Mandado: Mar Ene 19, 2010 2:42 am Asunto del mensaje: -- Las Doce Historias Cortas Originales --
Hola a todos.
Pues bueno, como tengo ratillo de no escribir nada y últimamente algo ando depre, me puse a revisar mis archivos y me encontré estas joyitas (modestia aparte). Se trata de las Doce Historias Cortas originales, aquellas que escribí allá por el 2005-2006? y que fueron las únicas que pude terminar. La dinámica fue que un usuario me enviaba una ficha de un personaje creado por él y yo le escribía una historia corta. En su tiempo tuvieron bastante éxito y traté de hacerlo de nuevo pero simplemente la fórmula ya no funcionó igual. Aquí las dejo para los que sientan nostalgia, entre los más viejillos y para que los pinos nuevos las conozcan (y tal vez, de una vez por todas, se puedan quedar en La Biblioteca). Las iré poniendo poco a poco.
Saludos y gracias.
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Doce Historias Cortas por Roderich.
I
Personaje: Damerl.
Usuario creador: IKrus.
La Rosa y la Daga.
Damerl despertó sobresaltada, pero al sentir el cuerpo caliente dormitando a su lado, dejó escapar un suspiro de alivio. Aún no podía creer que él estuviera en su cama. Su sueño se había hecho realidad, después de tantos siglos de anhelarlo… de desearlo con frenesí, casi hasta la locura.
Creyó que todo había sido un sueño. Escuchó la respiración varonil de su macho y agradeció a la Diosa su benevolencia. Él se encontraba profundamente dormido, ignorante por completo de las preocupaciones de su compañera, como si esta no existiera. Damerl se acercó más y le delineó con sus dedos su ancha espalda cubierta de tatuajes. Luego, pasó al fuerte cuello y descendió por el musculoso pecho. Sentía el calor de aquella azulada piel sudorosa por la emoción de la carnalidad… y le temblaron las piernas, como la primera vez que lo vio.
Cuando eso, Damerl aún era muy joven, casi una niña. Fue en el Templo de la Diosa, cuando asistía a las primeras honras del Plenilunio. Estaba prohibido a los hombres ingresar al Templo durante esos momentos, cuando las Altas Sacerdotisas enarbolaban sus cánticos alabando la grandeza de la Diosa.
Damerl no había podido pasar más allá del primer salón, junto a las demás novicias de su edad. La puerta al recinto principal se encontraba abierta, repleta de personas. Dos grandes Ancestros Protectores, esos espíritus benévolos del bosque, guardaban la entrada. La institutriz le había reprendido ya un par de veces por haberla sorprendido entre risas con algunas de sus compañeras.
Fue justo en ese momento cuando le vio. Era alto, más que el resto de los comunes mortales de su pueblo. Ya a esa corta edad tenía la musculatura de un adulto, aunque por su aspecto, Damerl estimó que no tenía más de mil cien años. Con ágiles movimientos, eludió a las Guardianas del Templo, que trataron de evitar por todos los medios que penetrara. Ante su acometida, los Ancestros intentaron atraparlo, pero él era demasiado ágil, demasiado rápido, demasiado perfecto… Damerl sintió su cuerpo estremecerse de pies a cabeza.
Él logró llegar hasta el salón principal del Templo mismo. Allí, ante la mirada furiosa de la Sacerdotisa, se detuvo ante una de las novicias (una chica realmente hermosa, que Damerl conocía casi desde la infancia), sacó algo que llevaba oculto entre sus ropajes y se lo dio. Era una rosa…
El individuo le lanzó una sonrisa, que hizo sonrojar a la chica, y con la misma intrepidez con que había entrado, se dio vuelta y escapó saltando una de las murallas. Justo en el instante que salía, fue alcanzado por una estrella de metal. El joven cayó de lo alto de la muralla, y una vez en el suelo, aún aturdido, trató de levantarse, pero en ese instante, una de las Guardianas más jóvenes le atacó por la espalda, y de un golpe, lo dejó tendido en el suelo. Cuando se lo llevaban, Damerl pudo ver su rostro afilado. Y quedó prendida, eternamente, del brillo de la Luna en sus ojos… Y se prometió así misma, por la Diosa, que aquel ser maravilloso e intrépido sería suyo.
Hubo un alboroto afuera. Damerl se levantó, desnuda, y se acercó a la ventana, mientras él continuaba dormido profundamente, ajeno al ruido. La chica abrió la cortina. Los rayos de la luz de la Luna se colaron entre la habitación, e iluminaron las curvas perfectas de su cuerpo.
Aquella noche, su promesa se había vuelto realidad… y por alguna razón, no se sentía satisfecha, porque a pesar de la dulzura y de la furia con que aquellos cuerpos se habían unido, Damerl sabía que, en medio del desenfrenado amor físico, él tenía a otra en su mente.
Se acercó a su cómoda y se miró al espejo. Era eternamente hermosa, eternamente perfecta… pero no para él, porque aquellos ojos con el brillo de la Luna no la miraban con amor. Abrió una de las gavetas de la cómoda y allí estaban… la rosa mágica y la daga, con la sangre seca…
Sintió que él se removía en su cama. Cerró la gaveta, asustada como una niña, con el temor de que se le escapara su presa. No se había despertado, pero parecía tener pesadillas. Damerl abrió de nuevo la gaveta y sacó la rosa. La rosa mágica… la rosa eterna. Apenas cabía en la palma de su pequeña y delicada mano. Brillaba en la oscuridad con luz propia, al punto que parecía una estrella, y su brillo penetraba hasta el alma. Damerl sintió que su luz se movía en su corazón… por última vez.
La rosa mágica era una rosa común, encantada por un poderoso hechizo que solamente un Highborne podría hacer, y que le permitía al encantador apoderarse del corazón de aquel al cual le regalara la rosa. Aquella flor era para ella lo más preciado del mundo. Representaba todo lo que ama, toda su vida. Por ella había llorado, había dejado pasar noches sin dormir. Por ella había matado… La había encontrado en el jardín del Templo, la misma noche en que él se la había dado a la novicia. Encontró a la chica llorando. A su lado, la rosa brillaba y se revolvía, como el Lucero en el cielo, como el fuego de la pasión en el corazón de Damerl.
Entonces, ella le confesó todo. Su amor por el druida. La obsesión del hermano de éste por ella. Y la inevitable confusión de su corazón ante la perspectiva de una batalla entre los gemelos. Damerl vio su oportunidad. Cual si fuese una víbora, sus palabras venenosas fueron penetrando en el corazón de la novicia. Cuando terminaron de hablar, la rosa era suya.
Guardó aquel trofeo, con la esperanza de que algún día, el corazón de él también lo sería. En medio de aquella noche de plenilunio, Damerl juró que lo lograría, por cualquier medio necesario, aunque tuviera que vender su misma alma. Fue entonces cuando conoció a Délanus.
Délanus era un Highborne… uno muy poderoso, cuyas grandes habilidades sobrepasaban incluso los del mismo Xavius. Délanus inició a Damerl en los intrincados caminos de la magia. Al principio, ella sintió miedo, un miedo que le carcomía profundamente los huesos. Sin embargo, con el tiempo empezó a controlar sus nuevos poderes cada vez con más facilidad. Se dio cuenta de las grandes posibilidades que le deparaban sus habilidades. Y quiso más. Oh, sí, más y más cada vez. Casi ni se dio cuenta del momento en que dejó de asistir al Templo de la Diosa, por encontrarse encerrada en los oscuros salones del palacio de Délanus, practicando conjuros cada vez más poderosos, más complejos y más oscuros. Délanus observaba complacido a su pupila… tal vez demasiado. Para sus adentros, el hechicero pensaba que, algún día, aquella chiquilla estaría preparada para su gran prueba…
La sonrisa de Damerl desapareció cuando recordó esa noche. Délanus le dijo que estaba lista, que solamente le hacía falta pasar un último examen. Damerl miró la gaveta y tembló. Allí estaba. Fina, pequeña… y letal. La hoja de plata con el mango de oro en forma de dragón relucía entre sus dedos.
El corazón de la chica de desbocaba de emoción y de pánico al recordar los ojos de su víctima. La chica del sacrificio, que debía hacerse para complacer a sus nuevos dioses. Los ojos asustados de su primera víctima, una chiquilla de apenas 100 años. Damerl tomó la daga, ante la tétrica mirada de Délanus… y la hundió, firme, perfectamente, en el corazón, junto a una lágrima y un gemido. La pequeña convulsionó al caer al suelo y desangrarse. Entonces, cuando se encontraba a punto de fallecer, Délanus inició el conjuro. Damerl sintió que su cuerpo ardía, que sus labios se secaban… y un fuerte olor a azufre impregnó toda la habitación.
En medio de la oscuridad, abrió los ojos y allí estaba. Su primer demonio, un imp. El pequeño ser le sonreía con una mueca maliciosa, que Damerl creyó ver reflejada en el tétrico rostro de Délanus. El imp se le acercó y se dejó acariciar como si fuera un gato. A partir de allí, sería el signo de su pacto eterno con el Infierno.
Con su primer asesinato, la vida de Damerl había dado un vuelco. Ahora se sentía la dueña del mundo, con la potestad de decidir quién vive y quién muere. Empezó a congregarse en las sociedades secretas de los brujos y los asesinos. Aprendió a conversar mentalmente cada vez con demonios más inteligentes y poderosos, a cómo invocarlos y dominarlos. ¿A cuántos asesinó? ¿Cuántos de sus congéneres murieron mientras ella lograba la perfección de su técnica? La asesina idónea, le llamaba Délanus. Bella y mortal. En su ruta hacia el poder, el número era interminable. Nunca la descubrieron. La magia de Délanus siempre estaba allí para protegerla.
Se dio cuenta que entre la secta había más y más jóvenes Highborne que, como ella, venían atraídos por la promesa del poder que les permitiría alcanzar sus mayores sueños. Damerl tenía el suyo… lo tenía durmiendo en su cama. ¡Era suyo, al fin! Después de tantos siglos de esperar, de anhelar en silencio, la asesina triunfaba. Su hechizo de amor había dado resultado. ¡Todo lo había calculado perfectamente! Había hechizado la rosa, tal y cómo le había enseñado Délanus. Solamente un Highborne muy poderoso hubiera podido realizar el conjuro que eternizaba a la rosa, y eso levantaba su mérito. Había logrado remover al espíritu de la naturaleza que moraba en cada pétalo, en cada hoja, en cada espina… Damerl se conmovió. En cierta forma, ella y la rosa eran una sola.
¡Y ahora lo tenía en su cama! Damerl rió. Rió burlándose de la Diosa. Rió burlándose de la estúpida novicia que le había dado la rosa. ¡Qué se estuviera revolcando feliz con su druida, pues ella ya tenía a su macho durmiendo en la cama!
- ¿De qué te ríes?
Una voz áspera y reprochadora la sacó de su éxtasis. Damerl volvió su cara hermosa y su cuerpo tentador hacia sus espaldas. Él había hablado. Estaba allí, de pie, desnudo en la oscuridad, perfecto en todos sus ángulos, como un dios mítico. Sus ojos brillaban a la luz de la Luna, como el día que le vio por primera vez.
- De nada, amor mío – respondió con una sonrisita tonta, y se acercó zalameramente, juguetona, como lo hacía cuando iba a ensartar su daga en el cuerpo de una víctima.
Le rozó con un dedo el pecho, pero él se volvió y le dio la espalda, buscando sus ropajes.
- ¿Vas a algún lado? – dijo ella de nuevo.
- Es hora de irme… tengo un compromiso… algo importante.
- ¿No podrías…?
Justo en el instante en que ella trataba de besar su rostro, él la apartó con desprecio.
- Nunca, Damerl. Ni siquiera con tu insignificante rosa ni tus mentiras vacías.
- ¿Es por la Sacerdotisa, cierto? ¡Siempre la estúpida Sacerdotisa!
Él se volvió y la abofeteó, rompiéndole los labios.
- No vuelvas a insultarla delante de mi presencia – le vociferó con su voz gutural.
- ¡Illidan! – gritó ella mientras él se alejaba, furioso, y salía de la casa y de su vida para siempre.
Damerl empezó a llorar silenciosamente. Lloraba de rabia. Lloraba de impotencia. Lloraba de despecho. Sintió que su cuerpo ardía de nuevo, que su boca se secaba, igual que aquella noche. Olía a azufre. Las sombras se apoderaron del cuarto y de su cabeza. Y empezó a invocar, a lanzar maldiciones, a blasfemar el nombre de la Diosa. ¡Tantos sacrificios! ¡Tanta sangre y tanta muerte… para nada! Y todo por una estúpida rosa.
Se levantó, caminó hacia la gaveta de su cómoda y sacó la rosa y la daga… en la oscuridad, apareció el imp.
