúpidos. Se podían tragar todo lo que saliese de su boca.




Subieron las escaleras que daban al exterior. En mitad de las escaleras estaba el cadáver del Líder. Agatha escupió en él y los dos hombres sonrieron orgullosos. Abrieron la puerta y observaron. Tan sólo ceniza callendo del cielo gris. Agatha notó el intenso frío del exterior y empezó a tiritar. Henrik la hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera y ella le obedeció. Augustus les siguió a unos pasos. Agatha vió el cadáver de Dreyfus.

-¿El fue el que os dijo lo de la comida? - preguntó.

-Si – respondió Henrik.

-Hijo de la gran puta – dijo ella. Escupió sobre su cadáver. Los dos hombres volvieron a maravillarse y siguieron el camino. Antes de llegar al otro lado escucharon un disparo y al segundo un grito desgarrador. Agatha y Henrik giraron rápidamente y vieron a Augustus caer al suelo. Tenía una herida en el pie que sangraba a borbotones. Emitió un grito ensordecedor. Henrik agarró a Agatha fuertemente y corrieron hacia un edificio que había frente a ellos. Se metieron dentro y el chico tiró a Agatha al suelo violentamente.

-¡Nos has jodido, maldita perra! ¡Nos has jodido! - gritaba mientras le señalaba con el dedo índice.

-¡Yo no he hecho una mierda! ¡Nosotros no tenemos rifles! - gritó ella.

-¡Eh tio! ¡No te preocupes, te sacaré de ahí! - le dijo Henrik a su compañero herido.

-¡Me cago en la puta! ¡Me duele mucho la pierna! - gritaba Augustus.

-¡Te pondrás bien! ¡Aguanta!

-¡Henrik! Próm... - otro disparo cortó la frase. La bala le atravesó el cráneo. Henrik se sentó en el suelo con los ojos como platos. Parecía drogado, estaba ahí sentado mirando el cadáver de su amigo y Agatha hubiese jurado que aquel hombre tenía todavía algún sentimiento.

-¿Qué te pasa Henrik? ¿Has perdido el control? - le preguntó ella con una sonrisa en la boca, Henrik se levantó y empezó a golpearla.

-¡Maldita zorra! ¡Cállate! ¡Nos has jodido! ¡Te juro que te voy a matar!

Agatha notó cómo le crujía la nariz. Henrik se calmó y respiró hondo. La agarró del brazo y la levantó. Salieron de ahí.



Caminaron entre edificios. Casi todos tenían algún boquete por el que atravesarlos sin tener que entrar por la puerta principal. De este modo pudieron ir callejeando sin arriesgarse a salir a la calle principal o a un terreno abierto donde el desconocido pudiera dispararles. Llegaron al piso donde vivían los dos encapuchados. Tuvieron que subir casi treinta pisos hasta llegar. El edificio estaba completamente abandonado y tenía suciedad y restos de combate por todas sus paredes. Algunos casquillos por el suelo y sangre por todas partes.

Finalmente llegaron al piso. Agatha estuvo apunto de vomitar al ver toda la sangre y suciedad que había en él. Casi mas que en el propio parking. La metió en una sala oscura donde pudo ver a gente comer antes de que se cerraran las puertas y no puediera ver nada.

-¿Quiénes sois? - preguntó.

-Según ellos somos sus perros. Yo me considero un simple prisionero. Elige la que mas te guste a ti.

-Os tienen aquí para comeros, ¿no?

-Seguramente, esto que comemos ahora mismo es muslo de nuestra antigua compañera de celda. Ellos mismos nos la dieron para cenar, ¿muy amables verdad? - dijo sarcástico -. ¿Quieres?

Agatha volvió a notar como los jugos del estómago subían por el esófago. Tuvo que aguantarse las ganas.

-Supongo que no – dijo el hombre - ¿Cómo te llamas?

-Agatha.

-Yo soy Luis. Tenemos dos compañeros mas pero llevan sin hablar un tiempo. No les hizo mucha gracia que les fueran a usar como cena y han decidido hacer huelga de palabras. Unos tipos muy revolucionarios, vaya.

-¿Por qué bromeas tanto? No me caes bien. - le preguntó ella.

-Oh que pena. Si lo prefieres me pongo a llorar y a gritar - dijo. Luego hizo lo prometido y se puso a balbucear como un loco -. ¡Por favor! ¡No nos hagáis daño! ¡Somos buenas personas! - empezó a chillar. Luego se puso a emitir una serie de gritos que podrían pertenecer al peor de los manicomios. Derepente dejó de hacerlo y por un momento pareció una persona totalmente cuerda.

>>>¿Asi mejor Agatha? ¿Ya te caigo bien?- Preguntó Luis de manera muy jovial.

-Eres patético – dijo Agatha y hubo un minuto de silencio. Hasta que Agatha continuó -: Tenemos que salir de aquí.

-Ah si no te preocupes. Dentro de media hora será la hora del paseo y nos sacarán a dar una vuelta por la calle. Para que la gente con claustrofobia no lo pase demasiado mal.

-Que te jodan. Yo saldré de aquí. Por mi púdrete.

Agatha escuchó la risa de Luis y acto seguido sus mandíbulas masticar la comida.



Pasaron unas horas. Agatha intentó dormir un poco, agotada por tanta emoción. Al menos en aquella habitación no hacía demasiado frío. La despertó un disparo.

-¡Tu le mataste! - gritó Henrik al otro lado.

-Si, yo le maté. - le respondió otra persona. Su voz era tenue, baja y casi robótica. Parecía tener una sola tonalidad, como si en aquellas palabras no hubiese emoción alguna.

-¡Pues venga! ¡Hazlo cacho de...!

Un disparo.

-¡Eh chicos! - dijo Luis riéndose -. ¡A lo mejor ese es vuestro amigo Jamal!

Los dos hombres mudos se incorporaron curiosos. Escucharon los cerrojos de la puerta. Luego ésta se abrió y al otro lado apareció una figura negra. Les miró un rato. Los cuatro prisioneros le observaron curiosos.

-Eres Jamal ¿no? - preguntó uno de los prisioneros mudos.

-No - respondió el hombre misterioso. Luego cerró la puerta. Los dos mudos se pusieron a llorar y Agatha también lo hizo. Luis se rió enfermizamente.

-Jamás saldremos de aquí - dijo.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mar Nov 03, 2009 1:29 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 10
La caída




Gabriel estaba sentado en el sofá. Veía con atención el telediario, hablaban de cosas que pocos entendían. Tensiones internacionales, amenaza de guerra y una infinidad de mensajes alarmantes. Cuando se quiso dar cuenta la pequeña Agatha estaba mirándole con los ojos caídos.

-¿Qué haces despierta Agatha?

-No puedo dormir. ¿No ha llegado mamá?

-Aún no. Vamos – dijo mientras se levantaba y la cogía en brazos – tienes que dormir, que mañana toca ir al cole.

Subió las escaleras hasta llegar a su cuarto, la acostó y la dió un beso en la mejilla. Cerró la puerta lentamente y salió al jardín a fumarse un cigarro. Estuvo pensando mientras miraba el cielo estrellado. Cuando lo terminó volvió al salón.

La tele no emitía señal. Gabriel empezó a cambiar de canales hasta que encontró uno con señal. Era de una tele local, que estaba a unos kilómetros de donde él vivía. En ese momento un hombre vestido con traje presentaba unos informativos de última hora.

-Nos acaban de comuniar que se ha perdido la comunicación con...

Un apagón. Gabriel tan sólo necesitó un par de segundos para darse cuenta de lo que ocurría. Subió corriendo las escaleras y cogió a su hija en brazos. Agatha se puso nerviosa ante la reacción el padre.

-¿Qué pasa? - preguntaba. Gabriel la llevó al sótano y se acurrucaron en una de las esquinas.

-Mete la cabeza entre las rodillas.

-Tengo miedo. ¿Qué pasa?

-¡HAZ LO QUE TE DIGO!

La niña obedeció y Gabriel también se cubrió con sus rodillas. Un flash entró por una de las ventanas, por suerte los dos estaban cubiertos. Algunos armarios empezaron a cocerse, al igual que una alfombra que tenían enrollada. Después del flash un estruendo ensordecedor y luego todo tembló. Las ventanas se rompieron en miles de trozos y algunas paredes se resquebrajaron.

Gabriel agarraba con fuerza a la niña, que lloraba aterrorizada. Él también lo estaba. Su pulso estaba demasiado acelerado como para pensar con claridad. Esa fue la primera noche.




Observaba las grises nubes de ceniza a través de la ventana mientras se rascaba la barba. Luego miró a su hija, tenía tres capas de ropa mugrienta y aún así tiritaba de frío. La niña tenía una vieja mascarilla sucia para protegerse del polvo. Echó otra mirada a la calle. Un grupo de cinco personas cogía calor al rededor de un bidón ardiendo. Comían algo de carne mientras charlaban sobre cosas vanales. Otro grupo se acercó a ellos. Cada uno llevaba un arma distinta, de bates a palancas. Los que comían les ignoraron, los otros les rodearon. Gabriel observó.

-No mires – le ordenó a la niña. Agatha se tapó los ojos con las palmas de las manos.

Los dos grupos parecían discutir. Algo sobre la comida. Uno de los hombres armados golpeó a un viejo mientras este se metía un trozo de carne en la boca. El resto de hombres armados reaccionó del mismo modo hasta que todos los barbudos que comían junto a la hoguera estuvieron muertos. Gabriel vió cómo saqueaban y dejaban los cadáveres desnudos sobre el asfalto helado. Habían pasado tres meses desde las explosiones y la civilización era ya un vago recuerdo que empezaba a perderse en la oscuridad de la barbarie.




