Mandado: Mar Mar 10, 2009 6:20 pm Asunto del mensaje: -- La Leyenda --
-- La Leyenda -- Primera Parte.
Capítulo Uno.
La Angustia de Nifflevar.
- Los dioses nos han abandonado.
Hubo un silencio sepulcral, que fue rompiéndose poco a poco por los murmullos de todos los presentes, hasta volverse un ensordecedor barullo que se confundía con la tormenta de nieve en el exterior.
Hacía tres días que nevaba. Las manadas de caribúes habían desaparecido. No había comida ni caza. El mar se había congelado, pero aún así rugía furioso a la distancia. Una noche eterna se había posado sobre Nifflevar, pues el sol había ocultado para siempre su dorado rostro.
Uno levantó la voz.
- ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Dejad hablar al druida!
Se guardó silencio a regañadientes, pero los ánimos ya estaban caldeados. La sangre hervía. Afuera tronaba la tormenta.
- He dicho - continuó el druida, mirando nuevamente las piedras rúnicas - que los dioses nos han abandonado.
- ¡Imposible!
- ¡Blasfemia!
- ¡Silencio!
La voz autoritaria del que llamaba al silencio se impuso entre la gritería enojada.
- Está escrito - ahora era el druida quien levantaba la voz, - que en el tercer día del cuarto milenio de la segunda luna del reinado del sétimo rey de Nifflevar, los grandes dioses de piedra que descendieron de los cielos cerrarían las puertas de la Ciudad de Hierro, cayendo sobre los Vrykul la maldición de la carne. ¡Esto fue cumplido en los tiempos del padre de nuestro gran Rey Ymiron!
El druida golpeó la punta del bastón sobre el suelo de madera y un haz de luz brillante emergió, ascendiendo hacia el Cielo, en dirección a la plateada luna llena.
- ¡Así cantan las runas!
- ¡Los Vrykul deben mantenerse puros!
El desorden volvió a reinar entre los guerreros, que golpearon sus escudos en señal de desolación.
- ¡Rey! ¡Oh, Gran Señor! Escucha a tu pueblo - clamó un gigante de barba anaranjada con voz de trueno, el más alto entre los suyos. - ¡Clama por venganza!
- ¡Clama por venganza! - gritó entonces otro - Pero es justicia lo que necesita.
El que acababa de hablar era apenas más bajo que el gigante, quien le sacaba una cabeza. Desnuda su cabeza, era rubio su largo cabello y su barba, y azules sus ojos, profundos y penetrantes como las gélidas aguas del Fiordo. No era tan corpulento como el otro guerrero, antes bien, su musculoso cuerpo estaba bien proporcionado y mostraba fuertes brazos tatuados con runas antiguas. Llevaba armadura de hierro y cuero y una capa de piel de Wéndigo sobre sus hombros. Hablaba con autoridad, como el guerrero famoso que era, respetado entre los suyos y temido aún entre los Jotum que habitaban las murallas de piedra más allá de Thor-Modan.
Sentado en el trono de hueso y madera, el Rey levantó un fiera mirada y la clavó sobre el rubio interlocutor. Iba vestido con su armadura de batalla, cuero y acero fundido. Un enorme yelmo con dos grandes cuernos portaba en la maciza cabeza, sobre el cuello poderoso. Una barba roja y desordenada adornaba el mentón desafiante. La piel, seca, pétrea.
- Las runas no se equivocan, oh gran señor de piedra - dijo entonces el guerrero rubio. - Este día fue profetizado hace siglos, como vos bien sabéis.
Cierto. La profecía predijo que los antiguos padres de hierro volverían al cielo del que vinieron, para no ser vistos por diez decenios más antes del último día, de la gran batalla de la retribución, cuando volverían a juzgar a las criaturas grandes y pequeñas, de piedra y de carne. Cantan las runas la verdad, que en el cuarto día del cuarto sol después de que los padres ascendieran, un gran grito de angustia sería escuchado en Nifflevar, y que los murmullos que emanan en la profundidad del abismo lanzarían una maldición sobre los hijos de Golganneth: una maldición de carne y sangre.
Sin embargo, las runas también claman que de la sangre de los hijos de Golganneth surgiría un pueblo fuerte de espíritu y tenaz en la lucha, cuyo legado conmovería los mismos cimientos del mundo. ¡Esta profecía también se ha cumplido hoy!
Gran Ymiron, por la amistad que nos une y por la sangre que he derramado junto a tí en las heladas planicies de Galakrond, combatiendo a los Jotum, te ruego escuches el consejo de tu siervo: ¡Por Thorim, no podemos negar a nuestros hijos su derecho a existir!
El Rey levantó su enorme puño y lo dejó caer con rabia sobre el brazo del trono, lanzando una maldición.
Se levantó furioso. Las antorchas del gran salón proyectaron su gigantesca sombra sobre todos los presentes. Hasta el más fiero y barbado de los guerreros tembló ante su monumental presencia.
- ¡No creo en profecías ni maldiciones! Mi padre estuvo temeroso de vosotros, añejos embaucadores, toda su vida, pero no se ha visto aún el último día de los guerreros de hierro. ¡Tyr! ¡En verdad me asombra ver cómo te atreves a desafiar mi voluntad, tú que te vanaglorias de hablar a mi oído! ¡Nuestras hachas sudan la misma sangre! ¿En verdad crees que dejaré vivir a los autores de nuestra verguenza? ¿Dónde está el valor de los Ymirjar? ¿Dónde la ancestral ira de los barbados señores de piedra de Utgarde? ¿Son los guerreros que cazan al Mamut más que niñas temerosas? ¿No cuelga de esta mismo salón la cabeza de Mulkron, señor de los magnatauros, como un trofeo de guerra?
Los Vrykul se levantaron y gritaron con furia.
- ¡Ymiron! ¡Ymiron!
- ¿Quén le cortó la cabeza con el hacha e hizo una alfombra de su monstruoso cuerpo?
- ¡Ymiron!
- ¿Quién retó a los Gigantes de Jotum en combate a muerte en las gélidas cumbres de los vientos de Thor-Modan?
- ¡Ymiron!
- ¿Quién es Señor que gobierna desde las agrietadas fauces del Fiordo que Aúlla hasta las bastas planicies congeladas de Galakrond, más allá del Cementerio de los Dragones, y de las nevadas cumbres de los Picos de la Tormenta hasta las profundas cavernas de Azjol-Nerub?
- ¡Ymiron!
- ¡Ah, Hel, Señora de la Muerte! ¡Juro por tus huesos decadentes que ni el gigantesco Jormungar ni el feroz aullido de los Wendigos pondrá a temblar al señor de los Vrykul! ¡Les sacaré los ojos y beberé su sangre! ¡Lo juro por Niffelheim, que ni todas las maldiciones de los antiguos dioses de pesadilla podrán sostenerse ante la cólera de mi hacha!
El Gran Salón temblaba ante la furia de los Vrykul, agitados por la ira de su emperador. Solo el anciano druida escuchaba y callaba.
- Las runas no se equivocan, Rey Ymiron - era el anciano druida quien hablaba ahora. - El tiempo de la piedra ha pasado y es hora que la sangre y la carne tomen este mundo para arrebatarlo. Nuestro destino fue trazado hace ya muchas lunas. El guerrero Tyr tiene razon en una cosa: la poderosa raza de los Vrykul ha de menguar y de ella surgirá otra, que conmoverá los mismos cimientos del mundo. ¡Pero estas débiles criaturas no pueden ser los predestinados a regir el mundo!¡Destrúyelos ahora o todo nuestro legado estará perdido!
En ese instante, un chillido ensordecedor silenció la sala, haciendo temblar incluso al mismo rey.
- ¡Es la criatura! ¡La criatura!
- ¡Traédla! ¡Mostrádsela al gran Ymiron!
- ¡No mostréis clemencia a la aberración, Ymiron! - vociferaba iracundo el gigante naranja.
- ¡Mostrad piedad, mi señor! ¡Son nuestra carne y sangre! - gritaba entonces Tyr, el guerrero rubio.
Ymiron levantó una mano y ordenó silencio. La criatura le fue traída, envuelta en una manta de piel, en brazos de una de las valkyr.
La mujer le mostró la criatura al Rey, quien no quizo tocarla, apartándose.
- ¡Dioses! ¿Por qué os burláis de Ymiron? - dijo para sí.
En la manta de piel, había un pequeño cachorro de Vrykul. Como ellos desde hacía muchos siglos, era de piel, carne y sangre. No había ya restos de acero o piedra, ni runas brillantes marcadas en su cuerpo, como hacía mucho tiempo los Vrykul habían empezado a perder, por la maldición de carne que había caído sobre ellos el día que los dioses volvieron al cielo. Era una criatura pequeña e indefensa, que apenas cabía en la palma de la mano, que temblaba, llorando y chillando. No había fuerza en ella, ni casta, ni orgullo. Tenía que ser llevada a todas partes alzada, porque no se podía mover por sí misma, como los niños Vrykul pueden hacerlo apenas al nacer. Moriría de hambre y de frío, sin duda, en el primer invierno. Si aquello era el futuro de los Vrykul, estaban condenados.
- Apartad esta cosa de mi vista - dijo Ymiron, asqueado.
- ¡Nos debilitan! - gritó el gigante barbado. - ¡Nuestra fuerza se diluye por su mera existencia! ¡Destruidlos a todos!
- ¡Todos alaben al glorioso Rey Ymiron!
- ¡Dejadle hablar! ¡Silencio!
Ymiron levantó su poderosa mano.
- ¡Silencio!
- ¡Vrykul! ¡Vuestro rey exige que escuchéis! - dijo con voz tronante. - El anciano druida tiene razón. ¡Los dioses nos han abandonado!
Un clamor de desdicha y cólera emergió de nuevo entre la multitud.
- Incluso ahora, en nuestra hora más desgraciada, ¡se burlan de nosotros! ¿Dónde están los Titanes en nuestra hora de mayor necesidad? ¡Nuestras mujeres paren aberraciones, desfigurados monstruos que ni siquiera se pueden sostener por ellos mismos! Débiles y feos. ¡Inútiles...! Ymiron ha reflexionado mucho. Largo me he sentado en mi trono, pensando nuestra difícil situación. Sólo hay una respuesta... una razón...
¿Pero quién además de los Titanes podría lanzarnos esta maldición? ¿Quién más tiene ese poder?
Ymiron lanzó su gélida mirada sobre todos los habitantes de Nifflevar reunidos bajo el techo del Gran Salón.
- ¡La respuesta es nadie! ¡Los Titanes nos han maldecido una vez más!
El griterío se escuchó por todo lo alto.
- ¡En este día, los Vrykul renegamos de nuestras creencias! ¡Negamos a nuestros dioses! ¡Todos los Vrykul deben jurar lealtad a Ymiron! ¡Ymiron protegerá a nuestra noble raza!
Un nuevo grito de venganza inundó el lugar.
- ¡Dejádle hablar! ¡Silencio!
- Y ahora, mi primer orden sobre los Vrykul es esta (los ojos de Ymiron brillaron con una mirada helada, vacía): ¡Todos los infantes malformados nacidos de padre y madre Vrykul deben ser destruidos al nacer! ¡Nuestra sangre debe permanecer pura! ¡Aquel que viole esta ley, será llevado a Gjalerbron para ser ejecutado!
Otro grito de júbilo y la hoguera del Gran Salón se elevó hasta tocar el techo, deformando tétricamente las sombras. Afuera, la tormenta seguía rugiendo.
El druida sonrió y calló de rodillas ante el Rey, mientras lanzaba una mirada hacia el lugar donde estaba Tyr. El guerrero rubio frunció el ceño y se mezcló con la multitud, hasta desaparecer entre las sombras.
Mandado: Mie Mar 11, 2009 5:44 pm Asunto del mensaje:
Capítulo Dos.
El Eco de Ymiron.
Aguanieve bajaba de las montañas mientras el viento norte soplaba furioso y azotaba la villa de Wyrmskull con la fuerza de diez mil gigantes. Tyr, hijo de Wotan, se detuvo para contemplar el cielo negro, cuyas nubes se arremolinaban amenazadoras sobre la lejana montaña que llaman la Corona del Mundo.
No era la primera vez que Tyr contemplaba tan asombroso y terrible espectáculo. De hecho, no recordaba cuándo era la última vez que había visto la luz del sol.
Hubo un tiempo, una vez, cuando Nifflevar, el país de los Vrykul, fue una tierra bajo el ardiente sol del mediodía, de cielo claro y despejado, lozanos ríos donde bebían los rebaños de shoveltusk, nieves perpetuas encaneciendo las sienes de las azules montañas, bosques de abedules y sauces perpetuos mecidos por la brisa. Fue Vinland, la tierra de los verdes prados, donde los Vrykul habían construido sus ciudades de hierro y piedra, donde habían habitado desde que tenían memoria, donde los grandes reyes, generación tras generación, habían reinado con sabiduría y fuerza del brazo.
Tyr nunca olvidaría el día en que todo cambió, el día en que el mundo dio a luz con dolor, cuando la tierra se conmovió y los continentes se resquebrajaron. En un momento todo estaba en silencio, y al siguiente, el cielo se había vuelto sangre y fuego. Un relámpago lo iluminó, dejando ciego a quien se atreviese a mirarlo. Un trueno le siguió, haciendo retumbar los rincones más recónditos de la tierra, y al siguiente instante, todo fue horror. El cielo, entonces, se volvió negro y la tierra se partió en dos, avalanzándose una sobre otra las placas tectónicas. El océano se levantó y rugió, y aplastó las ciudades de los Vrykul, llevándose a muchos hasta la tumba fría de sus profundidades. Los volcanes despertaron y hubo fuego y llamas, llamando al fin del mundo. Las viejas lloraron y se lamentaron, y los niños corrieron asustados, sin esperanza. Los animales huyeron a las montañas y las plantas se secaron. Luego, vino la tormenta, la tormenta eterna de aguanieve que ya llevaba más de cien años. La tierra se congeló, y un silencio sepulcral se apoderó el mundo.
Tyr miraba hacia lontananza, mirando el oscuro y bravío mar avalanzarse sobre los glaciares congelados, que se resquebrajaban al mero contacto con las saladas e iracundas manos de Njörd. A lo lejos, Skadi aullaba sobre el Fiordo su cólera desde las montañas heladas, oscurecidas sus cumbres por grises nubarrones, de los que de cuando en cuando se desprendía un relámpago vengador.
Pero la maldición no había caído solo sobre la tierra, sino sobre sus criaturas. Tyr miró su mano, su mano de bronce, lo único que quedaba de lo que alguna vez había sido.
Carne y sangre. Carne y sangre era ahora, no mejor que los shoveltusk que había cazado con su arco, no mayor que los magnatauros que tantas veces habían caído bajo el filo de su espada.
Era difícil de recordar cuándo había empezado, pero Tyr estaba casi seguro que había sido un signo de muerte que había aparecido en el cielo, porque hasta donde podía rememorar, su piel antes era de hierro y bronce. ¿Cuándo había sido el día en que todo cambió? Ya no recordaba la fecha exactamente. Miró sus manos. Había arrugas sobre ellas, y canas poblaban ahora sus sienes antes rubias y se asomaban hilos de plata entre su barba dorada.
Llevó su mano de carne y se tocó el pecho. Allí, donde antes no había nada, retumbaba algo, un sonido profundo y perturbador, un pulso que se había acelerado cuando Ymiron había condenado a muerte a sus descendientes.
Tyr no había sentido nunca el miedo hasta ese día. Se había lanzado en mil y un batallas contras gigantes y magnatauros desde tiempos inmemoriales, conociendo la sangre solamente por los huesos quebrantados de sus enemigos, blandiendo aquella espada rúnica que los Terráneos habían forjado para él. Ahora... ahora era diferente. Cuando el viento soplaba helado, su piel se erizaba y se le agitaba el pecho, y buscaba el calor del fuego, que nunca había necesitado. El día que se descubrió comiendo las entrañas de la bestia que antes cazaba por diversión, mientras el hambre le devoraba sus tripas, ese día tuvo miedo.
Habían vivido en un paraíso de piedra y bronce, y ahora, se angustiaban, sentían la pena, sufrían el hambre, el frío y el sueño. Canas y arrugas suplantaban a las runas que habían sido gravadas en sus cuerpos de hierro. Por eso se tatuaban, a pesar del dolor, para demostrar que aún guardaban el legado de los Hacedores. Ellos habían partido ya hace mucho...
Acostumbrados a la eternidad, no entendían la fugacidad de la condición mortal. El día que el primero de ellos, con la cima de su cabeza blanqueada por los siglos, se desplomó inerte sobre la nieve, hubo un gran lamento que estremeció Nifflevar. Era un guerrero fuerte y poderoso, a quien la incomprensión de la vejez no había detenido en su batalla contra uno de los hijos de Galakrond. Cuando el gran leviatán negro cayó del cielo incendiando Nifflevar, solo uno, Sigurd de los Ymijar, le hizo frente y abrazó su aliento de fuego con el hacha desnuda. Su cuerpo fue puesto en un barco con la cabeza del gran dragón en la proa, y lanzando una flecha encendida sobre sus restos, fue el primero de los Vrykul en ser honrado con las ancestrales eddas de la victoria.
Muy pocos habían recibido alguna vez tal honor. Tyr siempre deseó que él fuera uno de ellos, pero lo que estaba ahora a punto de hacer, podía costarle su honor y quizás, la vida suya y las de los suyos.
La puerta de la cabaña se abrió y la valkyr de cabellos rojos como el fuego se avalanzó sobre el recién llegado, enarbolando el hacha por encima de su cabeza.
Tyr hijo de Wotan detuvo el golpe al vuelo y sus rostros se encontraron, sintiendo el uno la respiración de la otra.
- Tu pecho está agitado y exhalas un aliento que congela, como los grandes dragones azules - dijo Tyr con voz profunda.
- Si has venido a tomar el fruto de mis entrañas, probarás primero la sangre rancia de esta hacha, y el odio de mi corazón.
Tyr miró de arriba abajo a su compañera y se sintió orgulloso. Como un leopardo de las nieves, su fiel Tyrsa se había atrevido incluso a avalanzarse contra él y retarlo, a él, el más grande los guerreros de Ymiron Rey de los Vrykul.
Tyr le arrebató el hacha con su mano de bronce y penetró en el recinto, su sombra convirtiendole en un gigante ante la hoguera. Cerró la puerta y avanzó al interior, pero Tyrsa le cortó de nuevo el camino, interponiéndose entre él y el nido de paja donde descansaba la criatura.
El guerrero la miró y sonrió, dejando el hacha sobre la enorme mesa de cedro. Se puso de cuclillas y quitó la manta, observando a la delicada criatura de piel rosada que descansaba indiferente.
Acercó su mano y el niño, por reflejo, cerró la manecita sobre el inmenso dedo de frío bronce. Tyr se estremeció y se levantó.
- Entonces... también hemos sido maldecidos.
Las llamas del hogar proyectaban su sombra sobre el niño, que se despertó llorando. Tyrsa se acercó a él y lo levantó del pajar, llevándolo cerca de su corazón y mostrándole el pecho.
- ¡Los dioses nos han abandonado! - dijo el Vrykul. - ¡Debemos disponer de él antes de que Ymiron sea notificado!