Afuera continuaba el alboroto, solo que ahora se había vuelto un descomunal ruido ensordecedor. El Pozo de la Eternidad levantaba sus aguas mágicas furiosamente hacia el cielo, mientras cientos de miles de demonios pasaban por el Portal hacia Zin-Aszhari. El Caos reinaba. ¡La Reina había enloquecido! Los Highborne, encerrados en el Palacio Real, habían invocado el mayor hechizo de todos, y el Día del Juicio Final había llegado sobre Kalimdor.
En la oscuridad de su cuarto, la rosa brillaba en una mano, y la daga con la sangre seca, su sangre, donde había vertido su alma, en la otra.
Damerl se miró al espejo… y no le gustó lo que vio. La ira, la mentira, la venganza, el odio, las blasfemias… se manifestaban en su ser. Damerl no supo en qué momento su mente empezó a descender hacia la locura. Su rostro se demudaba, su piel oscurecía con la rabia. El cabello empezaba a crecerle y a enmarañarse, volviéndose hilos de alambre. Sus miembros se volvían huesudos, y sus dedos se alargaban, formando enormes garras puntiagudas como garfios, mientras sus piernas se llenaban de vello y sus pequeños pies crecían y se transformaban en patas de cabra.
Damerl lanzó un grito de pánico, llevándose las manos a su cabello, rompiéndose la piel de la cabeza y derramando sangre sobre su rostro. Fue cuando se dio cuenta de que tenía cuernos. Dos cuernos largos y curvos que le sobresalían y apuntaban hacia el cielo, y una cola erizada y peluda, como la de los animales.
El dolor de la transformación no fue tan intenso como el dolor de haber perdido su alma… para siempre. Damerl no supo a cuantas personas asesinó aquella noche mientras huía, no de los demonios, no de la guerra, sino de sí misma. Solamente supo que el rastro de sangre que había en sus uñas y en la hoja de la daga no era suyo.
En la oscuridad del bosque, mientras a lo lejos se levantaba la columna de humo de lo que fue Zin-Aszhari, Damerl lloraba junto al río, mirando su rostro deformado en el agua. Se odiaba así misma. Deseaba morir. En ese instante, vio que aún tenía la rosa y la daga en la mano. Tuvo una epifanía. Por fin, su vida llegaba a tener sentido. Era la última noche de su vida. Alzó la daga y se la colocó sobre el pecho. Estaba a punto de apretar, pero una pequeña mano de dedos afilados la detuvo. Damerl bajó la mirada. Allí estaba el imp. El pequeño demonio negó con la cabeza, sin emitir una palabra, pero sonriendo con una mueca maliciosa.
Damerl alzó la mirada hacia la profundidad. De entre las sombras, empezaron a emerger oscuras figuras de cuerpos velludos, grandes cuernos, afiladas garras y patas de cabra. Uno de ellos, alto, de pelaje negro como la noche misma, se le acercó. Damerl le miró a los ojos. A pesar de los colmillos, los cuernos, la cola, reconoció aquel rostro tétrico.
- Aún no – dijo el sátiro, - primero, véngate.
Damerl se levantó, tomando la garra que Délanus le ofrecía. Miró hacia lo que había sido su hogar, que ardía en llamas bajo las espadas de fuego de los nuevos dioses. ¿Venganza? ¿Cómo podría vengarse, si él era el dueño de su alma?
Luego, todos los sátiros saltaron hacia las fauces del oscuro bosque que les devoraba. Délanus y Damerl fueron los últimos, seguidos del pequeño imp. En la orilla del río, la última luz de la rosa mágica, se extinguió.
- Aquella nube tiene forma de conejo - rió Kat, y su risa se extendía por el horizonte y por el corazón de Rab.
- Tienes mucha imaginación - contestó el granjero, y de inmediato, la chica se volvió, y con sus finos dedos, hizo cosquillas en la barriga de su hermano.
Kat se levantó de un salto y empezó a correr, entre risas, mientras Rab la perseguía, dándole un poco de tiempo para adelantarse, para aumentar la diversión.
Por fin, Rab la tomó por la cintura y ambos rodaron, entre carcajadas, colina abajo, mientras el sol, anunciando el ocaso del día, se ocultaba de la vista de los mortales.
- Deberíamos regresar ya - dijo Rab, mientras trataba de sujetar las manos pertinaces de su hermana, que intentaba seguir haciendole cosquillas.
- El que llega último, es un cabeza-hueca - rió la otra, mientras huía hacia el Camino de los Pinos.
- ¡Kat! ¡Espera! - llamó Rab, esta vez con voz imperativa. - ¡Por allí no!
La chica se detuvo, al tiempo que su hermano le daba alcance. Y entonces, le contó la leyenda.
- Era una chica realmente hermosa - empezó. - Más que ninguna que se haya visto en mucho tiempo en toda esta tierra. Dicen que su novio le propuso matrimonio, pero cuando llegó el día de la boda, la abandonó... dicen que la dejó por otra... que solamente encontró una carta donde le decía que la dejaba para siempre... Ella vino aquí, al Camino de los Pinos, y quemó su vestido de novia... Nunca hallaron el cuerpo... Y siempre al atardecer, su ánima vaga por los parajes, esperando vengarse... siempre triste... sin saber que está muerta.
La historia de Rab había puesto la piel de gallina a su joven hermana, de apenas 16 años. Ella le sujetó el brazo, estremecida por un escalofrío. Rab sonrió divertido.
- Siempre vas a protegerme, ¿verdad, Rab?
- Claro, tontuela - le dijo el hermano. - Hasta el último de mis días.
Regresaron por otro camino. Los días de la vida de Kat y Rab, que habitaban en la vieja granja de los Korsaff, transcurrían entre las apacibles tardes de Brill. Rab laboraba de sol a sol, sembrando el grano, cultivando las hortalizas, ordeñando a las vacas, recogiendo la cosecha.
La granja apenas les daba para vivir, pero eran felices. Rab era feliz. Tenía a Kat. Y ella era la niña de sus ojos, el único recuerdo que le quedaba de sus padres, fallecidos hacía ya tiempo, cuando Kat era apenas una infante. Su sonrisa era bálsamo para el alma del granjero.
Decían que aquellas tierras eran prósperas. El granero de Lordaeron, le llamaban algunos. La tristeza no podía anidar en los corazones de aquella gente simple, humilde y trabajadora, porque en sus almas, la muerte simplemente no tiene cabida.
- He de ir a la ciudad - dijo Rab, cierto día muy de mañana. - Empieza la temporada de las ferias, y hay buenas oportunidades para vender nuestro grano. Este año no ha sido tan bueno como los anteriores - añadió con cierta angustia.
- ¿Puedo ir contigo? - dijo la chica.
- No. Vas a quedarte con la señora MacReady. Yo debo viajar hasta Andorhal y tal vez regrese en un par de días. ¿Prometes ser buena?
- Sí - dijo la chica, mientras jugaba con su avena, tal vez desilusionada por no viajar con su hermano y tener que quedarse con la vieja cascarrabias.
Agatha MacReady vivía en las afueras de Brill, lejos del bullicio del pueblo. Tenía fama de extravagante, aunque era una dama gentil y algo lenta, por los años. Su único hijo, William, había muerto en la guerra contra los orcos, por la misma época en que los padres de Rab fallecieron, y eso había levantado un vínculo entre las familias MacReady y Korsaff, del que Kat, a su tierna edad, aún no era consciente.
Rab se despidió de su hermana con un gran abrazo y un poco de nostalgia.
- No se preocupe - chocheaba la vieja Agatha mientras se alejaba el campesino. - Se la cuidaré como si fuera mi hija, la hija que nunca tuve, - y Kat hacía esfuerzos para deshacerse de las manos pegajosas de la anciana, mientras miraba, con lágrimas en las mejillas, alejarse a su hermano por lo empinado del camino.
* * *
La noche sorprendió a Rab a unas cien leguas de su destino. Era de esas noches de luna nueva que tanto temen los viajeros. Dormir a la intemperie no era precisamente la idea de Rab de una noche tranquila. Era de esas noches en que silenciosos murmullos elevaban sus plegarias a los dioses oscuros en medio del bosque.
Rab maldijo su mala suerte. Aunque se aseguraba en aquella época que el Camino del Rey era seguro, recientes noticias de la villa de Vandelmar habían llegado a oídos de los pueblerinos. Noticias que encrispaban los vellos y los ponían de punta. Los muertos caminan al norte de Vandelmar. Se levantan de sus tumbas y se asoman a las casas de los vivos, comen con ellos y duermen en sus camas. La tierra y el mar echan a sus muertos. Rab sentía que su corazón escapaba del pecho.
Un coyote lanzó su aullido lastimero en la lejanía, rompiendo el silencio. En aquella noche oscura, ni los grillos cantan, ni las ranas croan. Oscuros pájaros llevan malos presagios en sus alas nocturnas, sobrevolando las cabezas confundidas de los peregrinos.
Rab vio una luz adelante y sintió que le volvían las fuerzas. Era una posada. Una lámpara, con el aceite casi extinto, hacía las veces de poderoso faro en aquel océano de oscuridad.
Se acercó a la puerta y tocó dos veces. La puerta, apenas empujada por una ráfaga de delicada brisa, se entreabrió. Rab penetró en el recinto, mientras su "Hola?" se perdía en el eco de la sala vacía.
Todo estaba en desorden. En aquella posada había habido una pelea. Las sillas y las mesas, colocadas patas para arriba. El mostrador destrozado. Oscuros líquidos poblaban el suelo, y un olor nauseabundo penetró hasta la profundidad de la nariz de Rab... y de su alma.
Decidió salir. Aquel lugar no era seguro. Tomó a su mula y ya empezaba a andar, cuando algo llamó su atención.
Detrás de unos arbustos, en la parte trasera de la casa, algo se había movido.
- Un animal, talvez - pensó el viajero, pero la imaginación es más potente en esas noches de agonía.
Y entonces, recordó la escena que acababa de ver.
- ¡Los bandidos! - se dijo. - Han vuelto.
Sobrecogido en gran manera, sacó valor de donde no creía tenerlo, y desenvainó una daga. Pensó en Kat. Siempre pensaba en ella. El arbusto volvió a moverse y una sombra saltó sobre el granjero, que lanzó un grito de terror.
Era un conejo... Tan solo un conejo. El asustadizo animal huyó entre los
árboles, mientras Rab, caído sobre sus espaldas, comenzaba a cambiar por risa el súbito espanto.
- Mi cabeza me juega bromas - dijo en voz alta, y seguidamente, un gemido humano, lastimero, salido de lo más profundo del alma, le robó de nuevo la calma.
Del mismo arbusto donde había salido el conejo, se irguió un ser. En medio de la oscuridad, parecía ser una persona. Caminaba con dificultad, como si una de sus piernas fuese más corta que la otra. Lentamente se acercaba hacia el camino, donde la luz de la débil lámpara le daba en la cara al sorprendido granjero.
- Hola - dijo Rab, con una mezcla de asombro y terror en la garganta.
El hombre no emitió ni un sonido. Ya estaba más cerca. Casi en la luz. Y entonces, Rab le vió la cara... La cara que no tenía, pues donde una vez tuvo el rostro, solamente se observaba la mitad de la piel derroída por el ataque de algún animal salvaje, y en la otra mitad, la osamenta, con el cuenco vacío donde una vez estuviese el ojo derecho, se perdía en la oscuridad de la nada.
El ser levantó un brazo esquelético y señaló a Rab, mientras este se incorporaba como un resorte, detonado por el miedo. De entre las sombras empezaron a emerger más hombres, mujeres, niños... todos en igual condición, con la mirada perdida en las brumas de una noche infinita, pálidos, deformados, mutilados, con el rostro congelado en medio de una agonía que no termina.
Rab montó a su mula, la cual, sintiendo el horror que le rodeaba, echó a correr desbocada en medio de aquel asalto de ultratumba. Decenas de manos, brazos y garras desgarraban en pedazos la ropa del pobre Rab, que huía montaña adentro, perdiéndose en la noche, huyendo de aquel ejército de la muerte.
Las ramas de los árboles, similares a garras monstruosas, se avecinaban amenazantes sobre la humanidad del fugitivo, quien escapaba a todo galope entre peñas y valles.
Por fin, luego de varios minutos de huida, Rab pudo detenerse. Estaba perdido. No sabía en dónde se encontraba, pero por lo menos estaba seguro...
Y empezó a reconocer su entorno. Aquellos árboles... aquel camino oscuro y tortuoso que se perdía en la montaña... aquella enorme piedra blanca en medio del camino... el Camino de los Pinos...
El alma de Rab dio un vuelco de nuevo. Clavó las espuelas en los costados de su mula. Debía regresar pronto a Brill. Aquellos seres... ¿le habrían seguido? Y Kat... Si los zombis llegaban a Brill...
Su corazón tomó valor de nuevo. Debía llegar cuanto antes a la casona de la vieja MacReady. Debía advertirle a todo el pueblo. Debía llegar lo más pronto posible.
Decidió aligerar el peso, y con sumo pesar, lanzó los sacos repletos de grano al suelo. Uno de ellos se abrió, derramando su contenido sobre la tierra... y entonces, Rab pudo ver como la tierra misma se ennegrecía, volviéndose un limo verdoso que expedía un nauseabundo olor al aire.