Gabriel y Agatha acamparon en mitad del bosque. Ese día encontraron un viejo supermercado. Consiguieron plásticos para cubrirse y un par de cuchillas de afeitar, además de un cuchillo de supervivencia. Tenía una hoja de unos veinte centímetros. Gabriel cogió una barra de metal de medio metro y, utilizando cinta adhesiva, adhirió el cuchillo a la vara. Una buena lanza para defenderse.

Mientras la niña comía sentada Gabriel cogió una de las cuchillas de afeitar y sacó la hoja del mango. Luego estuvo largo rato pensando como abordar el tema. Cuando la niña terminó la invitó a acercarse con un gesto de mano. La niña se levantó y se puso frente a su padre, ambos junto a la hoguera sentados frente a frente.

-¿Sabes qué es esto? - preguntó Gabriel a su hija.

-No.

-Es una cuchilla de afeitar.

-¿Puedo cogerla?

-Claro que puedes. Pero ten cuidado, no te vayas a cortar – le dió la hoja a la pequeña y vió como sus manitas la cogían y sus ojos curiosos la analizaban. Él cogió fuerzas y se preparó para dar el paso.

>>Escucha, hay mucha gente mala. Lo sabes, ¿no?

-¿Gente que quiere hacernos daño?

-Si. Gente que nos quiere hacer daño.

-Pero tu me proteges de ellos. Siempre me lo dices.

-Si, yo te protejo de ellos, pero aún así me tienes que prometer algo.

-Vale.

-Si alguna vez me pasara algo y la gente mala te quiere hacer daño, cogerás la cuchilla y te cortarás aquí – dijo señalándole las venas de la muñeca.

-Pero a mí no me gusta cortarme.

-Lo se. A mí tampoco, pero si no lo haces será peor.

-Si me corto me iré, ¿no? Como aquellas personas que estaban durmiendo en el suelo - el padre no contestó, tan sólo agachó la mirada -. No pasa nada. Iría con mamá, ¿verdad?

-No lo se hija. ¿Lo harás?

-¿Qué me pasará si no lo hago?

-Cosas malas cariño. Cosas muy malas.

-Entonces lo haré.

El padre la abrazó con fuerza mientras se aguantaba las lágrimas.

-¿Tu crees en el cielo? - preguntó la niña.

-No. Ya no.

-Yo si creo. Tiene que haber un lugar en el cielo donde se esté agusto.

-Ojalá exista.

-Si. Ojalá.




Se adentraron en el pueblo por la noche. Buscaron un lugar donde resguardarse, era un pequeño edificio de tres plantas. Acamparon en uno de los cuartos, la ventana daba justo a la carretera. Gabriel colocó periódicos viejos en las ventanas y dejó un pequeño hueco por donde vigilar. Era ya de noche cuando se despertó. Agatha todavía dormía. Alguien parecía estar discutiendo en la calle. Gabriel se incorporó y echó un vistazo.

Un hombre mayor junto con otro alto estaban encarados a cuatro bandidos, estos llevaban porras ensangrentadas y se cubrían la cara con viejos pasamontañas. La cosa pintaba mal para aquellos dos tipos. Gabriel miró a su hija y la despertó.

-¿Qué pasa?

-Escóndete. Vete a la esquina y tápate.

-¿Qué ocurre?

-Nada. Voy a salir, volveré en seguida.

-No te vayas

-Tengo que hacerlo. No me va a pasar nada.

-Porfavor, tengo miedo.

-Agatha, haz lo que te digo.

La niña obedeció. Las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas. El padre cogió su lanza, bajó las escaleras y salió a la calle. Los cuatro bandidos miraron a Gabriel. Este escondía la lanza tras su espalda, de modo que parecía estar desarmado.

-¿Quién es ese? - preguntó uno. Gabriel intentaba mantenerse sereno ante aquellos desconocidos, pero empezó a notar como el corazón le golpeaba en el pecho, como si fuera un prisionero intentando salir de su celda a golpes.

-Marcharos.

-No nos vamos a ningún lado.

El viejo le miró extrañado.

-Dejarles en paz. Iros.

Uno de ellos se acercó a él. Tenía una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Fue a articular una palabra cuando la hoja del cuchillo le atravesó la garganta. Cuando los otros tres fueron a reaccionar, el tipo alto que iba junto al viejo se abalanzó sobre uno de ellos y empezó a golpearle en la cara con sus fuertes puños. Gabriel avanzó corriendo hacia el siguiente. El encapuchado levantó el brazo con la porra. Gabriel le ensartó con la lanza, atravesándole la boca del estómago. El cuarto bandido se avalanzó sobre Gabriel y le tiró al suelo. Fue a darle con la porra en la cara pero Gabriel paró el golpe sujetándole la muñeca con el canto de la mano. Agarró con fuerza la muñeca y la retorció. El encapuchado empezó a chillar de dolor. Sonó un chasquido. La muñeca rota. El hombre se quedó allí retorciendo de dolor. El viejo sujetó la lanza de Gabriel y usando su pie de apoyo la sacó del estómago del encapuchado muerto. Se la clavó al de la muñeca rota hasta que dejó de chillar.

Los tres se quedaron en silencio mientras intentaban recuperar el aliento. El viejo habló el primero:

-¿Cómo te llamas? - le preguntó a Gabriel. Este le dijo su nombre -. Yo soy Alfredo, él es Josef. Gracias. Hacía mucho tiempo que no veía a alguien solidario.

-No ha sido solidaridad. Tengo que cuidarme las espaldas.

-Claro. Mira, tenemos algo de comida, ¿tienes hambre?

Gabriel se acarició la barba pensativo.

-Cómo no. Venir.




Mientras Agatha dormía, Josef, Alfredo y Gabriel charlaban. Todos contaron sus respectivas historias y, cuando uno hablaba, los otros dos escuchaban. Josef y Alfredo habían coincidido en un lejano pueblo, hacía varios meses. El viejo encontró a Josef dentro de un cobertizo, estaba apunto de morir de inhanición. El viejo le dió de comer y desde entonces andaban juntos. Gabriel escuchó la historia interesado y luego les habló de la suya. De cómo perdió a su mujer y de cómo un padre hace cosas que no quiere con tal de que su hija vuelva a despertarse al día siguiente. Cuando el padre terminó, Alfredo le preguntó:

-¿Adónde váis? - preguntó Alfredo.

-No tenemos rumbo. Donde podamos sobrevivir.

-¿Lleváis haciendo eso desde que explotaron las bombas?

-Si. Al principio vivimos en nuestra casa, pero las cosas empeoraron. Tuvimos que irnos de ahí.

-Lo se. Yo hice lo mismo, mis vecinos intentaron matarme por un trozo de carne podrida.

-Es horrible – dijo Josef.

-¿Sabes donde estáis? - preguntó Alfredo.

-Ni idea.

-¿No tenéis uno de los mapas que repartió el gobierno?

-¿Mapas? No.

Alfredo sonrió y abrió su mochila. Sacó un mapa plegado con el símbolo de peligro radioactivo en la portada. Alfredo desplegó el mapa con sus nubes pintadas de verde sobre algunas zonas del país.

-¿Ves las nubes verdes? Supuestamente son las zonas con peligro radioactivo. Mas o menos hay siete zonas cero en todo el país. Como ves hay muchísimas nubes de esas. Habéis tenido muchísima suerte de no meteros en una.

-Hemos estado separados de las ciudades.

-Mira. ¿Ves esta isla de aquí? - Alfredo señaló una isla microscópica con el dedo índice. Se encontraba al sur del país, junto al océano.

-Si.

-Ahí es adonde vamos.

-¿Por qué ahí?

-Fíjate. La nube más cercana está a cincuenta kilómetros. Aparte estaremos más cerca del ecuador. Cuando las nubes se vayan puede que podamos sobrevivir más fácilmente.

-¿Dónde se supone que estamos? - preguntó Gabriel interesado. Alfredo buscó el punto en el mapa y se lo señaló.

-Mas o menos aquí. A unos doscientos cincuenta kilómetros.

-Son muchos kilómetros.

-Merece la pena. Aparte el camino no es muy difícil, no tenemos porque cruzar muchas zonas pobladas – hubo una pequeña pausa – bueno, ¿qué me dices?

-¿De qué?

-¿No quieres venir con nosotros?

-Tengo que cuidar de mi hija. No puedo interesarme por proyectos de futuro.

-El futuro de tu hija está aquí. Cuando las nubes se vayan podremos prosperar ahí.

Gabriel estuvo pensándoselo.

-No parece mala idea.

-No es mala idea.

-Vale. Iremos con vosotros – al oírlo Alfredo sonrió y estrechó la mano con Gabriel.



Gabriel, Josef y Alfredo estaban sentados junto a la hoguera. La noche era fría y los copos de ceniza no habían dejado de caer. El mapa arrugado estaba en mitad de los tres.

-Tendremos que atravesar la ciudad – dijo Alfredo.

-No me parece buena idea – observó Josef.

-A mi tampoco.

-Es el camino más corto. Nos ahorraríamos un mes.

-Si nos matan en la ciudad no nos ahorraríamos una mierda – respondió Gabriel.

-En la montaña tampoco íbamos a sobrevivir. No nos queda comida suficiente.