- ¡NO! - gritó la valkyr. - ¡No puedes! ¡Te lo prohibo! ¡Es nuestro hijo!
Tyr se llevó la mano al rostro. Se veía ahora viejo y cansado.
- Entonces, ¿qué quieres que hagamos, mujer? Los otros no deben saber de él. Si se enteran de la existencia de esta aberración, todos seremos ejecutados.
Las palabras de Tyr habían sonado aterradoras, pero Tyrsa se aferró al niño.
- Yo... lo esconderé. Lo esconderé hasta que encuentre un lugar para él... lejos de aquí...
Tyr se relajó y se acercó a la mujer, tomándola por los hombros.
- He defendido nuestra causa delante del Rey y he fracasado. Todos los niños malformados serán ejecutados en Gjalerbron al amanecer.
- Es un canalla. Sé de otros... otros como nosotros, que también esconden a sus niños... sus pequeñas y débiles verguenzas. ¡Maldita sea, Tyr! ¡Un hijo es un hijo, sin importar cómo sea en el exterior! ¡Es parte de tu carne y sangre!
Carne y sangre. Tyr se miró su mano de bronce. Desde el gran cambio, Tyrsa se había vuelto una hoguera en llamas, apasionada e iracunda. Por alguna extraña razón, sin embargo, Tyr sentía ahora algo por ella que no había sentido antes: un sentimiento demasiado intenso que no entendía, pero algo le decía que aquella criatura que había nacido era el fruto de ese sentimiento. Tocó el pecho del niño y se estremeció al sentir el diminuto pulso cabalgar desbocado en su interior.
Un pulso igual que el que ahora cabalgaba en el suyo propio.
- No voy a entregar a mi niño a los verdugos, Tyr. ¡Primero me llevarán a mí a Gjalerbron! ¡Prefiero arder en los fuegos eternos de Muspelheim o en las entrañas de la prole de Jormungar, que dar la vida de mi hijo!
Tyr miró los ojos de Tyrsa arder apasionados. El gigante la acercó hacia sí y la abrazó, para luego besarle los labios. La puerta de la cabaña se abrió de golpe y el frío y la nieve penetraron. Ambos se estremecieron. No había nadie allí.
- No tiembles, esposa mía. Los espíritus ríen y se mueven esta noche. Puedo sentir sus dedos fríos como dagas en mi pecho y mi cuello, pero juro por el ojo muerto de Wotan que no escucharé el eco de muerte de Ymiron.
Tyr miró a su diminuto hijo y se sintió extraviado en su pequeñez.
- Lejos, lejos de aquí, en otro lugar, hijo mío. Lejos del odio de Ymiron y del hacha del verdugo.
Tyr se volteó y se dirigió decidido hacia el umbral de la puerta de la cabaña.
- La villa de Wyrmskull ha sido maldecida por los dioses, pero no será la mano de un padre la que se azote en cólera al hijo. Si debo levantar mi espada contra Ymiron, ¡qué así sea! Prepárate, mujer, porque esta noche seremos pasto de los cuervos. ¡Lo juro por la barba de Thorim!
Y diciendo esto, salió y cerró la puerta.
CONTINUARÁ...
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Mandado: Sab Mar 14, 2009 5:24 pm Asunto del mensaje:
oh, Roderich-sama, tu historia esta quedando deliciosa, espero q nos deleites completandola, , también recuerda que nos debes varias más _________________ Lee mi historia en la taberna: Das Buch der Schatten.
Mandado: Lun Mar 16, 2009 5:14 pm Asunto del mensaje:
Capítulo Tres. Nieve, sangre y acero.
Sopla despiadado el viento sobre el helado mar. A lo lejos, el fiordo aulla un lúgubre lamento que llama a la muerte. El cielo está oscuro, más negro que nunca y la tormenta, en vez de amainar, parece que arrecia, clavando como una estaca el frío hasta en los huesos.
Tyr, hijo de Wotan, siente su mano de bronce más helada que nunca. Antes, ni siquiera lo hubiese notado, pero ahora este cuerpo débil, este cuerpo mortal de carne y sangre le transmitía todo el dolor, toda la desdicha, todo el miedo que antes, como inmortal, ni siquiera habría considerado.
¿Qué es lo que va a hacer? Dentro de él, late la angustia. ¡Cómo odia ese contínuo tamborileo en el interior de su pecho! Se siente excitado, defraudado, angustiado, iracundo y asustado, todo al mismo tiempo. ¡Ah! ¡Cómo deseara simplemente tomar la espada e incrustarla en su pecho, y quitar para siempre de su nariz ese inmundo olor a mortalidad!
Pero el mundo ha cambiado. Tyrsa ha cambiado. Él ha cambiado. No solo por fuera: el bronce no solo ha desaparecido de su piel, sino que adentro, algo se mueve. ¿Qué es esa extraña fuerza que lo mueve a levantar el brazo contra uno que es más poderoso, solamente para defender a aquella débil y escuálida criatura? ¿Cuándo aquella aberración comenzó a formar parte de las entrañas de su corazón?
Abrió la puerta del cobertizo y unos ojos rojos encendidos le recibieron. Olía a pobredumbre. Un aliento feroz le recibió en el umbral de la puerta.
- ¿Qué es lo que estoy haciendo, amigo mío?
Un lobo gris, tan grande como un caballo, se acercó y le lamió la mano de bronce, mientras Tyr le acariciaba el cabello.
- ¿Dónde quedó el guerrero que hay en mí? ¿Es esto lo que queda del gran Tyr? ¿Una criatura que tiembla y duda ante la certeza de la muerte?
"Feos y débiles". ¿Se estaba él también volviéndo feo y débil? Y sin embargo, no se sentía débil. Algo crecía en él. Un ansia. Un hambre que no sabía explicar. Un sentimiento de impotencia e incertidumbre que no había sentido nunca antes, y que sin embargo, le impulsaba a seguir adelante.
- ¿Qué vas a hacer, Tyr, hijo de Wotan?
Tyr levantó la vista. Allí, sombre el campo nevado, un viejo le miraba. Llevaba puesta la armadura de bronce y un capa de piel de wéndigo le cubría la espalda. Sobre la cabeza, el yelmo con dos cuernos abriéndose a los cielos. Barba y cabello blanco, arrugado el rostro. Sí, un viejo. Sostenía en su mano una lanza larga que le doblaba su altura, ya de por sí impresionante. Sobre el ojo derecho, llevaba un parche. Sobre el hombro izquierdo, se posaba un cuervo.
- Así que has venido - dijo Tyr mirando al viejo. - Al campo de batalla en persona has venido a reclamar mi cuerpo frío sobre la nieve.
- Incertidumbre. Miedo. Derrota. ¡Hasta yo con un solo ojo puedo verlo! - dijo el viejo, con aquella voz gruesa y amarga que confundía los sentidos. - Un guerrero con tales cosas en su alma nunca penetrá en los salones de Valhalla, ni cenará las costillas de Sehrimnir, ni cantará loas a los dioses hasta que Gullinkambi despierte al Ymirjar en la enésima hora del día.
- Quizás he perdido el sentido.
- Sin duda alguna, así es. Gustosos mis cuervos os sacarán los ojos y se alimentarán de tus sesos esparcidos sobre el manto blanco. ¡Oh, sí! ¡Se darán un banquete! ¡Dáme, Tyr! ¡Dáme una gloriosa batalla en la que pueda servirme de los despojos de los caídos! ¡Estaremos gordos y beberemos la hidromiel de los fallecidos por toda la eternidad!
Tyr se irguió en toda su altura y desenvainó la espada con su mano de bronce, levantándola al cielo encapotado.
- ¡Juro por Hodir, Thorim y Freya, que mi cuerpo será mosto de los cuervos y mi nombre mofa del viento antes del amanecer, pero que no dejaré que el hacha del verdugo y la ira de Ymiron toquen a éste que he de llamar hijo! ¡Lo juro! - y señaló al viejo con la espada - ¡Lo juro también por tí, Herjann, que te places en lamer la sangre seca de los que habitan en el frío Niffleheim!
- Valientes palabras. Sí, sin duda valientes y torpes también. Así será. ¡Escuchadme, hadas del abismo, que reclamo a este mortal para mis aposentos! ¡Ay de vosotras si os acercáis a recoger el cuerpo que he destinado a saciar a mis huestes!
- ¡Tyr! ¡Tyr, hijo de Wotan!
Tyr se volvió. Tyrsa se acercaba corriendo a él, con el niño sujeto en brazos y arropado en gruesas y blancas pieles de oso.
- ¡No! ¡No vayas esposo mío! ¿Qué será de Tyrsa si hoy has decidido caminar por el sendero de la muerte?
Tyr la tomó de los hombros.
- Ve. Ve mujer. Cumple la promesa que hiciste en esa cabaña donde tantas noches me diste tu calor. Mi destino me guía a otra parte, lejos de ti. Has de ser tú la salvación de nuestro hijo. Yo solo seré la carnada en la que Ymiron morderá para que podáis escapar.
- Vacía estoy sin tí, compañero mío. Si has de ir a la muerte, ¡pues yo voy contigo!
- Te lo prohibo. Para que tú vivas, yo he de morir.
- ¡Me niego! - dijo dándose vuelta. El gigante la asió hacia sí. - ¡Me niego a vivir mi existencia sin tí!
- No seas tonta - dijo Tyr soltándola y mirando hacia el mar. Su tono sonó más racional que nunca. - Ya encontrarás la manera. El mundo ha cambiado. La carne y la sangre han de heredar el legado que la piedra no pudo proteger.
- Hablas de muerte y matanza. Eres igual que Ymiron.
- Una muerte o mil de ellas. ¿Qué esperas que escoja?
- Si mueres, ya no habrá sitio para mí en este mundo.
- No lo dudes. Este mundo dejó de ser nuestro sitio hace mucho.
Tyr y su esposa se miraron. Algo líquido y frío asomó en el ojo de la mujer, y descendió resbaladizo por la mejilla, hasta que Tyr lo interceptó con su dedo de bronce.
- Nada. No siento nada. Y sin embargo, hay en tí tanto calor. Tanta vida, que me da esperanza.
¿Esperanza? Era un concepto nuevo. Tyr se sintió muy cálido por dentro.
- Hijo, he allí a tu madre. Adiós, Balder. Has con ella lo que yo no pude. Lamento no haber podido conocerte.
Un aullido largo y lejano se escuchó en el viento. Ambos levantaron la vista. Más allá de la niebla y la nieve, alguien gemía con dolores indescriptibles.
- Ha comenzado - dijo Tyr. - Nifflevar llora la muerte de sus hijos.
Y diciendo esto, se volvió y subió sobre el lobo.
- Vete, mujer. Ve al sur. Evita acercarte a Utgarde. Ve directo al puerto y llévate a todos los que puedas. Recuerda lo que dijo el viejo pescador Himir: más allá de la línea del horizonte, donde el cielo y el mar se funden, hay una tierra que no conocen los hijos de Ymiron. Allí irás y empezarás de nuevo, tú y los tuyos. Vete, que aquí solo quedamos los muertos.
Tyr arengó al lobo monstruoso que, de un salto, se dio a la carrera, hasta que jinete y montura, fundidos en una sola sombra, desaparecieron en la noche.
Tyrsa lo vio alejarse hasta que no fue más que un recuerdo. Dióse vuelta aprisa con el niño en brazos, dirigiéndose de nuevo a la cabaña.
- Herjann, dios de la muerte. ¡En tus manos encomiendo su espíritu!
Sobre el manto de nieve blanco, cabalga. Bufa y aulla el fiordo como nunca lo había hecho desde el inicio de los tiempos. Hay pesar en su corazón, como si tuviese un bloque de hielo en el pecho. En cierto modo, le hace más fuerte, pero es que el odio que carga sobrepasa su tristeza.
Ya no es pesar, sino enojo.
¿A dónde le lleva el destino? Solo él lo sabe. Ahora tiene su cabeza despejada y se siente extrañamente tranquilo. Solo una cosa tiene en mente: matar, y ese sentimiento tan familiar espanta a los fantasmas.
Para eso fue hecho. Para eso fueron hechos todos los de su raza. Guerreros natos, despiadas máquinas de destrucción. Está escrito en las runas gravadas en su pecho. Ahora, solo le queda una, que brilla sobrenaturalmente más que nunca en su mano de bronce.
Tiene la forma de una flecha que apunta al cielo.
Es el signo de su familia, la marca de su estirpe. Cuando la maldición de carne la borre para siempre, entonces será otro. Granjero o pescador, ya no será Tyr, el rubio guerrero legendario. Pasará al olvido, formará parte del baúl de las leyendas. Una muerte o miles de ellas. Matar, para esto es que ha nacido. Nieve, sangre y acero.
Será glorioso.
Avanza hasta el acantilado, donde un puente congelado separa Nifflevar de Utgarde, los dominios de Ymiron. Una sombra enorme le sale al paso - sin duda, el guardián del puente - y el lobo detiene su carrera. Gruñe con desconfianza y sus ojos rojos brillan con más intensidad, impresionado talvez por la potencia del guerrero. Tyr desenvaina la espada, baja del lobo y arenga al desconocido.
- ¡Por Thorim! ¡Mostrad vuestro rostro, guardián, que esta noche la espada de Tyr desea alimentarse de carne y sangre!
El extraño avanza en medio de la niebla, hasta estar enfrente de tan peligroso rival. Una melena negra cierra en candado con una barba corta, en una cara sin bigote, aparece en la oscuridad. Viste acero y cuero y también monta un lobo, negro, grande, y amenazador como la montura de Tyr. Lleva en el fuerte brazo una espada y al cinto un gran cuerno hecho de plata.
- ¡Eres tú...! ¡Realmente eres tú, Heimdall, hermano mío! ¡Mejor compañía no podría yo toparme en esta noche tenebrosa!
Legendaria era la fama del poder de Heimdall. No podía hablar, pero extraordinarios eran su aguda vista y su fino oído, de modo que algunos decían que podía escuchar crecer la hierba. Varios días sin dormir pasaba, guardando aquel puente helado, única comunicación entre el mundo abajo y los dominios del rey arriba.
Heimdall salió al paso del guerrero y levantando la mano, la ordenó detenerse.
- En camino voy hacia Utgarde, donde mora el gigante que llamamos Rey. Voy a darle el premio que sus actos merecen y no quiero contender contigo. Tu falta de lengua me genera confianza: siempre he sabido que eres prudente. Enterado has de estar de su múltiple traición: en esta noche, ha ordenado extinguir nuestro linaje. Por tu prudencia, te confieso mi intención, pero si has de mantenerte frente a mí y cortarme el paso, no tendré otra opción más que luchar contra tí.
Heimdall no movió un músculo, pero en su rostro Tyr pudo conocer que le había entendido. Había una leyenda que decía que Heimdall había sido el primer Vrykul en engendrar un niño aberrante, pero nadie nunca le había logrado comprobar aquello, pues solo se le conocían hijos Vrykul. Prudente como era, aún en las cosas más evidentes, sabía guardar silencio.
Se llevó la mano al oído e invitó con una seña a Tyr a poner atención. Tyr escuchó largamente: el zumbido del viento, el aullido del fiordo. ¿Aullido? No era una aullido, sino un lastimero gemido, el que oía. Ahora estaba seguro: Nifflevar lloraba a sus muertos. Ymiron había comenzado la matanza.
- ¡Debo ir! ¡Debo terminar esta locura!
Pero Heimdall, espada en mano, no se apartó del camino.
- ¡Si he de luchar contigo, así sea!
Una chispa saltó a la noche y se extinguió como una estrella fugaz, cuando ambas espadas chocaron una contra la otra.
- ¡Has de dejarme pasar!
Pero tan bueno era el uno como el otro, al punto que al cabo ninguno de los dos cedía un centímetro. Tras un intercambio de golpes, Heimdall se detuvo y se volvió a tocar el oído.
- ¡La matanza! ¡Sí, la matanza de los inocentes! ¡He de cortar la cabeza de la víbora antes que clave sus colmillos!
Pero entonces Tyr notó la angustia en el rostro del guardián. Al fin comprendía: las leyendas eran ciertas y los hijos de Heimdall sufrían en aquel instante el golpe del verdugo. Tyr sintió compasión y eso no terminó de asombrarlo. Los guerreros vrykul no son compasivos. Nunca.
- He entendido tu ansia, hermano mío. Tus hijos mueren y tú no puedes hacer nada para defenderlos. No puedes tú, pero yo sí puedo.
Tyr se dio vuelta rápidamente y subió a su montura. Arengando al lobo, le dio la vuelta y tomó el camino bajo que conduce a Nifflevar. Aplastaría la cabeza de la víbora, pero primero debía aplastar la cabeza de sus crías.
Su noche apenas estaba comenzando.
CONTINUARÁ... _________________
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Mandado: Mie Mar 25, 2009 4:18 pm Asunto del mensaje:
Capítulo Cuatro. Las lágrimas de Tyr.
Tyr subió a su lobo y le dio la espalda a Heimdal, alejándose del puente de hielo que conduce a Utgarde Keep y descendiendo velozmente por la ladera hacia Nifflevar.
Antes de partir, le miró largamente. Sintió pena por él. Miró de nuevo su mano de bronce y se preguntó si el hierro aún permanecía adherido al corazón del vrykul mudo, que parecía contrariado entre su deber de vigilar el puente de hielo y su deseo de correr a Nifflevar a salvar a sus hijos de la muerte segura.
Una cosa era cierta: sin saber cuál de las dos eran las razones reales, Tyr sabía que su corazón, el suyo propio, había dejado de ser de bronce hace mucho. Podía sentirlo cabalgando desbocado, queriendo salirse de su pecho.
Estaba seguro que la tragedia que estaba ocurriendo en Nifflevar no tardaría en llegar a la aldea de Wyrmskull, sobretodo si los padres vrykul de Nifflevar consentían en la locura de entregar a sus crías para ser ejecutadas en honor a la "sabiduría" de Ymiron.
¿Cuándo había comenzado a perderse todo? Tyr no recordaba el momento preciso, pero lo había presenciado, de eso estaba seguro. Quizás había sido durante la batalla frente a las puertas de la gran ciudad de Ulduar, cuando los gigantes y los terráneos se habían enfrentado en combate terrible, algo que ni los mismos Titanes habrían imaginado o siquiera permitido.
Ahora el mundo era un manchón borroso de la gloria que había sido. Los Viajeros de Bronce habían desaparecido, ascendiendo a los cielos y escondiendo avergonzados el rostro de lo que se había convertido el mundo. ¿Podían los seres de metal sentir verguenza, amor, odio, ira, miedo? El pecho de Tyr era un cúmulo atiborrado de aquellos sentimientos que no comprendía. Solo la mano de bronce se mantenía al margen de todo aquello, fría, independiente, distante, como si ya no perteneciera al cuerpo mismo del que formaba parte. Irracional y violenta, era la mano que irónicamente sostenía la espada con la runa en forma de flecha.