- El grano... - se dijo, y su rostro se iluminó aterrorizado - ...¡EL GRANO!
Se volvió intempestivamente. Un ruido había llamado su atención. Se dio vuelta. Allí, a tan solo unos pasos de él, había una mujer. Vestía blancos vestidos, y una especie de aura azulada, fátua y lúgubre, rodeaba su silueta. Estaba pálida, como si toda su sangre hubiese sido vaciada sobre el suelo.
Y Rab recordó la leyenda de la novia despechada... Sacó su daga y se encomendó a la Luz, en la cual había dejado de creer hasta esa noche.
La mujer levantó los ojos, los ojos vacíos de la muerte, y se lanzó sobre Rab...
Cuando el granjero volvió en sí, lo primero que vio fue su mano, empuñando una daga con la hoja empapada de sangre. Frente a él, un cuerpo inerte, decapitado...
No podía perder más tiempo. Cabalgó cual rayo entre las llanuras y las montañas. Y por fin, allá adelante, se veía la granja de la vieja MacReady. Le volvieron las fuerzas, le volvió el alma al cuerpo, pero su sonrisa se fue esfumando poco a poco...
Toda la granja estaba a oscuras, salvo una pequeña fogata que ardía en las afueras... La tierra que rodeaba la propiedad... estaba negra, y el mismo limo verdoso se elevaba hacia el cielo como si fuera una profanación... Y entonces, se acordó de la mujer del camino... y se acordó de Kat.
Y no solo esa granja destilaba muerte, sino la siguiente... y la siguiente... y la siguiente... Todo Brill había sucumbido esa noche, la noche en que Rab Korsaff había muerto dos veces, porque en el preciso instante en que Rab caía de rodillas poseído por la locura y el dolor, cientos de los que alguna vez fueron hombres, mujeres, ancianos y niños, le rodearon, como si fuese una profecía...
* * *
- ¿Cuál es tu nombre? - preguntó la elfa, mientras sus ojos negros se perdían en lo que fueron los azules ojos de su nuevo aliado.
- Rab Korsaff - respondió el no-muerto, después de dudarlo un poco. - Mi hermana, Kat... ¿dónde está?
- No sé nada de esa hermana. Solamente que eres uno de los pocos que logramos despertar del hechizo. Ahora. estás a mi servicio. El Rey Lich ya no te controla. Yo soy Sylvannas, La Dama Oscura de los Forsaken, y de ahora en adelante, serás Rab Darkspell. ¿Sabes cuál es nuestra misión, Rab?
- Venganza - respondió secamente, y ambos, la banshee y el no-muerto, sonrieron.
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Last edited by Roderich on Vie Ene 22, 2010 11:48 pm, edited 1 time in total
Mandado: Mie Ene 20, 2010 5:33 am Asunto del mensaje:
III
Personaje: Sjhisai.
Usuario creador: Chisaikano.
La danza macabra.
Sjhisai levantó sus espadas y partió a su contrincante en pedazos. Se lo merecía. No era la primera vez que lo hacía. De hecho, le parecía que hacía milenios que había iniciado aquel rito de sangre y muerte sin sentido. No recordaba nada de su pasado, solamente que cada vez que salía a la arena, solamente tenía una opción: ganar o ganar.
Estaba cansada. Aquella noche había matado a diez rivales, dos ogros entre ellos, y eso que no había sido una noche tan pesada como otras.
- ¡Deja las espadas allí! - le gritó uno de los guardias. Sjhisa sonrió. No era la primera vez que veía el miedo en sus ojos. El guardia no era tonto. Sabía que si se acercaba demasiado a aquella arma letal viviente, no vería de nuevo la luz del día.
- Es hora de tu baño - dijo el Razormane, y se rió estruendosamente mirando a su compañero, que le devolvió, nervioso, la sonrisa.
Sjhisai les miró con aquellos perfectos ojos verdes. Sabía porqué se reían. Siempre lo sabía. Verla bañarse... era parte del show.
La puerta levadiza se abrió y pudo ver el oscuro túnel. Comenzó a andar, desarmada. Sabía que todas las miradas de los guardias y de todos los espectadores, estarían sobre ella en unos momentos. Podían mirar cuánto quisieran. Nunca la tendrían. Primero, los partiría en dos.
Por fin salió del túnel. Siempre que lo cruzaba, le parecía una eternidad, aunque en cierto modo, era el único lugar donde se podía sentir a salvo, aunque fuera por unos minutos.
Sobre ella, estaba el anfiteatro, repleto de espectadores, los mismos que la habían visto descuartizar al tauren con solo un movimiento de espadas. Frente a ella, un antiguo pozo lunar hacía las veces de bañera. Sjhisa lo miró, asqueada, como siempre.
Se empezó a quitar la armadura y todos guardaron silencio. Las hombreras primero. Era increíble que aquellas manos suaves y delgadas, recubiertas de aquella piel púrpura que brillaba con los haces de la luz de la luna, fueran las manos de una asesina mortal. Una de las hombreras cayó, bañada en sangre de tauren, y ante la visión de aquel hombro perfecto y delicado, hubo un suspiro general.
Sjhisa sonrió para sí, y luego, se reprimió. Otra hombrera cayó al suelo, y con ella, sus ilusiones. Se soltó el cinturón, luego, el peto. Debajo, la cota de malla en anillas era lo único que separaba su camisa de algodón, empapada de sudor, de la vista lividinosa de los congregados.
Una greba y luego la otra... el sudor corriendo por sus piernas, los latidos del corazón... se podían palpar en aquel caluroso ambiente.
Calló la cota de malla. El escote de la camisa de lino dejaba entrever generosamente la curva perfecta de los senos purpúreos... Sjhisai se abrió la camisa... poco a poco... primero un cordón, después el otro... una gota de sudor resbaló por el cuello, torre de marfil de aquella diosa hecha mujer, y se fue a colar directamente entre los dos pechos...
Un humano se fue de bruces contra la arena, mientras el resto contenía la respiración. Sjhisa se soltó el cabello, blanco, y liso como el armiño, y lo dejó caer sobre su pecho, mientras lanzaba una risilla burlona. A continuación, la camisa cayó al suelo, pero el cabello no dejaba ver la perfección de aquellas enormes, deseables y completamente voluptuosas gracias que la diosa Elune le había otorgado.
Sjhisai se quitó el pantalón de algodón y sus deliciosas piernas quedaron al aire. En medio de ellas, estaba la gloria, o al menos eso pensaba más de uno de los presentes.
Sjhisai penetró en el agua y empezó a recorrer sus rincones con sus manos, mientras se aseaba las heridas, las cicatrices y los moretones de diez batallas seguidas... un viejo mago en la tribuna tuvo un ataque al corazón.
Alzó la mirada y recorrió las caras de los presentes. Hoy había más gente. Estaban los mismos de siempre, pero muchos más nuevos. Al amo le había ido bien en el negocio. Algún día, le retorcería el cuello...
Se detuvo un momento. Unos ojos brillaron en la oscuridad cuando se cruzaron con los de ella. ¿Podría ser... uno de ellos?
Sjhisai sintió el peligro. Como guerrera, presentía cuando la sangre estaba a punto de derramarse.
Salió del agua y comenzó a vestirse, y las protestas del público no se hicieron esperar.
El Razormane entró en la arena y le apuntó con su lanza, amenazándola, si no volvía a entrar al agua, pero Sjhisa no le hizo el menor caso.
Una flecha cruzó el aire y se incrustó en la frente del Razormane, que se desplomó inerte sobre la tierra.
Inició el alboroto. Sjhisai se volvió para buscar al arquero, pero este se movía tan rápido que no pudo detectarlo. Otra flecha y otro guardia, un orco, cayó sobre el agua, tiñéndola de rojo.
El día tan esperado había llegado. Sjhisai, semidesnuda aún, saltó hacia uno de los guardias y le quebró la columna cervical con una llave con sus piernas, las mismas que aquel sucio había estado tocando con la mente apenas unos minutos antes.
Cayó de cuclillas. Varias rejas se abrieron y empezaron a penetrar más guardias, orcos, ogros, taurens, trolls, humanos y enanos. Sjhisai los esperaba. Sonrió al verlos y les cerró un ojo, mientras se relamía los carnosos labios azulados con su lengua roja como una frambuesa.
Aquellos desdichados se dieron cuenta, tarde para ellos, que se habían metido a la cueva de la bestia. Uno por uno fueron cayendo ante los letales golpes en sus partes vitales que Sjhisai, lanzándolos certeramente con las manos y los pies desnudos, les daba sin darles tiempo siquiera a responder.
Una voz resonó en el recinto. Era el Amo. Estaba furioso. Su atracción principal, su presa favorita, escapaba y nadie hacía nada para evitarlo.
Otra flecha surcó los aires y se clavó en uno de los brazos del trono del Amo. El gigante miró la flecha y reconoció al arquero. Había fallado por muy poco. Empezó a vociferar blasfemias. Si Sjhisai escapaba, todos pagarían con sangre.
Sjhisai se vio rodeada de guardias, pero con un rápido movimiento y un salto mortal sobre sí misma, pasó sobre ellos y se introdujo en el túnel. Todos estaban atónitos.
La perdieron de vista por un momento. Cuando reapareció, estaba ya sobre ellos... con sus letales espadas en las manos.
- ¡NO! - gritó el Amo. Ahora si estaban perdidos.
Cual si fuese una centella, Sjhisai pasó en medio de ellos. Delicados golpes con sus finas espadas élficas en los puntos específicos, iban desplomando a todos, uno por uno, sin siquiera tener la oportunidad de defenderse.
Había gritos de horror y algunos intentaron buscar una salida que no existía, solamente para morir en manos de la Bailarina de Espadas.
Un grito y Sjhisai se detuvo. Había reconocido esa voz... Venía a su mente de un pasado lejano, que no podía recordar...
En medio de la arena, yacía el cuerpo del Arquero, alcanzado por la cruel espada del Amo.
Sjhisai le miró la cara y lo supo. Era él. De algún modo, sabía que era el. El chico que le llevaba la comida. El chico que presumía de ser el mejor con el arco. El único que la había tratado con respeto durante su cautiverio en aquella monstruosa fortaleza en medio del arenoso desierto de Kalimdor. El chico que le había dicho, la noche anterior, que la amaba desde el primer día que la había visto, que le curó las heridas luego de su captura, y que le había prometido, por la diosa Elune, que la liberaría aunque le costase la vida... y eso era precisamente lo que había ocurrido.
- Kano... - dijo Sjhisai, mientras una lágrima, la única lágrima que derramaría en toda su vida, le recorrió el perfecto rostro inmaculado.
- Te dije que te amaba... - susurró el chico - ... y eso no cambiará nunca.
Sjhisai se acercó y sus labios rozaron los de Kano, que le dio, como regalo postrero, su último suspiro...
La Bailarina de Espadas se levantó y alzó la vista. Los hermosos ojos verdes... brillaban como la Luna Llena en verano. Era un brillo de ira.
Los guardias temblaron y retrocedieron ante cada uno de sus pasos.
Frente a ella, el Amo, sentado en el trono, se regodeaba en su putridez y sonreía. Aquel ser despreciable era el único que había logrado vencerla en un combate... y sería el último.
El Amo se levantó, dejando entrever su cuerpo musculoso y toda la altura de sus tres metros y medio de estatura.
Sjhisai enarboló sus espadas, que hicieron verla aún más hermosa y letal... y comenzó la danza macabra.
***
Sobre un risco, mirando Kalimdor, se levanta una tumba, con una cruz formada por un arco y una flecha. Una lápida hecha de piedra blanca reza el nombre ya olvidado de su sempiterno habitante, un joven Arquero.
Junto a la lápida, a modo de ofrenda, también hay una inmensa espada que, dice la leyenda, perteneció a un gigantesco Centauro que asolaba las planicies de Desolace, hasta el día en que vio la muerte en manos de una esclava.
La leyenda de la Esclava, a lo largo de los siglos, ha ido pasando de generación en generación. Algunos dicen que es una princesa olvidada de los Kaldorei, otros, una antigua guerrera de una Orden de asesinos que se ha perdido en el tiempo...
Yo nunca la he visto, pero conozco su nombre... la llaman Chisai Kano.
Mandado: Mie Ene 20, 2010 11:51 pm Asunto del mensaje:
IV
Personaje: Alderaz
Usuario creador: Alvar.
El anillo de oro.
Alderaz respiró profundamente, absorbiendo aquella maravillosa ráfaga de aire fresco que le despeinaba los rojizos cabellos y llenaba sus pulmones. Siempre había amado el aire fresco del campo, en especial de aquella región al este de Stormwind, que por aquella época lucía remozada y próspera, tanto, cual si fuese una ciudad de porcelana enclaustrada en una esfera de cristal. El sol se levantaba sobre el horizonte, y sus rayos, cayendo sobre las encaladas paredes de Stormwind Keep, la hacían brillar cual espejo pulido. Alderaz estaba dispuesto a desentrañar los secretos de aquella joya.