-Eso es cierto. Puede que en la ciudad encontremos comida – dijo Josef.

-O que nosotros seamos la comida. No me parece buena idea.

-Gabriel, estamos más cerca que nunca. Podríamos llegar a la isla en unos meses.

-¿No te rindes nunca, Alfredo? Llevamos años caminando hacia esa jodida isla.

-Por eso mismo. Es un riesgo que podemos correr.

Gabriel lo pensó. Miró a Agatha. Estaba sentada con el pequeño Saïd a unos diez metros. Jugaba con él. Había crecido mucho, debía tener unos quince años, aunque también podrían ser trece. No lo podía saber.

-Lo pensaré – concluyó Gabriel.

Y observó cómo las nubes de polvo tapaban el lejano resplandor de la Luna. Pensó en el futuro. Quizá no volviera a verla. Nunca la dió demasiada importancia, una simple bola de piedra perfecta que orbitaba a unos cuantos miles de kilómetros por encima de su cabeza. En cambio ahora significaba algo más para él. Todas las horas pasadas en las que la Luna estuvo observando taciturna desde su trono. Observando el mundo y su devenir mientras los humanos estaban demasiado ciegos como para entenderlo. Quizá adentrarse en la ciudad podría ser peligroso. Quizá significase la muerte de su hija. Pero, ¿había algo que conservara la vida en mitad de aquel páramo helado?
_________________
Subir
View users profile Send private message
Azil-qi
WoW-ESP Fan
WoW-ESP Fan


Entrado: Feb 07, 2007
89%
Mensajes: 1033



MensajeMandado: Vie Nov 06, 2009 1:04 am    Asunto del mensaje: Responder citando

Un muy buen capitulo el ultimo, aunque algo fracmentado -me hubiera gustado que narraras mas sobre los primeros dias y meses despues del desastre, como se descompone la sociedad y se acaba la civilizacion- continuala.
_________________
Desde las tierras del sur...

¡Y ahora con blog!


http://experimentolovecraft.blogspot.com/
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Vie Nov 06, 2009 1:12 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

Azil-qi escribió:
Un muy buen capitulo el ultimo, aunque algo fracmentado -me hubiera gustado que narraras mas sobre los primeros dias y meses despues del desastre, como se descompone la sociedad y se acaba la civilizacion- continuala.


Tranquilo. Pretendo narrar los primeros meses a base de los flashbacks de otros personajes importantes. Simplemente es el primero de ellos.
_________________
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mie Nov 11, 2009 2:58 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 11
El informe




El cabo Bower se encontraba frente al consejo. Éste estaba compuesto por unos seis militares de alto rango. Los seis se encargaban de mantener el campo de refugiados en orden. Eran los líderes de un millar de personas, entre refugiados y militares. Los miembros del consejo habían llamado al cabo Bower por ser testigo de todo lo ocurrido. El consejo necesitaba saber qué demonios había pasado antes de tomar decisiones precipitadas. Sin duda era una situación delicada que necesitaba de su máxima profesionalidad.

-Descanse, cabo – dijo uno de ellos. El cabo aflojó todos sus músculos. El hombre señaló la silla que Bower tenía junto a él, invitándole a sentarse. Bower obedeció y les observó, no sin cierto nerviosismo.

>>Antes de empezar con el informe, necesito hacerle unas preguntas.

-Si, señor.

-¿Es usted el cabo Henry Bower?

-Si, señor.

-¿Cuántos años tiene, cabo?

-Veinte, señor – respondió Bower, el hombre revisó los papeles que tenía frente a él cercionándose de que los datos que daba eran correctos.

-Así que nació poco antes del accidente.

-Si, señor.

-¿Ha vivido toda su vida aquí?

-¿En el campamento, señor?

-Sí, en el campamento.

-No, señor. Durante unos años me moví de aquí para allá con mi familia. Llegué aquí a los cinco años.

-Está bien. ¿Sabe por qué está aquí?

-Si, señor.

-Vale. Entonces me ahorraré las tonterías. Puede contarnos su historia.

Bower se incomodó, el hombre lo notó.

-Tranquilo, hijo. Cuéntanoslo a tu manera. Diga lo que tenga que decir, y no se preocupe si dice algún taco.

-Está bien – tomó aire y empezó -: El cabo Arthur y yo estábamos patrullando la zona sur. La plantación de maíz. Yo no noté nada raro. Todo parecía normal. Había algunos niños jugando cerca del campo y a lo lejos se podía escuchar a la gente. Ya sabe usted, a esas horas de la mañana el campamento está muy activo. Por contra, no había gente trabajando en el maizal. Los domingos no suele haber ni un alma. Bueno, a lo que iba. El cabo Arthur y yo patrullábamos. Hablábamos sobre cosas nuestras, mujeres y tal. El cabo Arthur había estado hablando con una de las refugiadas y parecía muy contento. Yo le escuchaba sin demasiado interés. Entonces sucedió algo raro. Creo que fue un ruido, como el que producen las pisadas al aplastar hojas secas. Yo no le dí especial importancia, pensé que sería un crío jugando en la plantación. Entonces fue cuando salieron del maizal.

-¿Quiénes salieron?

-Los tipos que han liado todo esto. Un negro y un blanco. Llevaban ropa muy sucia y apestaban. Aparte de todo eso estaban famélicos. Creo que llevaban un tiempo sin comer bien. Arthur y yo les apuntamos y les gritamos para que se tiraran en el suelo. Ellos obedecieron. Uno de ellos, el blanco, no paraba de decir que venían en son de paz. El tipo llevaba una cosa muy extraña.

-Explíquese.

-Había atado una camiseta a un palo y la agitaba y nos la enseñaba, como si fuera algo importante.

-¿De qué color era la camiseta?

-Blanca, señor.

Los hombres del consejo sonrieron amablemente.

-Es un símbolo, cabo.

-¿Un símbolo?

-Si. El tipo quería darle a entender que no venían con ánimo de pelear. El color blanco simbolizaba la paz, pero de eso hace ya mucho.

-Ah, no lo sabía, señor.

-Lo entiendo. Siga, cabo.

-Bueno. Pues los dos tipos estaban tirados en el suelo boca abajo. Mientras el cabo Arthur les apuntaba con su fusil, yo me acerqué y les cacheé. El negro no llevaba nada, pero el blanco tenía una Colt con 15 balas en una funda táctica que llevaba en el muslo. El tipo tenía todo tipo de cosas, un cinturón del ejército, linterna, brújula. No podía asegurarlo, pero tuve la ligera sensación de que eran saqueadores. No me fié, asique les esposé y los llevé a la zona de celdas.

>>Les metí en dos celdas separadas. Tuve que sacar al borracho de una de ellas. La noche anterior armó bronca y tuvimos que encerrarle. Para que se calmara, ya sabe. Pero me pareció mucho más importante tener las dos celdas para estos dos tipos, asique le dije al borracho que se largara. Llamé al sargento Conrad. No tardó mucho en venir para ver qué coño había pasado. Le expliqué la situación y le dejé bien claras mis sensaciones. Lo de que los tipos tenían pinta de mala gente. El sargento se metió primero en la celda del negro y estuvo hablando con él.

-¿Qué les dijo?

-Bueno, al parecer el tipo era un vagabundo. Había ido de aquí para allá durante todos estos años. Hace un tiempo le capturaron unos caníbales pero el blanco apareció en el último momento y le salvó el culo. Desde entonces va con él, adondequiera que vaya. Luego fuimos a la otra celda, a la del blanco. La historia parecía concordar. Pero escuche esto, porque es lo más raro de todo.

>>El tipo ese viene de una pequeña isla al sur. Al parecer tienen montado allí un buen tinglado. Según decía el tipo habían conseguido plantar cosas y todo. Hasta tenían algún animal. Dios sabe cómo lo consiguieron.

-¿Y qué coño hace aquí?

-Eso es lo raro, señor. Un tipo apareció en la isla. Al parecer venía de la ciudad que se encuentra al norte, ¿sabe de cuál le hablo?

-Creo que si.

-Pues el tipo ese llegó y les dijo que había descubierto la existencia de la isla gracias a una chica. Al parecer la chica tenía el mismo nombre que la hija del blanco. Según nos contó, hace muchos años se tuvo que separar de ella por motivos que no ha querido decir. Pero que ella sabía perfectamente donde se encontraba la isla, asique, según él, tenía sentido.

-¿Os dijo eso?

-Si, señor.

-¿Y os lo creísteis?

-Al principio no, señor. A mí también me parecía de locos. Demasiadas coincidencias. Pero le digo una cosa, estoy seguro de que decía la verdad. Quiero decir, cuando te inventas una cosa así, hay muchas cosas que quedan en el aire. Muchos interrogantes, como dicen por ahí. Pero esta historia... no se. Parecía incluso tener sentido cuando la contaba.

>>Total, que los tipos montaron un refugio en la isla esa para que fuera la gente que quisiera. Una especie de ONG, ¿se dice así, señor?

-Si.

-Pues eso, una ONG. Los tíos montaron esa mierda para ayudar a la gente. Parece de locos. El caso esque, en todo ese tiempo, tan sólo habían llegado cuatro personas. Y una de ellas el tipo ese, el que decía lo de la hija.

>>Bueno, siguiendo con lo otro. El sargento Conrad y yo estábamos sin palabras. No sabíamos que hacer. Desde luego los tipos no nos parecieron peligrosos, así que les ofrecimos comida y cobijo. Les hablamos del campamento, de como nosotros también intentamos ayudar a la gente y de lo bien que nos va.