La tormenta arreciaba y Tyr recordaba la sangre derramada en las batallas de la antiguedad contra gigantes, magnatauros y monstruosos trolls de los hielos. Su espada vertía la sangre de sus víctimas, que le empapaban el rostro y el cuerpo, y sin embargo, él no sentía nada, ni siquiera se daba cuenta, solamente seguía derramando sangre y más sangre con indiferencia, quizás también por curiosidad de aquel color intenso y brillante que saltaba de los miembros cercenados de sus enemigos.
¿Era para eso que los Titanes les habían forjado? ¿Para derramar la sangre de las criaturas calientes, tan diferentes a los fríos y metálicos individuos que eran ellos mismos? El concepto de matar había comenzado como algo abstracto para ellos, casi inentendible, pero cuando el primer vrykul forjó la primera hacha y la clavó en el cráneo del primer ser de carne que se atrevió a desafiarlo, hacía ya muchas lunas, algo había cambiado para siempre en su interior de piedra.
Matar. Muerte. Conceptos novedosos. Ahora habían llegado al extremo final: llevar la muerte a los suyos.
Entre la gruesa y blanca nieve que caía, como un enemigo más, impulsada por el terrible viento, Tyr distinguió a lo lejos la figura estilizada de una calavera: la fortaleza de Utgarde.
Una calavera. Y pensar que siempre había creído que estaban huecos, que solo los grandes leviatanes hijos de Galakrond estaban hechos de hueso y sangre. Y ahora ellos eran iguales, quizás más pequeños, quizás más insignificantes.
Tyr detuvo al lobo en el borde del acantilado que mira Nifflevar. Un gemido, como el llanto de un jabalí pequeño y cebado listo para la cena, le llegó a sus oídos.
Le trastornó. Por un segundo, Tyr sintió que se estaba volviendo loco.
Arengó al lobo y se lanzó acantilado abajo sin medir las consecuencias. Había que estar medio loco, ser un orate chiflado muy osado, para enfrentarse a las hordas de Ymiron en batalla él solo, pero ya no lo movía la razón, como a Ymiron ya no lo movía la sabiduría.
El lobo tropezó y ambos rodaron. Tyr cayó sobre su espada y pudo ver algo rojo que manaba de un costado. No le dolía aunque tenía el costado empapado en sangre. Miró hacia el lobo. No se movía. Pobre bastardo, le había servido bien.
Se lanzó hacia Nifflevar con la espada en la mano de bronce y el corazón en la mano de carne. Y allí, en la plaza central del poblado, los encontró.
Era el guerrero barbado de pelo anaranjado, gigantesco y furioso en medio de sus compinches. Tenía algo en la mano, un objeto pequeño de carne, inerte, inmóvil, tomado de una pequeña pierna, mojado en su propia sangre.
El maldito sonreía. Sonreía. Tyr se estaba volviendo loco. Maldito... el maldito.
Lanzó un grito que se dice, todavía hoy se escucha cuando el Fiordo aúlla en las noches de tormenta.
El vrykul barbado solamente vio venir hacia él una tromba de piel de lobo y barbas rubias, con una espada con una runa en forma de flecha brillando como una estrella en la empuñadura, blandida por una mano de bronce.
El guerrero aulló y vio caer su brazo cercenado y manar la sangre negra interminablemente por la herida.
- ¡A que no es muy distinta de la suya! - escupió Tyr mientras señalaba el cadáver blanco de la diminuta criatura caído en la nieve.
La espada golpeó y voló y volvió a golpear, siniestra, implacable, imparable. Aquí cayó una cabeza, allá una pierna, por allá un brazo. Algunos intentaron desenvainar sus armas muy tarde, cuando ya estaban perdidos.
De nada sirvieron escudos, lanzas, espadas, adornados yelmos de grandes cuernos. Todo fue barbarie y masacre ante la furia de Tyr.
De pronto se vio solo, lanzando golpes al aire. Se detuvo y se apoyó sobre sus rodillas. Todo el cuerpo le temblaba y estaba bañado en sangre ajena por un lado y sangre suya por el otro, pero era imposible distinguirlas.
A su alrededor, observó los cuerpos caídos de los guerreros que había mandado al otro mundo, si es que tal cosa realmente existía. No le pareció ver al gigante barbado y anaranjado entre los muertos, pero era quizás que la sangre y la ira aún le nublaban la vista.
Estaba exhausto. ¡Exhausto y en éxtasis! ¡Gloria de la batalla, de la terrible y grandiosa batalla que libera el lobo interior!
Levantó su vista. Respiraba con dificultad. Quizás sí le habían herido después de todo y se estaba vaciando su sangre. Sangre. Seres de carne y sangre, donde está la vida.
Y aquí y allá comenzaron a emerger como las margaritas emergen de la nieve con la primera brisa de la primavera. Rostros asustados, reprobadores, pero con tanto miedo, que no se atrevían a acercarse a aquel guerrero bautizado en sangre y acero.
- ¡¿Qué has hecho?!
La voz del vrykul sonaba como un terrible e iracundo reproche. Tyr le miró y deseó partirlo en dos, pero dejó que la sed de sangre pasara.
- ¡Ahora Ymiron vendrá por nosotros! - dijo otra voz, femenina esta vez.
Tyr se irguió y les miró desde toda su altura. Era imponente y temible a la vez y si él mismo hubiera mirado su mismo rostro en aquel momento, hubiese huído asustado.
Temblaban. Olían a miedo. Le dio asco. Realmente estaban malditos, todos ellos. El nacimiento de los aberrantes no era más que el signo de la decadencia que hacía ya muchos años había iniciado.
E Ymiron pensaba darle el golpe de gracia asesinando inocentes. Era el peor de todos. Se habían convertido en seres de carne, pero irónicamente no habían dejado de ser más que máquinas de matar. Lo eran cuando eran de bronce y lo eran ahora, cuando sus cuerpos fueran reclamados por los Jormungar para alimentar a sus larvas.
Era el fin del mundo. Al fin lo había comprendido. Tyr sintió la caricia brusca del helado viento del norte, soplando con ira, sobre su rostro y cabello. Miró su mano de bronce y la sintió todavía más distante, más fría. Era como si ahora ella lo aborreciera a él, por ser tan simple, tan visceral, tan mortal y vulnerable.
Tomó la capa de piel de lobo de uno de los muertos que yacía en el negro charco de su sangre - creando un brillante y espeluznante contraste con la nieve blanca - y limpió la espada, donde la runa en forma de flecha brillaba más que nunca.
- ¿Y todo ha sido para qué...? - dijo una voz femenina. - Nada nos devolverá a nuestros niños.
Tyr se volvió y encaró a la mujer, pero sorprendentemente para él, ella le sostuvo la mirada.
Fue entonces cuando se dio cuenta que no había fuerza en el universo que fuera mayor que la determinación de una madre por sus cachorros y que él nada podía hacer al respecto.
Uno a uno fue descubriéndolos, amontonaditos como si fueran granos del verano, uno sobre el otro, pequeños niños de carne empapados en sangre, hasta hacer una montaña.
Los lacayos de Ymiron los habían matado a todos.
Y el llanto y el gemido, y la angustia de Nifflevar, se elevaron hasta los cielos, arreciando con más intensidad la tormenta.
Y Tyr sintió pena por Heimdal y sintió pena por cada uno de los padres vrykul que esa noche lloraron la masacre de Nifflevar.
Había llegado tan trágicamente tarde que no se lo perdonaba así mismo.
En el viento, podía escuchar la risa de Herjann mientras recogía los despojos de los caídos para hacerse una armadura de cuero.
Entonces, Tyr sintió algo frío resbalar por su mejilla. Levantó su mano de carne y lo sintió. Agua, igual que la que corría sobre el rostro de Tyrsa su mujer.
¿Era la tormenta? No. Le salía de los ojos.
CONTINUARÁ... _________________
Last edited by Roderich on Jue May 07, 2009 6:46 pm, edited 1 time in total
Mandado: Mie Mar 25, 2009 8:04 pm Asunto del mensaje:
Roderich, poco se puede decir de tus cuentos a estas alturas que no te hayan dicho ya; éste me está gustando especialmente, me gusta mucho cómo reflejas los sentimientos de Tyr en cada momento. _________________
La muerte nos sonrie a todos, asi que... devolvamosle la sonrisa
Mandado: Sab Mar 28, 2009 5:54 pm Asunto del mensaje:
¿Qué decir que no se haya dicho?
Roderich, si comienzas historias, al menos hazlas de 7-8 capítulos para que puedas terminarlas, que esta pinta más o menos larga por la lentitud de algunas escenas y ya sabes que odio que no termines las cosas.
He visto un ''Has'' en vez de ''haz'' del verbo hacer, y en los primeros capítulos alguna que otra cosilla parecida, por cierto xD
Aun así, no te diré que la continúes, ¡sino que la termines! _________________ Leviatanes Mecánicos: vendemos ironía
Mandado: Lun Mar 30, 2009 4:52 pm Asunto del mensaje:
Pretor_Khas escribió:
¿Qué decir que no se haya dicho?
Roderich, si comienzas historias, al menos hazlas de 7-8 capítulos para que puedas terminarlas, que esta pinta más o menos larga por la lentitud de algunas escenas y ya sabes que odio que no termines las cosas.
He visto un ''Has'' en vez de ''haz'' del verbo hacer, y en los primeros capítulos alguna que otra cosilla parecida, por cierto xD
Aun así, no te diré que la continúes, ¡sino que la termines!
"Has" es presente del verbo "haber"
"Haz" es imperativo del verbo "hacer"
Los tiempos compuestos se construyen con el verbo "haber" y además nunca con el imperativo, así que lo correcto es "has hecho".
Mandado: Mie Abr 01, 2009 3:54 pm Asunto del mensaje:
Capítulo 5. Tres herejías.
Venganza.
Todo conduce a ella. El frío viento que sopla sin misericordia sobre su pecho desnudo. Las nubes tristes y oscuras de arriba. La pena de adentro.
Venganza y nada más. Es el único camino. El único, sí. ¡Para ganar tiempo! Tiempo... tiempo... Antes tenía todo el tiempo del mundo y ahora... Pero no. ¡Debe ganar tiempo! Tyrsa lo necesita. Debe llegar a la costa de Nifflevar y allí buscar a Hymir el pescador y entonces...
Y entonces se hará a la mar en un océano congelado, incierto y terrible.
Venganza y nada más. Es el único camino, porque el día del juicio final había llegado en forma de tormenta de nieve, se había posado sobre los techos de Nifflevar y había transmutado su esencia, hasta hacerse pobredumbre y asesinato de inocentes.
Muertos. Todos estaban muertos. Y la ira va creciendo en su interior, haciéndose un inmortal grito de dolor y destrucción. ¿Dónde había quedado el honor de los guerreros de bronce? Manchado y olvidado, como la hoja del hacha oxidada por sangre seca de inocentes.
Tyr se había hincado y oraba. ¿Oraba? Era un concepto nuevo, igual que matar, amar y morir. No sabía que lo hacía, orar digo. Tan solo había colocado una rodilla sobre la nieve ennegrecida por la sangre de los pequeños, apoyándose en su espada rúnica, bajando el mentón y cerrando los ojos para intentar comprender.
Allí, frente a él, ardía la pira funeraria con los cuerpecitos muertos de lo que nunca sería la siguiente generación de Vrykuls. Los padres habían formado un círculo alrededor. Los varones callaban y las mujeres gemían, sin entender, pero sintiendo algo, algo indescriptible y terriblemente doloroso que les despedazaba el alma.
Tyr sintió verguenza. ¿Verguenza? Era un concepto nuevo también, igual que el miedo, el dolor y la sensación de pérdida. Allí estaba él, hincado sobre la nieve, orando... Y lo único que oraba era Tyrsa y el pequeño Balder. Toda su oración era para ellos. No había otros dioses en su cabeza. Ellos se habían convertido en sus dioses y les oraba, oraba para que pudieran escapar de la ira del demonio Ymiron, oraba para que alcanzaran la costa y montaran al barco de Hymir, oraba para que el océano congelado no se los tragase o los horrores indescriptibles de las profundidades no emergiesen esa noche, y llegasen a la nueva tierra de Vinland donde todo era verde y bueno.
Oraba, y por eso, era un hereje.
Abrió los ojos y se relamió los labios helados por la ventisca. Se puso en pie y al hacerlo, todos sus tres metros de estatura se hicieron aún más largos e imponentes.
Ante él, los vrykul eran enanos.
Y entonces los demás le vieron y le temieron, porque tenía esa mirada asesina que lo había hecho famoso. Había ira y odio en su corazón. Ymiron había logrado hacerlo descender al estrado de los mortales.
Su mano de bronce le pesaba, le dolía, le desesperaba. Era una estaca profunda clavada en el corazón, pero se la arrancaría y con ella atravesaría de lado a lado al traidor.
Había fallado en salvar a aquellos niños. Su raza estaba condenada a extinguirse a partir de aquella noche y se lo merecían.
Se lo merecían...
Tyr levantó la espada, cuya runa en forma de flecha brillaba macabramente. El grito que había lanzado cuando combatía a los lacayos del rey vrykul se dejó escuchar de nuevo, largo y tenebroso, en el aullido del Fiordo.
No había marcha atrás.
Dióse vuelta y todos se apartaron mientras avanzaba. Así le vieron perderse entre la niebla y la tormenta de nieve, hasta que no fue más que un fantasma en el lúgubre bosque de árboles secos.
Aquello alguna vez fue hermoso, pero el destino es inexorable y nos alcanza a todos, y el suyo, estaba marcado con sangre que le conducía a Utgarde Keep.
Atrás quedó Nifflevar y quedó Wyrmskull, y ahora, el campo de nieve y hielo se abría ante sus ojos como una invitación. Escuchó los murmullos del viento emergiendo de la profundidad de la nada. Eran tan claros, tan prístinos.
Tan siniestros...
Hablaba. El viento hablaba el lenguaje de los vrykul. Tyr se detuvo y le escuchó.
- "Una muerte o mil de ellas..."
¿El viento? No, no era el viento. Estaba en su cabeza.
- "Matar, morir... conceptos nuevos y superfluos... Estamos hechos para matar..."
Tyr se tomó de los cabellos. ¿En realidad se estaba volviendo loco?
- "No hay otra salida... El destino es inexorable y nos alcanza a todos... y el tuyo conduce a Ymiron, manchado de sangre de inocentes...
- ¡Déjame en paz!
Tyr había caído de rodillas y había lanzado aquel grito a la oscuridad blanca de la nevada.
A la nada.
El viento calló. Tyr puso atención, esperando escucharlo de nuevo susurrar entre las heladas rocas, bailar como un demonio entre los brazos de la noche eterna de Nifflevar.
Nada. Nadie. Estaba en su cabeza.
Miró entonces su mano de bronce, como siempre hacía cuando tenía una duda. ¡Cómo si en el bronce estuviera escrita la respuesta! Como si en el bronce... en el bronce...
La runa en forma de flecha brillaba y apuntaba hacia Utgarde Keep.
Tyr se puso en pie, atento a evadir de nuevo el engaño del viento y los murmullos que instantes antes surgían de lo profundo de la tierra.
Engaño. Todo era engaño, sangre seca y muerte.
Allá adelante, divisó el puente de hielo. El último obstáculo antes de la promesa.
No había nadie. Heimdall no estaba. Algo muy malo tenía que haber ocurrido como para que el eterno guardián del Bifrost abandonase su puesto sin haber derramado una sola gota de sangre.
Comenzó a cruzar el puente. A la mitad del camino, con el cielo negro arriba y el abismo blanco abajo, emergió una sombra.
Una sombra gigantesca, con una barba anaranjada y sin brazo...
- Has venido.
- Apártate de mi camino, Jotum, si no quieres perder el otro brazo y terminar como tus lacayos en Nifflevar.
- Ymiron sabe que vienes. Te está esperando.
- Con cuentos de viejas le habrás ido, diciendo que entre treinta te arrancaron el brazo.
- No ha de ofenderme una simple plañidera que llora la muerte de unos monstruos. Te has vuelto de carne por dentro, Tyr. La piedra y el bronce te rechazan. Puedo sentir esa cabalgata ansiosa en tu pecho. Ya no eres uno de nosotros. Te has vuelto como ellos. ¡Débil!
- Si mi interior se ha vuelto de carne, no sabré decirlo. ¡Por qué no vienes y lo averiguamos!
Tyr se lanzó sobre el gigante, espada en mano, hecho una tormenta de furia. Jotum, el gigante anaranjado, le recibió con el hacha en el aire, sostenida por el único brazo que aún le quedaba.
Aún manco y todo, era un adversario temible. Tyr le había sorprendido y había tenido que huir para avisar a su rey de la traición, pero ahora tendría su chance de vengarse.
Le ganaría. Tyr era un guerrero legendario, pero se había vuelto blando. Se había vuelto débil. Ahora actuaba por instinto. No estaba razonando lo que significaba la maldición de la carne. ¡La extinción de su especie! ¡Heredar el mundo a unos seres débiles que no merecían la existencia! ¡Seres mortales llenos de pasiones, obsesiones y locura!
Pero no le ganaba. Jotum golpeaba y golpeaba y echaba toda su fuerza y su peso encima de su adversario y no ganaba. Aún seguía intentando, lanzando un hachazo aquí, buscando el tórax allá, tratando de rebanar el cuello por este lado, intentando con un costado por este otro.
No ganaba. Jotum no ganaba y seguía golpeando. ¡Estaba tan seguro! Tyr le había tomado desprevenido la primera vez y por eso había perdido el brazo, pero Ymiron le daría uno nuevo, uno forjado de hierro, a cambio de matar a Tyr. ¡Se lo había prometido!
Pero Tyr no perdía y él no ganaba. No retrocedía. Tyr seguía avanzando, ganando espacio en el puente de hielo. Atacando por todas partes. Multiplicando los golpes, complementando la fuerza de su espada con la agilidad de su cuerpo y la determinación de su espíritu.
¿Determinación de su espíritu? Era un concepto nuevo. Los vrykul ganaban sus batallas porque eran invencibles, simple y llanamente. Los magnatauros, los gigantes, los dragones. ¡Ninguno era rival para un vrykul en batalla! Pero ahora luchaban entre ellos, vrykul contra vrykul. Y Tyr era un enemigo formidable, que no cedía, que no se atrevía siquiera a considerar retroceder.
¡Era inconcebible!
Y cuando Jotum puso su rodilla en tierra, sobrepasado por la voluntad y la fuerza del brazo de Tyr, sintió algo, un sentimiento nuevo, tan extraño, tan inmenso. ¡Tan abrumador y terrible! Tyr era ahora gigantesco para él. Las piernas se le aflojaban con solo ver su cara de furia, sus ojos centellantes, su cabello agitado salvajemente por el viento, su espada sedienta de sangre.
Y una luz iluminó su cabeza. Era lo mismo que habían sentido los inocentes asesinados en Nifflevar cuando él los había suspendido de sus tiernas piernecitas de carne y los había dejado caer al abismo de piedras de abajo, cumpliendo la justicia de Ymiron.
Debía ganar y no había ganado. Ahora murmura. Ahora pedía. Ahora suplicaba, pero los golpes no se detenían. El hacha sería quebrada por la espalda dentro de poco. Ahora oraba. ¿Oraba? ¡Sí, oraba! Oraba a ese dios rubio y terrible que tenía delante de sí y que, como los truenos de Thorim en el cielo, retumbaba a golpes de espada el concepto de la muerte a su cerebro.