Empezó a caminar, descendiendo la montaña. Nunca había estado en aquel sitio, sin embargo, su madre le había dicho que era estrictamente necesario de que conociese a profundidad los vericuetos y entreveros que conformaban lo que los eruditos llamaban “civilización”.
No tardaría mucho en conocer el primero de sus secretos. Sus oídos atentos detectaron en la lejanía unos peculiares sonidos agudos, finos, casi imperceptibles, que se fueron intensificando conforme los seres que los emitían se acercaban hacia la colina donde Alderaz observaba la ciudad.
Abajo, aparecieron unas chicas. Tres, para ser exacto. La mayor no tendría si acaso dieciocho años, y la menor, unos doce. Reían y jugueteaban entre ellas, lanzándose bromas con tan sana alegría, que Alderaz no pudo menos que sentirse contagiado de tal jovialidad.
Empezó a descender ladera abajo. El pasto estaba húmedo por el rocío mañanero, de modo que la planta de sus pies sentía las frías hojas haciéndole cosquillas en los resquicios de los dedos, lo cual aumentó su buen humor.
Salió al camino, colocándose cercano a un árbol, con una sonrisa en los labios que le abarcaba todo el rostro. Las tres chicas, pastorcillas según se podía ver por sus vestidos, se detuvieron de improviso ante la aparición de un extraño. La menor de ellas le vio primero, y la verdad, no pudo contener un grito. Las otras dos voltearon hacia donde Alderaz se encontraba, y la mayor de ellas, al mirar al nuevo individuo, lanzó una exclamación de sorpresa y corrió a tapar los ojos de la pequeña, quien intentaba por todos los medios zafarse de los “dedos protectores” de la que parecía ser su hermana mayor.
-¡Estás desnudo! – dijo la de en medio, a la razón la más despierta de las tres.
Alderaz se miró hacia sí mismo. En efecto. No había pensado en eso hasta ahora. Allí estaba él, un hombre de unos treinta años de edad, de torso fornido, cabello rojizo moreno, piel blanca como la nieve, con un anillo en su mano izquierda por todo vestido, desnudo delante de tres adolescentes.
- He perdido mis ropas, mientras me bañaba en el río - se excusó Alderaz, y su cara tomó un tono sonrojado similar al de su cabello.
Aquella experiencia era nueva para él. Desnudo, se sentía indefenso, expuesto a las miradas inquisitivas de aquellas chicas, que por demás, ante la inocencia que irradiaba aquel individuo, no hacían más que observar su entrepierna. El calor subía hacia su cara y empezaba a marearse. Instintivamente, llevó sus manos hacia el lugar que ellas miraban.
La mayor de las tres hermanas se volvió y ordenó a las otras retirarse. Luego, volviéndose hacia Alderaz, le miró duramente con unos divinos ojos almendrados que Alderaz comparó con la belleza de la aurora.
- Deberías tener cuidado donde dejas tus cosas – dijo secamente la mujer, y le arrojó un pedazo de tela que guardaba en una cesta. – Toma. Que te sirva bien. Y cuida ese anillo. Parece valioso.
La chica apuró a las otras dos, que no dejaban de curiosear al hombre desnudo mientras se alejaban riendo. Por un instante, los ojos de Alderaz se cruzaron con la mirada de la mayor de las hermanas y, por casualidad, le arrancó una sonrisa. No supo porqué, pero aquellos ojos almendrados y aquella sonrisa pura le hicieron ponerse más rojo aún.
Las tres desaparecieron tras la colina y Alderaz, agachándose, tomó el pedazo de tela. Extendiéndolo, se dio cuenta que era una especie de toga de lana, muy bien tejida, hecha de algún animal silvestre, probablemente un ciervo. Pasaron tres largos minutos antes de que Alderaz pudiera colocársela como era debido, y así vestido, echó a andar.
El prístino canto de las aves resonaba en sus oídos mientras continuaba su paseo. A los pocos minutos, se encontró pasando delante de una granja. Alderaz dio un vistazo y divisó una columna de humo escapando de una chimenea, y un fuerte olor a desayuno hizo que le sonaran las tripas.
Alderaz miró a un lado y hacia el otro y no vio a nadie. Se acercó hacia una de las ventanas de la casa y asomó la cabeza. Sobre una pequeña estufa de metal ardía un tetero, y encima de una mesa, había un enorme bollo de pan, huevos fritos y jamón. Alderaz tenía un hambre atroz. No había comido desde el día anterior, e instintivamente, casi sin darse cuenta, estaba delante de aquel banquete, metiendo sus manos entre los huevos y relamiendo la yema en el plato.
Llevaba acaso tres apetitosos bocados, cuando sintió un tremendo golpe sobre su espalda.
- ¡Ladrón, ladrón! – gritaba una mujer de unos cincuenta años, vestida con un traje celeste y un delantal blanco. - ¡Fuera de aquí, auxilio!
Alderaz estaba confundido. La buena dama, alarmada, no dejaba de darle escobazos y de gritar pidiendo socorro. El pobre hombre corría alrededor de la mesa, tratando de alejarse de sus ataques, pero no podía dejar de meter, de cuando en cuando, la mano de nuevo en el plato, para mayor cólera de la mujer.
Finalmente y sin saber cómo, Alderaz se vio corriendo despavorido, alejándose de la granja, mientras la dueña le gritaba improperios desde la ventana y sacaba un enorme rifle.
Tras poner tiempo y distancia entre él y su perseguidora, Alderaz por fin dejó la carrera y empezó a caminar, un poco agitado, aún con hambre y preguntándose por qué aquella señora estaba tan enojada y aún peor, amenazando la honra de Alderaz, la de su madre y la de toda su familia. ¿Qué culpa tenia su venerable madre de que ella estuviera de mal humor? Y todavía, con aquel desayuno tan sabroso.
Era cerca del mediodía. Las murallas y torres de Stormwind se levantaban delante, ya tan cercanas, que Alderaz sentía que podía tocarlas con las manos. Conforme se acercaba, el número de personas con las que se encontraba iba creciendo en número y en diversidad.
Un viajero con las alforjas al hombro, andando como él, a pie. Un comerciante montado en su carreta, jalada por un asno. Una mujer con una batea en su cabeza, acompañada de un niño rubio que se le quedó mirando extrañado. ¡Ah, los corazones inocentes lo ven todo! En ese instante, Alderaz sintió que la tierra retumbaba. Se dio vuelta y tuvo que apartarse de golpe. Estrepitosamente, a su lado pasaron varios individuos. A diferencia de los otros, vestían gruesas armaduras de metal, que les cubrían de pies a cabeza, e iban montados en enormes caballos. Todos llevaban un yelmo que les ocultaba la cara, excepto el primero, que parecía ser el líder.
Este iba con la cabeza desnuda. Montaba orgulloso un hermoso alazán blanco y su modo de galopar denotaba que era un hombre muy seguro de sí mismo. Tenía cabello y barba cerrada de color marrón, con algunas canas, y portaba en el cinto de su caballo un enorme y poderoso martillo.
Al pasar, el jinete no pudo evitar, por unos instantes, cruzar su mirada con la de Alderaz. Un nuevo sentimiento se apoderó del joven. Nuevamente se sintió indefenso, pero era distinto a lo que había sentido con la pastorcilla. Por algún motivo, aquel jinete le había hecho sentir culpable, como si hubiese cometido alguna falta que no podía recordar.
Alderaz se extrañó de tal pensamiento. Es decir, ¿de qué podía arrepentirse? Toda su vida había vivido en las montañas. Lo que sabía, lo sabía por su madre, que le había enseñado prácticamente todo, a respetar a todas las criaturas vivas, por más pequeñas que éstas fueran.
Continuó andando. Junto con muchos otros, atravesó las enormes puertas de la ciudad. Cuatro gigantescas estatuas, representando un enano, un guerrero, una elfa y un mago, custodiaban el primer jardín. Al fondo, otra estatua, un joven de cabello largo con un gran martillo, de mirada firme y serena, le esperaba. Enormes almenas, torres majestuosas de plata, soldados por todas partes, con brillantes armaduras, armados de espadas, escudos y lanzas. Y gente, un océano de gente, que entraban y salían, y le empujaban en todas direcciones. Personas de todas las razas, colores, credos. Magos, saltimbanquis, vendedores, doncellas recatadas, mujeres de la calle, niños, aristócratas montados en sus hermosas carrozas, príncipes, mendigos.
Aturdido, trató de escapar de aquella multitud, de aquel pandemonium. Atravesaba las calles, topándose con gente en cualquier dirección que tomase. Algunos le ofrecían comprar al mejor precio delicioso y fuerte vino de Pandaria, otros le vendían seda de Lordaeron, pescado fresco de Menethil Harbor o exóticas flores del sur de Azeroth. Otros le leían la suerte en la mano, le regalaban la felicidad en forma de un exilir o le prometían la vida eterna en un frasco.
Mientras observaba todas estas cosas, Alderaz no podía evitar sentirse sorprendido y asustado por todo lo que aquella gente podía hacer. ¿La vida eterna? ¿La solución a todos sus problemas? ¿La cura de todos los males? Alderaz meneaba la cabeza en forma negativa y hasta quería taparse los oídos.
Por fin, logró salir a un callejón, alejándose suficiente de la multitud que le agobiaba. El lugar en que ahora estaba era totalmente diferente al gran distrito del comercio, donde se encontraba antes de “escapar”. Una calle estrecha y oscura se perpetuaba entre los muros de casas destartaladas de madera y piedra. Se veía poca gente. Alguno que otro vagabundo, que a su paso, le levantaban una mano pidiendo una moneda.
Alderaz caminaba observando todo aquello. Miraba la miseria humana en su esplendor. Niños y mujeres sucios, con ojos llorosos, devoraban miedo en cada esquina. Un mundo oculto a las miradas de los grandes aristócratas. Alderaz había observado las finas ropas con que se vestían algunos en el gran distrito del comercio. Había visto príncipes y princesas desfilar sus ricos vestidos y derramar su opulencia en las calles. Y ahora, tenía esto delante de sus ojos. Se sintió tentado a quitarse el anillo y dárselo a uno de aquellos seres, pero recordó lo que había dicho la pastora: era demasiado valioso.
Alderaz contuvo la respiración. Nunca antes había sentido lo que era el egoísmo, hasta ahora. ¿Sería ese su pecado, la culpa que había sentido cuando se topara con el caballero en las puertas de la ciudad? Sintió su piel erizarse y quiso escapar, pero, ¿adónde? ¿Cómo podría escapar de sí mismo?
Empezó a caminar más rápido entre las callejuelas, cuando repentinamente un individuo le salió al paso y chocó con él. Era mucho más bajo, no mediría más de metro veinte. Vestía una armadura de cuero y portaba una barba larga, anaranjada, amarrada en tres trenzas. Caminaba tambaleándose y en su mano portaba un gran jarro de madera. Al chocar con Alderaz, lanzó un gemido leve, casi sordo, de molestia, y se volvió.
El eructo del enano le dio de lleno a Alderaz en la nariz, y no pudo evitar apartar la cara. ¿Qué bebía aquél individuo? Alderaz quiso saberlo. El enano se había desmoronado sobre una mesa, por donde otros, enanos y humanos, charlaban, se retaban a duelo y bebían como si fuera lo único importante en la vida.
Alderaz tomó uno de los jarros que había sobre la mesa y se lo llevó a la nariz. No tenía buen olor y lo meditó dos veces antes de probarlo. Era amargo… aunque tenía cierto sabor… pegadizo. Alderaz continuó bebiendo. Empezaba a gustarle. Le pidió al tendero otro jarro… y luego otro… y luego otro. Sentía palomitas en el estómago y la cabeza comenzaba a darle vueltas. Eructó y al darse cuenta de lo que había hecho, lanzó una risilla tímida. Eructó de nuevo y otra vez. Intentó ponerse de pie y no pudo sustentarse. Cuando se dio cuenta, estaba tirado en el suelo.
- ¡Oye tú! – escuchó de repente una voz. - ¿Tienes con qué pagar eso?
Alderaz no supo como responder. Delante de él tenía al tendero y a un par de hombres fornidos, peludos y de aspecto agresivo, armados con un hacha y una maza. Alderaz se puso de pie mientras se tambaleaba y quiso decir algo, pero solamente le salió un eructo a la cara del tendero y una risilla nerviosa como disculpa.
No se dio cuenta en qué momento estaba de nuevo corriendo por las calles de Stormwind, mareado, aturdido y perseguido por una turba de enanos enfurecidos.
Aún corría cuando repentinamente tropezó con algo y cayó de lleno sobre su cara contra la calzada. Levantó la mirada, viendo doble, y se encontró con los ojos de una mujer. Era alta, de tez morena y pelo rubio, con ojos verdes encantadores. Tenía una bella sonrisa. Sí, ¡le sonreía!… Alderaz sintió su cara enrojecer de nuevo, aún más intensamente, pero no supo si era el alcohol o la timidez. Le temblaba el cuerpo.