-¿Le contásteis todo?

-No, claro que no. Como no nos fiábamos de que fueran vagabundos o bandidos, preferimos no darles todos los detalles. Y yo aquí si que me pierdo, señor. Les decimos todo eso, lo bien que come la gente, que tienen trabajo, ropa limpia. Incluso duchas, demonios. ¿Dónde hay duchas aparte de aquí? A mi me parece el cielo, y llevo viviendo aquí quince años. Pues, ¿sabe lo que me dicen? Que no, que ''muchas gracias pero que tienen que seguir su camino''. Yo no me lo podía creer.

>>El blanquito insistía que tenía que ir a buscar a su hija. Yo le dije ''Amigo, tu hija probablemente esté muerta'', pero nada, el tío erre que erre. Me dijo: ''da igual, tengo que intentarlo de todos modos''. Asique le explicamos una de las reglas del campamento, el sargento le dijo: ''Lo llevas claro. Aquí de lo que entra, no sale nada. Así que olvídate de tu hija'', y no vea como se puso. Echo una fiera. No atendía a razones.

>>Por otra parte, el negro parecía mas tranquilo. No paraba de decir: ''Yo hago lo que él haga, se lo debo''. Asique el sargento pensó que lo mejor era encerrarlos ahí. Los dejamos y nos fuimos, yo seguí mi patrulla con Arthur y por la noche me fuí a dormir. Nada raro.

>>Esta mañana me despertaron diciendo que tenía que ir inmediatamente al edificio de los calabozos. Me vestí todo lo rápido que pude y fui para allá. Cuando llegué me encontré al guardia tirado en el suelo. Estaba boca arriba y había un charco de sangre a su alrededor. Lo vi ahí, tieso y con la mirada perdida a saber dónde.

-Denos más datos. ¿Cómo piensa usted que lo mataron?

-Bueno, le habían degoyado, y estaba frente a la celda del blanco. Había una cuchilla de afeitar tirada en el suelo. Supongo que el blanquito se las ingeniaría para que el hombre le diera la espalda y aprobechó el momento para mandarle al otro barrio.

-Todo esto ocurrió hace unas ocho horas, ¿no es así?

-Si, señor.

-¿Comprende usted la gravedad de la situación?

-Si, señor.

-Bueno. Por si acaso se lo voy a explicar, para que sepa lo que nos jugamos. Probablemente esos tíos forman parte de alguna banda de caníbales. ¿Sabe usted lo que llegan a hacer esos por un bocado? No tienen ningún tipo de escrúpulo, se lo aseguro. Muchos de los refugiados que hay aquí son testigos de lo que llega a hacer la gente cuando tiene hambre. Por eso están las guardias, y por eso nos empeñamos en que no salga nadie de aquí. Pero esos tíos se han escapado y probablemente avisen a sus compañeros. Yo no se cuantos serán, puede que cinco o puede que veinte. Lo mismo da. Nosotros no podemos permitir que nadie intente entrar aquí. Así que le diré lo que haremos. Usted va a partir con un pequeño grupo de caza. Irán tras esos hijos de puta y no pararán de seguirles hasta que les maten. ¿Lo entiende, cabo Bower?

-Si, señor. ¿Puedo hacer una pregunta?

-Adelante, cabo.

-¿Y si decía la verdad?

-¿La verdad?

-Sí, sobre lo de su hija.

-Bueno, en el hipetético caso de que dijese la verdad, no tenemos manera de comprobarlo, ¿no?

-No, señor.

-¿Usted se va a arriesgar?

-No, señor.

-Pues deje de decir tonterías. Esos tipos han matado a uno de los nuestros. Recuerde eso y olvídese de sus patrañas. Si su hija le espera en la ciudad, le tendrá que esperar hasta que se muera, porque ese cabronazo no va a llegar vivo. ¿Alguna pregunta más?

-No, señor.

-Retírese cabo. Y descanse, su grupo parte en cinco horas.

-Sí señor.

El cabo Bower se levantó y se puso firme. Saludó al consejo, dió media vuelta y se marchó por la puerta. Los seis hombres del consejo estuvieron repasando todos los detalles de aquel informe. Durante años habían luchado por sobrevivir y mantener el orden. Ellos sabían que no habían sido mejores personas que aquellos caníbales, y que habían sobrepasado los límites más de una vez. Pero desde que las nubes de ceniza desaparecieron, habían conseguido mantener una sociedad estable. Era un sitio seguro donde vivir y prosperar, una esperanza para todos. Y eso no podían perderlo. El miedo empezaba a poderarse de sus corazones, miedo a perder todo lo que habían logrado. Y el miedo se convirtió en odio.
_________________
Subir
View users profile Send private message
Azil-qi
WoW-ESP Fan
WoW-ESP Fan


Entrado: Feb 07, 2007
89%
Mensajes: 1033



MensajeMandado: Mar Nov 17, 2009 4:01 am    Asunto del mensaje: Responder citando

Continua, esta historia esta buenisima, ya tienes un lector asegurado.
_________________
Desde las tierras del sur...

¡Y ahora con blog!


http://experimentolovecraft.blogspot.com/
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mar Nov 24, 2009 9:28 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 12
Un hombre





Un mundo. Hace unas pocas horas era azul. Se podían ver los continentes, por las noches algunas zonas se llenaban de luz, claros signos del avance tecnológico. También se podían ver las nubes, removiéndose y bailando al son de las corrientes. Y el océano, gigante y peligroso. Ahora no es un mundo azul, es gris y hostil. Hace poco algún visitante que rondara por los alrededores podría haber visto un magnífico espectáculo del poder de sus habitantes. Infinidad de explosiones elevándose kilómetros y kilómetros, iluminando la oscuridad. Nubes con formas extrañas y terroríficas, que no eran mas que mensajeras, de algo mucho peor que las propias explosiones. Anunciaban el fin de algo.

Un país. Los altos mandos están nerviosos. Saben que sus puestos ya no sirven de nada. El título de presidente es meramente referencial y carece de significado, ya no existe un país al que guiar. Se limitan a crear planes de última hora. Algunos acuden a sus refugios y olvidan al pueblo que les votó. Temen demasiado por sus vidas como para preocuparse por la del resto. Refugios kilométricos donde vivir para el resto de sus vidas, quizá dentro de un millón de años sus descendientes sean tan sólo un lejano recuerdo de lo que fueron. Otros deciden crear refugios, lugares donde prosperar con el tiempo. Será duro, pero puede que algún día sean felices como antes. Puede que sobrevivan a todo eso. El país está inmerso en la barbarie y poco más pueden hacer.

Una calle en llamas. Gente corriendo de un lado para otro, gritando asustada. El mundo cae y ellos lo saben y también saben que no hay nada que pueda hacerse. Asique se limitan a destrozar, quemar y robar. Algunos han cogido víveres de las tiendas y han sido brutalmente apalizados y robados por otras personas asustadas que buscaban lo mismo. La policía intenta mantener el orden, pero se les escapa de las manos. No pueden contactar con el cuartel general y están demasiado desorganizados como para que se noten sus actos. Algunos, frustrados, se unen a los salvajes y roban y matan y violan. Ya nadie dicta ley, nadie puede mantener el orden. La civilización ha terminado en tan sólo un parpadeo. Sólo queda barbarie.

Un hombre. Camina por las calles tranquilamente, observando. No tiene víveres pero tampoco los busca. Tan sólo observa. Se regocija viendo al mundo caer ante sus ojos. Adora ver al verdadero ser humano. Al salvaje, al animal. Ellos no se dan cuenta pero él si. Las bombas han sido una bendición para la especie, han roto las cadenas de la civilización, de la ética y de las normas morales. Ya nada de eso tiene importancia, tan sólo la supervivencia. El hombre sabe que en ese tema el humano es el mejor. Sigue observando, pero su rostro no ha cambiado. Algunos dirían que no lo tiene, que es una simple máscara que utiliza para camuflarse. No parece albergar pensamientos ni sentimientos. Tan sólo parece observar. Cualquiera diría que no tiene familia, que nació de virgen o que viene de otro lugar, un lugar oscuro y tenebroso. Se podría dudar de la procedencia de su nombre y de quién se lo puso, pero eso es lo de menos. Un nombre es un nombre, y el suyo es Carrièr. A pesar de lo que digan sí tiene sentimientos, ahora mismo se siente como en casa.




Carrièr observó la ciudad a lo lejos. Las llamas seguían extendiéndose y los gritos se escuchaban a kilómetros. Una bonita estampa para una postal. El hombre se encontraba de cuclillas en lo alto de una colina. La carretera que salía de la ciudad se encontraba a unos kilómetros. Pudo ver hileras e hileras de refugiados huyendo de aquel lugar infernal. Buscando otro sitio. Siguió su camino.

Al anochecer vislumbró una hoguera en mitad del bosque. Decidió acercarse. Vió a un viejo frente a ella, observando las llamas pensativo. Dejó que le escuchara acercarse y el viejo levantó la vista.

-¿Quién anda ahí?

-Hola.

El viejo pareció tranquilizarse.

-Ah. Hola.

-Hace frío.

-Siéntate, porfavor. Me siento un poco sólo pero no me fío demasiado de la gente.

Carrièr se sentó al otro lado de la hoguera.

-¿Y se fía de mí?

-No. Pero es sólo uno, si mueve un pelo le mato.