Miedo. Era un concepto nuevo que Jotum empezaba apenas a entender.
Un nuevo y último golpe, el definitivo, y el hacha se quebró como estaba prometido.
- ¡Tyr, espera! ¡Yo...!
Pero no hubo otra oportunidad. La había tenido, pero había sido demasiado estúpido. Era un hereje. Le había orado a un dios equivocado toda su vida, cuando el verdadero dios empuñaba una espada rúnica delante de él y le condenaba a muerte. Fue entonces cuando tuvo una epifanía...
Larga y silenciosa fue la caída de Jotum por el abismo abajo. Allí donde su cuerpo cayó, crecen cardos. Es el castigo por matar inocentes.
Tyr le vio caer hasta que no fue más que un punto lejano y anaranjado en el aire congelado del abismo. No sintió pena por él. No se la había ganado en toda su vida.
Cruzó el puente. Frente a él, una torre blanca de marfil con el rostro de una calavera alzó su pináculo al cielo negro y vacío, retando a los dioses. La muerte rondaba a esa hora y Tyr estaba dispuesto a recibirla con los brazos abiertos.
Pensó de nuevo en Tyrsa y el pequeño Balder. Los imaginó acurrucados en el fondo del bote de Hymir, envueltos en pieles, mientras el navío surcaba el océano congelado hacia un horizonte donde aún el cielo oscuro no se había tragado para siempre la luz del sol.
Oraba, pero era un hereje. Aquellos dos se habían convertido en sus dioses y por eso, sería castigado. El segundo en que los pensó se volvió largo, como un extenso mar de cristal donde mora la plenitud.
Tyr sonrió. Ellos escaparían y el moriría, pero habría esperanza. Atrás quedarían el viento helado de Nifflevar y el eco de Ymiron, aullando a la noche el grito eterno del Fiordo.
Otra vida y otra tierra. Otros tiempos mejores vendrían. Por primera vez desde que todo aquella locura había comenzado, tuvo un momento de paz y silencio consigo mismo.
- Matar. Morir. Para eso estamos hechos.
Tyr volvió de su epifanía para verlos venir hacia él, con las hachas en alto y el odio en el rostro. Levantó su espada y saludó llevándose la hoja hacia la frente. La runa en su puño brillaba púrpura y sobrenatural. ¡Ah, qué bello era el abrazo de la muerte!
Pero no, aún no. Mientras despedía a espadazos los ataques de los guardianes, volviéndolos uno con el silencio, sin darse cuenta, allí frente a las frías, vetustas y antiguas paredes de mármol de Utgarde Keep, Tyr había substituido en su corazón a sus dioses de nuevo. Era hereje, una vez más, porque ahora solo pensaba en su nuevo dios.
Mandado: Vie May 08, 2009 6:04 pm Asunto del mensaje:
Capítulo 6.
Tyrsa.
Negro como boca de lobo, así está el cielo. Negro está, y blanco, el manto de la nieve que cubre el mundo agonizante de los Vrykul. Hay murmullos ocultos en el viento, susurros olvidados que evocan la muerte. Un nombre gorjea como una maldición, danzando en las deshojadas ramas de los árboles moribundos. Gélido el viento sopla, huracán de dolores, y llega hasta el alma el frío beso de la tumba.
Se muere el mundo y no hay nada qué hacer.
Y a pesar de eso, Tyrsa corre con el niño en brazos. Cubierto en pieles, como el mayor tesoro del mundo, lo aprieta fuerte, sobre su pecho, su último refugio. Agoniza el mundo y sin embargo, Tyrsa lucha, como viéndolo, como anhelándolo, como si los dioses fueran a darle otra oportunidad.
Ante la adversidad, algo crece en su interior. Es algo nuevo, que no había sentido. Cuando su piel era hierro y plata y piedra, no lo habría sentido, porque era fría y distante, y vivía como en un sueño. Y ahora todo cambia y se agita en su pecho, cabalga desbocado, abriéndose paso entre la fría noche, entre la tormenta de nieve y el huracán. Tyrsa corre y algo húmedo y frío le desciende por el rostro.
En su regazo, el niño duerme. Como un presagio, oculto entre mantos, ignora que es el último día del mundo de los Vrykul.
- Lejos de aquí, en otro lugar...
Y resbala su pie, abriéndose frente a ella el negro abismo, presto a devorarla. Ella se sujeta con una mano y con otra rescata al niño. Por acantilados y montañas, con el cielo negro arriba y la tierra blanca abajo, el mundo se acaba y aún así Tyrsa corre.
- Tyr, mi amor...
Y no lo comprende. Eso que siente, vibrando en su pecho. Un relámpago ilumina el cielo encapotado, materializando la forma sacrílega de Hergann, Dios de la Muerte. Este se ríe. No podrá escapar, por mucho que huya. De él, nadie escapa, y tarde o temprano, todos prueban el frío del hacha, el frío de la hoja de la lanza, el frío de la tumba. Frío y Muerte, sus dos avatares.
Hergann extiende sus tentáculos con forma de viento y nieve, y la atrapa en el remolino de la duda, de la desdicha, de la desesperanza, pero Tyrsa sigue corriendo. ¡Aún en el último día del mundo, Tyrsa corre!
- Lejos, en otro lugar...
Allá suena un trueno y es como el fin de los días. De las profundidades del Niffleheim, los gigantes del hielo emergen: enormes bloques de hielo, congelados hace siglos, que caen unos sobre otros y se precipitan al mar.
Tyrsa mira los icebergs: el océano está cerca. Enfurecido Njörd, sopla y aulla con rabia sobre el fiordo, queriendo destruirlo todo, tomarlo todo, congelarlo todo en el tiempo.
- Estos son mis dominios, los dominios del océano - murmura.
Herjann se enfurece. No permitirá que su presa escape, ni mucho menos, que Njörd se la arrebate y la lleve a dormir en su palacio de algas en oscuridad profundidad de su reino submarino.
- Son míos, son míos...
El susurro se eleva desde lo profundo de la tierra, como una maldición, hasta enloquecer. Es el último día del mundo de los Vrykul, y el oscuro Dios de la Muerte no permitirá que ninguno escape. Ni uno de ellos volverá a probar la hidromiel, ni llevará bocado de jabalí, ni lanzará la flecha de fuego que encienda la barca de los guerreros caídos honrosamente en batalla. Todo será muerte. Todos serán suyos. Todos caerán bajo la maldición de la carne y la sangre.
Pero Tyrsa corre. Teme a Njörd y a la furia de su aullido sobre el fiordo, pero invoca a los dioses, los lejanos y silenciosos dioses de hierro y bronce. Repite sus nombres en la oscuridad y reza...
- Thorim, Señor del Trueno. ¡Qué sea tus pasos los míos!
Y le promete libaciones con vino y carne de jabalí. En lo alto de los cielos, Thorim escucha. Se levanta y se enfurece, levantando en ira el martillo. Y uno tras otro, abate a los gigantes, iluminando el firmamento con sus relámpagos, extendiendo los truenos hasta los confines de la tierra, abriéndole paso a Tyrsa hacia los brazos de la costa.
Allá adelante, está el mar. La villa de Daggercap, con la esperanza disfrazada en la forma de un barco.
- ¡Gracias, Thorim, Señor del Relámpago!
Repentinamente, el hielo cede bajo los pies de la mujer. Todo es hielo, nieve y humedad. No hay de dónde sostenerse y cae. En su último suspiro, abraza fuerte al niño, mientras su cuerpo se hunde en la negrura del abismo.
Y es cuando se da cuenta de que no hay salida.
De la montaña de hielo y nieve, una mano emerge victoriosa. ¡Ni siquiera la montaña ha podido detenerla! Tyrsa sangra, está mal herida. Siente la muerte rodearla, pero aún así lucha. Con dificultad se levanta y aparta las pieles. Bajo ellas, aún duerme el niño el sueño de los inocentes.
- ¿Qué será de mi niño ahora? Su padre está lejos y su madre duerme, en los fríos campos al norte, donde nace el viento...
Es una canción de cuna de las madres vrykul. La cantaban las noches de luna llena, invocando a Freya, señora de la vida y de las criaturas silvestres. Tyrsa arrulla al niño, mientras camina silenciosa. Por un estrecho acantilado, salvada por la voluntad de Thorim, asciende lenta y tristemente.
- ¿Dónde está el guerrero? ¿Qué fue de la espada? ¿Dónde está la luna? Mi niño llora y tiene hambre. Duerme, niño mío. Duerme...
Por el balcón de un risco, se toma de una roca y se empuja hacia arriba. El rastro rojo de su sangre en la nieve le sigue.
- ¿Qué será de mi niño ahora que su madre duerme...?
Y finalmente, se desploma, vencida por el cansancio, aunque algo en su interior le dice que aún no es el final.
Pero está tan cansada... tan cansada...
Tan solo cerrar los ojos, un momento... Un momento y nada más.
- ¿Kuollut?
- Ei.
Tyrsa abre lentamente los ojos. Todo es borroso, pero siente el calor de una hoguera cercana. Mueve lentamente su cabeza. Un rostro le mira fijamente, con grandes ojos llenos de curiosidad. Tyrsa de incorpora de pronto, febril, adolorida. La criatura que le mira da un salto atrás, sorprendida.
- ¡On herättänyt!
Siente una mano que pasa por su frente, limpiando el exceso de sudor. Tiene fiebre, pero no lo sabe.
- ¡El niño! ¡Mi niño...!
Pero no puede levantarse. No siente las piernas y su cuerpo es pesado... como de piedra.
- ¡On herättänyt! ¡Tulevat pian, isä!
- ¿Dónde está mi niño?
Y cree que alucina, porque una enorme cara peluda y con cuernos le mira fijamente. El mundo, definitivamente, se ha vuelto loco.
- ¡Tuominen lapsesi, nopea
La cara peluda y con cuernos desaparece. Su vista se va aclarando. Hay más de esas criaturas.
Está en una estructura redonda, una especie de yurta, construida con maderos y huesos, y cubierta de gruesas pieles. Las criaturas la rodean, pero se alejan prudentemente, porque es famosa la bravura de los vrykul. Ella, no obstante, no podría dañarlos, no tiene fuerzas para ello, pero si esos monstruos le han hecho algo a su niño, morirá desangrada vengándolo antes de que la fiebre acabe con ella.
Entonces, otra criatura aparece. Lleva algo entre los brazos, pequeño y rosado.
- ¡Balder!
El niño vive y está bien. Uno de ellos le amamanta. Horrorizada, Tyrsa levanta los brazos, tratando de tomarlo.
- Kesannointia, nainen, hän on kunnossa - dice entonces uno de ellos, tan grande como un roble y con la cara y los cuernos pintados. - Huolehdimme siitä ja voit.
Entonces, la criatura se acerca y deposita con cuidado al niño entre los brazos de Tyrsa, que se lo lleva al pecho con prontitud.
- Balder... mi pequeño Balder...
Pero las fuerzas le abandonan de nuevo y cierra los ojos. La criatura de antes retira al niño, que busca instintivamente el seno.
- ¿Está muerta?
- No.
Korak Pezuñalarga, señor de los Taunka, mira el rostro de la mujer pálida, mientras esta se debate entre la vida y la muerte. La encontraron apenas a tiempo, cubierta por la nieve, casi congelada. ¡Quién sabe cuántas horas llevaba ya allí!
Creyó al principio que estaba muerta y ordenó a sus taunka guardar distancia, no fuera a ser una celada. Famosos eran los vrykul, y crueles, para cazar a su gente y quitarles sus gruesas pieles. Aquellas atrocidades hubieran llevado a cualquier jefe taunka a abandonar semejante enemigo a su suerte, pero no Korak de Cingala. Su corazón era noble, tan grande como él mismo, y no podía tolerar el sufrimiento de ninguna criatura, incluso de sus propios enemigos. Además, había sido movido a compasión apenas descubrió al cachorro rosado de vrykul envuelto en pieles... en pieles de taunka.
Así que la había recogido y la había llevado a su aldea en Icemist, en el árido desierto de hielo. Algunos de la tribu habían protestado, pero la chamán había hablado: era voluntad de los espíritus que aquella criatura fuera salvada, así que en el calor de un lecho, dentro de la propia yurta de Korak, la mujer vrykul había sido depositada.
Pero el niño estaba mal. Deshidratado, helado, casi muerto. Mucho habían rogado a los espíritus los chamanes para tratar de salvar al niño, hasta que el fuego había respondido.
- Que uno de vosotros le amamante... - siseó el fuego, y todos se habían horrorizado.
- ¿Dar nuestra leche a un vrykul?
- Debes haber interpretado mal.
- Es una abominación.
Pero la chamán más anciana de la tribu había dicho que esa era la respuesta del Fuego. Si querían que el niño viviera, una de las taunka debía acceder voluntariamente a darle su leche al niño.
Y fue Gesha, esposa de Korak, la que había accedido, con reticencias, pero persuadida por el noble corazón del inmenso esposo.
Detrás de los sacos donde guardaban la carne de la cacería, Bully, hijo de Korak, miraba la escena con prudente silencio. Si aquél ser rosado iba a beber de la leche de su madre, de algún modo y según la tradición taunka, pasaba a ser su hermano. Y eso no dejaba de provocarle ansiedad. Le habían enseñado que los vrykul eran criaturas pérfidas y malvadas, que gustaban de asesinar a su gente, comer su carne y robar su piel. Les temía... y ahora era hermano de aquel monstruo.
Consultó aquello con su isoisä, su abuelo. El viejo taunka no había podido evitar reir ante la ocurrencia del pequeño. Con paciencia, le había explicado que todas las criaturas eran diferentes, y que si los espíritus habian determinado que aquel pequeño vrykul viviera, era para algo bueno. Bully no entendía a los espíritus muy bien, pero los respetaba, así que se conformó con la explicación del abuelo. Eso sí, no le daría al cachorro de vrykul ni su lanza ni su hacha, como exigía la tradición. Bastaba ya con tener que compartir a su madre.
Entonces, sintió curiosidad por la mujer que descansaba en el lecho de sus padres. ¿También ella era ahora parte de su familia? Francamente, esperaba que no. Se acercó sigilosamente, sin que le vieran los mayores, que hablaban y preparaban la caza alrededor del hogar, y miró de cerca, detenidamente a la mujer.
En eso, ella abre los ojos. Bully se acerca, aún más, abriendo mucho los suyos para no perderse de nada. La mujer se incorpora intempestivamente. Bully da un salto y retrocede tomado por sorpresa. Ella le mira con los ojos desorbitados, febril, confundida.
- ¡Ha despertado!
La anciana chamán taunka acude, avisada por el niño. Toma un paño y lo moja en el agua helada del cuenco que está al lado del lecho, y se la pasa por la frente. Tiene fiebre, pero la vrykul parece no darse cuenta.
- ¡Mitt barn! ¡Mitt barn! - dice la mujer con desespero.
- ¡Ha despertado, apresúrate padre!
Korak ha entrado en la tienda y nota el alboroto. Su enorme masa corporal se abre paso entre los curiosos taunka, que rodean el lecho, mientras les ordena retroceder.
- Quiere al niño... - le murmura la anciana, mientras se retira prudentemente.
- ¡Traed al niño, rápido! - ordena acertadamente Korak.
Gesha se levanta del hogar, donde ha permanecido amamantando al niño. Se acerca a la vrykul y se lo muestra. Ella hace ademán de tomarlo. Gesha mira a Korak y duda. El taunka asciente y ella le entrega al pequeño.
- Descansa, mujer, él está bien - dice el jefe taunka, aunque sabe que aquella no le entiende, pero quizás se apacigue si le habla dulcemente. - Cuidaremos de ambos, de él y de tí.
- Baldr... pikku Baldr...
La vrykul se calma y pierde el sentido de nuevo. Gesha mira a Korak y éste le indica que tome al niño.
- ¿Crees que sobreviva esta noche? - pregunta Korak a la anciana chamán que cuida de la vrykul.
- Es difícil saberlo. Está en muy mal estado. Los espíritus están inquietos.
- Si muere, ¿qué haremos, pues, con el niño?
- Supongo que devolverlo a los suyos. No puede quedarse entre los taunka. No es uno de nosotros.
- ¡Pero si lo es ahora, isä! - saltó Bully, entrometido. - Si toma la leche de mi madre, es mi hermano. Así lo dijo mi isoisä.
- ¡Bully! ¡Hiljaisuus! - reprendió el padre. - ¡Bien sabes que no debes interrumpir a los adultos!
Bully calló y se hizo a un lado, sin apartar la vista del pequeño poika vrykul que era ahora su hermano.
- El niño tiene razón, sin embargo - dijo la anciana chamán. - La tradición así lo exige.
- Ya he arriesgado bastante en traer una mujer vrykul hasta aquí. ¿Qué tal si la están buscando? Podrían atacarnos.
- Es un riesgo que se corre, sin embargo. ¿Qué te dice tu corazón, joven jefe?
Korak Pezuñalarga reflexionó unos momentos. Miró a la mujer. No sobreviviría la noche. Y no podía tampoco arriesgar su villa.
- El niño será devuelto a los suyos. Si la madre muere, organizaré una expedición y llevaré a la criatura a la aldea vrykul más cercana. Ellos sabrán qué hacer con él.
CONTINUARÁ... _________________
Last edited by Roderich on Dom May 10, 2009 9:45 pm, edited 3 times in total
Mandado: Vie May 08, 2009 9:34 pm Asunto del mensaje:
Por fin la tan ansiada continuación... Y como de costumbre, dejando en vilo al lector en el último momento, jeje. Seguimos esperando el siguiente, viejo pandaren _________________
La muerte nos sonrie a todos, asi que... devolvamosle la sonrisa
Mandado: Sab May 09, 2009 10:05 am Asunto del mensaje:
Quote:
Aquellas atrocidades hubieran llevado a cualquier jefe taunka ha abandonar a semejante enemigo a su suerte, pero no Korak de Cingala.
Me has matado xD
También leí la palabra ''chance'' por ahí y me quedé vuelto del revés.
Aun así, no puedo decir otra cosa que muy bien. El último giro de los taunka indica que van a tardar un millón de capítulos en partir hacia... ¿Vinland se llamaba? Donde todo era más verde, ya sabes. Lordaeron, imagino, que está ''cerquita''.
Tienes 4 historias activas al mismo tiempo. No sé si es una temeridad o que realmente ayuda escribir variado para no quedar saturado con una historia en concreto. Yo con los Dioses de Hierro estoy algo quemado, que me quedarán 3 o 4 capítulos para terminar y he comenzado Agujeros y Cucharas, así, de golpe xDD
Pero bueno, lo único que espero es no tener que esperar una eternidad a que termines todo eso. ¡Ánimo! _________________ Leviatanes Mecánicos: vendemos ironía
Mandado: Lun May 11, 2009 7:26 pm Asunto del mensaje:
Pretor_Khas escribió:
Quote:
Aquellas atrocidades hubieran llevado a cualquier jefe taunka ha abandonar a semejante enemigo a su suerte, pero no Korak de Cingala.
Me has matado xD
También leí la palabra ''chance'' por ahí y me quedé vuelto del revés.