- Levántate, mi amigo.
Una voz de hombre le había sacado del éxtasis. Alderaz volteó y miró que le tendían una mano. La tomó y se levantó. Delante de él, se encontraba un hombre mayor, de unos sesenta y cinco años, de pelo y barba largos y blancos, y aspecto venerable. Su cara denotaba una amable sonrisa y unos ojos sabios. Vestía una túnica de lino azul, de pies a cabeza, y portaba una vara de madera a modo de bastón, que llegaba hasta el piso.
- Deberías tener cuidado cuando corres por estas calles – le dijo de nuevo con voz afable. – Mi nombre es Mannath Magesinger, y esta es mi hija, Liliana. ¿Tienes nombre, querido amigo?
- Alderaz… Alderaz Traxis – dijo, como dubitativo.
- Pues bien, mi querido Alderaz – dijo el hombre con su mirada brillante y su sonrisa limpia. – Hoy serás nuestro invitado a cenar.
El sol caía en el Poniente, cubriendo de rojos, turquesas y púrpuras el horizonte. Alderaz se miraba al espejo. Ya no parecía un vagabundo. Se había bañado en una tina con agua caliente por primera vez en su vida. Se había rasurado y peinado. Estaba vestido con un traje dorado de lentejuelas, y ahora parecía todo un caballero.
Se presentó a cenar. Mannath Magesinger le contó que era un mago, un poderoso mago, sobreviviente del Kirin Tor y de la destrucción de Dalaran. Alderaz había escuchado la historia del Kirin Tor de boca de su madre. Sabía que estaba delante de un hombre al que tenía que respetar.
Sonó una campanilla. Alderaz y Mannath se volvieron hacia la escalera principal de la lujosa casa de dos plantas. Sobre el descanso de los escalones, Liliana descendía con pasos suaves y delicados. Estaba más hermosa, más radiante que nunca, con un vestido largo blanco de encajes que le dejaba al descubierto parte del cuello y la espalda. Alderaz sentía que sus piernas se estremecían y su corazón se aceleraba.
Cenaron. Mannath habló de magia y del poder de los encantamientos. Habló de su pasado. De su familia y su amada hija. Liliana era su única hija. Le habló maravillas del arte, de la ciencia, de la música, de la magia. Las palabras de Mannath Magesinger volaban como las golondrinas durante el invierno, anidando en el corazón de Alderaz. Sin embargo, el joven no había podido dejar de mirar a Liliana durante toda la cena. Aquello era algo nuevo para él. Algo más profundo, totalmente diferente a todo lo que había sentido durante aquel extraño día. Y se sonrojó y bajó la mirada cada vez que Liliana le descubrió mirándola, para soltar una risilla inocente.
Por tanto, prefería guardar silencio. Le contó brevemente sobre su vida en el campo y sobre su madre. Le contó que ella le había enviado a conocer eso que llaman civilización, pues él, algún día, debería retomar la labor de su madre en el mundo. Tanto él como Mannath coincidieron en que la palabra era más complicada de lo que se suponía, aunque Mannath quedó algo confundido con las palabras del joven.
Se hizo tarde. La noche era oscura y las estrellas brillaban en el firmamento, extendido en la inmensidad del espacio como un lienzo negro. Mannath Magesinger se disculpó y se retiró a dormir. Alderaz no pudo evitar sentirse angustiado por el pobre viejo.
Alderas Traxis subió a su cuarto, a contemplar las estrellas. Se había quitado el pesado chaleco de lentejuelas y solamente una camisa blanca y un pantalón amarillo, con sus botas de cuero, vestía en aquel momento. Se había sentado en el marco de la ventana, permitiendo a la noche regalarle su aroma y su frescura. Su mente viajaba milenios en el espacio. ¡Cuánto había aprendido! ¡Cuánto le faltaba por conocer!
Tocaron a su puerta. Sin que Alderaz diera respuesta, la luz penetró por el resquicio cuando esta se abrió. Una figura entró en el cuarto. Una figura de ojos verdes y sonrisa fresca.
Alderaz no pudo evitar sentir un pavor desmedido. Era Liliana. Estaba más hermosa que nunca. La chica se sentó junto a él, cerca del marco de la ventana. Abajo la ciudad dormía, iluminada por la luz de las estrellas.
- ¿Alguna vez habías visto tanta hermosura? – preguntó a Liliana.
- A veces no puedo evitar sentirme prisionera de esta ciudad – dijo la chica con un suspiro.
- ¿Por qué? – dijo Alderaz. – Tú eres tan joven y tan hermosa. Me parece increíble que una persona como tú hable con tan dejo de tristeza en su voz.
- Soy huérfana de madre desde el nacimiento, y mi padre, aunque se ve sano, es un hombre enfermo. Temo que no vivirá mucho. He de quedarme sola.
- La vida del ser humano es corta, ¿cierto? Pasajera como la hierba del campo. No te has dado cuenta y ya se ha esfumado.
- Hablas como si no lo supieras – rió Liliana, y su risa se prolongó eternamente como el eco, en el corazón de Alderaz.
- Yo pienso que cada día debe vivirse al máximo, pero solo uno a la vez. Pienso que el pequeño segundo que tomas para respirar el aire del campo, o quedarse estático observando los miles de colores del atardecer sobre el mar, o el simple hecho de tener a alguien a quien amar, aunque sea en silencio, es vida eterna.
- Nos prolongamos como espíritus bondadosos en la infinidad del universo. Eso me enseñó mi padre – le interrumpió Liliana, y Alderaz se sorprendió de la revelación que acababa de tener.
- ¿Tú lo crees?
- Quiero creerlo. Me gustaría pensar que no somos más que carne. Me gustaría que fuéramos seres de luz que se perpetúan una y otra vez en el tiempo. Y no somos más que hierba flotando en la brisa.
Sus miradas se cruzaron. Casi podía sentir el pecho de ella agitarse, tanto como estaba el suyo. Y se dio cuenta que estaba delante de un espíritu afín, de un alma pura que volaba paralela a él en la línea de la eternidad.
Sus cabezas estaban juntas, muy juntas. Alderaz y Liliana se perdieron uno en los ojos del otro. La respiración… el perfume del cuello virginal de Liliana… el sudor en las manos de Alderaz. Alderaz Traxis y Liliana Magesinger cerraron los ojos.
- Jamás había visto algo tan hermoso… como tú – dijo Alderaz y su voz se iba apagando conforme sus labios se fusionaban. – Un regalo… un precioso regalo es la vida… pónselo en el dedo…
Liliana abrió los ojos. Estaba sola en el cuarto. Contrariada, sintió algo en su mano. Bajó la mirada. Sobre la palma, tenía un anillo de oro. Liliana salió huyendo del cuarto a buscar a su padre. Nunca más volvería a ver a Alderaz en toda su vida. Lo cierto es que Mannath Magesinger, el grande y bondadoso mago, viviría más de cien años, y que su hija Liliana, y sus nietos, y sus bisnietos, y toda su descendencia, que pasaran el anillo de generación en generación, nunca más volverían a padecer de enfermedades ni de dolor, hasta el día de hoy…
Su madre tenía razón. Aquellas criaturas fascinantes, inverosímiles, absolutamente perfectas eran en su imperfección, y eso era lo irónicamente bello… Sonrió. Había conocido el odio, la belleza, el egoísmo, la dulzura, la vergüenza, la compasión, la maldad, la culpa, la esperanza, el amor… Oh, sí, el amor sobre todo, en aquella alma gemela. El sentimiento más maravilloso. Había encontrado al ser perfecto que mereciera aquel regalo, aquella muestra benévola de esperanza en forma de anillo. Sabía que no se había equivocado. Y mientras volaba perdiéndose en el infinito, Alderaztraxis, el gran dragón rojo, pensó que por eso, solamente por eso, la vida valía la pena.
Mandado: Vie Ene 22, 2010 1:40 am Asunto del mensaje:
Boro46 escribió:
El anillo de oro nunca dejara de impresionarme
Me alegro que te guste .
V
Personaje: Cog.
Usuario creador: Head-Shot.
El beso de la noche.
- Está amaneciendo, Nuredyn. Debo irme.
- Quédate un poco más. Espera a que la aurora repunte en el horizonte.
- No puedo, Nuredyn. Ella me llama.
Y juntos esperamos a que el alba nos sorprendiera desnudos.
Éramos novios, Nuredyn y yo, desde hacía diez años, aproximadamente. La descubrí robando frambuesas de mi huerto una tarde de abril. Allí estaba ella, con toda la dulzura de sus dieciséis primaveras mirando al sur. Ella era realmente hermosa. Su cabellera era larga y pelirroja, de modo que al atardecer se encendía como una hoguera que me quemaba el alma. Y sus piernas... ¡oh, sus piernas! Eran un sueño. Firmes y carnosas, como las de las mujeres del sur de Azeroth.
El viejo Cog hace una pausa y bebe un trago de aguardiente para tragarse el nudo que se le hizo en la garganta.
- Ella insistió en acompañarme. Siempre insistía. Yo no podía negarle nada, así que le dije que sí. Vivo en un pequeño pueblo de diez habitantes en las afueras de Stormwind, cerca de Goldshire. La gente es buena conmigo, y lo era con Nuredyn. Ahora solamente me queda el huerto.
Unos desconocidos intervienen. Instintivamente, me llevo la mano al cinto, buscando mi vara. Cog me toca el hombro y me detiene.
- Siempre es lo mismo. Siempre que cuento esta historia, es lo mismo.
Cog traga el aguardiente, arruga la cara y se para. Si acaso mide un poco más de metro sesenta. Con aquella barba espesa y sus formas regordetas, es fácil confundirlo con un enano. Pero no. Cog no es un enano.
Se tambalea un poco. Los otros ríen y le llaman viejo borracho. No es por el licor. Cog podía beber toda la noche, todas las noches, y apenas si acaso sufrir una resaca al día siguiente. No. Es la pierna de palo, el problema. La bendita (o maldita) pierna de palo.
Cog sonrió haciendo una mueca de mal gusto mientras se encaraba con el pendenciero. Me miró y me sonrió también.
- No sabe lo que le espera – me dice, sin parar de sonreír.
- Caballeros – intervengo poniéndome de pie también. – Os ruego que dejéis acabar a este mi amigo acabar su historia. He cabalgado cientos de kilómetros desde tierras lejanas para escucharla. Os invito a tomar asiento y disfrutarla con una cerveza.
Los desconocidos me sonríen, excepto el que se encara con Cog. Nunca he visto miradas tan paralizantes como la de aquellos dos rivales retándose.
Al fin se apartan y se van al otro lado de la taberna. Cog y yo nos sentamos. Cog no aparta su mirada de matón. Llamo su atención y vuelve a verme. Su cara parece una máscara petrificada de carnaval. Su frente luce arrugada y envejecida, mas no por años sino por penas.
- Muchos me quieren muerto – se rie. – Mi cabeza tiene precio desde Menethil Harbor hasta Booty Bay – tomó otro sorbo de aguardiente y volvió a reír. Volcó el vaso vacío sobre la mesa - ¿No tendrás una moneda para invitar a un viejo amigo, cierto? Soy famoso entre los cazarrecompensas, ¿sabes? - esta vez el que sonrió fui yo, - pero no tengo ni una moneda para invitarme a otra aguardiente. Solamente me queda el huerto.
Yo amaba a Nuredyn – reanudó su historia. – La amaba con toda el alma, pero ella me llamaba y yo no podía negarla. Nuredyn insistió en acompañarme. Se lo prohibí. Ojalá nunca lo hubiera hecho.
Salimos muy temprano esa mañana, con Lady Beauty. Era buena, Lady Beauty – tosió y se pegó con el puño cerrado en el pecho. – Hasta ese día. ¡Pobre Lady Beauty! No era su culpa. Pero ella me llamaba.
- ¿Quién te llamaba? ¿Lady Beauty? – le interrumpí con cierta ansiedad, temiendo que la locura hubiese hecho ya demasiada mella en su cabeza aturdida.
Cog rie y vuelve a ahogarse en su tos.
- No. Lady Beauty era una yegua. Las yeguas no hablan, aunque hay yeguas que son mejores compañeras que las mujeres. No. No arrugues el rostro. No me refería a eso. Ja ja! No has cambiado en nada.
Esa mañana tenía que ir a verla a ella. Se lo había prometido... no, no, se lo había jurado, que iría a verla. Ella quería el medallón... y se lo tendría que dar, a mucho pesar mío. Nunca pensé que el precio fuera tan alto.
Cog se pierde en sus pensamientos. Pido al tabernero otro aguardiente. Es buen tipo el tabernero. Lo había conocido unos meses antes, en un viaje previo a Booty Bay. Tiene cierto aire gitano que le da distinción al lugar.
- Abo – le dije al tabernero. – Sírvenos otra ronda.
Abo me hizo la seña convenida y yo traté de reanimar al relator.
Cog sale de su ensimismamiento. Creo ver una lágrima correr por su mejilla.