El viejo mostró un revólver que llevaba en una sobaquera, volvió a ocultarlo.

-No voy armado – dijo Carrièr.

-Está bien. Quédate si quieres -hubo un pequeño silencio-. ¿A dónde vas?

-No tengo rumbo.

-¿No tienes rumbo?

-No.

-Todo el mundo tiene um rumbo.

-Yo no soy todo el mundo.

-Supongo que no. Aún así dudo que no tengas un rumbo.

-Simplemente ando. Da igual a dónde.

-A lo mejor buscas un rumbo.

-No busco nada, viejo. Tan sólo camino.

-A lo mejor tienes razón. Puede que ese sea nuestro problema ahora, que no tenemos rumbo.

-Ya no tiene demasiada importancia.

-Claro que la tiene. Dependemos de un rumbo.

-¿Por qué cree eso?

-¿Sin rumbo que vamos a hacer? Estaremos perdidos y acabaremos muriendo.

-Íbamos a morir de todos modos. Nada dura eternamente.

-Las estrellas sí.

-Tampoco ellas. Habrá un día en que ya no habrá estrellas. Nada dura para siempre.

-¿Cómo estás tan seguro? Dios no dejará que se apaguen.

-¿Realmente cree eso?

-Sí. Lo creo.

-A mí me parece que su Dios lleva mucho tiempo sin pasarse por aquí.

-Nos está poniendo a prueba.

-¿A prueba?

-Sí.

-¿Y cree que la estamos pasando?

-Diablos, creo que no. He visto a esa gente hacer cosas horribles. No creo que eso sea lo que Dios quiera.

-Cosas horribles, ¿cómo qué?

-Matar.

-Los leones también mataban. ¿Cree usted que ellos no pasaron la prueba de Dios?

-Eso es diferente. Se mueven por instintos, no tienen conciencia.

-Viejo, esa gente se mueve por instintos. Matan para sobrevivir, así perduran las especies.

-Está mal.

-¿Por qué? ¿Porque lo dice Dios? No se confunda, el bien y el mal no son cosa de dioses. Los inventamos nosotros. No existe ni bien ni mal ni nadie que defina esa línea. Sólo somos animales evolucionando y dictando nuestras propias reglas, pero la realidad es diferente.

-¿Y cuál crees tu que es esa realidad?

-Somos violentos. Por naturaleza. Somos capaces de hacer muchas cosas con tal de sobrevivir. Pero estábamos olvidando esa naturaleza. La estábamos dejando atrás y cambiándola por estúpidas normas que no tienen sentido. La naturaleza se rige por la violencia, todos los animales son capaces de matar por sobrevivir. ¿Por qué tenemos nosotros que olvidar eso? Forma parte de nosotros.

-¿Crees que violar a una niñita es natural?

-No hablo de estúpidas violaciones. Hablo de matar, de acabar con la vida de otra persona. Eso, viejo, es lo más puro que hay. Lo más natural. Y ahora lo verá. Toda esa gente que está matando seguramente no pensaran igual antes. Seguro que la mayoría eran gente de familia, con amigos, novia y gente a la que quería. Y seguro que jamás se le pasó por la cabeza tocar a alguien. Estaban acomodados. En cambio ahora matan y hacen lo que tengan que hacer por sobrevivir. ¿Quién puede decir que eso está mal? Ellos simplemente luchan por despertarse al día siguiente y a veces hay que acabar con otra vida para conseguirlo.

-¿Has matado a alguien?

-¿Usted no?

-No.

-Pero lo haría. Me ha amenazado con su pistola justo cuando he llegado.

El viejo no respondió.

-Entonces puede que estemos deacuerdo. Matar para sobrevivir no es tan malo, ¿no? - el viejo esquivó su mirada y no contestó -. Lo que me lleva a otro punto interesante. No hay leyes ni normas morales, no existen ni el bien ni el mal. Entonces no hay nada malo ni bueno en lo que hace la gente.

-Estás majareta.

-Por ejemplo, yo ahora podría matarle, ¿por qué esta eso mal? ¿Por qué le quito el derecho a vivir? - el viejo agarró la pistola y le apuntó. Las manos le temblaban. Carrièr continuó -: Se lo he dicho, somos violentos. Es algo que llevamos dentro.

-Vete.

-Sólo quiero hablar. No le voy a hacer daño.

-Vete.

-Está bien.

Carrièr se levantó lentamente y miró al cielo ceniza.

-¿Sabe? Esto no está tan mal. Me siento libre. Creo que usted será la última persona con la que hable. Ya no lo necesito.

-¡He dicho que te vayas!

Carrièr miró al viejo una última vez y también sonrió por última vez. Se perdió en la oscuridad de la noche.




El hombre camina por el mundo. Él dice que no tiene rumbo, pero su rumbo es claro. Quiere demostrarse algo. Disfruta observando a la gente morir a sus pies. Les escucha implorar y gemir y luego les mata. Disfruta cada muerte por que no es él el que ha pasado al otro lado. Cada enfrentamiento con otros es una prueba superada, la mayor prueba de todas. Sobrevivir. A menudo se ve como el precursor de la especie. Cree que es el individuo perfecto para perpetrarla. Su raza humana sería una raza de gente violenta y salvaje. Una raza de cavernas y cazerías. Pero eso tan sólo son sueños. El hombre sigue intentando demostrarse algo, y así pasan los años.



El bosque estaba muerto. Pudo ver su gigantesca extensión desde lo alto de la montaña. A lo lejos vislumbró la ciudad. Se sentó y comió un poco. Su última ración. Vió algo que llamó su atención. Una columna de humo se elevaba desde algún punto del bosque. Algún tonto había encendido un fuego para calentarse y él lo estaba viendo. Se preguntó si podrían ser caníbales. Tan sólo tenía un cuchillo de supervivencia. Había perdido todas sus armas. Tras largo rato pensándolo decidió ir hacia el humo.

Se trataba de una vieja caseta. Estaba hecha con madera y, curiosamente, había sobrevivido a los incendios. El humo provenía de una pequeña chimenea. El hombre sacó su chuchillo ensangrentado y sujetó el pomo de la puerta. Había una familia en la mesa, al verle los tres se levantaron rápidamente y se acurrucaron asustados en una esquina. La madre abrazaba a sus dos hijas y lloraba con los ojos cerrados. El padre tenía una expresión similar, ni siquiera miraba a Carrièr a los ojos. En cambio, las niñas... penetraban su mirada en el rostro de aquel extraño. Un gesto inocente y bondadoso. Carrièr miró a la mesa, había una lata de judías que parecían estar compartiendo.

-¿Eso es todo lo que tenéis? - preguntó Carrièr.

-Si. Déjenos ir. Porfavor.

Carrièr cerró la puerta. El padre y la madre empezaron a llorar con más fuerza. Apestaban y estaban raquíticos. El padre tenía unas largas barbas pegajosas y los dos tenían el rostro lleno de suciedad.
Las niñas parecían estar más limpias. Carrièr se acercó a ellas y se acuclilló, mirándolas curioso.

-¡Porfavor! ¡No las haga daño por Dios! - gritaba la madre.

-¿Cómo te llamas? - preguntó una de las niñas.

-Carrièr.

-¿Nos vas a hacer daño?

-No os dolerá – sentenció. Su agonía no duró demasiado. No entendía muy bien por qué lo había hecho, pero no se sentía mal. Observó como las miradas se perdían en la eternidad.
Al rato Carrièr escuchó pasos y balbuceos de unos cuantos hombres. Comía las judías enlatadas mientras esperaba. Un hombre harapiento y barbudo entró en la casa y al ver la escena pareció asustado. Carrièr le miró a los ojos y siguió comiendo. Era el Líder de la banda.
_________________
Subir
View users profile Send private message
Azil-qi
WoW-ESP Fan
WoW-ESP Fan


Entrado: Feb 07, 2007
89%
Mensajes: 1033



MensajeMandado: Dom Dic 06, 2009 2:18 am    Asunto del mensaje: Responder citando

Muy bueno este ultimo capitulo, narra de manera muy convincente no solo la historia, sino tambien la sicologia de este autentico montruo, algo raro que resulte creible y, digamos, coherente describir los pensamientos de un sicopata.

Continuala.
_________________
Desde las tierras del sur...

¡Y ahora con blog!


http://experimentolovecraft.blogspot.com/
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Mar Dic 08, 2009 8:53 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 13
Guerra de bandas





Los copos de ceniza caían sobre el frío asfalto, como látigos milenarios azotando sin descanso. Carrièr observó como aquella mujer y el chabal que iba con ella desaparecían en el interior de un edificio. Luego miró al hombre que él mismo había disparado medio minuto antes. Estuvo pensando qué hacer, finalmente se decidió. Bajó las escaleras corriendo y salió a la calle. Se echó el rifle a la espalda y apuntó con su Mac-10 a la altura de la cintura. Observó la calle silenciosa, expectante. Luego corrió hacia el edificio por donde les perdió de vista. Echó un rápido vistazo a la planta baja. Desierta. Intentó buscar huellas o marcas de sangre, pero era mejor asesino que rastreador. Comprendió que tan sólo tenía una oportunidad. Si el tipo llevaba a la chica a su antiguo refugio pasaría por el muro de coches.