Aun así, no puedo decir otra cosa que muy bien. El último giro de los taunka indica que van a tardar un millón de capítulos en partir hacia... ¿Vinland se llamaba? Donde todo era más verde, ya sabes. Lordaeron, imagino, que está ''cerquita''.
Tienes 4 historias activas al mismo tiempo. No sé si es una temeridad o que realmente ayuda escribir variado para no quedar saturado con una historia en concreto. Yo con los Dioses de Hierro estoy algo quemado, que me quedarán 3 o 4 capítulos para terminar y he comenzado Agujeros y Cucharas, así, de golpe xDD
Pero bueno, lo único que espero es no tener que esperar una eternidad a que termines todo eso. ¡Ánimo!
Gracias por la crítica. He corregido los horrores ortográficos.
De paso adelanto que la estructura de este cuento ya está terminada. Es como una especie de guía que me he hecho para saber de qué va el cuento y así terminarlo más fácilmente. No creo que se me haga muy largo y la línea temporal es bastante líneal, a diferencia de los otros, donde hay flashbacks y saltos en el tiempo que hacen la trama más complicada. En lo particular, me ha gustado como quedó el final, aunque temo que puede que muchos no queden del todo satisfechos si están esperando algún cambio especial (cuando lean el desarrollo sabrán de qué hablo). Hay, eso sí, unos giros inesperados y habrá que ponerle mucha atención a ciertos personajes, para detectar los guiños que he introducido.
Les dejo el 7.
Saludos.
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Capítulo 7 La Ciudadela de Utgarde
Fue construida en otro tiempo, cuando el mundo aún era joven, esculpida en la misma piedra marmórea donde su estilizada y marfileña figura se erige, como un vigía. Alta y señorial, la torre blanca de los vrykul se alza hacia el cielo oscuro y encapotado, pudiendose mirar desde muchos kilómetros de distancia las dos sobrecogedoras efigies con rostro de calavera. En otro lugar, hace mucho, representaron a dos grandes reyes. Deformados y olvidados por el paso de los siglos, aún la eterna roca no es inmune al tiempo, dándoles el gélido viento del norte y el golpe de las mareas del océano su actual y tenebrosa cara.
La Ciudadela de Utgarde, la fortaleza de los vrykul, se levanta sobre un peñón rocoso a la entrada del Fiordo que Aúlla. Los rostros cadavéricos grabados en la dura roca miran hacia el océano congelado, mientras que el alto pináculo se yergue rascando el cielo y lanzando hacia él, el humo de la fragua que alberga en el interior.
La fortaleza es una sola, aunque para efectos prácticos, se le divide en dos partes: la Ciudadela propiamente dicha, y el Pináculo. A la entrada de la Ciudadela, luego del largo pasillo de acceso, se encuentra la Fragua. Se trata de un salón circular con grandes columnas de madera, en cuyo centro se encuentra la Fragua propiamente dicha, una enorme estructura de metal con forma de cráneo, dentro de la cual hierve el hierro líquido a grandes temperaturas, provocando columnas de gas que de vez en cuando se encienden y son expulsadas en forma de grandes llamaradas incandescentes por la “boca” de la calavera. Allí, los esbirros de Ymiron forjan lanzas, hachas, espadas, armaduras, escudos, yelmos, preparándose para una guerra inevitable contra el enemigo, cualquier enemigo, que se atreva a pisar las desoladas y gélidas tierras de Nifflevar. Unas escaleras separan la Fragua de los Establos de los Dragonflayers, los jinetes de protodracos leales a Ymiron y que forman su élite personal. Letales protodracos, reminiscencia del lejano pasado de los grandes reptiles, son entrenados aquí para cargar con un guerrero vrykul al lomo y aterrorizar desde el cielo a los enemigos del gran rey. Subiendo las escaleras desde el establo, se accede al Salón de los Saqueadores, donde se realizaban las asambleas del Rey con los líderes de las aldeas. Este espacioso lugar era el sitio donde se había llevado a cabo la reunión en la que Ymiron había ordenado la ejecución de los niños deformes.
Por unas amplias escaleras, llamadas Las Escaleras de Nidvar, se accede a la segunda planta de la fortaleza. Estas se comunican con las Escaleras de Njorn, que dan al tercer nivel, pero antes existe una pequeña plaza que sirve a la vez de descanso y parapeto, donde Annhylde, lugarteniente valkyr bajo el mando de Svala, ha colocado una guarnición bajo órdenes de Ingvar El Saqueador, para controlar el acceso a la tercera planta. Tras subir las Escaleras de Njorn, se entra a La Terraza, que como su nombre lo indica, es una amplia terraza de forma circular la cual da vista al exterior. Desde la Terraza puede observarse gran parte de Nifflevar y el Fiordo, y se encuentran las barracas de los guerreros. Este es el lugar donde residen la mayor parte del tiempo Annhylde e Ingvar, encargados de la defensa de la fortaleza. Un largo puente, blanco y de piedra, emerge por uno de sus costados y lo conecta con una torre construida sobre un promontorio rocoso, encima de una gran catarata de heladas aguas, que vigila los salones de guerra donde los ejércitos de vrykul descansan. Enormes gárgolas de guerra con forma de dragones, talladas en madera, abren sus fauces amenazadoras hacia el océano, advirtiendo a los indeseables el peligro que les espera si se atreven a introducir sus naves por las oscuras y engañosas aguas del fiordo. Esto es lo que se conoce como el Pináculo de Utgarde, y son los aposentos desde donde el gran Ymiron, rey de los vrykul, vigila sus dominios.
El Pináculo es una pequeña fortaleza en sí mismo: solamente se puede acceder por el puente, fuertemente defendido por los fanáticos del Clan Dragonflayer. Un gran salón, la Corte Real, precede a la entrada del Salón del Trono. En el exterior, se encuentra el Observatorio, al aire libre, que permite ver al cielo, y es donde los druidas y sacerdotes del rey estudian las estrellas e interpretan las runas y designios de los dioses.
Grandes columnas de madera sostienen el alto techo del amplio Salón del Trono. Candelabros colgantes lo iluminan con velas, mientras largos y rudos estandartes con cadenas, hachas y lanzas adornan las paredes. Una alfombra roja sobre el suelo de pino conduce al Asiento de Ymiron, al que se asciende por un juego de escaleras. A la derecha del trono, el Cuarto del Tesoro se haya fuertemente cerrado bajo llave, la cual porta Ymiron colgando de su pecho. A la izquierda, el Salón de Trofeos oculta muchos secretos del pasado, así como despojos de todas las batallas donde los reyes vrykul han obtenido la victoria. El Ojo del Águila, un gran balcón, permite al rey observar a lo lejos el océano congelado y, en otro tiempo, divisar las flotas de drakares que remontaban el frío y traicionero mar. Tras el trono, otro cuarto más pequeño, llamado el Nido del Cuervo, es el lugar más íntimo del sitio. Allí, Ymiron se reúne con sus generales para planear las estrategias de guerra y dirigir la defensa de la fortaleza, pues permite observar tanto el Fiordo como la vasta llanura cubierta de nieve.
Es allí en el Nido, donde se encuentra ahora Ymiron, observando el helado desierto de hielo de lo que alguna vez fue su reino. Recuerda tiempos más felices, tiempos donde la tierra era verde y el cielo claro. Desde el inicio de la última Gran Helada, el océano se había vuelto traicionero y la tierra estéril. Una densa y extensa capa de nieve se extendía por lo que alguna vez fueron campos de cultivo. Allá abajo, al pie de la montaña sobre la cual está construida Utgarde, se podía mirar el poblado de Nifflevar, el asentamiento más grande que ahora quedaba, luego de que muchas ciudades y pueblos de los vrykul desaparecieran por causa del súbito congelamiento del mundo.
El reino estaba en decadencia. Ymiron no dejaba de maldecir a los dioses por ello. ¿Por qué le había tocado a él, precisamente a él, reinar en la era en la que el gran imperio construido por sus abuelos no era más que cenizas de lo que alguna vez fue? Los campos habían sido arrasados y cubiertos de escarcha. Las manadas de colmipalas habían emigrado buscando mejores pastos o simplemente habían dejado de existir, y una serie de pérfidas criaturas, dragones, trolls y otras bestias rumiaban por la tierra, deseosos de la sangre fresca de su pueblo.
Sangre. Sangre y carne. En eso se habían transformado. Muchos de los vrykul ya no lo recordaban, pero hubo un tiempo en que ellos no fueron carne y sangre, sino hierro, bronce y piedra. Sus cuerpos habían cambiado a lo largo de los siglos y solamente algunos conservaban una que otra parte que remembraba la era en que fueron inmortales. Uno de esos seres era Tyr, cuya mano derecha aún era de hierro. En cierto modo, esto despertaba en Ymiron la envidia y la ira, porque hacía muchos años que él había dejado de ser un vrykul de hierro. La carne, la sangre y con ellas, las pasiones, los sufrimientos y los pesares habían caído como una lápida sobre su espíritu. Aún peor. La perspectiva de dejar de existir, de transformarse en nada más que polvo, de acabar convertido en cenizas mientras se cuerpo era consumido por la prole de Jormungar, el gran gusano, le habían robado el sueño al señor de los vrykul.
Muerte. Solamente pronunciar aquella palabra era suficiente para estremecer todo su cuerpo. El frío de la muerte se había instalado entre las coyunturas de sus huesos, en su corazón y en su cabeza, obnubilando su juicio. El nacimiento de los niños vrykul deformes no había hecho más que confirmar que su raza iba en declive y que los dioses los habían abandonado y maldecido.
Pero él no estaba dispuesto a morir. No. No permitiría que la fría guadaña de Herjann, el dios vrykul de la muerte, se posara sobre su cuello y le arrebatara el aliento. Antes bien prefería vender su alma - si es que en verdad existía tal cosa - que volver a la roca de la que había sido formado.
Una sombra se movió a las espaldas del gran rey. Ymiron se volteó y sus ojos enrojecidos por el hidromiel se toparon con el arrugado rostro de Bragi. El druida no era un hombre viejo, pero aparentaba mucho más edad de la que en realidad tenía. Era el único que podía interpretar las runas, único medio que los dioses habían dejado a los vrykul para comunicarse con ellos, y es por eso que Ymiron lo mantenía a su lado, pues detestaba su sola presencia, ya que le recordaba contínuamente que el destino era inexorable, mas Ymiron odiaba imaginar que no era dueño de su propio destino.
- ¿Qué quieres? - dijo Ymiron con su voz ronca y seca.
Bragi tragó saliva y se preguntó si debía realmente decir lo que había venido a decir. Tras unos segundos de duda, en los que incluso se había dado vuelta para retirarse, decidió tomar valor y encarar al rey.
- Mi señor - dijo. - No se moleste conmigo su magnanimidad, pero vengo a decirle algo de suma importancia.
Ymiron se volvió y miró al druida, que temblaba ante la imponente figura del gigante en armadura.
- Habla, pues. No me hagas perder el tiempo. Pero antes dime primero si se ha cumplido mi mandato.
- Se ha cumplido vuestra orden como habéis dicho. Los... los niños han sido ajusticiados y los padres que se han resistido han sido llevados a Gjalerbron para su ejecución.
- Bien. Todo marcha como ha sido planeado - dijo Ymiron quitándole la vista de encima y posándola nuevamente sobre Nifflevar.
- Mi señor, antes bien, he de deciros que puede que nos hayamos equivocado.
Ymiron se volvió de nuevo a mirar al druida. Su rostro denotaba furia y lanzaba chispas con la mirada.
- ¿¡Qué diablos has dicho!?
Lo que esperaba había sucedido, y por un instante, Bragi sintió que en cualquier momento Ymiron sacaría el hacha y se la pasaría por el cuello.
- He dicho que puede que hayamos interpretado mal las runas...
- ¿¡Qué hayamos interpretado mal las runas!? ¿Y no se supone que es ese tu trabajo, gusano idiota?
Bragi retrocedía y había inclinado ahora una rodilla en tierra, mientras la sombra de Ymiron parecía crecer al calor de la hoguera y lo hacía ver gigantesco y terrible.
- Mi señor, debéis comprender. Las runas siempre han sido interpretadas al calor del fuego y de la luz de la luna, pero las piedras que vos me dísteis...
- ¿QUÉ? ¿QUÉ PASA CON LAS PIEDRAS QUE YO TE DI? ¿INSINÚAS A CASO QUE ES MI CULPA?
- ¡No, no, mi señor! ¡De ningún modo! Pero esas runas eran extrañas... Había magia oscura en ellas...
Ymiron dio un paso que hizo temblar la torre entera. Bragi cayó de espaldas, levantando los brazos para cubrirse de la ira del amo. En ese momento, la puerta de la cámara se abrió y la figura de una mujer en armadura penetró en el recinto.
Svala Sorrowgrave era la guardiana de Ymiron, su segunda al mando, y también su amante. Era un valkyr voraz y pendenciera, de gruesas y firmes caderas, ojos penetrantes profundamente azules y cabellera rubia. Iba vestida con la pesada armadura de los guerreros y portaba un enorme sable. La escena que la ruda vrykul observó era un poema: el fiero Ymiron, armado hasta los dientes, levantando el hacha sobre su cabeza, dispuesto a dejarla caer sobre el indefenso Bragi, caído en el suelo.
- ¿QUÉ DIABLOS PASA? - gritó Ymiron al ver interrumpido su "ajusticiamiento".
- Mi amo y señor - dijo Svala con voz suave y persuasiva, pero de tono frío y calculador, la misma que usaba cuando quería algo de Ymiron. - El guerrero Tyr ha penetrado en la fortaleza atacando a nuestros guerreros. El gigante Jotum yace en lo profundo del barranco bajo el Bifrost y ya tres más de los nuestros han entregado su lanza a Herjann.
- ¿Se ha vuelto loco? ¡Osa desafiarme!
- Ahora se encuentra en los Establos de los Dragonflayers, luchando contra los jinetes. Su furia es incontenible y clama venganza por la sangre de los inocentes de Nifflevar.
- ¿Inocentes? ¡Nadie es inocente en este pestilente mundo!
- Cumplo con informaros sus palabras, mi señor. Dice que viene por vuestra noble y real cabeza.
- ¡MALDITOS SEAN LOS DIOSES QUE SE BURLAN DE MI Y MALDITO SEA TYR MANO DE HIERRO!
Ymiron era una borrasca desencadenada, revolviéndose como un león enjaulado y hambriento. Bragi aprovechó la ira del rey para levantarse y retirarse poco a poco hasta la puerta, pasando detrás de Svala, la única que podía sufrir y soportar la furia del gigante.
- Me pregunto ahora quién ha perdido la razón... - murmuró el druida antes de hacerse humo escaleras abajo, rogando a los dioses no toparse con el vengador Tyr. Svala lo escuchó y clavó su mirada en él, para luego volverse de nuevo y lidiar con Ymiron.
- He ordenado a mi lugarteniente Annhylde que le detenga en la Fragua mientras reforzamos aquí vuestra seguridad - Svala se volvió y llamó. Dos enormes vrykul con pesadas armaduras penetraron en el recinto. - Gortok y Skadi os guardarán en caso de que no podamos detenerle antes de que arribe hasta aquí.
- ¡Bah! ¡Dejádle entrar! ¿Quiere la sangre de Ymiron? ¡Qué venga! ¡Qué venga y le daré a probar mi hacha!
Svala se miró con los dos enormes guerreros, luego hizo una leve inclinación, y salió seguida de Gortok y Skadi, cerrando la puerta tras ellos.
Ymiron se quedó solo en el salón, iluminado por la luz del fuego de los leños ardiendo en la hoguera, mirando hacia el descampado por el balcón que daba a Nifflevar, mientras tragaba jarra tras jarra de hidromiel.
Una ráfaga de viento gélido y cortante penetró al salón, apagando las velas y casi extinguiendo la hoguera de la chimenea.
- El Gran Ymiron no teme a nadie... El Gran Ymiron será inmortal...
Ymiron se sobrecogió al escuchar aquella voz tétrica, que no supo diferenciar si era masculina o femenina, y que parecía resonar en todas partes, pero no venir de ninguna en específico.
- Eres tú... Estás aquí... - dijo.
- Las runas no se equivocan... las runas dicen la verdad...
- Sí, dicen la verdad.
- Los aberrantes deben morir... solo así la victoriosa raza de los vrykul vivirá por siempre... solo así la gloria de Ymiron vivirá por los siglos...
El viento sopló e hizo un remolino. Una figura se formó en la oscuridad. Unos ojos centellearon, mientras la criatura metafísica avanzaba hacia Ymiron. Sus pasos eran medidos, como el leopardo de las nieves que se presta a lanzarse sobre su presa. Por fin, tomó forma.
- Ymiron vivirá por siempre... (Él reclama la sangre de los aberrantes... El guerrero Tyr… déjalo subir para que encuentre su perdición… Mátalo… a él y al druida...) ¡Ymiron será inmortal…!
La voz ahora era claramente de una mujer vrykul. La fémina se había acercado a Ymiron, que estaba encantado en el brillo de sus ojos. Toda la ira había desaparecido. Ahora solo tenía ojos para ella.
La mujer caminaba cadenciosamente y le susurraba de cuando en cuando dulces palabras al oído del rey, pero a veces parecía escuchar un eco, como si tras las palabras de la mujer hubiese otras palabras, ocultas intencionalmente.
- Ymiron será inmortal... ¡Nadie se atreverá a retar a Ymiron y vivirá...! (…Matarás a los aberrantes... al guerrero Tyr y al druida... Una sola muerte o mil de ellas... Luego marcharás al norte, a la morada del maestro, y le rendirás tributo...)
- Y yo seré un dios finalmente...
- Sí, serás un dios... el más poderoso y temible... Cumplirás tu destino… Arrebatarás el martillo a Thorim y lo derribarás... ¡Y tus súbditos cantarán tu nombre...! ¡Ymiron! ¡Glorioso Ymiron! (Irás al norte, a la morada del maestro... ¡Y lo liberarás!)
Y diciendo esto, se desvaneció.
Tyr levantó la espada y la dejó caer pesadamente sobre el brazo del guerrero que le impedía el paso, cercenando el miembro desde el antebrazo. El vrykul lanzó un grito de dolor y Tyr terminó de quitárselo de encima empujándolo con un pie, mientras se preparaba para detener el ataque de otro guerrero que se lanzaba furioso sobre él, hacha en mano.
Le habían emboscado en la Fragua, donde ahora luchaba encarnecidamente contra cinco y hasta seis al mismo tiempo. Había logrado romper la resistencia de algunos que le habían cerrado el paso en el túnel de la entrada, pero nunca hubiesen imaginado que la ira del guerrero le triplicaría la fuerza de aquella manera.
Los que luchaban contra él eran en la mayoría herreros y algunos guardias. Un vrykul le atacó por detrás, tratando de ensartarlo con una espada a medio fundir. Apenas logró Tyr esquivar el ataque, resultando sin embargo con una quemadura sobre su brazo izquierdo. Dándose vuelta, empujó al atacante con el hombro, haciéndolo retroceder, para luego traspasarlo en el pecho con el arma. Al hacer la espada hacia atrás para zafarla del cuerpo, el vrykul trastabilló y cayó en la lava incandescente que chorreaba de la enorme Fragua. A otro se lo había quitado de encima con un cabezazo, abriéndole la frente, y mientras otro se desangraba con un tremendo golpe en la nariz, Tyr hacía retroceder a un par de guerreros que se le venían encima.