- Subimos por el camino que da a Deadwind Pass. Maldito sea ese día. Nuredyn iba sentada en la grupa de Lady Beauty, y se sostenía de mi espalda. Iba riendo y despreocupada. Yo reía de escucharla, pero no estaba tranquilo. Aquel lugar da escalofríos. ¿Has pasado por allí? Nunca vayas solo. Está lleno de forajidos, pero eso no es lo peor. Hay un mal, una presencia maligna que duerme bajo la tierra.
Y al decir esto, un viento gélido se cola por la puerta de la taberna, que me hace estremecer de pies a cabeza.
Cog se vuelve para aceptar el trago que Abo le ofrece.
- ¡Ahh! Aguardiente de las tierras del oeste. ¿De Pandaria, dices? No había probado este exquisito néctar en muchos años. ¿Quién es tu proveedor?
- Un pandaren que se dirigía a Gurubashi – explicó Abo. - Un tal Chen-Sian Barbado o algo por el estilo.
- Un mal que duerme bajo la tierra – repitió Cog, mirando detenidamente el aguardiente del vaso. - ¿Qué? ¡Ah, sí! Mi historia.
Subimos por una ruta que solamente algunos de la Orden conocíamos. Era una ruta secreta, un paso a desnivel que rodeaba los acantilados de la montaña. Lo usamos mucho durante la Segunda Guerra, para penetrar al Black Morass y evitar ser detectados por las tropas orcas de Blackrock Spire.
Eran si acaso las once menos cuarto. Sí, lo recuerdo bien. Miré hacia el sol. No estaba aún en el cenit, cuando divisé la torre. Nuredyn se abrazaba a mi espalda con todas sus fuerzas. Podía sentir su corazón latir acelerado como si fuese el mío propio.
Atravesamos el acantilado. El abismo se extendía varios cientos de metros, y no se divisaba el fondo. Tapé los ojos de Lady Beauty para que no se asustara con la altura.
Fue increíble. Logramos pasar sin problemas. Entonces, vi la torre. Allí estaba, como hacía milenios. ¿Sabes que nadie ha sabido nunca quién la edificó? ¡Khara’zhan! Nunca sale el sol sobre Khara’zhan. Está sempiternamente en penumbra y hace frío. Y el presentimiento de una oscura fuerza que se cierne sobre ti no deja de atormentarte.
Había escuchado muchos mitos acerca de Khara’zhan. Nunca creí ninguno, aunque debo confesar que su sola presencia congelaba hasta el alma. ¿Qué oscuros secretos guardaba tras sus muros su último dueño, el más poderoso de los hechiceros que ha pisado esta tierra? No puedo negar que no tenía el deseo de averiguarlo, pero ya había arriesgado demasiado a mi Nuredyn.
Ella me esperaba en la base de la torre. Cuando la ví, no pude evitar sentir repulsión. Estaba vestida de negro de pies a cabeza, con una manta con capucha que le cubría todo el cuerpo. Desfigurado era su rostro, tanto, que Nuredyn, instintivamente, ocultó su cara tras de mí para no verla. Ella se dio cuenta. Durante todos mis días, a partir de allí, me he preguntado si fue eso lo que motivó lo que pasaría después.
Bajé de Lady Beauty y me acerqué a ella, lo suficiente para escucharla, pero no para que me tocara. Por si acaso, tomé mi vara y la escondí tras mis ropajes. La magia solo se combate con magia.
Me preguntó si lo había traído. Le respondí que sí. Saqué el medallón y se lo mostré. Me exigió que se lo diera. Le pregunté que para qué lo quería. Ella refunfuñó y dijo que no era mi asunto. Le dije que si en verdad lo quería, debía retirar la maldición.
En este punto, mi interés por el relato de Cog crece. Aprovecho que el viejo hace una pausa para seguir bebiendo y miro a todas partes en la taberna. Noto que los hombres que habían retado al viejo Cog se han levantado de sus asientos y comienzan a rodear nuestra mesa desde posiciones estratégicas.
- Sí, ya me di cuenta – dije en voz alta.
- ¿Qué dices? – me interrogó Cog.
- Nada – respondí. – No hablaba contigo. Continúa, por favor.
- Le lancé el medallón. La mujer lo tomó y rió para sí. Pronunció unas palabras en un lenguaje arcano muy primitivo, que no pude comprender. Y entonces, pude sentirlo. Estaba libre al fin. Miré a Nuredyn y sonreí aliviado. Ella también se dio cuenta de que la maldición había desaparecido.
Me tiene embelesado con su historia. “La maldición había desaparecido”, repito en voz baja. Aún tengo una esperanza. Cog llegaba al clímax.
- Sabes - dijo. – Siempre te he apreciado. Eres un buen amigo. Nunca entendí por qué estabas tan interesado en ese medallón. Es un medallón maldito, como el demonio que lo habita.
Me estremezco de pies a cabeza. ¿Podía, por ventura, ser el mismo?
- No es el medallón el que me interesa tanto – respondí quedo. – Es la mujer... Debo ir a Khara’zhan.
Instintivamente me levanto, pero Cog me toma de un brazo.
- ¿No vas a escuchar el final de mi historia? Después, podrás irte si gustas.
Me vuelvo a sentar. Los hombres nos rodean casi a centímetros de distancia.
- Monté en Lady Beauty. Dimos la vuelta y buscamos de nuevo el camino hacia el paso de Deadwind. Fue cuando la escuché hablar.
“Nadie”, me dijo, “Nadie se libra de la maldición”. Arrié a Lady Beauty y me di vuelta. Ella había desaparecido. La voz en mi cabeza, sin embargo, no estaba. Me sobrecogió un escalofrío. Abracé a Nuredyn y le di un beso. El último para ella, pero no el último para mí.
Subimos por el acantilado. Esta vez lucía más tenebroso que la primera. Y algo pasó. Algo que aún tengo en el recuerdo. Lady Beauty se volvió loca. No sé que pudo espantarla. No. Sí sé. Fue ella. Fue Leshy, la bruja.
Lady Beauty comenzó a correr desbocaba por el borde del precipio. Traté de detenerla con el freno, pero fue demasiado tarde...
Cog hace otra pausa, la última. Apura el último sorbo de aguardiente. Me mira a los ojos. Un cuchillo brilla a sus espaldas.
Cog se da vuelta de un salto y levanta la pierna de palo, al mismo tiempo que pronuncia unas palabras arcanas que comprendí bien.
Para mi sorpresa, una gran bola de fuego sale despedida de la pierna de palo de mi amigo, dándole de lleno en el pecho al agresor, el mismo tipo que lo había amenazado unos minutos antes.
Cog calló hacia atrás y se levantó de nuevo, rápidamente, pero con dificultad. Yo me había levantado también de mi silla y tenía mi vara lista para combatir.
- ¿Algún otro? – dijo irascible, lanzando centellantes miradas a los demás forasteros.
Todos vuelven a sus asientos. Los compañeros del matón, un cazarrecompensas sin duda, levantan el cuerpo mal herido y calcinado del rufián y abandonan la taberna.
Cog volvió a sentarse.
- Cuando abrí los ojos – dijo, - ella estaba muerta... clavada en una estalagmita que surgía del suelo, atravesada por la mitad. Lady Beauty también estaba muerta, desnucada, sobre un risco... y yo tenía esta pierna fracturada en varios pedazos. Me arrastré como un gusano y lloré, llamándola a gritos, desesperado. Y allí, le di el último beso, el beso de la noche eterna.
Me encontraron unas horas más tarde unos mineros, enanos, por cierto. Me curaron la pierna, pero se gangrenó, y a la semana me la cortaron. Me iban a poner una pata de palo, pero en lugar de eso, pedí que me colocaran mi vara mágica, como una ofrenda a ella.
Me quedo mudo. Su historia me ha desgarrado el corazón. Juntamos las manos, a modo de despedida y él me da un abrazo. Me dispongo a salir cuando me llama.
- Ahriman – me dice. – Ten mucho cuidado. Por deshacerme de mi maldición, perdí lo que más amaba.
- Lo tendré, Radín – le respondo, llamándole por su verdadero nombre. Lo del Cog es un mote, por “cogorza”.
Me vuelvo y me despido de Abo. Salgo dejando al viejo Cog ensimismado en sus penas. Miro hacia el horizonte. Khara’zhan me espera.
... _________________
Last edited by Roderich on Vie Ene 22, 2010 4:17 am, edited 1 time in total
Mandado: Vie Ene 22, 2010 4:05 am Asunto del mensaje:
Qué buenos recuerdos... Y qué gran regalo me hiciste con 'Morir dos veces', gran Roderich. Aún tengo las historias guardadas en su carpeta, pero es agradable volverlas a ver por aquí. _________________
La muerte nos sonrie a todos, asi que... devolvamosle la sonrisa
Mandado: Sab Ene 23, 2010 12:13 am Asunto del mensaje:
Ahriman escribió:
Me encantó el factor sorpresa en El beso de la noche, he disfrutado mucho releyéndolo (y también los otros relatos).
Gracias por volver a subir estas maravillosas historias.
De nada
Khas escribió:
¿Acaso por aquel entonces no había Biblioteca?
Eh, creo que no la primera vez. La segunda vez que las subí estábamos con lo de los 10 votos y creo que no los alcancé.
VI
Personaje: Lord Apocalimonde.
Usuario creador: Lord Apocalimonde .
El Tesoro.
La ventisca caía inclemente sobre Khaz’adad Dun. Era la peor tormenta que los habitantes de Hillsbrad Hollow podían recordar en más de cincuenta años. No era que el pueblo fuera particularmente viejo, pues había sido fundado durante la época del Gran Exilio, tras la Primera Guerra, cuando cientos de refugiados humanos habían poblado el valle de Khaz’adad Dun, huyendo de la conflagración y de la terrible destrucción que la Horda había provocado en la vecina nación de Stormwind. La Horda luego se haría con el control de Khaz’Modan, a excepción de su capital, Ironforge, y Hillsbrad Hollow, erigido como un pueblo de mineros, había logrado sobrevivir milagrosamente a la barbarie enemiga, parte, por su localización, sumergida en la impenetrable muralla de montañas de Dun’Morogh, y parte, porque las famosas “minas” de la región estaban ya completamente agotadas en beneficio del ejército del Rey Magni. Bueno... casi todas estaban completamente agotadas...
* * *
El viejo Jenkins observó al forastero de arriba abajo. Para ser más explícito, lo miró solamente abajo, pues el extraño no llegaba a medir más de un metro veinte de estatura. Jenkins no sabía si reír o llorar, o simplemente, seguir la corriente ante un sujeto que, evidentemente, tenía que estar loco.
- ¿La mina de Screamfury ha dicho? – dijo Jenkins, y se acomodó el ojo de vidrio, que se había corrido un poco de su órbita.
- Ha escuchado usted bien – respondió el forastero, y una amplia sonrisa bonachona asomó entre las largas barbas cubiertas de nieve.
- ¿Ustedes los enanos no se cansan de buscar tesoros inútiles, no es así? Screamfury es solo un mito. Es más, si en verdad existiera o hubiese existido, ya estaría totalmente depletada, como las demás minas de esta región. Fuimos ricos una vez, sabe, señor...
- Apocalimonde – respondió el enano.
- Sí, señor Apocalimonde. Su apellido no es muy común entre los de su raza.
- Es que soy del norte, de las tierras de Aerie Peak – y el enano se acarició la barba anaranjada con un gesto de satisfacción.
“Estos enanos son tan vanidosos. Si se vieran en un espejo...” pensó el viejo Jenkins, pero notando que su potencial cliente le miraba inquisidoramente, prefirió seguir el cuento.
- Pues verá, señor Apocalimonde. Screamfury no es más que una vieja historia de leyenda. Se decía que los líderes de la Alianza la inventaron como medio para motivar a las tropas, pues esta ciudad, escondida en la profundidad de la Khaz’adad Dun, erigida como una fortaleza en la piedra, era de donde el Alto Rey de los Enanos extraía oro, piedras preciosas, plata, hierro y mithril, una veta inagotable de riqueza en la que se fortalecían los ejércitos de Khaz’Modan. Leyendas, mi amigo, mitos alrededor de una fogata. He sobrevivido a dos guerras (en una de las cuales perdí este mi ojo izquierdo) y nunca vi tal ciudad ni supe de sus colosales guerreros de granito y sus monumentales tesoros.
- Sin embargo, el hecho de que nadie la haya visto no quiere decir que no exista – dijo Apocalimonde seriamente, y dirigió su mirada hacia la montaña.
- Créame – siguió el viejo Jenkins. – Muchos han precedido sus pasos y han caído en el camino. Nadie sobrevive a los helados abismos de Shadow Pass ni logra soportar los adversos torbellinos de Veronastraszas’s Lair
- Porque ninguno de los que me han precedido eran Enanos – se limitó a responder Apocalimonde.