Tardó mas o menos media mañana hasta llegar ahí. Al llegar se metió en un bloque, subió un piso y encontró una habitación con vistas a la calle. Tenía un buen ángulo de visión. Se sentó y esperó. Pasaron unas pocas horas. Los edificios parecían cadáveres en descomposición, o más que cadáveres parecían El cadáver de la humanidad. Aquellas complejas estructuras representaban a siete mil millones de personas. Carrièr vislumbró movimiento a lo lejos. Sacó los gemelos y observó a las lejanas figuras con ellos. Había dado de pleno, eran la chica y su captor. Bajó las escaleras y salió del portal arrastrándose por el suelo. Se escondió tras un coche y aguardó su llegada. Empezó a escuchar sus pisadas a unos cincuenta metros. No les escuchó hablar ni una sola vez. Cuando se alejaron lo suficiente se levantó y empezó a seguirlos.

A las horas llegaron a un viejo edificio y se adentraron en él. Carrièr esperó a la noche, por si encendían una fogata, pero no sucedió. Por la mañana recargó sus armas y se adentró en el edificio. Desde el recibidor pudo ver la escalera de caracol perderse en las alturas. Apuntó con la Mac-10 y empezó a subir peldaños lentamente. Cuando llegaba a un piso intentaba escuchar ruidos que les delatasen y luego entraba y se cercionaba de que no había nadie. Y así lo hizo a lo largo de diez pisos, hasta que llegó al undécimo.

Le vió sentado en un sofá. Miraba por la ventana pensativo. El piso estaba lleno de sangre y vísceras, estampa de oscuros rituales perpetrados en aquel antiguo salón. Carrièr cogió el rifle y entró. Cuando el chico se levantó Carrièr disparó y le dió en un pie. El chico emitió un chillido. Carrièr empezó a caminar lentamente hacia él y se paró a unos metros. El chico le miró a los ojos.

-¡Tú le mataste!

-Sí, yo le maté.

El chico se agarró la pierna. No paraba de sangrar.

-¡Pues venga, hazlo! ¡Cacho de...!

Antes de que pudiera acabar la frase una bala de Mauser atravesó el cráneo del chico llenando de sangre el sofá. Algunos trozos de masa cerebral habían llegado a la pared y resvalaban por ella como los restos de una antigua vida perdiéndose en la inmensidad del tiempo. Los ojos del chico miraban a algún lugar en el cielo. Carrièr se acercó a su cadáver y le registró. No llevaba nada de interés, a excepción de unas llaves. Las cogió. Registró el piso pero no encontró nada. Una habitación con un par de camas sucias y un pasillo con una puerta metálica al fondo. Se acercó a la puerta y comprobó que la llave coincidía con el cerrojo de la puerta. Abrió y echó un vistazo. Vió a la chica rubia y a otros dos más, raquíticos y enfermos. Parecían alegres de verle.

-¡Eh, chicos! - dijo uno de ellos -. ¡A lo mejor este es vuestro amigo Jamal!

-Eres Jamal, ¿no?

-No – sentenció. Después cerró la puerta con llave.

Caminó hasta la ventana y observó el cielo gris escupiendo ceniza y polvo sin descanso. Estuvo mirando por la ventana hasta que empezó a anochecer y en la oscuridad la ciudad parecía estar menos muerta. Algunas hogueras dispersas en edificios y calles permitían iluminar los escombros de los edificios dibujando formas fantasmales en la fría noche. Carrièr tenía un plan.




Eran cuatro chicos de unos veinte años. Estaban reunidos en un oscuro zulo iluminado por velas y comían algo de comida enlatada. Carrièr intentó ver si tenían armas, pero no parecían tener ninguna. Cargó la Mac-10 y se acercó lentamente a ellos. Al escuchar sus pasos, uno de ellos se levantó armado con una tubería oxidada, pero al ver la metralleta la fue bajando lentamente.

-No quiero haceros nada. Siéntate – el chico obedeció.

-¿Qué coño quieres?

-¿Conocéis a Jamal?

-¿Jamal?

-Sí. ¿Le conocéis o no?

-Hemos oído hablar de él. Rumores.

-¿Rumores?

-Eso he dicho, rumores.

-Pero no le conocéis en persona.

-No, no le conocemos en persona.

-¿Y se os ocurre cómo podría dar con él?

-Creo que el tipo tiene una banda.

-¿Una banda?

-Sí, se dedican a ayudar a algunos desgraciados. Matan a los caníbales y les cuelgan en la calle. Marcan los territorios con una J.

-¿Para qué hace eso?

-Para que la gente sepa que están ahí. ¿Para qué si no? Quieren acojonar a esos cabrones. Advertirles.

-¿Y lo consiguen?

-Eso parece.

-Tengo algo que les puede interesar.

-¿El qué?

-Tengo a cuatro desgraciados. Les mataré si no lo impide él antes.

-¿Y por qué nos lo cuentas? ¿Vas a matarnos a nosotros también?

-No, pero quiero que lo digáis por ahí.

-No hablamos mucho con la gente.

-Pues hablar más – Carrièr miró al rededor, vió sus camas y algunas cosas de poco interés colocadas a su alrededor – Parecéis estar establecidos por aquí. ¿Cuánto lleváis viviendo en este agujero?

-El tiempo suficiente.

-Bueno, más vale que habléis con la gente y le contéis lo que os he dicho. Decidles que hay un tipo nuevo en la ciudad que busca a Jamal. Si no lo hacéis vendré aquí y os mataré a los cuatro.

Carrièr se giró y empezó a caminar cuando uno de los chicos le frenó.

-¡Eh!

Carrièr se giró y le miró.

-¿Cómo se supone que te va a encontrar?

-Decidle que sabrá donde está mi territorio.

Los cuatro chicos observaron a aquel hombre sin rostro marcharse y perderse en las calles de la ciudad.




Carrièr recorrió la ciudad en busca de aquellos cadáveres colgados. Vió los primeros rodeando un nido de caníbales. Era un pequeño edificio de seis plantas. Los cadáveres de los caníbales estaban colgados de las farolas. Estaban desnudos y los hombres tenían los testículos amputados y en sus rostros se podía observar el horror que habían sufrido durante los últimos minutos de vida, como las marcas que dejan las olas en la roca tras milenios de embestidas. Alguien les había tatuado una palabra con sendos cuchillos. CANÍBAL. También habían pintado con spray de pintura en las paredes del nido. Habían dedicado palabras de advertencia al resto de caníbales y en mitad de la pared habían dibujado tan sólo una letra. Era la J. Carrièr observó la estampa orgulloso de haber encontrado alguien a su altura. Descolgó los cadáveres y con un spray de pintura tachó la J y pintó encima una C.

Después decidió establecer un perímetro al rededor del edificio para marcar su territorio. Así Jamal sabría donde buscarle. Después buscó a algunos refugiados. Encontró a un padre con su hijo resguardándose del frío junto a un bidón ardiendo. Los mató de certeros disparos y luego les desnudó y les colgó cerca de su edificio. Dibujó la C de su nombre en cada esquina que pudo y así es como empezó a fraguar una guerra.

A los días ya había colgado unos cuantos cadáveres más. Las pintadas inundaban las calles y el enfrentamiento había empezado. Lo supo cuando vió que algunas de sus pintadas estaban tachadas y los cadáveres retirados. Otro día les pudo ver registrando algunos edificios. Eran dos grupos de cuatro personas, tardaron unas cinco horas en registrar un edificio de diez plantas. Eran rápidos, pero torpes. No tenían miedo de que les tendieran una emboscada, demasiado confiados.

Otro día preparó el rifle y les esperó. Les vió cruzar la calle por la tarde, otros dos grupos. Preparó el Mauser y apuntó con cuidado. Empezó a abrir fuego y sus balas impactaron en tres de ellos. El resto se cubrió como pudo, metiéndose en edificios en ruinas. Bajó a la calle corriendo. Callejeó por la parte trasera de los edificios y encontró a dos de ellos en un ruinoso bloque. Miraban a la calle donde yacían sus compañeros muertos. Ni siquiera se habían molestado en cubrir sus propias espaldas. Eran simples novatos. Carrièr caminó hacia ellos y levantó el Mac-10. Disparó dos ráfagas certeras. Luego caminó hasta los cuerpos. Uno de ellos tenía dos balas en la cabeza y se podía ver parte de su masa gris bajo el cráneo. El otro estaba tumbado boca arriba y tenía heridas de disparo en la pierna y en la garganta. Aún seguía con vida y escupía sangre por la boca. Carrièr se agachó junto a él.

-¿Eres Jamal? - el tipo no contestó - ¿Dónde está? - después de la pregunta la mirada del hombre se perdió y dejó de emitir sonidos guturales. Carrièr levantó la vista y escuchó los gritos de otro de los hombres:

-¡HIJOS DE PUTA! ¡OS MATAREMOS! - La voz provenía de alguno de los edificios de la otra acera. Carrièr se asomó un poco por la ventana. Observó la calle desértica pero no vió a nadie.

-¿Dónde está Jamal? - gritó Carrièr.

-¡NO OS PREOCUPÉIS! ¡JAMAL VENDRÁ A POR VOSOTROS! - parecía que aquellos hombres pensaban que se trataba de otra banda de caníbales.

-¿No ha venido con vosotros?

No hubo respuesta.

-¡Haremos una cosa! - dijo Carrièr -. ¡Vosotros no me interesáis! ¡Sois bastante inútiles! - la calle estaba desierta, los hombres parecían escucharle atentamente -. ¡Marcharos de aquí y decidle a Jamal que venga él mismo a por mí! ¡Que le envíe a los patanes a otros! ¡Yo no soy cualquiera!