Anonadados estaban los defensores ante la acometida del legendario guerrero, famoso por sus grandes hazañas en el combate, y muchos no se atrevían a detenerlo. Tyr se fue abriendo paso hasta llegar al pie de la escalera que da a los Establos de los Dragonflayers. Uno de los protodracos voló hacia él, empujado por su jinete, pero con ágil movimiento Tyr logró agacharse y clavarle la espada en el abdomen. Cayó la criatura chillando y bufando de dolor, yendo su jinete a darse tremendo cabezazo en una inmensa columna de madera, torciéndose el cuello. Los otros protodracos retrocedieron, confundidos por el llanto de dolor del draco caído, lo que Tyr aprovechó para cortar la cabeza de otros dos y atravesar a sus jinetes con sendos golpes.
Desde lo alto de las Escaleras de Nidvar, Annhylde e Ingvar observan al guerrero combatir.
- No pasará de los protodracos – afirma Ingvar, llamado El Saqueador por su fama a la hora de repartirse los botines de guerra.
- Yo no estaría tan segura – respondió Annhylde. – Será mejor reforzar la guarnición en lo alto de Njorn.
- Pelea una batalla imposible de ganar – dijo el guerrero. – Yo solo me basto para detenerlo. ¡Pagh!
- Legendaria es la fama del guerrero Tyr, y ahora se atreve a retar a Ymiron en persona, todo por unos abominables deformados. Sea cual sea el desenlace, no debe pasar de esta escalera.
Annhylde e Ingvar sintieron que alguien descendía y se volvieron. Era Svala Sorrowgrave, enfundada en su armadura de acero, quien espada en mano se acercaba a ellos.
- ¿El guerrero Tyr? ¿No han logrado detenerlo?
- No aún, pero lo haremos, mi señora – respondió Annhylde.
Un protodraco pasó volando desde los Establos y fue a estrellarse contra uno de los muros.
- Sí, ya veo – señalo Svala.
Al pie de la escalera, la figura de Tyr, espada en mano, se dibujó como un mal hado del destino. Sangraba profusamente de una mordida en el brazo derecho, y aunque se le veía exhausto, parecía no querer ceder un ápice.
- Sabes que no lograrás vencernos a todos, Tyr – dijo Svala.
- Me conformo con causaros unos cuantos dolores de huesos rotos – dijo fríamente el guerrero.
- ¿Somos acaso los vrykul tus enemigos? ¿Qué te lleva a cometer semejante locura? Tu estrategia cae por su propio peso. Aun cuando nos mataras, no pasarías más allá de la guarnición. Jamás llegarás a él.
- Con llamar su atención me vasta. He venido a cortar la cabeza de la serpiente. Ymiron pagará por sus crímenes.
- ¡Eso si yo lo permito, traidor!
El gigantesco Ingvar enarboló su hacha, y lanzando un grito estremecedor desde lo profundo de su ser, se lanzó furibundo sobre Tyr. El guerrero rubio se hizo a un lado y usando su espada como obstáculo, utilizó la propia fuerza del impulso de su atacante contra él, haciéndole rodar escaleras abajo.
- A Jotum, a Brekla y a Vargir he matado – dijo Tyr. – Y muchos otros han probado ya el frío acero de mi espada. ¿Quieres ser tú el siguiente, imprudente Ingvar, que atacas con ira y sin medir tus energías?
Ingvar se puso en pie, invadido de cólera, pero entonces Svala intervino.
- ¡Detenéos, Ingvar, que Ymiron ha ordenado que se le abra el paso al guerrero!
Todos se miraban asombrados ante las palabras de la consorte de Ymiron.
- Tyr Mano de Hierro, hijo de Wotan – dijo a su vez Svala. – Ymiron desea darte la oportunidad de implorar su clemencia. Tú eliges: morir rápidamente por tu propia espada o sufrir la ira del rey y el oprobio de los tuyos mientras eres quemado en vida entre los oscuros muros de Gjalerbron.
- ¿Clemencia he de pedir a quien no la tuvo con unos pobres indefensos? – dijo Tyr. – Antes bien, lo que quería me has otorgado: si he de morir, lo haré vengando la memoria de estos niños. ¡A Ymiron he de ir, por Herjann!
Annhylde cruzó su mirada con Ingvar, y se apartó cuando Tyr, sin siquiera mirarla, subió las escaleras rumbo al Pináculo.
- ¿Cómo puede Ymiron darle la oportunidad de matarlo? – dijo Ingvar, contrariado.
- Alguna sorpresa le tiene reservada – dijo Annhylde. – Eso puedes darlo por seguro.
En lo alto del Observatorio, Bragi Lenguabronce mira las estrellas. Mide y calcula y luego, lee en las runas. No le gusta lo que lee.
Se ha equivocado. Todo ha sido su culpa y no hay ya remedio. Compara la lectura en las runas que le diese Ymiron con las suyas.
- Hemos sido engañados… - murmura y se golpea el pecho.
Pero, ¿qué puede hacer ahora? Por los campos de nieve de Nifflevar, los lacayos del rey vrykul recorren las aldeas, asesinando a los débiles recién nacidos. Toda una generación perdida. Sin saberlo, los vrykul se están comiendo su propio futuro.
- Esto… esto es un sacrilegio. ¡Una locura!
¿Locura? No. Esto era Utgarde. Estos eran los vrykul, o al menos, en lo que se habían convertido: viles guerreros sedientos de sangre, vampiros de su propia descendencia.
Los dioses los habían abandonado. Y ellos habían terminado de cerrar el círculo al exterminar su única esperanza. Ymiron estaba loco, de eso no había duda. Loco o ambicionaba algo, algún secreto plan que los condenaría a todos.
- ¡Ah, Thorim! ¡Escucha mi súplica!
Pero los oídos del dios estaban cerrados a sus plegarias. Bragi supo que tenía que hacer algo o la tragedia sería completa. Pero, ¿qué hacer? Todo estaba ya consumado y las runas habían dado su veredicto: el reino de Ymiron había visto ya su último amanecer.
Sin poder hacer nada más, hizo lo único que podía hacer: lanzar otra vez las runas. No esperaba que cambiaran lo que habían predicho: el destino es inexorable y las runas nunca se equivocaban. Pero decidió lanzarlas de todos modos. Las piedras grabadas giraron en el aire helado y rebotaron sobre el duro suelo. Y entonces…
- ¡Por Hodir…!
Y entonces vio lo que no había visto. Las runas nunca se equivocaban… pero los seres mortales sí que lo hacían, y él acababa de darse cuenta de ello. Era un detalle, una pequeñez ínfima… pero que leída adecuadamente, era lo que había estado esperando.
Miró hacia el cielo. Todo lo que en cielo se escribe, tiene su reflejo en la tierra. Y allí donde las runas habían apuntado, en un pequeño espacio negro del firmamento oscuro, se asomaba una estrella de luz trémula, apenas perceptible, pero cuyo fulgor aumentaba poco a poco.
- ¡Oh, dioses! ¡Dioses!
Bragi leyó las runas de nuevo. ¡Aún había esperanza! Estaba lejana, casi extinguiéndose, pero la había. Las runas le habían dicho que para alcanzarla, él debía sobrevivir.
Se levantó intempestivamente y fue entonces cuando se dio cuenta de que alguien le cerraba el paso.
Era Ymiron.
- ¡Mi rey! ¡Mi señor! ¡Lo he visto! ¡Hay esperanza para los vrykul!
Pero Ymiron no dijo palabra. Estaba ebrio, con los ojos rojos, y tenía una espada desenvainada en una mano.
- Mi señor… no pensaréis…
- Me has servido bien, Bragi – dijo Ymiron. – Pero te has convertido en un estorbo. ¡Nadie impedirá que alcance mi destino!
- Pero mi señor…
No pudo terminar. Ymiron le había clavado la espada en el abdomen. Bragi sintió el frío de la hoja mientras Ymiron la sacaba de golpe, junto con la vida que se le escapaba por la herida. Su sangre inundó la nieve y él cayó de rodillas.
- Es… es esa mujer… - dijo Bragi, - la mujer que le habla en sueños… ella… ella es…
Pero no pudo decir nada más.
- Así como tú te inclinas, se inclinará ante tu rey el mundo – dijo Ymiron, y dándole un empujón, lo tiró hacia el abismo que se abría abajo, hundiéndose su cuerpo en las oscuras aguas del fiordo.
CONTINUARÁ... _________________
Last edited by Roderich on Lun May 11, 2009 9:50 pm, edited 15 times in total
Mandado: Lun May 11, 2009 8:10 pm Asunto del mensaje:
Capítulo largo, consistente, y con mucha "chicha". A destacar la descripción de Utgarde, tanto de la ciudadela como el pináculo, mientras leía, me iba dando un paseo por las dos mazmorras del propio juego.
He conseguido identificar a algunos personajes con sus "equivalentes" en la mitología nórdica (al menos, bajo mi punto de vista y según voy leyendo), pero debo decir que me agrada enormemente que no estén, de momento, encajados del todo en los papeles de dicha mitología.
Por lo demás, decir que me alegra que esta historia tenga perspectiva de llegar a su conclusión, y bueno, he pillado una falta ortográfica:
Roderich escribió:
introducir sus naves por el las oscuras y engañosas aguas del fiordo
Solo me queda decir que espero con ganas la siguiente entrega. _________________
La muerte nos sonrie a todos, asi que... devolvamosle la sonrisa
Mandado: Lun May 11, 2009 8:30 pm Asunto del mensaje:
Me ha parecido muy interesante, creo que sé como va el desenlace de la historia ^^.
Tengo unas cuantas cosas que he visto y no se si están bien del todo... allá van:
En la primera línea, en vez de "con el mundo aún era joven" es "cuando el mundo..."
Como detalle personal prefiero lo nombres en original, ---> Howling Fjord <--- pero eso es cosa de gustos. (Al menos no has puesto Fiordo Aquilonal )
En todo el capítulo me han parecido raras o excesivas las comas que has utilizado, por si te interesa releerlo.
Justo después de lo que ha comentado Rabbit: Estos es lo que se conoce como el Pináculo de Utgarde, y son los aposentos desde donde el gran Ymiron, rey de los vrykul, vigila sus dominios. (En vez de Estos sería Esto)
Que más... ah sí, he visto que has utilizado la palabra Trono como nombre propio en alguna ocasión.
Y creo que algún que otro detalle, por lo demás, espero con locas ideas en mi cabeza el desenlace ^^. _________________ 87451232549087. 6.
,1.
Mandado: Lun May 11, 2009 9:07 pm Asunto del mensaje:
Rabbit escribió:
Capítulo largo, consistente, y con mucha "chicha". A destacar la descripción de Utgarde, tanto de la ciudadela como el pináculo, mientras leía, me iba dando un paseo por las dos mazmorras del propio juego.
He conseguido identificar a algunos personajes con sus "equivalentes" en la mitología nórdica (al menos, bajo mi punto de vista y según voy leyendo), pero debo decir que me agrada enormemente que no estén, de momento, encajados del todo en los papeles de dicha mitología.
Por lo demás, decir que me alegra que esta historia tenga perspectiva de llegar a su conclusión, y bueno, he pillado una falta ortográfica:
Roderich escribió:
introducir sus naves por el las oscuras y engañosas aguas del fiordo
Solo me queda decir que espero con ganas la siguiente entrega.
Es muy importante eso de las figuras mitológicas escandinavas. Evidentemente no van a ser iguales a las originales, pero van a tener detalles que van a referenciarlas, más que todo como guiños, pero también hay algunas características claves de esos personajes que van a ser usadas en la trama.
- Njord es el dios del mar y los océanos.
- Skadi es la diosa de las montañas, aunque aquí es usado para nombrar a un vrykul que realmente existe en la instance de Utgarde.
- Heimdall es el guardián del puente Bifrost y era mudo. Además, fue el que dio origen a las tres castas de hombres (poned atención a esto).
- Bragi era el dios de la poesía y la filosofía y Odín había escrito las runas en su lengua (Lenguabronce?).
- Herjann es uno de los nombres que recibe Odín. Además, recordemos que Odín enviaba a las valquirias a recoger las almas de los guerreros caídos en batalla (en cierto modo por eso he escogido ese nombre para el dios de la muerte vrykul).
- Jotum es el nombre que reciben los gigantes en la mitología escandinava.
- Tyr era el más valiente de los dioses nórdicos, el dios de la guerra y la batalla. Y era manco .
Además, se usan los nombres de los titanes como si fueran los dioses vrykul (Thorim, Hodir, etc). Skadi, Goltok, Annhylde, Svala, Ingvar y por supuesto, Ymiron, son todos bosses en Utgarde Keep y Utgarde Pinnacle.
whitri escribió:
Me ha parecido muy interesante, creo que sé como va el desenlace de la historia ^^.
Tengo unas cuantas cosas que he visto y no se si están bien del todo... allá van:
En la primera línea, en vez de "con el mundo aún era joven" es "cuando el mundo..."
Como detalle personal prefiero lo nombres en original, ---> Howling Fjord <--- pero eso es cosa de gustos. (Al menos no has puesto Fiordo Aquilonal Very Happy )
En todo el capítulo me han parecido raras o excesivas las comas que has utilizado, por si te interesa releerlo.
Justo después de lo que ha comentado Rabbit: Estos es lo que se conoce como el Pináculo de Utgarde, y son los aposentos desde donde el gran Ymiron, rey de los vrykul, vigila sus dominios. (En vez de Estos sería Esto)
Que más... ah sí, he visto que has utilizado la palabra Trono como nombre propio en alguna ocasión.
Y creo que algún que otro detalle, por lo demás, espero con locas ideas en mi cabeza el desenlace ^^.
Bueno, creo que el capítulo ha sido bastante revelador, sí, y aunque los tiros van por dónde piensas, todavía tengo reservadas varias sorpresas .
Debo reconocer que últimamente pienso más rápido de lo que escribo y cometo bastantes errores, no solo ortográficos, sino también de sintaxis. He corregido algunas oraciones redundantes, sin cambiar la idea original, pero tendré más cuidado para el futuro cercano.
Lo de los nombres personales en inglés, si tienes razón y a mí me gustan más en inglés, pero he desarrollado ciertas ideas y es absolutamente necesario usarlos en español para que me calcen con lo que he pensado. También he pensado en la gran mayoría de chicos nuevos que quizás leen y tienen el juego solo en español, que no están familiarizados con el término en inglés. El tiempo dirá si es mejor así o vuelvo por mis fueros.
Mandado: Mar May 12, 2009 4:29 pm Asunto del mensaje:
Capítulo 8
Dos plegarias y un sueño.
Sopla el viento y su aullido ululante es el presagio de una canción lastimera. Cala hasta los huesos el frío de la noche, pero en esta tierra de hielo y oscuridad hace mucho tiempo que sus habitantes olvidaron lo que era el sol. Vivir aquí es duro, muy duro. Hubo otro tiempo en que crecían árboles, y el pasto era verde, y generoso era el fruto del mar. Eso son solo recuerdos, reliquias de la memoria de un país que muere. Un continente que se congela, olvidado de la mano de los dioses, abandonado a su suerte.
Irokai Filocuerno mira la nieve desde lo alto de la torre de guardia. Estalactitas de hielo se han formado en las viejas vigas de madera, que de cuando en cuando se quiebran y caen sobre el suelo. A pesar de la gruesa pelambre que cubre su cuerpo monumental, el guerrero taunka lleva abundantes pieles de colmipala sobre la espalda, pues la noche es tan fría que congela el alma y parte los huesos.
Allá afuera todo es calma, todo es quietud. Un manto blanco se extiende en la lejanía como un océano hasta cansar la vista. Arriba el cielo es negro, y gris, y blanco, y es aguanieve y granizo. De cuando en cuando, un relámpago ilumina el horizonte, jugueteando entre las nubes. Tras unos segundos, el trueno le responde, siguiendo el juego, eternizándose con un eco terrible que espanta entre las cumbres retorcidas de las montañas.
Irokai Filocuerno es un guerrero valiente, de sangre cálida, como todos los de su raza. Le ha tocado el turno más difícil, cuando la noche se confunde con la madrugada y el cielo nocturno es más oscuro. No hay estrellas. No hay luna. Cuatro antorchas, una en cada esquina de la torre de guardia, le sirven de única lámpara. Allá abajo, la villa Icemist dormita. Si algo le sucediera a él, estarían indefensos.
- Algo se agita entre la neblina.
Allá adelante, en efecto, una figura se forma. Lejana y antropomorfa, se mueve solitaria entre la blanca nieve. Parece... parece ser un guerrero, embebido en una negra armadura, blandiendo una gran lanza. Lleva la larga barba blanca amarrada en trenzas. Un yelmo oscuro con cuernos le adorna la cabeza, mientras un negro parche le cubre el ojo derecho.
¿Risas? ¿Son risas en la nieve lo que Irokai Filocuerno escucha? Y la espectral figura se desvanece hasta confundirse con el paisaje. Irokai Filocuerno se sacude la nieve de los hombros y bufa por su inmenso hocico, lanzando una columna de aire caliente. Nunca ha creído en fantasmas, pero ha sentido un escalofrío en la espalda que le ha helado las entrañas.
Entonces, la niebla se abre y las sombras de unos enormes seres peludos se acercan a la aldea, portando lanzas. Al frente de ellos, marcha uno de monumental figura y gran cornamenta.
El momento de la muerte es extraño. De todas las fases de la vida, es quizás la que más ansiosamente se teme, y por eso, se elude. Es algo absurdo, si se ponen a pensarlo. Tarde o temprano, la muerte te alcanza.
Es bien sabido que los muertos no pueden dejar la tierra si tienen cosas pendientes en ella, y por eso, algunos se quedan y vagan como los fantasmas de quienes alguna vez fueron. Quizás los dioses pensaron que tal destino para Tyrsa era injusto, porque ya la habían hecho sufrir bastante. O quizás simplemente su nuevo cuerpo orgánico luchaba se resistía a abandonar este mundo de aire y agua. La verdad fue que en su sueño, Tyrsa vio como se levantaba flotando en el aire. Vio su cuerpo allá abajo, tendido y maltrecho, en un lecho de hojas y paja. Vio a tres criaturas reunidas, peludas y con cuernos sobre sus cabezas. Una de ellas oraba y cantaba en su cabecera, lanzando a veces unos polvos al fuego, que hacían que se levantara aún más la hoguera.
Salió de la tienda, y elevándose aún más en las alturas, pudo ver una aldea de humildes chozas circulares, construidas alrededor de una choza mayor, la misma que ella había abandonado. Y voló y miró una torre de madera, y a otra de esas criaturas mirando la nieve, cubierto de pieles y con una lanza en la mano. Y allá en la lejanía, otros más de ellos, que se acercaban raudos hacia la aldea, al parecer regresando de un largo viaje...
Y todo se volvió blanco, y el tiempo comenzó a fluir lentamente al principio y después rápido como el relámpago. Y allá en la lejana montaña danzaban eternas las luces del norte...