* * *
Por fin había amanecido. Y digo por fin, porque eso fue lo que pensó el viejo Jenkins cuando miró a Lord Apocalimonde (como le gustaba le llamasen sus amigos, había dicho él) montar sus alforjas sobre su carnero y partir hacia la montaña. No podía negar que el enano sabía pagar bien, con buen oro sólido directamente extraído de las vetas de Loch Modan, pero así como pagaba, así consumía.
En efecto. La noche anterior, el alegre enano no había dormido si acaso un par de horas. Había engullido de buen gusto un puerco asado (el único) relleno de castañas, almendras y puré de patatas; había paladeado con sus sucias manecillas cuanta mermelada, mantequilla, fruta y postre había encontrado en la cocina, y hasta se había quedado buscando y cuchareando ollas. Lo más increíble de todo era, sin embargo, que el buen enano había agotado, en una sola noche, toda la reserva de cerveza de su hostelería, y se había levantado al día siguiente sin un solo signo de cruda, más fresco que una lechuga, y tarareando alegremente las últimas estrofas de una interminable canción enana que había cantado durante toda la vigilia, y que hubiese continuado de no haber caído profundamente dormido (como una roca) en su silla, aún con el mostacho y la barba embarrados por las delicias que había consumido de buena gana.
* * *
- ¡El enano de buen talante, tiene la fuerza de un gigante, ta ra rí, ta ra rá! ¡Y que no hay mejor talante que ser un buen galopante, con una cerveza y una mujer, ta ra rá! ¡Una cerveza y una mujeeeerrrrrr!
El sendero ascendía casi perpendicular a la ladera de la montaña nevada. Hacía mucho frío, pero afortunadamente la tormenta había amainado y ahora solamente se le lograba ver en la cima, así que el cielo estaba despejado.
Lord Apocalimonde, montado en su carnero, subía a paso tranquilo, sin prisas, por la empinada cuesta, alforjas sujetas a la grupa de su montura. Llevaba puesto un abrigo de piel de oso, recuerdos de su anterior vida de cazador, antes de volverse aventurero. No llevaba sombrero, pues no le gustaba usarlo, aunque el abrigo tenía una capucha que podía colocarse sobre la cabeza si la tormenta arreciaba. Iba despreocupado, sin tomar las riendas, confiando en el buen instinto de “Pezuña de Plata”, que así se llamaba su caprino compañero, y acompasando el estribillo de su canción con un viejo pero bien cuidado laúd de fina manufactura enana.
- ¡El enano de buen talante, casi siempre es arrogante, ta ra rí, ta ra rá! ¡Y no hay mejor talante que ser un enano elegante, con una cerveza y una mujer, ta ra rá! ¡Una cerveza y una mujeeerrrrr!
* * *
Shadow Pass era una trampa mortal. Profundos desfiladeros sin fondo se abría cuales fauces de lobo dispuestos a engullir a los que se atrevieran a retar sus tortuosos caminos. Vertiginosas caídas, donde nunca (sin exagerar), nunca se encontrarían los restos del desafortunado en precipitarse en lo profundo. Y las corrientes traicioneras de Veronastraszas’s Lair, que descendían súbita y sorpresivamente de lo alto de la montaña, hacían todavía más dolorosa la caída y más terrible la muerte.
Ya no había sendero. Ahora, solamente un estrecho paso de escasos centímetros se asomaba de la abrupta pared de roca. Arriba, montaña, nieve e incertidumbre. Abajo, precipicio y muerte segura. Helados vientos que cortaban el aliento y el alma se lanzaban desde las cumbres nevadas de Wolfpike Pass, como fieros buitres dispuestos a hacer un festín de carroña los cuerpos destrozados por el abismo.
Desolado y maldito. Así podía resumirse aquel lugar olvidado de la civilización, donde la muerte y la desgracia te asaltan en cada recodo.
- ¡Una cerveza y una mujeeeerrrr!
Un sonido sordo y repentino en lo alto de la montaña. Un sonido de algo resquebrajándose, haciendo eco en los acantilados. Lord Apocalimonde interrumpe su cantar y vuelve a mirar, extrañado y con mirada inocente, hacia arriba. Lo único que logra ver es una inmensa bola de nieve y rocas que se avecina sobre él. No hay tiempo de escapar y el alud se lleva a nuestro valiente amigo montaña abajo, hacia la penumbra de lo desconocido, descendiendo cientos de metros en el vacío a una velocidad alucinante y letal...
El terrible deslizamiento por fin ha terminado, gracias a los dioses. Soledad y silencio son las únicas presentes en aquel valle de desolación. ¡Pobre! ¡Pobre de nuestro héroe! Terminar en lo profundo de un precipicio y sin oportunidad siquiera de dar la batalla. Un momento. Algo se mueve en la nieve.
Un hocico se asoma en el manto blanco. Un cuerno curvo y luego otro. “Pezuña de Plata” escapa a la prisión nívea y sacude su excelente pelaje negro y blanco. Otro movimiento, más abajo esta vez. Un brazo, luego otro, adornados con grilletes negros con púas plateadas. Una cabeza y una barba anaranjada cubierta de nieve se asoman. ¡Ha sobrevivido! Y no tiene ni un hueso roto. Se sacude (imitando a su compañero carnero) y le acaricia el lomo a su bestia. Algo le falta. Escarba la nieve, igual que un perrillo desenterrando un hueso. ¡Aquí está! El laúd. Se sube de nuevo a su montura.
- ¡Una cerveza y una mujeeeerrrrr!
* * *
Se ha retrasado unas horas porque ha tenido que tomar otro camino. Ahora la tormenta desata toda su furia sobre él. Ya no canta. Es valiente este enano. En todos los años que han subido tantos aventureros a la cima de la montaña, es el primero que ha logrado sobrevivir a las “caricias” del abismo de Shadow Pass. En una batalla, sería el contrincante más fiero, porque nunca se rinde.
En lo más alto del Pico de la Muerte, las enormes nubes de la borrasca tapan el paso del sol, por lo que la oscuridad es completa y perenne. Los huesos se congelan. La nariz, los dedos de las manos, los dedos de los pies, se ponen tan fríos, que no pueden sentirse. Nada crece allá arriba, por lo que no hay nada qué comer, solamente lo que llevas en las alforjas, pero es muy probable que la comida ya se haya congelado.
La ventisca está peor que nunca. Es una tormenta perenne, eterna, de vientos gélidos inmisericordes. Nieva, llueve y graniza en cuestión de minutos, y no hay manera de encontrar refugio.
¡Una cueva! ¿Lo habrá logrado? Si logra llegar a la cueva. Apocalimonde avanza a duras penas, hundiendo sus botas profundamente en la nieve, que trata de arrebatárselas con el fango que existe en el fondo. Ya no monta a “Pezuña de Plata”, pues no quiere que su preciado animal termine exhausto, o peor, muerto, sino que, asido a una correa, lo dirige hacia la caverna.
La cueva está húmeda, pero parece extenderse cientos de kilómetros bajo la superficie de roca. Apocalimonde ha decidido descansar, adentrándose unos cuantos metros, para alejarse de la nieve. No hay manera de hacer fuego, pues no hay nada que sirva como combustible, así que ambos deberán calentarse unos a otros con sus cuerpos y comer lo poco que puedan.
¿Será solo un sueño? ¿Qué pasará por la mente del enano en aquel momento? Sólo y perdido en la profundidad de una gruta bajo una montaña que es su enemiga, que le guarda los peores peligros y planea destruirle… Tiene que sentirse mal, tiene que sentir miedo, incertidumbre, hambre… De un momento ha otro se dará cuenta de lo absurdo de su aventura, se dará cuenta que le ha llegado su última hora…
Pero no… Ha sacado el laúd. Lo afina y toma aire. Empieza una tonada. “Ta ra rá, ta ra rí…”, resuena en eco. ¡Oups! Una cuerda se ha quebrado. Ahora sí. Ahora sí arruga el rostro. ¿Qué hace? Tensa la cuerda y la pone en su sitio. Es desesperante, realmente. Va a tocar de nuevo…
Algo llama su atención. Mira hacia lo profundo de la caverna. Allí, hay una luz. ¡No! ¡Quédate allí! ¡Devuélvete por tu camino! ¡Ya has probado tu valida!
No parece importarle. Empieza a avanzar por el rocoso y quebrado sendero, que desciende. Parece que la estructura es un túnel, construido ancestralmente por una cultura olvidada. ¿Podrá ser…?
* * *
El túnel se abre a una inmensa sala, que se extiende cientos y cientos de kilómetros bajo la superficie. Se observan enormes y gruesas columnas que sostienen un techo negro e invisible. Apocalimonde cruza a paso firme el liso y perfecto suelo, que parece eternizarse ante la vista, como un océano de piedra con nubes de plata y cobre.
Finalmente, el enano llega hasta el origen de la luz. Es una puerta. La diminuta y regordeta figura de Apocalimonde se vislumbra en el umbral… y me mira a la cara.
- Entonces es verdad – dice, sin mostrar ningún asombro.
- Tan cierto como que me estás viendo – le digo, y mi voz resuena en eco en todo el salón. – Créeme, te felicito. Nunca pensé que nadie lograra siquiera llegar hasta la entrada de la cueva.
- Supongo que tú eres el causante de la tormenta… la tormenta que nunca acaba, cierto… Veronastraszas.
Entonces, sabe mi nombre, y de seguro, conoce mi leyenda. El dragón rojo Veronastraszas, que cuida el tesoro de Khaz’adad Dun, el legendario tesoro del Gran Rey de los Enanos, Modimus Anvilmar.
- Miles han buscado esta cueva y nunca la han encontrado – le digo. – Muy pocos han logrado llegar hasta aquí, pero nadie ha vuelto – y moviendo mi cola, le muestro los huesos de aquellos que le precedieron. – Tengo curiosidad, mi amigo…
- Apocalimonde. Lord Apocalimonde para ti.
Sonrío. En realidad, ni siquiera se imagina que he seguido su caminar desde que le vi por primera vez, al pie de la montaña.
- Tengo curiosidad – continúo – de saber cómo diablos has logrado dar conmigo.
- Confórmate con saber qué, para matar a una leyenda, se ocupa otra leyenda.
- Entonces, vienes a matarme. ¡Qué arrogante!
- “¡El enano que es valiente también es arrogante! Ta ra rí…”
Es suficiente. Me ha hecho enojar. Nadie, absolutamente nadie (y menos este enano) se atreve a amenazarme en mi propia casa.
Cuando me levanto, la cueva se estremece. Mi cola serpentea a su alrededor. Mis garras fenomenales se lanzan sobre él. Está perdido.
No está. Abro las palmas de mis garras y no está. Ha desaparecido. Un momento. Tengo sangre entre las manos. Je je, le maté. Oigan… es mi sangre. ¡Mi sangre! Me ha logrado herir y ni me he dado cuenta.
Siento un terrible ardor en una pata. Me vuelvo. Allí está él. En siglos, nadie me ha herido antes… hasta hoy. Tiene una maldita hacha en su mano… manchado con mi sangre.
Le ataco iracundo. Soy un hijo de la Gran Reina de los Dragones. ¡Nadie me hiere! Comienzo a perseguirle, tratando de aplastarle a manazos. Es rápido el enano. Corre como el viento. ¿Cómo tiene tanta energía, si casi muere en el acantilado?
Le persigo por la inmensa sala, pero el condenado corre como alma que lleva el diablo. Ahora me ha enfurecido. Concentro todo mi aliento en mi boca.
- ¡Ahora verás, desgraciado! - y de inmediato, le dejo ir una enorme bocanada de fuego.
Le he alcanzado. Ja ja! Otro bocadillo. Lástima. Me había impresionado.
Me acerco... No está. ¡El condenado no está!
- Ta ra rí... ta ra rá...
Oigo esa voz. Está sobre mí... levanto la cabeza... y todo se vuelve oscuro.
***
Han pasado diez años. Hillsbrad Hollow, el pueblo más rico del norte de Khaz Modan, ha crecido al pie de la montaña como un punto importante. El descubrimiento de las minas ocultas por el Rey Anvilmar en las profundas grutas de Khaz`adad Dun ha traído prosperidad a la región, y cientos de mineros de todos los rincones del continente acuden allí buscando un sueño.
Parada obligatoria es la casa del alcalde Jenkins, uno de los terratenientes más ricos y poderosos del lugar. Dicen que se inició con una posada donde albergaba aventureros.
De pie ante la gran entrada de la ciudad, hay una enorme cabeza de un dragón rojo. Ya habrán adivinado... es mi cabeza.
Jenkins narra siempre la aventura del valiente enano que logró vencer al temible dragón Veronastraszas, le cortó la cabeza y la trajo al pueblo como trofeo. Lo más increíble de todo es que el osado enano no pidió nada a cambio por el trofeo. La simple satisfacción de vencerme era su mayor tesoro.
No crean. Le vi llevarse su buena parte de mis monedas, pero desgraciadamente las leyendas nunca están tan a la altura de los personajes que les dieron origen.