-¿QUÉ ES LO QUE QUERÉIS?

-¡Os lo he dicho! ¡Quiero que venga Jamal en persona!

Al decir esto se marchó. Por la noche les vió salir corriendo de sus escondites y correr hacia algún lugar que desconocía. Les podría haber seguido pero prefería cazar en su propio terreno.




Carrièr salió a cazar. Primero observó las calles desde su piso pero no vió nada, asi que bajó al recibidor y salió por la zona trasera. No notó la presencia de nadie, asique siguió avanzando. Caminaba por el callejón y se asomó a la calle para ver a los cadáveres que había colgado la noche anterior. Por primera vez en mucho tiempo notó un ligero cambio de pulso. Alguien se había llevado los cadáveres y había tachado sus iniciales por una J. Había estado ahí. Se puso de cuclillas y cargó el rifle. Intentó agudizar el oído. El viento soplaba sin cesar. Estuvo un rato observando la calle. Se asomó un poco a ella para ver si veía algo más pero no había absolutamente nada. Entonces escuchó un crujido, una pisada. Le dió tiempo a ver una silueta por el rabillo del ojo e instintivamente saltó hacia el edificio y entró en él por un agujero. Escuchó un estruendo, parecía una escopeta recortada. Impactó a pocos metros de él y notó como algunos trozos de acera se le incrustaban en el costado. Cogió el Mac-10 y disparó una ráfaga hacia la pared, se levantó corriendo y subió unas escaleras. Justo cuando subió el último escalón escuchó otro disparo y notó como el suelo del escalón saltaba en pedazos. Se tiró al suelo y se arrastró. Desde un agujero que daba a la planta de abajo intentó ver a aquel misterioso hombre. Una silueta saliendo a la calle. Carrièr metió la Mac-10 por el agujero y disparó una ráfaga. Cuando volvió a mirar ni siquiera vió un rastro de sangre, tan sólo los impactos de bala en el suelo.

Se levantó y notó la herida en el costado. Se palpó con la mano y vió la sangre cubriéndole la palma. Apretó la mandíbula y miró a su alrededor. Corrió hacia una ventana y saltó por ella al edificio contiguo. Se puso de cuclillas y dió vueltas intentando buscar a aquel hombre en la calle, pero se había esfumado. Se sentó en el suelo apoyándose en la pared y se sujetó la herida con la mano. Tenía que buscar una forma de desinfectarla.

Sintió un repentino temor. ¿Sería ese hombre Jamal? Si era él de verdad había encontrado alguien a su altura, alguien que le hacía temer a la muerte. Volvía a sentirse vivo.
_________________
Subir
View users profile Send private message
Azil-qi
WoW-ESP Fan
WoW-ESP Fan


Entrado: Feb 07, 2007
89%
Mensajes: 1033



MensajeMandado: Mar Dic 22, 2009 11:07 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

Muy entretenido este ultimo capitulo, te deja en suspenso, continualo, plis.
_________________
Desde las tierras del sur...

¡Y ahora con blog!


http://experimentolovecraft.blogspot.com/
Subir
View users profile Send private message
NuDricK
WoW-ESP Elite
WoW-ESP Elite


Entrado: Jan 12, 2004
100%
Mensajes: 2392



MensajeMandado: Lun Feb 01, 2010 7:45 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

CAPÍTULO 14
El chico





Las estrellas inundaban el cielo y Saïd las contemplaba ensimismado en pensamientos. Intentó racionalizar la inmensidad del espacio en su cabeza pero no lo consiguió. Respiró hondo y dejó la mente en blanco y por un momento pudo ser consciente de la bastedad de aquel Universo. Pudo sentir los cientos de miles de millones de estrellas orbitando sin descanso en el mar cósmico. Sintió la magia de todo aquello, se sintió parte de ello. Y una enorme paz le rodeó. Se dió cuenta de la insignificancia de lo que allí estaba ocurriendo. Por un momento no sintió miedo ni odio hacia aquellos que habían asesinado a su familia. Sintió amor y pena por ellos. Sintió pena porque ellos no veían lo que él podía ver. Estaban enfermos, ¿cómo iba él a culpar a un enfermo? Todos estos pensamientos provenían de algún lugar profundo, escondido en los corazones de los hombres. Escondidos en algún lugar perdido que tan sólo podían encontrar ciertas personas. Saïd ya lo había sentido una vez y volvió a sentirlo esa noche, justo antes de perderse en la oscuridad atemporal dejando una pequeña huella en el corazón del chico. Bajó la vista y miró a sus compañeros nadando en sueños. Observó a Pearce. Pensó en matarlo. Luego volvió a dormir.

A la mañana siguiente el grupo se puso en pie y siguió su camino. Atravesaron pueblos derruidos que ya no eran pueblos, sino fragmentos de la historia del hombre que murmuraban cuentos violentos y oscuros. Tan sólo encontraron cadáveres descompuestos que descansaban sobre el asfalto ardiente. Saïd observó a Pearce durante casi todo el trayecto. Su rostro sereno, tranquilo, frío y tenebroso conmocionó al chico. Sus ojos penetraron en los de Saïd escrutando el interior del chico, penetrando en sus pensamientos. El hombre sonrió y retiró la vista del joven, como si ya hubiese encontrado lo que buscaba. Saïd se sintió indefenso.

Caminaban por la autopista. Esquivaban coches por doquier y éste zigzagueo dificultaba su trayecto haciéndolo largo y tedioso. Francis guiaba al grupo y Pearce y Josef estaban a la espalda. Saïd caminaba a unos pocos metros de éstos últimos. A la tarde encontraron una vieja casa donde descansaron unas horas. Saïd bajó al antiguo sótano y vio los cadáveres de la antigua familia que allí residía. La carne había desaparecido dejando tan sólo huesos. Saïd los observó durante largo rato.

Recordó viejos tiempos. Se imaginó en el vientre de su madre, en alguna vieja cabaña. Tuvieron que sacarle por cesárea, su madre se sacrificó por él. La imaginó sufriendo aquel terrible dolor sin ningún tipo de anestesia. Quizá tuvo tiempo de observar al chico una última vez antes de morir, bajo la tenue luz de las velas. Quizá tuvo tiempo de darle su nombre, aunque ya de poco servían los nombres. Los humanos los usaban para rendir homenaje al pasado. Nada más.

Eran otros tiempos.




Saïd despertó en mitad de la noche. Escuchó gritos que provenían de algún lugar de la ciudad. El chico tenía apenas diez años en aquella época, y ya había aprendido a sobrevivir en el oscuro mundo donde le había tocado nacer. Se arrastró hasta la ventana y observó la ciudad. Algunas personas se aglutinaban en las calles, junto al fuego. Algunos vendían los pocos animales que les quedaban a cambio de armas. La comida empezaba a escasear, casi todas las plantas habían muerto hacía ya innumerables noches y los animales no durarían mucho antes de perderse en el tiempo. El chico se giró y observó a Hank y a Samuel mientras dormían. Eran las dos únicas personas que habían cuidado de él. Los únicos en los que confiaba. El chico continuó durmiendo.

La gente empezó a desconfiar. Ya nadie se reunía en las calles ni junto a las hogueras. Se esquivaban los unos a los otros. La comida escaseaba más que nunca en la historia del planeta y los hombres habían optado por remedios extremos. Las bandas asaltaban a las personas que no podían defenderse y las mataban para después utilizarlas como comida. ¿Pero quién podía culparles? Ya no existía moral ni ética alguna. Ya no existía sociedad. Ahora el hambre y el miedo eran los únicos que podían guiar a los hombres.

Decidieron alejarse de la ciudad y buscaron un lugar en el campo donde acampar durante un tiempo. Vieron cadáveres durante todo el camino y algunas pequeñas disputas entre los bandidos y lo poco que quedaba de policía. Hombres de férrea moral que se negaban a rendirse y a olvidar lo que una vez fueron. Intentaban mantener el orden pero lo único que hacían era golpear sin descanso contra la misma pared de hormigón. Poco a poco su moral fue desapareciendo y aquellos hombres se perdieron con ella.




Los tres caminaban por los restos de la antigua carretera. Hank se paró y observó el camino recorrido. La carretera se perdía en la distancia. Samuel paró y miró a Hank.

-¿Qué pasa?

-Creo que alguien nos sigue.

-¿Qué? - miró también a la carretera pero no vió nada -. Yo no veo nada.

-No estoy seguro. Sin prismáticos no puedo diferenciar nada.

-¿Qué propones?

-Llevamos un par de días sin comer. No aguantaremos mucho más caminando. Lo mejor es que les esperemos.

-¿Tantas ganas tienes de conocerles?

-Nos esconderemos en el bosque. Así sabremos cuántos son. Que piensen que todavía nos siguen.

-No tenemos nada con que defendernos.

-Mira, tarde o temprano acabarán alcanzándonos. Es algo con lo que tendremos que lidiar tarde o temprano.

-Mejor temprano que tarde.

-Eso es. Mejor temprano que tarde.

Saïd les escuchó sin hablar u opinar. Los tres se adentraron en el bosque y se taparon con las mantas intentando ocultarse lo máximo posible. Al rato escucharon pasos que venían de la distancia. Intentaron ver algo pero los árboles se lo impedían. Al rato aparecieron. Era un grupo de cinco hombres, llevaban palos y algún que otro arma de fuego. No hablaban. Tan sólo caminaban. Hank los observó con frialdad. Saïd no pudo averiguar que era lo que pensaba.