Y entonces, Tyrsa soñó con un gran jardín donde había muchas moradas, muchos árboles y muchas flores. Quiso quedarse allí y probar la miel y la leche. Y ser joven para siempre. Y vivir eternamente. Y entonces, vio a una joven que le llamaba y le abría los brazos. Era extraño realmente. Aquella joven cantaba una letanía repetitiva y tenía cuernos de vaca...
La mujer vrykul abrió los ojos y se topó con aquel rostro, el mismo que había encontrado en el sueño, solo que más viejo y arrugado.
- On avannut silmät - dice la criatura con cornamenta. - Kokeile kertoa meille jotain. Älä kova, rakas. Edelleen heikko.
Parece hablar con alguien más en el lugar, pero Tyrsa no puede verlo. Y entonces se acuerda. Por qué regresó. Su asunto pendiente.
- Balder... - apenas musita, - Balder, hijo mío...
- Gesha, tuo lapsi - dice la criatura que le cuida.
Una de las criaturas, una muy grande, le acerca algo. Y ella lo reconoce, casi por instinto. Trata de tomarlo, pero la vida la abandona. Apenas puede levantar el brazo...
Y entonces recuerda la plegaria... En su último momento, con apenas lo que le queda de aliento. Su amor es todo lo que puede dejarle. Y la incertidumbre de saber que quizás lo ha salvado.
- "Balder...Que los dioses bendigan... tus salidas y tus entradas...
Que los dioses bendigan... tus caminos y tus pasos...
Que la vida te sonría... y te de alegría...
y cuando te dé tristezas...
recuerda que mi espíritu está contigo...
para siempre...
pequeño Balder...
Y entonces, una danza de escarcha y nieve cae de sus ojos.
En el interior de la tienda, Ma'Gusha, la chamán, canta. Su canto es un sonido monótono, repetitivo, que a veces cambia de tono, subiendo o bajando según lo necesite ella. Es un canto a los espíritus que moran en la noche, en el valle, en la nieve, en la montaña, en el fuego y en el río. Pronto será el tiempo en que los taunka deban alzar sus tiendas y peregrinar de nuevo a Wintergrasp, buscando mejores pastos, siguiendo a las manadas de colmipalas. El invierno es más crudo este año y la comida escasea. Muchos morirán, pero aún así, es su responsabilidad de convencer a los espíritus que le permitan a su tribu alcanzar aquellas lejanas tierras y conseguir el alimento para otros seis oscuros meses.
En medio de su canto, eleva también una plegaria. Quizás los espíritus le escuchen... y se apiaden de las dos pobres criaturas de piel rosada que yacen en los lechos de hojas y paja dentro de la misma tienda.
Ma'Gusha saca su pipa y fuma en ella, elevando discos huecos de humo que se dispersan en el aire. Luego, saca unos polvos de un pequeño saco que cuelga del cinturón de cuero de su falda, y tras decir unas palabras, los lanza a la fogata encendida. La fogata por un momento crece y lanza una llamarada, y luego el fuego se apacigua, mientras redondos anillos de humo se elevan hasta el techo de la tienda. Fuma en su pipa y canta. Es una canción que ha pasado de generación en generación entre los taunka, desde tiempos inmemoriales.
- Oh Gran Espíritu,
vengo a ti en una manera humilde
y te ofrezco esta pipa sagrada.
Con lágrimas en mis ojos
y un antiguo canto de mi corazón,
yo rezo.
A los cuatro poderes de la Creación,
al Abuelo Sol, An'shé;
a la Abuela Luna, Mu'sha;
a la Madre Tierra,
y a mis Ancestros.
Rezo por mis relaciones en la Naturaleza,
por todos los que caminan, se arrastran, vuelan y nadan,
visibles e invisibles,
y a los espíritus buenos que existen
en cada parte de la Creación.
Les pido que bendigan a nuestros ancianos y niños,
familia y amigos,
y a los hermanos que están en prisión.
Rezo por los que están enfermos
y por los que no tienen hogar.
También pido por la paz entre todas las razas.
Que haya buena salud y curación para esta tierra,
que haya Belleza arriba de mí,
que haya Belleza abajo de mí,
que haya Belleza en mí,
que haya Belleza a todo mi alrededor.
Pido que este mundo se llene de Paz, Amor y Belleza...
Bully la mira mientras canta, con sus grandes ojos curiosos, agitando sus orejas cuando el tono del canto cambia. Se encuentra acurrucado en el regazo de su madre, muy quietecito, mientras la otra dormita. A veces vuelve a mirar a la mujer vrykul que yace en el lecho, el mejor de la casa, y se pregunta muchas cosas. ¿Vivirá? ¿Morirá? Siente curiosidad y desea correr a la choza del abuelo a hacer tantas preguntas, pero su madre le sostiene. Le ha prohibido salir cuando la nieve cae y el viento sopla. Pobrecilla de su madre. No sabe que está cerca el día en que se verá obligado a hacerlo, y ya no podrá retenerle.
La cortina de la tienda se aparta, dando paso a la monumental figura de Korak de Cingala Pezuñalarga. Bully se agita, contento y a la vez nervioso de ver a su padre, despertando a Gesha.
- Has vuelto - dice la madre taunka.
- Sí, he vuelto - responde Korak, y Gesha adivina el tono preocupado y el ceño fruncido.
- ¿Qué ha ocurrido?
Korak guarda silencio. No puede digerir del todo lo que ha visto. Deseó no haber ido nunca hasta aquel sitio de muerte.
- Bully, es mejor que vayas a la tienda de tu abuelo - dice el jefe taunka.
- Nieva afuera. Puede resfriarse - responde Gesha cual madre abnegada.
- No es mucha ya. Ve, Bully. No te quedes en ninguna parte.
Bully se levanta y obedece a su padre. En su mente de niño, no asume todavía que algo serio ocurre cuando los adultos quieren quedarse solos. A él solo le importa, por el momento, hacerle mil preguntas al abuelo.
- Y ahora dinos, viejo jefe - dice entonces Ma'Gusha, la chamana. - ¿Qué horrores son los que has encontrado?
- ¿Y bien? ¿Cómo está ella? - preguntó el jefe taunka, mirando el lecho donde la mujer vrykul reposa.
- Duerme un sueño largo, quizás el último - respondió Ma'Gusha.
Korak Pezuñalarga se quita el abrigo y se sienta, mirando al fuego, mascullando algo entre dientes. Todavía no sabe por dónde empezar su relato.
- Llegamos a la tierra de los vrykul después de varias horas de camino - dijo finalmente el jefe taunka. - Desde hacía ya varios kilómetros podíamos divisar la alta torre de las dos calaveras. El terreno es llano y está cubierto de nieve, así que ordené a mis guerreros usar pieles de wéndigos blancos, para que no descubrieran nuestro paso. Si desde lo alto de la torre un vigía observaba, delataría nuestro camino muchas horas antes de nuestra llegada, y seríamos presa fácil de las patrullas vrykul.
"Pero todo fue muy extraño. Tres veces nos detuvimos tras montañas de nieve, evitando delatarnos, buscando el camino más seguro. Tres veces nos pusimos al descubierto y temimos, pero no hubo reacción alguna. No hubo patrullas. No hubo flechas incendiarias de advertencia, ni sonidos de cuernos de alarma. Nada. Era como si estuviesen dejándonos acercanos a drede.
Más y más temíamos caer en una emboscada. ¿Estaban ocultos bajo la nieve? ¿Estaban preparando sus redes para caer sobre nosotros y masacrarnos? Tres veces dudé en seguir adelante y otras tantas dimos rodeos sobre nuestras propias huellas, buscando eludir a un enemigo invisible. Sentimos el frío acero vrykul en nuestros cuellos otras tantas, helándonos la sangre, partiéndonos el aliento... hasta que llegamos al mismo pie de la fortaleza blanca.
Nada. Un silencio de muerte reinaba la ciclópea estructura. Nunca un taunka había llegado tan cerca, hasta el corazón mismo del reino de nuestros enemigos. Todo fue desolación. Silencio y desolación. No vimos a nadie. Era como si todos los vrykul hubieran sido borrados de la faz de la tierra".
Korak guardó silencio, siempre sin levantar su mirada de la fogata. Gesha le miraba sin terminar de digerir sus palabras. Ma'Gusha rumiaba pensativa una muesca de hierba, reflexionando en qué había podido ocurrir.
Entonces, la mujer vrykul dormitando en su cama se movió y dio un quejido.
- Ha abierto los ojos - dijo Ma'Gusha. - Intenta decirnos algo. No te esfuerces, querida. Aún estás débil.
- Baldr... - musita casi inaudible. - Baldr, min sønn...
- Gesha, trae al niño.
Pero fue Korak el que levantó la minúscula criatura y la llevó al seno de su madre agonizante.
- ¿No puedes hacer algo, Ma'Gusha?
Pero la chamana había consultado a los espíritus. Era su voluntad que la vida siguiese el curso que debía seguir. Korak, entanto, sostenía al niño, acercándoselo lo más posible para que la moribunda lo viera.
La mujer levantó una mano y tocó la frente de la criatura.
- "Baldr... Gud velsigne dine... utflukter og... innleggene dine..." - empezó entonces la mujer con voz débil. - "Gud velsigne... ditt måter... og trinn... At livet... du smile... og gi deg glede... Og når livet du trist... husker at min... ånd er alltid med deg... For alltid... pikku Baldr."
Sus ojos se nublaron. Una lágrima resbaló por su mejilla. Un último suspiro... el beso de una madre que no se da. Y entonces su mano cayó sobre su pecho.
Los tres taunka se miraron estupefactos, guardando respetuoso silencio. Korak, entonces, entregó a Gesha el niño vrykul, se incorporó y se acercó hacia la cortina de la tienda, reflexivo. ¿Qué extraña jugada del destino era ésta?
Ma'Gusha consultó a los espíritus, que le susurraron una historia al oído. Luego se inclinó sobre el cuerpo.
- Wakan Taunka, Gran Misterio,
enséñame a confiar
en mi corazón,
en mi mente,
en mi intuición,
en mi sabiduría interna,
en los sentidos de mi cuerpo,
en las bendiciones de mi espíritu.
Enséñame a confiar en estas cosas,
para que pueda entrar en mi Espacio Sagrado
y amar más allá de mi miedo,
y así Caminar en Equilibrio
con el paso de cada glorioso Sol.
Y diciendo esto, le cerró los ojos.
- Bueno, solamente a una conclusión se puede llegar de todo esto - dijo entonces Korak, mirando a la criatura rosada, que lloraba ahora sobre el regazo de Gesha. - El cachorro vrykul se queda con nosotros.
Gesha y Korak se miraron sin decir nada, sin saber qué esperar, sin saber qué responder. Entonces, escucharon a sus espaldas un gritillo, un "Calla, que nos van a descubrir", y un repentino golpe, como si alguien se hubiera tropezado.
Korak se levantó y se acercó a la cortina interior de la tienda. En el instante que la apartó, Bully y otro pequeño taunka cayeron redondos dentro de la tienda.
Bully levantó inocentemente la mirada y se topó con el rostro severo de su padre.
- Entonces - dijo finalmente el niño luego de tragar saliva. - ¿Tengo un nuevo hermanito?
CONTINUARÁ... _________________
Last edited by Roderich on Jue May 28, 2009 3:39 pm, edited 3 times in total
Mandado: Mie May 13, 2009 9:12 pm Asunto del mensaje:
Tenía la leve esperanza de que Tyrsa no terminara muriendo, pero por otra parte, le da más dramatismo al destino de Balder. ¿Sobrevivirá? ¿Se terminará reuniendo con su madre?
Me parece también un giro interesante el que Bully tenga tantas ganas de tener un "hermanito nuevo", todo el mundo sabe lo que se es capaz de hacer por un hermano...
En general, he notado el capítulo con un ritmo más lento, como la calma que precede a la tempestad. Veamos que sorpresas nos deparan las siguientes entregas. _________________
La muerte nos sonrie a todos, asi que... devolvamosle la sonrisa
Mandado: Lun May 18, 2009 5:46 pm Asunto del mensaje:
Capítulo 9.
La Canción de Tyr
- Tyr... Tyr...
Roto fue el silencio, quebrantado por el eco de unas pesadas botas resonando sobre las oscuras escaleras de piedra de la fortaleza. Cuatro caballeros cabalgan sobre el pecho del guerrero y se disputan los despojos de su alma.
Soledad. Angustia. Ansiedad. Incertidumbre.
Y sin embargo no se rinde, porque aunque siente cercana la muerte, sabe en su corazón que ha hecho lo correcto, y acepta, inevitablemente, el destino que ha sido trazado para él desde el principio de los tiempos. Al fin y al cabo, todos y cada uno somos responsables de nuestros propios actos.
Él ha derramado sangre por la espada. Por la espada, entonces, será derramada la suya, pero al menos al descender a la tumba se llevará consigo la satisfacción de haber hecho lo que tenía que hacerse.
Muerte. Una sola o mil de ellas. El pensamiento resuena en su cabeza como los pasos de sus botas subiendo en oscuridad la escalera que lleva al Nido del Cuervo.
A su paso, mira rostros, algunos de ellos familiares. Le miran con furia, otros quizás con envidia. Y la pregunta salta e inunda en murmullos el frío ambiente: ¿Y si le vence...? ¿Y si en verdad logra tomar la cabeza de Ymiron como trofeo...?
Tyr, hijo de Wotan. Mano de Hierro. Con fulgor azulado, como un presagio, brilla azul la runa. Carga la espada quieta en su funda. ¡Y le pide sangre! Pronto será complacida.
Sangre. Mucha sangre se ha derramado en la noche más larga de la historia de Nifflevar. Los espíritus de la tierra se agitan y la borrasca sopla. El mundo se acababa. Los niños mueren. Las mujeres lloran.
Un pensamiento se apodera de su mente. Un pensamiento que le arrebata los últimos atisbos de cordura. ¿Y si ella no lo logra? ¿Y si en la inmensidad del océano de nieve ella muere? Como si sintiese los últimos latidos de su corazón, se desespera. No volverá a ver su rostro, ni a sentir sus labios, ni a tocar la delicadeza de sus manos, la textura de su pelo ni el calor de su cuerpo. Y si ella muere, no habrá por qué vivir. En cierto modo, Tyr siente que él ya no pertenece a este mundo.
Adelante de él, Svala Sorrowgrave sube en silencio las escaleras, conduciéndole ante el que ha pedido su cabeza. Se detiene frente a un portal que da a un balcón. Es la Terraza. Tyr se asoma un instante y observa el interminable campo cubierto de blanca nieve. Allá, a lo lejos, en algún lugar, ella huye. ¿Pensará en él como él la piensa? ¿Le añorará como él la añora? Tyr da dos pasos fuera y se encuentra en el balcón. Mira hacia el suelo. Allá, a lo lejos, Nifflevar no es más que silencio y despojo. Recuerdos de una gloria que no volverá. Es el último día de los grandes vrykul en el mundo.
Entonces, aparece en la lejanía. Tyr le reconoce, ¡cómo no hacerlo! Negra la armadura, el yelmo con cuernos, el ojo parchado, la lanza en la mano, la sonrisa mostrando sus blancos y afilados dientes, la barba larga y trenzada de la que se sujetan los muertos.
Herjann. Dios de la Muerte. Espera para reclamar su presa.
- ¿Subirás o he de matarte yo misma en este lugar? - dice fría, Svala Sorrowgrave.
Herjann desaparece, pero en su lugar, Tyr puede ver cómo claramente una sombra negra y oscura, como una montaña, se levanta. Es un muro de oscuridad que camina.
Sonríe.
Tyr se vuelve y sube por la escalera, perdiéndose en la profundidad oscura de la torre.
Una puerta se abre ante él en la antesala de la Cámara del Trono.
- Tyr: he aquí este lugar que abre frío sus brazos para que reposes en él.
Y avanza, empujando la puerta que guardan dos inmensos leones de bronce.
- ¡Ah! Tyr, Mano de Hierro... Te he estado esperando ansioso.
Allá, al final de la larga alfombra roja, sentado sobre el trono de madera que no merece, se haya el culpable de su locura.
- Altivo y triunfante me esperas, al final de la escalera, orgulloso asesino de inocentes.
- A rogar al pie de mi estrado vienes entonces. Mira que he sido misericordioso. De no ser por mi palabra, no habrías pasado de la Terraza.
- No he venido a implorar sino a exigir, Ymiron. He venido a llevarnos a ambos al seno de Herjann y expiar nuestras culpas.
Ymiron ríe y toma un sorbo de vino de una enorme copa de madera y huesos.
- Mira a tu alrededor - dice el Rey Vrykul - y dime qué ves.
Tyr levanta la mirada e inspecciona el salón. Estandartes de guerra y blasones cuelgan de las paredes, candelabros, cuernos, hachas, espadas, lanzas, cabezas de magnatauros, trolls y otras monumentales bestias. Trofeos todos de tiempos idos de la gloria de los vrykul, que se apagan como una vela extinguiéndose lentamente hacia el olvido.
- Los reyes que me han precedido te miran y se asombran preguntando hasta dónde ha de llegar tu locura.
- Los reyes miran, sí, y también juzgan. Y no te han encontrado digno, entregándote, por tanto, en mis manos.
Ymiron se levanta, ebrio y rabioso.
- ¡HA DESAFIARME HAS VENIDO Y ENCONTRARÁS AQUÍ LA MUERTE!
- ¡Mucho he vivido ya! ¡Ansío, antes que todo, la muerte, pero primero he de encargarme de lo que he venido a hacer!
- ¡Espero entonces, que en paz estés con tus ancestros, pues muy pronto habrás de verlos!
Ymiron ordena. Dos gigantescas sombras emergen de la oscuridad y atacan a Tyr por la espalda, pero el rubio guerrero ya los había previsto. Gira sobre sí mismo y uno de ellos sigue de frente, cayendo sobre la alfombra, impulsado por su propia fuerza. Tyr desenvaina la espada y detiene la acometida del otro. Es mucho más grande que él y quizás más fuerte, pero el corazón de Tyr es el de un toro y su espíritu le sostiene.
- ¡A tus lacayos has acudido, pero no te serán de gran valía!
Tyr rechaza el golpe del hacha de Skadi y en un rápido movimiento baja su espada hacia el estómago, haciéndole un agujero que corre de un lado a otro. El vrykul herido, retrocede, mientras sus tripas escapan por la herida, y con ellas, la vida.
Gorlok ya se ha puesto en pie y trata de golpearlo. Tyr apenas recibe la acometida y retrocede un paso. El gigante con armadura lanza un grito y vuelve a atacar. Ha logrado partirle, quizás, dos o tres costillas, pero una fuerza sobrenatural levanta a Tyr y le impide la definitiva caída.
Finalmente, tras un intercambio, Gorlok retrocede, estupefacto, sin poder creer que su sangre sea tan roja.
Tyr se mantiene en pie, sabe que no por mucho. Los acólitos de Ymiron le han golpeado fuerte, y quizás en otra ocasión, sería un buen momento para morir, muerte honrosa. No obstante, no ha terminado lo que ha venido a hacer.
Avanza, arrastrando una pierna, sosteniéndose la herida del pecho con la mano libre. La espada le sigue, caída, sujeta a su mano de hierro, donde la runa en forma de flecha brilla como una estrella, por última vez.