Yo por mi parte, sigo colgado a la entrada de la ciudad. Esperando... Esperando cuando el desvergonzado de Apocalimonde reaparezca y, por lo menos, soltarme del grillete que me sostiene y aunque sea caer sobre él. Es lo menos que puede hacer una cabeza de dragón muerto, ¿no creen?
Apocalimonde... Lord Apocalimonde para los amigos....
Mandado: Vie Ene 29, 2010 12:20 am Asunto del mensaje:
Ponso escribió:
Estos post hacen echar de menos esas arenas gurubasi donde escribiais epicas batallas con nuestros heroes personales :p
Pues si lo desean, y ya que el maestro pandaren ha iniciado lo de sacar viejo contenido de los polvorientos archivos, advierto que aún tengo guardados los temas de las arenas: Gurubashi, el Duelo, todos ellos...
Un saludo. _________________
Last edited by Nerub29 on Mie Nov 28, 2009 9:49 pm, edited 1 time in total
Mandado: Lun Feb 08, 2010 10:43 pm Asunto del mensaje:
VII
Personaje: Trak
Usuario creador: xtaoth
Fugitivo.
He corrido toda la noche bajo la tormenta. ¿Todavía me siguen? No sé hace cuanto que huyo a través de las montañas, aunque parece que han pasado días.
Aparecieron de la nada. Eran cientos. Nos atacaron por sorpresa cerca de la Piedra del Lobo Blanco. ¡Esos malditos! Nos superaban en número tres a uno, por lo menos. Si tan solo nuestros exploradores los hubieran detectado antes, hubiésemos podido repeler el ataque. Simplemente eran demasiados. Había gnolls y ogros con ellos. ¡Qué combinación! Malditos perros humanos. Y luego la partida de cobardes que estaba conmigo. Prefirieron suicidarse antes de luchar. Locos. ¡Desgraciados todos, váyanse al infierno!
La nieve cae sin misericordia. Tras de eso, hay viento. ¡Demonios! No voy a poder cubrir mis huellas. ¿Cómo diablos llegué hasta esto? Solo y perdido en medio de las montañas de Alterac, sin más compañía que mi espada, sin nada que comer, beber o donde descansar.
La verdad, no estoy cansado, ni tengo hambre. Me parece que he corrido toda la noche sin parar. No sé exactamente dónde estoy, aunque creo que debe ser unos kilómetros al este de la Piedra del Lobo. Pero déjenme contarles qué me pasó.
Salía sangre por su nariz. Se la había roto de un golpe. Si siguió peleando, fue porque tenía orgullo, pero realmente debía tener como tres huesos quebrados. No quería darle tregua alguna, pero yo tampoco estaba en muy buen estado.
Levantó su martillo y lanzó un grito desesperado, retándome. Le encaré de igual forma y levanté mi katana. Estaba dispuesto a partirlo en dos, cuando llegó el resto. Ahora, eran demasiados para mí. ¡Traidor!, le grité, para amedrentarle, pero viendo que tenía refuerzos, empezó a sonreír, mostrando el negro hueco donde una vez estuvieron dos de los dientes que le boté de un codazo.
Estaba rodeado. No tenía manera de escapar de ellos, así que decidí pelear. Ellos no tenía honor. Cinco contra uno no se equiparaba. Uno me atacó de frente. Grave error. Su sangre tiñó de rojo la nieve, cuando lo atravesé con mi espada. Le escupí mientras agonizaba en el suelo, para asustar a los otros.
Dos más se me vinieron encima. Esquivé al primero y le di una patada, que lo hizo caer de bruces. ¡Maldición! El otro logró alcanzarme con un hacha en mi brazo derecho. Mi espada ha caído al suelo. ¡Ah, si no estuviera tan enfermo, si no tuviera esta maldita fiebre, los habría vencido! Estoy desarmado. Los otros se me vienen encima. Ya estoy muerto.
¿Qué es ese sonido? Todos se han dado vuelta al sentir el repentino movimiento de tierra. Son ellos. ¡Son cientos! Aparecieron de entre las montañas. Se abalanzan sobre todos, de forma desordenada y furibunda, y arrasan con todo. Aprovecho para levantarme. Tomo mi espada y trato de huir. También a mí me persiguen.
El campamento está en llamas. Cuando llegué allí, no podía creerlo. Todo había sido incinerado. Me encontraba buscando un paso hacia el norte cuando nos emboscaron. Intenté regresar al campamento, pero tenían todo calculado. He llegado a pensar que alguien del clan les ayudó. Definitivamente, Dal’rend me quería muerto. No le voy a dar el gusto.
Bajé la colina hacia donde se levantaba la humareda. Cuando llegué, solamente había cadáveres. Todos, absolutamente todos, estaban muertos. Los habían tomado por sorpresa. Nadie les advirtió. Degollados. Todos estaban degollados. Revisé sus heridas. ¡Ay! ¡Cómo me duele el maldito brazo! Me han dado ganas de cercenármelo.
La nieve... está negra también. La toco con mi mano buena. Es pura ceniza. Esto si que es de verdad extraño. Alguien se mueve. Tomo la katana con la mano izquierda, no vaya a ser un enemigo. Suerte que soy bastante bueno con ambas manos. ¡Es Crog! ¡Crog!, le llamo. ¡Crog!, repito. El orco parece confundido. Se da vuelta y me mira. ¡Por la sangre de mis padres! Tiene la cara desecha a golpes. ¿Quién hizo esto?, le pregunto mientras le sacudo de los hombros.
Crog se me queda mirando como sin saber qué decir. Me toca la cara y entrecierra los ojos como tratando de reconocerme. Me empieza a contar hasta donde recuerda. El repentino ataque. La matanza. La voz metálica resonando en todo el campamento. Y luego el silencio. Un profundo silencio y todo oscuro. Estaba desnudo en la oscuridad y temblando, cuando oyó que le llamaban. Fue cuando se levantó y vio a los demás. ¡Se habían suicidado! ¡Todos se habían suicidado?
Le trato de calmar, aunque en realidad su rostro no demuestra emoción alguna. Oigo pasos detrás de mí. Ellos de nuevo. Tomo a Crog por una mano y lo jalo hacia fuera del campamento, escapando de allí a toda marcha.
Hemos cruzado una alta cumbre rocosa, que nos da una perfecta vista del campamento, Crog y yo. Le señalo que haga silencio mientras examino a nuestros perseguidores. ¡Es que no se cansan estos humanos! Crog no parece hacerme caso. Tan solo se mira las manos una y otra vez, con cara de sorpresa.
Miro hacia el valle donde estuvo nuestro bastión. Hay muchos de ellos. La nieve no me deja ver bien, pues la tormenta ha arreciado. Un momento... ¿eso es?...
Crog lanza un grito. Me doy vuelta sorprendido por el suceso. Está como loco, con los ojos desorbitados, mirándose las manos. Me giro hacia el campamento. ¡Diablos! Lo han escuchado. Ahora vienen por nosotros.
Sin pensarlo dos veces, tomo a Crog del brazo. Ahora, huimos montaña abajo. El se tropieza y ambos caemos, rodando, hacia la base. Me levanto y me sacudo el polvo. Debe ser la adrenalina, porque ni siquiera siento las heridas, que las tengo. Seguimos corriendo buscando la relativa seguridad del bosque.
Vienen por nosotros, en tropel. No puedo creerlo. Nos adentramos entre los árboles a toda velocidad. Crog sigue en estado de shock y solamente corre porque le jalo. ¡Crog, demonios!, le digo. ¡Que nos alcanzan!
Hemos logrado poner distancia. La nieve les retrasa. Su pesada armadura no les permite avanzar más rápido. Creo por ahora estamos a salvo.
No conozco esta parte del bosque. Nunca nos habíamos adentrado tanto en las montañas. Nos detenemos a descansar, aunque no me siento cansado, realmente. Estoy más bien confundido. Primero, los asesinos. Luego, el ejército humano. Y después, aquella criatura. ¿Qué diantres era? Nunca había visto algo igual.
Reflexioné un instante acerca de la historia de Crog. Lo de la oscuridad, el frío y la voz metálica. En cierto modo, me parecía que ya había escuchado esa historia antes. Sentí un escalofrío. No por la nieve ni la tormenta, sino por los nervios. Me encontraba nervioso. No. Nervioso no. Asustado. ¡Casi en pánico, a decir verdad!
Miré a Crog. Su piel verde se veía pálida. Estaba ensimismado, con la cabeza entre las manos, apoyadas éstas en las rodillas, mientras todo él se ponía de cuclillas. Repetía algo en voz baja. Era apenas un murmullo... creo que dice: “no puede ser...”, “no puede ser cierto...”
Me enfado con él. Yo también tengo miedo, pero no dejo que me controle. Tenemos que salir de esta maldita montaña. Hay sonidos entre los árboles. ¡Ya vienen de nuevo! ¿Cómo diablos saben dónde encontrarnos?
Me giro hacia Crog para levantarlo, pero ya está en pie. Un momento. ¡Crog, qué haces! Ha desenvainado su hacha... y la coloca en el suelo, con el filo mirando al cielo. Se coloca de rodillas y coloca su cuello sobre la hoja del hacha. Corro para detenerlo. Me mira. Todo es como en cámara lenta. Mientras estiro mi brazo izquierdo para detenerme, me lanza una sonrisa llena de locura y se deja caer sobre el hacha...
La cabeza rueda por la nieve. Como una maldición, los cinco segundos de los que tanto se habla que puede vivir una cabeza después de decapitada, se cumplen. “... pero es cierto”, me dice y calla. Sus pupilas amarillas miran, inmóviles, el oscuro cielo invernal.
Inclino una rodilla sobre el cuerpo. Si creyera en los espíritus... las boberías del falso Warchief, el advenedizo criado entre humanos. Me acuerdo del ruido. Ahora están más cerca. Debo salir de aquí.
La nieve se extiende como un océano blanco delante de mis ojos. Ya no me duele el brazo. De hecho, he recuperado gran parte de su funcionamiento normal. Miro al horizonte y no hay nada. Miro atrás... no hay nada. Estoy solo en un desierto congelado. Nieva inclementemente, pero por alguna razón mis miembros no se han entumecido todavía.
La fiebre también ha desaparecido. Creí que, en medio del horror de esta montaña, hubiese pescado una pulmonía, pero en realidad, me siento condenadamente bien.
Ahora lo veo venir. Desenvaina la katana. Hay una voz en el viento. Me habla. Me dice algo. Es una voz metálica. “Ríndete”. Jamás!, le contesto con voz en trueno, e hecho a correr de nuevo.
“No puedes escapar”. La voz de nuevo. Corro con todas mis fuerzas en medio de la nieve. Hay sombras. Cantidades de sombras aparecen en la niebla. Me están rodeando. Me tienen acorralado. Lanzo golpes con la katana. ¡Por los dioses! Los atravieso sin hacerles nada.
Encuentro un resquicio y huyo de nuevo. Me toman de los brazos, de las piernas. Lanzo golpes, uno tras otro. Un brazo vuela cercenado. Uno de ellos se me coloca al frente. Le tiro un puñetazo. Su yelmo se quiebra y cae hacia atrás... ¡No tiene cara!
“No puedes escapar”. Ya me tienen. No hay manera de huir. Estoy muerto.
Se me acerca la criatura que vi antes. Es un esqueleto. Un enorme esqueleto embebido en ropajes negros y púrpuras. No tiene pupilas en sus cuencas, pero yo diría que me mira.
Entonces, aparece la voz de nuevo.
“¿Por qué no puedo controlarlo?”
“Es la sangre del demonio, oh mi gran señor”, dice el esqueleto en voz alta. “Le hace inmune a la magia”.
“Dejadme”, les grito. “Os juro que os mataré a todos”.
La criatura me mira y suelta una carcajada.
“De qué te ríes”, pregunto.
“No te has puesto a pensar porqué se suicidó tu amigo.... ¿Crog es que se llamaba”.
“Sí”, dice la voz con tono burlón.
“¿Cómo sabes eso?”, pregunto asombrado.
“¿Y no te has puesto a pensar cómo es que llevas cuatro días huyendo por la montaña sin beber agua, comer o dormir?”
El mundo se me ha reducido de golpe. Me miro a mí mismo. ¡Oh, maldición! Las heridas... están cerradas y secas. No sangro. Me miro las manos. Están pálidas y secas, como las de Crog. Me llevo las manos al cuello. No estoy respirando. Ni siquiera tengo aliento cuando respiro.
Me sueltan y caigo de rodillas sobre la nieve. Les miro. Todos, absolutamente todos, son muertos vivientes. Y yo, estoy muerto. Recuerden que se los dije dos veces.
“¿Quién eres?”, pregunto.
“Soy Kel’thuzad, el lich. ¿Cómo te llamas, orco plagado?”
“Mi nombre es... Trak Blackhand”.
...
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Mandado: Jue Jun 10, 2010 3:28 pm Asunto del mensaje:
un detalle roderich, el personaje del que trata la historia era Kralim, apocalimonde es solo el nick que me puse despues de probar porque en la wep estaban todos pillados y no se me ocurria nada! jaja
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