-Son demasiados – observó Samuel.

-Lo son. Tendremos que ser precavidos. No tardarán mucho en
darse cuenta de que los hemos esquivado.

-Parecen nómadas. Quizá si esperamos un par de días se alejen lo suficiente.

-No podemos esperar tanto. Necesitamos comida. Moriremos de hambre.

-Si nos arriesgamos con esos tipos moriremos de algo mucho peor.

Hank se rascó la barbilla pensativo.

-¿Se te ocurre algo? - preguntó Samuel.

-Podríamos seguirlos y esperar a que acampen.

-¿Y luego qué?

-Luego los matamos.

Samuel estuvo recapacitando el plan.

-Sólo tenemos un par de cuchillos. Es peligroso.

-Lo es, pero podríamos salir ganando. Tienen armas y puede que otras cosas de utilidad.

-Si son listos montarán guardia.

-Puede que lo hagan. De todas formas parecen demasiado hambrientos como para aguantar mucho tiempo despiertos.

-¿Y el crío?

Hank miró a Saïd.

-Es un chico listo. Estará a salvo si nos pasa algo.

-Puede funcionar. Rápido y sencillo.

-Rápido y sencillo.

Siguieron el rastro de aquellos hombres con cuidado durante medio día. Cuando el Sol se ocultó pudieron ver el resplandor de una hoguera allá en el bosque. Rodearon el campamento en busca de trampas y encontraron algún cable que daba a cascabeles pero no les costó demasiado ni encontrarlos ni neutralizarlos. Dejaron a Saïd a medio kilómetro con todas las cosas de valor. El chico vio a los hombres partir y perderse en la inmensidad del bosque muerto.

Sentía miedo, pero su rostro no lo mostraba. Había aprendido a ocultar aquella debilidad y tan sólo su corazón podía sentirlo. Durmió a intervalos cortos, no porque quisiera hacerlo, sino porque el cansancio no le dejaba otra alternativa. Sus párpados parecían pesar toneladas. Una de las veces consiguió dormirse durante un buen rato pero algo le despertó. Primero escuchó un grito lejano perdido en la oscuridad. Como un diminuto resplandor, demasiado pequeño como para diferenciarlo. Después varios disparos que continuaron escuchándose segundos después de haber sido efectuados. El pequeño Saïd se levantó y cogió las cosas de valor y las metió en una mochila. Intentó echarse la mochila a la espalda pero era demasiado pesada. Quitó un par de cosas y volvió a intentarlo. Esta vez sí pudo pero pesaba demasiado para él. Tapó el resto de cosas con ramas y hojarasca como pudo y se alejó andando. Intentó escuchar algo pero tan sólo pudo oír el murmullo del viento. Encontró una vieja cabaña vacía y pasó la noche allí.

Cuando abrió los ojos le sorprendió el baile de la ceniza cayendo al suelo. Las partículas grises danzaban haciendo extraños giros y movimientos hasta que se posaban en el suelo y descansaban. Saïd cogió sus cosas y salió de la cabaña. Volvió sobre sus pasos hasta encontrar la zona donde había dejado el resto de las cosas. No había nadie y nadie había estado. Decidió buscar el campamento de los bandidos. Lo encontró a la hora. Los restos de la hoguera aún estaban consumiéndose provocando un hilillo de humo que se elevaba hasta el cielo. Pudo ver las vísceras de varias personas separadas de la hoguera y ríos de sangre que revelaban el trayecto que habían seguido las víctimas. Buscó algo de ropa pero no había nada más. El chico se sentó un rato y se limpió una lágrima. Su última lágrima.

Caminó dibujando círculos en el bosque. Vió a una persona sentada en un árbol. Apoyaba la pared contra éste y sus pies estaban estirados dibujando una ''V''. Con su mano derecha agarraba su estómago, como si fuese lo único que sujetara las tripas. Tenía la cabeza agachada y miraba al suelo. Saïd caminó hasta él lentamente hasta que lo reconoció. Era Samuel. El chico soltó lastre y corrió hacia el hombre. Se sentó junto a él y repitió su nombre varias veces. El hombre, casi sin fuerzas, levantó la mirada hacia el chico. Saïd miró su estómago, parecía una herida de bala.

-Saïd... - farfulló.

-Te pondrás bien.

-No. No lo haré.

-No digas eso.

-No puedo decir otra cosa.

El chico lloró.

-Todo irá bien. Sabes cuidarte.

-Pero no quiero que te vayas. Tengo miedo.

-No tienes que tenerlo. No lo tengas.

-¿Pero qué haré yo sólo?

-Lo que hemos hecho siempre. Eres fuerte, Saïd. Puedes hacerlo.

-No quiero hacerlo.

-Da igual lo que quieras. Tienes que hacerlo. Tu perteneces a esto, has nacido en esto. Nosotros veníamos de otro lugar. Tarde o temprano nos iba a pasar. Pero a ti no tiene porque pasarte – Samuel tosió sangre y dibujó una mueca de dolor en su cara.

El chico lloró y le abrazó. Se quedó junto a él hasta que su vida se escapó por la boca.




Atravesó bosques quemados, ciudades en ruinas y todo tipo de lugares horribles. Vió cadáveres y también a gente hacer cosas horribles. Cada día podía sentir toda aquella maldad que estaba matando a la propia Tierra. Su odio a su propia especie y a si mismo eran cada vez más insoportables. Decidió dejar de buscar y alejarse de todo aquello. Alejarse de lo poco que quedaba del mundo y esconderse en las ruinas de la naturaleza. Y en su largo letargo encontró algo. Vió la belleza extinta de los árboles. Sus extravagantes formas calcinadas y muertas inundaban las colinas. Su tacto era áspero y no tenían un olor agradable. Pero en el fondo eran como pinturas rasgadas que, a pesar de su aspecto externo, seguían teniendo algo dentro de ellas que permitían admirarlas. Saïd se encontraba agusto allí. Llevaba un tiempo sin comer y él sabía que no le quedaba mucho tiempo. Cuando se quitaba la camiseta podía ver sus costillas marcadas y sus brazos eran más delgados que nunca. Pero en el fondo no le importaba. No era resignación ni derrota, más bien una aceptación plena que le otorgó más paz que cualquier otra cosa. Disfrutó de aquello mientras pudo, porque un día pudo ver en la lejanía unas figuras que se dirigían hacia él. Más tarde supo sus nombres, se hacían llamar Alfredo, Josef y Gabriel. Buscaban refugiados a los que ayudar. Decidió abandonar su letargo y ayudarles en su cometido.

Aquella paz fue desapareciendo poco a poco hasta perderse en lugares remotos. Pero algunas noches despertaba y podía sentirla al mirar todo lo que le rodeaba. Y tan pronto como surgía se volvía a perder.




Saïd se despertó repentinamente. Miró a su alrededor y vió a Pearce sentado sobre la tierra observando al chico. Saïd se incorporó y le miró fijamente.

-¿Qué es lo que quieres? - le preguntó.

-¿Qué es lo que quieres tu Saïd?

-No lo se.

-Yo tampoco. Tan sólo sobrevivo.

-¿Y qué sentido tiene eso?

-¿Y por qué tendría que tenerlo?

-No se responden a las preguntas con más preguntas.

-Se hace si no hay respuesta para la pregunta.

-No me fío de ti.

-Lo superaré.

-Te has comido a gente.

-El otro día mataste a mi compañero. No intentes juzgarme, no es que seas un buen ejemplo precisamente.

-Supongo que no.

Hubo un silencio, Pearce no le quitó la vista de encima.

-¿Por qué no dejas de mirarme? - le preguntó el chico.

-Tienes esa mirada.

-¿Qué mirada?

-La mirada de los que han nacido aquí.

-¿Y cómo es esa mirada?

-Es fría.

-No sabía que una mirada puediera tener temperatura.

-Algún día lo entenderás.

-Es posible.

-Será mejor que duermas. Necesitarás las fuerzas.

-¿Ahora te preocupas por nosotros?

-Me preocupo por tí.

-¿Por qué?

-Me recuerdas a alguien.

Saïd asintió y miró a las estrellas una última vez antes de dormirse.
_________________
Subir
View users profile Send private message
Nerub29
Tabernero
Tabernero


Entrado: Dec 21, 2005
69%
Mensajes: 895



MensajeMandado: Lun May 31, 2010 4:14 pm    Asunto del mensaje: Responder citando

/bump para el hermano NuDrick.

Un saludo.
_________________


Last edited by Nerub29 on Mie Nov 28, 2009 9:49 pm, edited 1 time in total
Subir
View users profile Send private message
Display posts from previous:   
Mandar nuevo asunto   Responder a tema    WOW-ESP Forum Index -> La Taberna Todas las horas son GMT + 1 Hora
Página 1 de 1

 
Saltar a:  
You cannot post new topics in this forum
You cannot reply to topics in this forum
You cannot edit your posts in this forum
You cannot delete your posts in this forum
You cannot vote in polls in this forum

Powered by phpBB © 2001 phpBB Group
phpBB port v2.1 based on Tom Nitzschner's phpbb2.0.6 upgraded to phpBB 2.0.4 standalone was developed and tested by:
ArtificialIntel, ChatServ, mikem,
sixonetonoffun and Paul Laudanski (aka Zhen-Xjell).

Version 2.1 by Nuke Cops © 2003 http://www.nukecops.com

 

All about World of Warcraft are trademark of Blizzard Entertaiment