- Te estás muriendo y sin embargo, persistes... - Ymiron no puede creer lo que sus ojos miran. - ¿Por qué? ¿Por unos miserables malnacidos que no pueden sostenerse en pie?
- Has condenado a nuestra gente a su extinción. Quizás no te has equivocado. Una raza tan depravada que asesina a sus propios hijos merece extinguirse. Magnatauros, wéndigos, trolls, gigantes... aberrantes criaturas del abismo... la misma prole de Galakrond aún puedo entenderlo... pero, ¿niños, Ymiron? ¿Niños que no te amenazaban? ¿Nuestra propia semilla?
- ¡JA! Semilla podrida dirás, concebida en maldición y plagada de vergüenza.
- ¡Eran nuestros descendientes! ¡Los que conservarían nuestro legado para siempre! ¡Tú nos has destruido a todos!
- ¡A todos! ¡Los he destruido a todos! ¡Tú no sabes nada! Los dioses nos abandonaron. ¡Los titanes nos maldijeron! ¡Nos convirtieron en una raza débil, destinada a perecer, a desaparecer en la noche, pudriéndose en las entrañas de las bestias!
- ¡No podías saberlo!
- Oh, pero sí lo sé. ¡Lo he visto, Tyr! Me lo han mostrado... pero me dieron una salida. Escapé, Tyr. Con la sangre de tus preciadas aberraciones, yo logré escapar. Hice un trato...
- ¿Hiciste... un trato...?
- ¡Mira, Tyr! ¡Mira allá abajo! ¡Míralos cómo envejecen, cómo sus fuerzas les abandonan con los años! Ya no viviremos para siempre, Tyr. Nuestros cuerpos de bronce nos han sido arrebatados. La piedra de nuestros miembros no existe. Somos carne y sangre y huesos, iguales a las demás criaturas de este mundo.
Ymiron salta desde lo alto del trono, sacando el hacha en el viaje y dejándola caer pesadamente sobre su adversario. De algún lugar de donde no sabe, Tyr saca las fuerzas para levantar su espada y resistir.
Hinca una rodilla en tierra y aún así retrocede unos metros ante la fuerza del gigante.
- Tyr... - una voz le habla desde algún lugar lejano. Una voz conocida. - Tyr...
- Ya voy - dice el guerrero rubio. - Ya voy. Solo un momento más.
Su vista se nubla y cree que está en otro lado. Mira lejana, una figura en la nieve. Una figura de mujer que se eleva hacia el cielo y le sonríe.
- ¿Eres tú...?
La ira de Ymiron le trae de nuevo a la realidad. En fracciones de segundo, intercambia un par de golpes. Fuerzas de otro mundo le levantan y sostienen.
Ymiron golpea, golpea, golpea. Le ciega el ansia de acabar pronto con su enemigo. Tyr detiene, resiste, aguanta. Ymiron empieza a frustrarse. Oscuros pensamientos acuden a su cabeza y le espantan.
"Ya debería estar muerto. Es tan sólo una sombra del guerrero que era. La vida se le va en sus heridas, pero no se cae. Detiene, resiste, aguanta. ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué no se da por vencido!? ¿¡Por qué insiste!? ¡CAE! ¡MUERETE YA!"
Pero no se cae. No se muere. Pálido está, más blanco que la nieve. Una oscura sombra se ciñe de su frente, pero no se da por vencido, sino que aguanta, aguanta, aguanta. Y ahora pasa a la ofensiva. Y de algún lado saca la fuerza que ya no tiene. Lleva encima las acometidas de mil guerreros, y sin embargo, ¡ataca!
Ymiron retrocede. Es el guerrero más fiero que ha enfrentado en toda su vida. En las paredes, las cabezas cercenadas de wéndigos y magnatauros parecen observar la pelea sin perder detalle. Se ríen... ¡Se ríen! Ymiron cree perder el juicio. ¡Se ríen del gran Ymiron!
- ¡NADIE OSA REIRSE DE MI!
El rey de los vrykul es una tromba furibunda. Acomete y golpea, lanza el hacha con ira. Roja es su mirada. Rojo es el mundo. Hambrienta está la hoja de la sangre de su adversario.
Pero Tyr se sostiene y no cae. Aguanta. Y cuando ve la oportunidad, golpea. Con la espada en alto, no cede terreno. Es más rápido, más ágil. Ymiron es más fuerte, pero ni toda su fuerza es suficiente para contener al guerrero.
Finalmente, ambos retroceden, exhaustos. Respiran con dificultad. La noche es oscura, fría. Los vielos helados del norte soplan. La pelea está empatada.
- ¿¡Dónde, oh Rey, está ahora tu gran fuerza!?
- No podrás determe, Tyr. ¡Yo seré inmortal!
- ¡No pueden creer mis oídos lo que escuchan! ¿Realmente vendiste la vida de nuestros niños para asegurar la tuya? ¿A qué profano dios te has entregado, que devora así las almas de los inocentes?
- ¡Ja, ja! No se tú, Tyr, pero yo pienso vivir para siempre. Nuestro destino es morir y pudrirnos y alimentar las hierbas. Pero no tiene que ser así, Tyr. Los titanes se equivocaron en su diseño, pero he encontrado la forma de escapar. Tú también podrías hacerlo. Mira tu mano, Tyr. La runa que brilla en ese precioso metal. ¡Es tan hermoso y reluciente! ¡Eres único, Tyr! ¡El último y verdadero vrykul! Todos los demás nos hemos corrompido, transformados en carne y sangre, pero no tú. Tu mano es la mejor prueba. ¡Tú vivirás para siempre, porque mientras esa runa no deje de brillar, no podrás morir!
Tyr, convulso, escucha las palabras de Ymiron sin poder entender lo que decía. En su corazón, sin embargo, sabe perfectamente, lo que tiene que hacer.
- Entonces es eso. Inmortalidad. No sé cómo no lo supe antes. ¿Tan vano premio hemos de obtener por tan alto precio?
- ¡¡Vano premio!! ¡¿Vano premio la inmortalidad?! ¡JA! Tenía yo razón: has perdido la cordura.
- Vano premio, sí. ¡Vano premio la inmortalidad, obtenida derramando la sangre de estos pequeñitos! Una muerte o mil de ellas. ¿Ésa era la elección que había que hacerse, no? Entonces, esta mano de hierro es el objeto de tu obsesión, ¿no es cierto? ¡Reniego, pues de ella!
Y diciendo esto, Tyr toma la espada con su mano de carne y levantándola en vilo, la deja caer incólume y justiciera sobre su mano de hierro, cercenándola de cuajo. La pieza produce un ruido seco y metálico, cayendo inerte sobre el piso de madera, mientras la luz de la runa se extingue por fin. Entonces, la patea y el objeto de metal cae desde el Ojo del Águila hacia el abismo blanco de abajo, desapareciendo entre las aguas del fiordo.
- ¡Insensato! ¿Qué has hecho?
- Me he separado, finalmente, del lastre que pesaba no solo en mi brazo sino en mi pecho. Ahora soy libre. Donde tú deseas la inmortalidad, yo abrazo mi destino: la muerte, inexorable, fría, segura para todos. ¡Y he de llevarte conmigo ante ella!
Tyr levanta la espada y apunta con ella a su enemigo. A los pies de su trono, Ymiron tiembla, ciertamente no de frío. La cólera le invade.
- ¡Estúpido! ¡Pudimos vivir eternamente...!
- ¿Sigues sin entender, cierto? Tu pecado te consume. No puedes obtener vida si has extinguido vida. ¡Vida inocente!
Tyr corre con la espada en alto. La vida corre presurosa huyendo por su miembro cercenado, pero él aún así corre. No le queda mucho tiempo. Arremete con determinación. Ymiron levanta el hacha y se cubre con el otro brazo. La espada desciende y corta la armadura. La sangre aflora como un río, descendiendo por el brazo en torrente imparable.
Bañado en su sangre, la ira le da fuerzas, y el rey de los vrykul golpea con el mango de su arma en la cara. Terrible golpe ha sido y Tyr trastabilla, abierto el pómulo. Un hilillo de sangre toca sus labios.
- Y entonces, la sangre es dulce... - murmura.
Ymiron, furioso, busca venganza. La hoja del hacha se ha roto, pero aún con media hoja se basta suficiente para acabar con su rival. Al menos, eso es lo que cree.
Golpea contundente y Tyr cae. ¡CAE! Por fin, cae, pero ha sido solo un espejismo, porque cuando el rey se acerca, hacha en ciernes, en busca de su cabeza, la espada se interpone, y con el golpe, ¡la hoja se quiebra!
- Esta noche los buitres harán un festín con tus despojos...
Pero Tyr aún aguanta... Su vista se nubla y el mundo es blanco. En ese lugar lejano, hay paz... Una voz le llama, distante. Una voz conocida. Una voz de mujer...
- Tyr... Tyr...
- Ya voy... Un momento más...
Vuelve a la realidad y se levanta con el pedazo de espada en su única mano.
Una sombra se cierne y todo se oscurece. Se escuchan los pasos de unas botas metálicas que suben a toda prisa. Un cuerno aulla largo y sostenido, llamando a la alarma. Voces de emergencia se alzan. Afuera parece que se libra otra batalla.
- No verás otra vez la luz del día, Ymiron.
Los guerreros arremeten y se entrelanzan sus brazos y sus armas, trabados uno con el otro, sin ceder terreno.
Y el mundo se congela a su alrededor.
- Tyr... Tyr...
- Ya voy... tan solo un momento...
- ¡ESTE ES MI REINO! ¡MI REINO!
- ¡NO SERÁ MÁS TUYO DE LO QUE MI ESPADA PERMITA!
Tyr logra soltarse del mortal abrazo. Ymiron retrocede, impulsado por las fuerzas de ambos. Tyr levanta la espada.
- ¡ÉSTA ES POR BALDER! ¡Y POR TODOS LOS NIÑOS DE NIFFLEVAR!
La deja caer, como un bólido, sobre el cuerpo del rey de los vrykul. Ymiron siente el acero frío, despiadado, partir en dos sus entrañas. Y entonces, trastabilla hacia atrás y cae sentado sobre el trono de madera, mientras Tyr cae de rodillas frente a él, y por un instante, el mundo se detiene.
Ymiron le ve levantarse y alejarse como un fantasma moribundo, sangrante, hasta que su figura desaparece en la oscuridad.
No puede moverse. Está, literalmente, clavado a su trono. Siente el dolor y el frío de la muerte pesando sobre sus hombros.
- ¿DÓNDE ESTÁS...? - grita. - ¿DÓNDE ESTÁS TÚ, QUE ME PROMETISTE LA ETERNIDAD?
Sus palabras resuenan en eco en el recinto. Solo el silencio le responde. En lo alto de los muros, las banderas, los estandartes, los trofeos, parecen mirarle y juzgarle diminuto, inofensivo, indigno.
- ¡¿DÓNDE ESTÁS...?! ¡¿DÓNDE ESTÁS, TÚ QUE ME EMPUJASTE A LA LOCURA Y EL DELIRIO...?!
Un frío viento penetra en el salón del trono. Una ráfaga de aire helado y cortante, que se materializa delante de sus ojos y toma forma de mujer.
Habla, sí, como mujer, pero detrás de su voz hay otra voz, una que susurra y miente.
- ¡Gloria a Ymiron, señor de Utgarde! (...Ymiron... me has decepcionado...)
Y el tono es burlón, seductor, hiriente como el acero al fuego.
- ¡Vive muchos años, oh gran rey de los vrykul! (...la muerte se enseñorea de tí... ya no me eres útil...)
- ¡Tú...! ¡Tú... me prometiste...!
- ...temes... ¿temes a la muerte , oh gran Ymiron... - y la mujer habla claramente con la voz de un demonio, el ceño fruncido en sombras, la risa burlona en sus otrora dulces labios. - ... por eso... es... que eres débil... ¡Yo soy... Dios de Muerte...! ¡Abre tus labios... y recibe... mi doloroso beso...!
Y la mujer le besa. Ymiron siente el quemante abrazo de la desesperación, él que añoraba vivir eternamente.
La mujer ríe, pero entonces se da vuelta, mirando hacia un punto oscuro en algún lugar del recinto.
- ¡...TÚUUU...! ¡¿...AQUÍIIIII...?!
Y se desvanece. Tras el humo que deja su presencia, otra figura se forma, corriendo desesperadamente hacia el rey moribundo en el trono.
- ¡Mi señor! ¡Mi señor!
Svala Sorrowgrave se lanza a los pies del último rey de los vrykul, sus ojos bañados en lágrimas.
- ¡Gran Ymiron! ¡No puedes morir! ¡Tu pueblo te necesita! ¡Tus guerreros te necesitan ahora en el campo de batalla, para que los dirijas a la victoria, pues un gran enemigo nos ataca y...!
- Calla de una vez, mujer insensata... - Ymiron palidece. Sus fuerzas le abandonan. - Todo ha sido un engaño... todo termina. ¡El gran legado de los vrykul...! ¡Destruído para siempre...! ¡Malditos sean todos...!
Ymiron la toma de un brazo y la rechaza. Svala se levanta y se vuelve a lanzar sobre él.
- ¡Ymiron, por los dioses...!
- ¡Malditos sean los dioses!
- ¿Terminaréis acaso vuestros días sin gloria? ¡Levantaos, por todos los infiernos!
- ¡DEJADME, MUJER DESGRACIADA! ¡DEJADME EN PAZ, VIBORA DE MIL COLMILLOS! ¡MALDITOS SEAN TU Y TODOS LOS VRYKUL...!
Ymiron mira como el frío Niffleheim abre sus brazos para recibirlo.
- No todo está perdido...
Svala Sorrowgrave se vuelve hacia donde emerge la voz, una voz fuerte y clara de dos hombres que hablan al mismo tiempo. En la oscuridad del Nido del Cuervo, algo se mueve, una sombra en armadura negra, cuyos pasos resuenan en todas partes.
- La muerte, sabrás, es algo muy relativo estos días...
De la oscuridad, la sombra emerge y toma forma. Un hombre en armadura y yelmo de arcanita, con calaveras en las grebas, de cabello largo y blanco, con la tez pálida y una gran espada rúnica en la mano.
- ¡Tú...! - dice Svala, - tú eres... ¡Herjann, el Dios de la Muerte!
- Esta es tu última oportunidad. Morir para siempre, o una eternidad a mi servicio. ¡Tú eliges!
Svala mira a Ymiron.
- ¿Y él vivirá?
- ¡Para pelear de nuevo y cobrar justa venganza! ¡Apresúrate, que ya vienen!
- ...no... lo escuches... - un murmullo resuena en el recinto. - ¡...vosotros... SOIS MIOS...!
Svala pudo sentir los pasos ascendiendo y la muralla de oscuridad acercándose hacia el salón del trono. Duda por un momento.
- ¿Qué decides, mujer?
- ...no... ¡lo escuches!...
- Te serviremos, ¡maldita sea! - dice la valkyr finalmente, con el mismo tono frío que la ha caracterizado siempre. - ¡Mi raza y yo te serviremos hasta que el infierno se congele!
- Es un trato - dice el caballero, mientras su risa se hace eterna en el recinto.
- ¿¡A dónde vas!?
Svala puede escuchar claramente un horroroso grito de furia en medio de la noche, combinación de mujer, hombre y demonio, interrumpido por la sarcástica risa de Herjann, como si hablase a algún otro ente invisible.
- Te he vencido de nuevo, viejo.
- ...me... vengaré... todos vosotros... me serviréis... con el tiempo...
Las puertas y ventanas del Pináculo de Utgarde se abren de par en par, impulsadas por una fuerza avasalladora. Una sombra inmensa se proyecta sobre la fortaleza. Svala Sorrowgrave se abraza al cuerpo de Ymiron, mientras lentamente él, ella y todos los vrykul, van cayendo congelados en un sueño que durará quince mil años.
- Tyr... Tyr...
- Ya voy...
Tyr se levanta. Ymiron aún se mueve, pero eso ya no importa, pues Tyr se mueve por un mundo que ya no es el suyo. Desciende por las escaleras, pasando encima de los cuerpos caídos de Skadi y Golkor.
Afuera, suena una batalla, pero los gritos de los guerreros no son más que ecos remotos y lejanos. Tyr desciende las escaleras, como bajando entre nubes, hasta llegar a la Terraza.
Una sombra negra, como un muro, ha tapado el sol. El mundo, finalmente, acaba. Tyr ya no siente frío, ni angustia, ni ansiedad, ni incertidumbre. Aquí, al final de todas las cosas, todas las dudas desaparecen.
- Tyr... Tyr...
Reconoce la voz. Ella le espera del otro lado del blanco mar de nieve. Hacia allá camina, dando un paso tras otro. Entonces, la última gota de sangre empieza su largo viaje al exterior. El galope de su pecho, por fin, se detiene.
Y se derrumba, como se derrumba el reino de los vrykul. Ni una lágrima será derramada por ellos. Nadie les extrañará. Nadie preguntará ¿qué les ha acontecido? Nadie recordará jamás, por generaciones, su nombre ni sus hechos. Y Tyr no puede evitar preguntarse si todo aquello habrá valido la pena.
De pronto, en la lejanía, la niebla se parte y algo cabalga sobre las nubes, acercándose a toda velocidad. Sobre la montura de ocho patas, una mujer de extrema hermosura, vestida de armadura, con un yelmo con alas, escudo y lanza, remonta el horizonte. Es oro su cabello largo. Nieve y estrellas adornan su vestido, del que emana fulgor y poder.
- Tyr... Tyr... ¡Tyr...!
- Estoy listo...
Figuras difusas se forman en la lejanía. Tyr cree reconocer sus formas. Y con su último aliento, recita las palabras que todo vrykul sabe desde niño. ¡Cómo lamenta no haber podido enseñárselas a su hijo!
- “He aquí que veo a mi padre,
he aquí que veo a mi madre,
a mis hermanas y mis hermanos.
He aquí que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios.
Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos,
en los atrios de Valhalla,
el lugar donde viven los valientes para siempre.”
CONTINUARÁ... _________________
Last edited by Roderich on Jue May 28, 2009 3:40 pm, edited 4 times in total
Mandado: Lun May 18, 2009 6:28 pm Asunto del mensaje:
Muy bueno, me ha encantado. Tengo una duda... ¿el que ha salido verdaderamente era ese tal Herjann? Porque si es el Rey Lich está totalmente a destiempo, ya que como bien dices es hace 15 mil años.
Bueno, también se podría explicar de otras maneras supongo...
Ah sí, he visto algunas faltas de ortografía, pero te las pondré en mi siguiente mensaje, que tengo que irme ya mismo. _________________ 87451232549087. 6.
,1.
Mandado: Mar May 19, 2009 1:45 am Asunto del mensaje:
muy buena la historia, me gustan este tipo de relatos basados en el lore de warcraft pero tengo un par de dudas; el tal herjann tal y como lo describes debe de ser el rey lich y como ha dicho withri la historia transcurre 15000 años antes de arthas ¿como es posible?. y 2ª duda svala creo que adquiere el apelativo de sorrowgrave cuando el rey lich la transforma en valkyr en utgarde pinnacle en la epoca actual
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